SÁNCHEZ, BRONCANO Y LA FE DE LAS AUDIENCIAS

 





La política contemporánea ha descubierto que una entrevista en un programa de entretenimiento puede resultar tan útil como un mitin. A veces, incluso más. La aparición estelar de ayer jueves 22 de octubre de Pedro Sánchez en La Revuelta, el espacio de David Broncano en TVE, constituye un ejemplo de cómo se puede intentar ganar la batalla de la imagen a través del humor, la espontaneidad y la cercanía. Y todo ello, además, a las puertas de las elecciones generales del 29 de noviembre.


Una operación de imagen cuidadosamente oportuna

No parece aventurado interpretar esta intervención como una estrategia de precampaña. Sánchez se presentó ante un público acostumbrado a otro registro: el de las bromas, las preguntas personales y las conversaciones aparentemente alejadas de los rígidos protocolos institucionales.

El objetivo resulta comprensible desde el punto de vista de la comunicación política: mostrar al ciudadano la cara más humana, desenfadada y accesible del presidente, en contraste con la imagen de dirigente autoritario, controvertido y distante que proyectan habitualmente sus adversarios del Partido Popular y Vox.

Frente a la confrontación parlamentaria, el plató ofrece otro escenario. Aquí no hay escaños, abucheos ni réplicas encendidas. Hay risas, complicidad y un ambiente que favorece la conversación. El político deja momentáneamente de ser una institución para convertirse en un personaje familiar.

Pero conviene recordar algo esencial: la cercanía televisiva no equivale necesariamente a la autenticidad personal, ni el dominio de la comunicación garantiza una buena gestión política. Una cosa es transmitir simpatía y otra responder por los resultados de la acción de gobierno.

La entrevista también tenía sus riesgos. Una excesiva cordialidad podía alimentar las sospechas de quienes cuestionan la independencia de la televisión pública; unas preguntas incómodas, en cambio, podían reforzar la credibilidad del programa. Broncano introdujo cuestiones políticas y personales, algunas delicadas, sin abandonar el tono humorístico que caracteriza a su espacio.

  

Las audiencias: una cuestión de fe

Hay otro aspecto que me suscita una reflexión particular: las cifras de audiencia que se atribuyen al programa.

Durante mi etapa como delegado comercial, un anunciante me comentó una frase que no he olvidado: «José Antonio: esto de las audiencias es cuestión de fe».

La expresión, pronunciada seguramente con una mezcla de ironía y escepticismo, encierra una pregunta pertinente. ¿Hasta qué punto conocemos realmente el alcance de un programa y qué grado de confianza debemos depositar en las cifras que se nos presentan?

Se atribuye a la emisión de La Revuelta con Pedro Sánchez un 34 % de cuota de pantalla y unos 3.400.000 espectadores. Si esas cifras se confirman, estaríamos ante un resultado extraordinario. Pero, precisamente por eso, merecen una comprobación rigurosa y una explicación transparente de su procedencia, del periodo medido y de la metodología empleada.

No sería serio afirmar, sin pruebas, que las cifras están manipuladas. Tampoco lo sería aceptar cualquier dato sin preguntarnos cómo se ha obtenido. La cuota de pantalla, el número de espectadores y la audiencia acumulada son indicadores diferentes; confundirlos puede conducir a conclusiones equivocadas.

Por eso, antes de celebrar récords o proclamar victorias políticas, convendría conocer los datos consolidados y contrastarlos con fuentes independientes.

Mi viejo anunciante tenía razón en algo: la confianza es fundamental. Pero en una sociedad que aspira a ser crítica y madura, la fe no debería sustituir a la verificación.

¿El presidente «del humor y del amor»?

La entrevista plantea, finalmente, una cuestión más amplia: ¿estamos ante una conversación espontánea o ante una nueva modalidad de comunicación electoral, en la que el entretenimiento se convierte en instrumento de persuasión?

Probablemente hay algo de ambas cosas. El programa busca audiencia, el presentador mantiene su estilo y el presidente aprovecha una oportunidad para llegar a millones de ciudadanos en un contexto mucho menos hostil que el debate político convencional.

Lo que sí debemos evitar es confundir el espectáculo con la rendición de cuentas. Una democracia necesita políticos capaces de reírse de sí mismos, pero también instituciones independientes, información contrastada y ciudadanos que no renuncien a pensar por cuenta propia.

Y aquí vuelve a aparecer la cuestión de la televisión pública: su obligación no es favorecer a quien gobierna ni perjudicar a quien se opone, sino servir al conjunto de los ciudadanos con pluralidad, transparencia y profesionalidad.




📌 ¿Estamos, pues, ante el presidente del humor y del amor, como podría sugerir el tono de la entrevista, o ante una eficaz operación de imagen electoral?

📌 ¿Y debemos creer sin más las cifras de audiencia que acompañan al acontecimiento?


Cada lector tendrá su respuesta. Por mi parte, prefiero mantener abiertas las preguntas y no confundir una buena puesta en escena con una verdad demostrada.

Porque, en política y en televisión, la popularidad no siempre es sinónimo de credibilidad, y una cifra espectacular no se convierte en verdad por el simple hecho de ser anunciada.

En definitiva, entre el humor, el amor y las audiencias, conviene conservar algo que ningún programa debería arrebatarnos: el sentido crítico.



Retrato de José Antonio Hernández de la Moya con fondo de color azul claro.
Autor de Ideas





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