RTVE: CUANDO UNA TELEVISIÓN PÚBLICA DEJA DE SER LA TELEVISIÓN DE TODOS
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Escribo estas líneas con la serenidad de quien
ha dedicado más de cuatro décadas de su vida profesional a RTVE. He conocido
distintas etapas, distintos gobiernos y distintas formas de entender el
servicio público. Nunca fue una institución perfecta, pero siempre existía
entre muchos profesionales la convicción de que el rigor periodístico y el
pluralismo debían situarse por encima de cualquier interés partidista. Por eso
me preocupa profundamente la deriva que hoy perciben tantos ciudadanos y que
algunos profesionales ya denuncian públicamente desde dentro.
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Hubo un tiempo en el que trabajar en
RTVE era un motivo de legítimo orgullo profesional. No porque fuera una
institución perfecta —nunca lo ha sido—, sino porque existía la conciencia de
pertenecer a un servicio público cuya misión fundamental era informar con
rigor, formar con criterio y entretener con calidad. Esa era la aspiración. Y,
aunque en distintos momentos de nuestra historia hubo interferencias políticas,
siempre permaneció viva la exigencia ética de preservar la independencia del
periodismo.
Hoy esa percepción parece haberse
deteriorado de forma alarmante.
La reciente escena protagonizada por la
periodista Marta Gómez Montero durante la emisión del programa Malas
Lenguas, presentado por Jesús Cintora en La 2 de TVE, ha vuelto a poner
sobre la mesa un debate que trasciende el episodio concreto. Según las imágenes
difundidas, la periodista manifestó sentirse humillada desde hacía tiempo,
rompió a llorar en pleno directo y abandonó el plató. Más allá de las circunstancias
personales o laborales que rodeen el caso —que solo pueden conocerse plenamente
desde dentro—, el episodio resulta profundamente inquietante por lo que
simboliza.
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Cuando un profesional de la información
expresa públicamente un sentimiento de humillación en el seno de una televisión
pública, el problema deja de ser individual para convertirse en institucional.
El periodismo no puede ser militancia
Una democracia madura necesita medios
de comunicación libres. Pero necesita, especialmente, que los medios públicos
sean escrupulosamente independientes.
RTVE no pertenece al Gobierno de turno.
Tampoco pertenece a un partido político, a una determinada corriente ideológica
o a quienes circunstancialmente dirigen la corporación. RTVE pertenece a
todos los ciudadanos, incluidos aquellos que discrepan profundamente de la
línea editorial dominante.
Por eso resulta especialmente
preocupante cualquier percepción de falta de pluralidad.
El problema no consiste únicamente en
que determinados programas puedan ofrecer una orientación ideológica
reconocible. Eso ocurre en muchas cadenas privadas, que tienen perfecto derecho
a construir su propia identidad editorial. El verdadero problema aparece cuando
una televisión financiada con recursos públicos transmite la sensación de que
determinadas opiniones son sistemáticamente legitimadas mientras otras son
caricaturizadas, ridiculizadas o simplemente excluidas.
En ese momento deja de cumplirse la
función de servicio público.
El relato único empobrece la democracia
Toda democracia necesita confrontación
de ideas.
El pensamiento crítico nace
precisamente del contraste entre argumentos diferentes. Cuando un medio
sustituye ese contraste por un relato único, deja de fomentar ciudadanos libres
para convertirse en un instrumento de confirmación ideológica.
No hace falta censurar explícitamente
para limitar la libertad. Basta con seleccionar siempre a los mismos
interlocutores, formular determinadas preguntas y evitar otras, ridiculizar
unas posiciones mientras se normalizan las contrarias o generar un clima en el
que discrepar tenga un coste profesional.
La uniformidad ideológica rara vez se
impone mediante órdenes escritas. Con frecuencia se instala de forma mucho más
sutil: mediante incentivos, silencios, promociones, marginaciones o dinámicas
internas que terminan produciendo un efecto de autocensura.
Y esa autocensura es quizá la forma más
peligrosa de pérdida de libertad.
Una crisis que va más allá de RTVE
La degradación que muchos perciben en
RTVE no puede analizarse aisladamente. Forma parte de una crisis más amplia que
afecta a numerosas instituciones españolas. Cuando las instituciones dejan de
ser percibidas como patrimonio común y pasan a ser vistas como instrumentos al
servicio del poder político, la confianza ciudadana comienza a erosionarse.
Sucede con los órganos
constitucionales. Sucede con determinadas administraciones. Sucede con parte de
los medios de comunicación. Y sucede también cuando una televisión pública
pierde credibilidad ante una parte significativa de la sociedad.
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Una democracia puede soportar gobiernos
mejores o peores. Lo que resulta mucho más difícil de soportar es la pérdida de
confianza en sus instituciones.
La independencia también se protege
desde dentro
Conviene reconocer que RTVE sigue
contando con magníficos profesionales. Periodistas, realizadores, técnicos,
cámaras, documentalistas, productores y trabajadores que desarrollan
diariamente su labor con enorme profesionalidad. Precisamente por respeto a
ellos resulta imprescindible denunciar cualquier circunstancia que pueda poner
en riesgo su independencia. La fortaleza de una institución no consiste en
ocultar sus problemas, sino en afrontarlos con transparencia.
Si existen profesionales que denuncian
presiones, desigualdad de trato o falta de libertad editorial, esas denuncias
merecen ser escuchadas con seriedad, investigadas con rigor y resueltas con
absoluta transparencia. No hacerlo sería contribuir al deterioro de una
institución esencial para nuestra democracia.
Recuperar el espíritu del servicio
público
RTVE necesita recuperar aquello que
justificó su existencia. No necesita convertirse en la televisión de la
izquierda ni en la televisión de la derecha. Necesita volver a ser la
televisión de todos.
Eso exige pluralidad real. Exige
debates donde todas las posiciones democráticas puedan expresarse con igualdad.
Exige periodistas que pregunten con la misma exigencia a cualquier gobernante. Exige
separar información y opinión. Exige independencia frente al poder político,
cualquiera que sea su color.
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Porque la credibilidad no se decreta. Se
conquista. Y puede perderse mucho más deprisa de lo que cuesta recuperarla.
Una reflexión final
Quienes hemos conocido RTVE desde
dentro sabemos que su grandeza nunca residió únicamente en sus estudios, en su
tecnología o en su capacidad de producción. Su auténtico patrimonio siempre
fueron las personas y el compromiso con un periodismo al servicio de la
sociedad. Por eso resulta especialmente doloroso contemplar episodios que
proyectan una imagen de enfrentamiento interno, falta de libertad o presión
ideológica.
No se trata de defender a un partido
frente a otro. Se trata de defender una idea mucho más importante: que una
televisión pública solo cumple su misión cuando todos los ciudadanos, piensen
como piensen, sienten que también es su televisión.
Cuando deja de serlo, pierde su razón
de ser. Y con ella, pierde también una parte de la confianza sobre la que se
sostiene cualquier democracia digna de ese nombre.
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| Autor de Ideas |
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