LA PAZ EN EL QUIJOTE

 


Portrait of Francisco Calero, a scholar in Latin Philology, with a serious expression, wearing glasses and a suit.


El artículo «La paz en el Quijote» analiza la concepción de la paz presente en El Quijote a través de diversos pasajes en los que don Quijote la presenta como «el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida», integrando la tradición clásica de Aristóteles con los ideales cristianos de los Evangelios. La referencia a la «paz y quietud del tiempo de Octaviano» revela, además, un preciso conocimiento de la historia romana, que el artículo relaciona con Juan Luis Vives y su interpretación de la Pax Augusta. A partir de las aportaciones de José Antonio Maravall, se establece también un vínculo entre paz, justicia y pensamiento humanista, mientras que la condena de la guerra, de la artillería y de las armas de fuego encuentra sorprendentes paralelismos con las obras pacifistas de Vives. En conjunto, estos elementos llevan al profesor Francisco Calero a sostener que el pensamiento pacifista y humanista que impregna el Quijote presenta una profunda afinidad con el ideario de Juan Luis Vives y constituye un argumento más en favor de su tesis sobre la autoría vivista de la obra.

En el «Discurso de las armas y las letras» (Quijote, I, 37), don Quijote hace una comparación entre la profesión de las armas y la de las letras, y en esa comparación sale vencedora la profesión de las armas porque el fin de ellas es superior al fin de las letras:

…Siendo, pues, ansí que las armas requieren espíritu como las letras, veamos ahora cuál de los dos espíritus, el del letrado o el del guerrero, trabaja más, y esto se vendrá a conocer por el fin y paradero a que cada uno se encamina, porque aquella intención se ha de estimar en más que tiene por objeto más noble fin. Es el fin y paradero de las letras (y no hablo ahora de las divinas, que tienen por blanco llevar y encaminar las almas al cielo, que a un fin tan sin fin como éste ninguno otro se le puede igualar: hablo de las letras humanas, que es su fin poner en su punto la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo) entender y hacer que las buenas leyes se guarden. Fin por cierto generoso y alto y digno de grande alabanza, pero no de tanta como merece aquel a que las armas atienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida. Y, así, las primeras buenas nuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres fueron las que dieron los ángeles la noche que fue nuestro día, cuando cantaron en los aires: «Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad»; y a la salutación que el mejor maestro de la tierra y del cielo enseñó a sus allegados y favoritos fue decirles que cuando entrasen en alguna casa dijesen: «Paz sea en esta casa»; y otras muchas veces les dijo: «Mi paz os doy, mi paz os dejo; paz sea con vosotros», bien como joya y prenda dada y dejada de tal mano, joya que sin ella en la tierra ni en el cielo puede haber bien alguno. Esta paz es el verdadero fin de la guerra, que lo mismo es decir armas que guerra. Prosupuesta, pues, esta verdad, que el fin de la guerra es la paz […]

EL QUIJOTE (I, 37)
Discurso de las armas y las letras

Evidentemente, la fundamentación discursiva de don Quijote no puede atribuirse al desvarío, toda vez que la noción según la cual las «armas tienen por objeto y fin la paz» entronca directamente con la tradición aristotélica (Política, VII, XV), cuyo axioma establece que «el fin de la guerra es la paz».

A continuación, don Quijote hace una auténtica exaltación de la paz, corroborada en las siguientes citas evangélicas:

✍️La primera, de San Lucas, 2, 13-14: «Al instante se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial que alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad».

✍️La segunda, de San Lucas, 10, 5: «En cualquier casa que entréis, decid, primero: La paz sea en esta casa».

✍️La tercera, de San Juan, 14, 27: «La paz os dejo, mi paz os doy»

✍️La cuarta, de San Marcos, 9, 50: «Vivid en paz unos con otros».

Esa perfecta unión entre el mundo clásico (Aristóteles) y los ideales cristianos es propia del llamado humanismo nórdico, cuyos principales representantes son Erasmo, Vives, Budé y Tomás Moro.

A still life composition featuring a bronze helmet, a decorative laurel wreath, a feather, a historical firearm, and arrows, set against a backdrop of ancient ruins and a coastal landscape.

En el episodio de la «Pendencia con los cuadrilleros» (El Quijote, I, 45), encontramos un nuevo alegato por la paz, con un detalle particularmente significativo del profundo conocimiento histórico que tenía su autor:

…y de tal manera quedaron todos en paz y sosiego, que ya no parecía la venta la discordia del campo de Agramante, como don Quijote había dicho, sino la paz y quietud del tiempo de Octaviano.

EL QUIJOTE (I, 45)
Pendencia con los cuadrilleros

La alusión no parece casual. La expresión «paz y quietud del tiempo de Octaviano» remite al periodo de estabilidad que siguió al largo ciclo de guerras civiles que sacudió la República romana. A partir del año 27 a. C., cuando Octaviano consolidó su posición política y recibió del Senado el título de Augusto, esta etapa histórica quedó asociada a la llamada Pax Romana y, de manera particular, a la Paz de Augusto.

Pero incluso la elección del nombre Octaviano resulta reveladora. Nacido como Cayo Octavio (Gaius Octavius), tras ser adoptado testamentariamente por Julio César pasó a llamarse Cayo Julio César Octaviano (Gaius Julius Caesar Octavianus). Posteriormente, en el año 27 a. C., el Senado le otorgó el título de Augusto (Augustus), con el que pasaría a la historia como el primer emperador romano.

Por tanto, la utilización de «Octaviano», y no simplemente «Augusto», introduce una precisión histórica que presupone conocer la evolución de su identidad y de su posición política. No se trata únicamente de evocar una época de paz, sino de identificarla mediante una denominación vinculada a un momento concreto de la trayectoria de quien habría de convertirse en Augusto.

La referencia adquiere así especial interés: para utilizar con propiedad esta imagen histórica no basta con conocer que Augusto fue el artífice de un periodo de paz; es preciso conocer también su trayectoria anterior y la evolución de su nombre. Este tipo de alusiones, aparentemente secundarias, contribuye a revelar el extraordinario conocimiento  histórico y cultural de su autor, plasmado magistralmente en  El Quijote.

Un profundo conocedor de este contexto histórico fue Juan Luis Vives, quien no solo conocía las circunstancias que rodearon la consolidación del poder de Octaviano, sino que también relacionó aquel periodo de paz con uno de los acontecimientos decisivos de la historia de la humanidad: el nacimiento de Jesucristo. En su tratado De tempore quo natus est Christus (El tiempo en que nació Cristo), Vives sitúa la llegada de Cristo en el marco de la «Pax Augusta» y desarrolla una serie de reflexiones que revelan su conocimiento de la historia romana y de su significado en la historia universal.

A scenic landscape depicting ancient ruins on a hill, surrounded by olive trees and a quaint village below. A river flows into the ocean, with several boats visible on the water. The sun sets in the background, casting a warm glow over the serene environment.

Estas son las palabras de Vives, en la traducción de Lorenzo Riber:

Fue conveniente que el Santo de los santos y que el Rey de los reyes, Cristo Jesús, autor de la paz, naciese en un período de suma paz… Reinaba la paz, no ya en Roma solamente, sino en toda la humanidad: paz tan profunda como nunca la hubo en el recuerdo de todos los siglos.

JUAN LUIS VIVES
De tempore quo natus est Christus

Nótese, por otra parte, que en el texto de El Quijote citado aparece la palabra discordia, utilizada por Vives en el título de su gran obra pacifista De concordia et discordia in humano genere, porque, para él, la discordia está en el origen de todas las guerras.

Uno de los grandes intelectuales del siglo XX, José Antonio Maravall, autor de la excelente obra Utopía y contrautopía en el Quijote, puso de relieve un importante aspecto de la paz en El Quijote: la consecución de la paz por medio de la justicia, con origen en San Agustín.

A este respecto, merece la pena reproducir aquí un interesante pasaje del citado libro de Maravall, (pág. 250):

 Este sistema bélico, que hace depender el triunfo tan solo de la virtud del caballero, es el único capaz de asegurar la paz por la justicia, cristiana y universalmente entendida —conforme a un planteamiento tradicional—, libre de las injerencias de los intereses políticos particulares, lo que no deja de ser un esquema bien anacrónico en la segunda mitad del XVI, con el que Cervantes se tropieza y cree deber mostrar su inadaptación. Esta paz por la justicia es ideal de fondo agustiniano. En su fundamento está la concepción de la paz como sosiego de los espíritus, como tranquilidad del orden, que San Agustín define en su Civitas Dei. Y este entronque agustiniano es también hilo conductor que nos lleva a la interpretación política del Quijote como ajeno al espíritu que anima al Estado moderno, mientras que, en cambio, nos permite insistir en nuestra tesis de la inclusión de aquel en el clima humanista, tan directamente heredero de la mentalidad medieval. Ese anhelo de paz y ese afán de justicia que se siente, llevan a la posible representación de un mundo en que aquellas imperen. Cuando Erasmo escribe sus epístolas a Francisco I y a Carlos V, cuando Vives escribe su De concordia et discordia in humano genere, no piensan, como ya de Cervantes lo dijimos, en organizar jerárquicamente otra vez la cristiandad.

JOSÉ ANTONIO MARAVALL
Utopía y contrautopía en El Quijote

La reproducción de este amplio fragmento del insigne historiador del pensamiento político español responde a su valor fundamental para argumentar la autoría vivista de El Quijote. Por un lado, Maravall conecta la idea de paz en la obra magna de la literatura española con San Agustín y, en particular, con De civitate Dei. Vives fue el mayor especialista en este texto, lo que llevó a Erasmo a encargarle su edición anotada, publicada finalmente bajo el título Commentarii ad libros De civitate Dei (1522). Por otro lado, Maravall sitúa la ideología política de El Quijote en la corriente humanista heredera del pensamiento medieval, alejándola de las doctrinas políticas del siglo XVII; un perfil en el que Vives destaca como el exponente más representativo de dicho entronque medieval-humanista.

La alta valoración de la paz reflejada en el Quijote: «el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida», tiene su correlato en el mal concepto que se tiene del soldado, tal como aparece en el episodio de la «Historia del cautivo» (I, 39):

Y la condición que tenía de ser liberal [generoso] y gastador le procedió de haber sido soldado los años de su juventud, que es escuela la soldadesca donde el mezquino se hace franco [dadivoso] y el franco, pródigo [derrochador], y, si algunos soldados se hallan miserables [desgraciados], son como monstruos, que se ven raras veces.

EL QUIJOTE
Historia del cautivo (I, 39)

Difícilmente se concibe que Cervantes, antiguo soldado que siempre hizo gala con orgullo de su servicio militar, sostuviera una concepción tan despectiva de los combatientes. Quien encaja de manera idónea con este pensamiento es Juan Luis Vives, tal como dejó plasmado en De Europae dissidiis et republica (pág. 63):

¡Qué clase de hombres, por los dioses! ¡Has nombrado al soldado español! Ciertamente, todos los soldados son muy impulsivos, arrogantes y de costumbres muy desarregladas.

JUAN LUIS VIVES
De Europae dissidiis et republica
A bronze gladiator helmet adorned with a laurel wreath, placed on a stone surface alongside a white feather and various ancient weapons, with a weathered column and greenery in the background.

Es lógico que el amor a la paz, unido al odio a la guerra, lleven a la condena de las armas de fuego, muchísimo más mortíferas que las armas antiguas. Esa condena aparece en el «Discurso de las armas y las letras» (Quijote, I, 38):

Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos.

EL QUIJOTE
Discurso de las armas y las letras

En este interesante pasaje se expresan tres ideas:

📌1.ª Añoranza de los tiempos pasados en los que no existían las armas de artillería;

📌2.ª Condena al infierno al que inventó tales armas;

📌3.ª Posibilidad de que un cobarde quite la vida a muchos valientes soldados que merecían seguir viviendo en lugar del que disparó el arma de artillería.

Esas tres ideas fueron expresadas por Vives en De Europae dissidiis et Republica. Es un diálogo entre Minos —juez de los muertos en el Hades— Tiresias —un adivino ciego de Tebas— y el general romano Publio Cornelio Escipión (págs. 69-70):

Minos.— Es preciso que se odien a muerte entre sí quienes nunca ponen fin o medida a la guerra. Nada hay suficientemente jurado, sancionado, seguro, pactado; no hay ninguna paz consistente, ninguna tregua; todo lo hecho se deshace; lo que estaba firme se debilita.

Tiresias.— Peor es si vieras cómo hacen la guerra entre ellos, no con espadas, lanzas, catapultas o arcos de forma que con un golpe, cuando es mortal, se elimina a un solo hombre; han inventado una clase de máquina con cuyo disparo es uno derribado de forma más violenta que cuando truena Júpiter, y con uno solo son abatidos veinte, cuarenta o cien.

Escipión.— ¡Dioses inmortales, qué locura es ésa? ¿Entonces no hay ya ninguna ocasión, ningún honor para los hombres valientes?

Tiresias.— El azar es el que hace ya a los hombres valientes, si sobreviven a muchos combates, y no el espíritu o la fuerza.

Escipión.— Pero me acuerdo que se me dijo en Grecia que hubo allí un soldado espartano con experiencia que, al ver la catapulta que había sido llevada hacía poco desde Sicilia, exclamó: «ha desaparecido el valor del soldado»; ¿qué exclamaría ahora si viera aquel invento?

Tiresias.— ¿Qué? Ha desaparecido lo más propio del hombre, pues de hombres han degenerado en animales salvajísimos. Y los cristianos no se sirven de este invento en ninguna parte con mayor diligencia que para la destrucción de cristianos. Los turcos han recurrido a estas armas a la fuerza y obligados, para no ser vencidos fácilmente por los cristianos si no las tuvieran en sus campamentos.

Y pocos años después, volvió Vives sobre las mismas ideas en De concordia et discordia in humano genere (II, págs. 118-119):

Grandes y crueles indicios de odio son las armas que la antigüedad imaginó para hacer daño, y que ahora son consideradas ligeras y suaves en relación a las que inventaran las sucesivas épocas: la espada, la lanza, el arco y el escorpión, ante el cual, al poco de haber sido llevado desde Sicilia, se dice que exclamó Arquidamo, hijo de Agesilao, en su dialecto dórico: ha perecido el valor del hombre. Éstas eran ciertamente las armas del combate, pero en el asedio para destruir las murallas se emplearon la tortuga, el ariete y las restantes máquinas.

Los cristianos, más agudos para la invención, hemos superado a la ruda antigüedad, hemos inventado las bombardas de bronce, no de una sola clase, sino enormes, medianas y muy pequeñas; las que no son capaces de mover de un lugar diez bueyes, otras más ligeras y las que lleva cada hombre como su lanza; las que disparan un solo bolaño y las que disparan muchos. ¡Oh dioses inmortales! ¿Qué enemigo del género humano ideó algo tan execrable, abominable, funesto? ¿Acaso es la cólera de Dios, que desea ya destruir de raíz la raza humana y poner fin a su mundo? No es un invento de los gentiles, de los agarenos, es de los cristianos. ¿Quién nos ha ayudado en esto? El Espíritu Santo, creo, que para dar a conocer su dulzura se mostró bajo el signo de una paloma.

 Se cuenta que en la antigüedad hubo en Grecia un tal Salmoneo que, por haber imitado el sonido de los truenos y el inimitable rayo con el ruido del bronce y de caballos con pies de cuerno, fue herido por el rayo de Júpiter y expía graves castigos en el infierno. ¿Qué rayo sería suficiente para el inventor de tal dispositivo? ¿Qué castigo bastaría para quien no sólo reprodujo el trueno, sino que lo superó con estruendo más horrible? Ojalá, en efecto, la bombarda tuviese sólo la fuerza y la destrucción del rayo, y que cada una no fuese más dañina que todos los rayos de todo el verano. Un rayo mata a un solo hombre, mientras una sola bombarda a todos los que en una fila se ofrecen al bolaño que se aproxima, con tanta violencia, que ni siquiera los flancos están seguros, ya que son matados incluso los que son alcanzados por los fragmentos esparcidos por los aires de los cuerpos desgarrados. El rey, al mostrarle el escorpión, se quejó de que había perecido el valor de los hombres, por el hecho de que un hombre valerosísimo podía ser eliminado con una flecha antes de llegar a las manos: ¿qué diría ahora cuando no sólo un hombre fuerte sino muchos son desgarrados por un solo golpe de bombarda?

 Así, pues, desde hace ya mucho tiempo no se puede distinguir ni las fuerzas ni el valor de alguien, pues los más valientes caen entre los primeros antes de llegar a las manos los ejércitos, no quedando ningún lugar suficientemente protegido.

En esos textos el pacifista Vives se horroriza de que los cristianos, peores que los paganos, hayan inventado un arma tan destructiva como la bombarda, que es definida en el Diccionario de la RAE como «Cañón antiguo de gran calibre» y «Nombre genérico que se daba a las antiguas piezas de artillería». De la bombarda deriva bombardear.

En El Quijote aparece la idea del castigo del inventor de las armas de artillería: «a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención». Por su parte, Vives insiste en ese castigo:

¡Qué enemigo del género humano ideó algo tan execrable, abominable, funesto?… ¿Qué rayo sería suficiente para el inventor de tal dispositivo? ¿Qué castigo bastaría para quien no solo reprodujo el trueno, sino que lo superó con estruendo mucho más horrible?

JUAN LUIS VIVES

Otra idea interesante expresa don Quijote en el pasaje citado y es que con la invención de las armas de artillería ha desaparecido el valor de los soldados: «con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero».

En el mismo sentido afirma Vives:

¡Dioses inmortales, ¿qué locura es esa? ¿Entonces no hay ya ninguna ocasión, ningún honor para los hombres valientes?

JUAN LUIS VIVES

Y repite la misma idea:

Así, pues, desde hace ya mucho tiempo no se puede distinguir ni las fuerzas ni el valor de alguien, pues los más valientes caen los primeros antes de llegar a las manos los ejércitos.

JUAN LUIS VIVES

Conclusión

A la luz de los pasajes analizados, don Quijote emerge como un decidido defensor de la paz, entendida no simplemente como ausencia de guerra, sino como el mayor bien al que puede aspirar el ser humano. Su pensamiento integra de manera singular la tradición clásica y la cristiana: de Aristóteles procede la concepción de que el fin de la guerra es la paz, mientras que los Evangelios aportan la dimensión espiritual de una paz que Cristo deja como legado a los hombres. Una síntesis inscrita profundamente en el horizonte del humanismo cristiano de Erasmo y Juan Luis Vives.

En este contexto, el «Discurso de las armas y las letras» presenta un contenido ideológico que, por sus referencias filosóficas, religiosas y humanistas, parece entroncar mucho más directamente con el pensamiento de la primera mitad del siglo XVI que con el clima intelectual del siglo XVII. Esta apreciación coincide con los planteamientos de José Antonio Maravall, una de las máximas autoridades en el estudio del pensamiento político español, quien relacionó expresamente la concepción de la paz y la justicia que aparece en El Quijote con la tradición humanista representada sobre todo por Erasmo y Vives.

Si se considera, además, la cuestión lingüística, la figura de Juan Luis Vives adquiere una relevancia singular. Erasmo, pese a su extraordinaria influencia intelectual, no dominaba el español con la naturalidad de un autor hispánico. Vives, en cambio, valenciano de nacimiento y profundamente vinculado a la tradición cultural hispánica, reunía el doble bagaje humanístico y lingüístico necesario para concebir un discurso de esta naturaleza. Aunque su obra erudita fue escrita fundamentalmente en latín, su formación y su conocimiento de la cultura española le proporcionaban los instrumentos intelectuales para expresar en castellano un pensamiento en el que convergen Aristóteles, San Agustín, el cristianismo y el humanismo pacifista.

Por todo ello, los paralelismos examinados en torno a la paz, la justicia, la condena de la guerra, el rechazo de las armas de fuego y la defensa del valor humano frente a la violencia indiscriminada conforman un conjunto de coincidencias intelectuales de extraordinaria relevancia que permiten situar a Juan Luis Vives como el verdadero autor de El Quijote.





Text about Francisco Calero, Professor Emeritus of Latin Philology at UNED, detailing his academic career, research contributions, and teachings in classical philology and humanism.


BIBLIOGRAFÍA


Book cover titled 'El verdadero autor de los «Quijotes» de Cervantes y de Avellaneda' by Francisco Calero, featuring a historical illustration.
El verdadero autor de los “Quijotes» de Cervantes y Avellaneda”

Book cover of 'Autobiografía de Juan Luis Vives' by Francisco Calero, featuring a portrait of Juan Luis Vives and a backdrop of a historical cityscape.
Autobiografía de Juan Luis Vives: Una vida modélica dedicada al estudio y la escritura

Book cover titled '¿Quién escribió realmente El Quijote?' featuring an illustration of a hand holding a quill writing on parchment, with text detailing the author's name and synopsis.
¿QUIÉN ESCRIBIÓ REALMENTE EL QUIJOTE?

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