RTVE: CUANDO UNA TELEVISIÓN PÚBLICA DEJA DE SER LA TELEVISIÓN DE TODOS

 




Avatar de Desconocidopor José Antonio Hernández de la Moya


Escribo estas líneas con la serenidad de quien ha dedicado más de cuatro décadas de su vida profesional a RTVE. He conocido distintas etapas, distintos gobiernos y distintas formas de entender el servicio público. Nunca fue una institución perfecta, pero siempre existía entre muchos profesionales la convicción de que el rigor periodístico y el pluralismo debían situarse por encima de cualquier interés partidista. Por eso me preocupa profundamente la deriva que hoy perciben tantos ciudadanos y que algunos profesionales ya denuncian públicamente desde dentro.

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Hubo un tiempo en el que trabajar en RTVE era un motivo de legítimo orgullo profesional. No porque fuera una institución perfecta —nunca lo ha sido—, sino porque existía la conciencia de pertenecer a un servicio público cuya misión fundamental era informar con rigor, formar con criterio y entretener con calidad. Esa era la aspiración. Y, aunque en distintos momentos de nuestra historia hubo interferencias políticas, siempre permaneció viva la exigencia ética de preservar la independencia del periodismo.

Hoy esa percepción parece haberse deteriorado de forma alarmante.

La reciente escena protagonizada por la periodista Marta Gómez Montero durante la emisión del programa Malas Lenguas, presentado por Jesús Cintora en La 2 de TVE, ha vuelto a poner sobre la mesa un debate que trasciende el episodio concreto. Según las imágenes difundidas, la periodista manifestó sentirse humillada desde hacía tiempo, rompió a llorar en pleno directo y abandonó el plató. Más allá de las circunstancias personales o laborales que rodeen el caso —que solo pueden conocerse plenamente desde dentro—, el episodio resulta profundamente inquietante por lo que simboliza.





Cuando un profesional de la información expresa públicamente un sentimiento de humillación en el seno de una televisión pública, el problema deja de ser individual para convertirse en institucional.

 

El periodismo no puede ser militancia

Una democracia madura necesita medios de comunicación libres. Pero necesita, especialmente, que los medios públicos sean escrupulosamente independientes.

RTVE no pertenece al Gobierno de turno. Tampoco pertenece a un partido político, a una determinada corriente ideológica o a quienes circunstancialmente dirigen la corporación. RTVE pertenece a todos los ciudadanos, incluidos aquellos que discrepan profundamente de la línea editorial dominante.

Por eso resulta especialmente preocupante cualquier percepción de falta de pluralidad.

El problema no consiste únicamente en que determinados programas puedan ofrecer una orientación ideológica reconocible. Eso ocurre en muchas cadenas privadas, que tienen perfecto derecho a construir su propia identidad editorial. El verdadero problema aparece cuando una televisión financiada con recursos públicos transmite la sensación de que determinadas opiniones son sistemáticamente legitimadas mientras otras son caricaturizadas, ridiculizadas o simplemente excluidas.

En ese momento deja de cumplirse la función de servicio público.

El relato único empobrece la democracia

Toda democracia necesita confrontación de ideas.

El pensamiento crítico nace precisamente del contraste entre argumentos diferentes. Cuando un medio sustituye ese contraste por un relato único, deja de fomentar ciudadanos libres para convertirse en un instrumento de confirmación ideológica.

No hace falta censurar explícitamente para limitar la libertad. Basta con seleccionar siempre a los mismos interlocutores, formular determinadas preguntas y evitar otras, ridiculizar unas posiciones mientras se normalizan las contrarias o generar un clima en el que discrepar tenga un coste profesional.

La uniformidad ideológica rara vez se impone mediante órdenes escritas. Con frecuencia se instala de forma mucho más sutil: mediante incentivos, silencios, promociones, marginaciones o dinámicas internas que terminan produciendo un efecto de autocensura.

Y esa autocensura es quizá la forma más peligrosa de pérdida de libertad.

Una crisis que va más allá de RTVE

La degradación que muchos perciben en RTVE no puede analizarse aisladamente. Forma parte de una crisis más amplia que afecta a numerosas instituciones españolas. Cuando las instituciones dejan de ser percibidas como patrimonio común y pasan a ser vistas como instrumentos al servicio del poder político, la confianza ciudadana comienza a erosionarse.

Sucede con los órganos constitucionales. Sucede con determinadas administraciones. Sucede con parte de los medios de comunicación. Y sucede también cuando una televisión pública pierde credibilidad ante una parte significativa de la sociedad.




Una democracia puede soportar gobiernos mejores o peores. Lo que resulta mucho más difícil de soportar es la pérdida de confianza en sus instituciones.

La independencia también se protege desde dentro

Conviene reconocer que RTVE sigue contando con magníficos profesionales. Periodistas, realizadores, técnicos, cámaras, documentalistas, productores y trabajadores que desarrollan diariamente su labor con enorme profesionalidad. Precisamente por respeto a ellos resulta imprescindible denunciar cualquier circunstancia que pueda poner en riesgo su independencia. La fortaleza de una institución no consiste en ocultar sus problemas, sino en afrontarlos con transparencia.

Si existen profesionales que denuncian presiones, desigualdad de trato o falta de libertad editorial, esas denuncias merecen ser escuchadas con seriedad, investigadas con rigor y resueltas con absoluta transparencia. No hacerlo sería contribuir al deterioro de una institución esencial para nuestra democracia.

Recuperar el espíritu del servicio público

RTVE necesita recuperar aquello que justificó su existencia. No necesita convertirse en la televisión de la izquierda ni en la televisión de la derecha. Necesita volver a ser la televisión de todos.

Eso exige pluralidad real. Exige debates donde todas las posiciones democráticas puedan expresarse con igualdad. Exige periodistas que pregunten con la misma exigencia a cualquier gobernante. Exige separar información y opinión. Exige independencia frente al poder político, cualquiera que sea su color.




Porque la credibilidad no se decreta. Se conquista. Y puede perderse mucho más deprisa de lo que cuesta recuperarla.

Una reflexión final

Quienes hemos conocido RTVE desde dentro sabemos que su grandeza nunca residió únicamente en sus estudios, en su tecnología o en su capacidad de producción. Su auténtico patrimonio siempre fueron las personas y el compromiso con un periodismo al servicio de la sociedad. Por eso resulta especialmente doloroso contemplar episodios que proyectan una imagen de enfrentamiento interno, falta de libertad o presión ideológica.

No se trata de defender a un partido frente a otro. Se trata de defender una idea mucho más importante: que una televisión pública solo cumple su misión cuando todos los ciudadanos, piensen como piensen, sienten que también es su televisión.

Cuando deja de serlo, pierde su razón de ser. Y con ella, pierde también una parte de la confianza sobre la que se sostiene cualquier democracia digna de ese nombre.


Autor de Ideas





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