LA MIRADA DEL CORZO
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La mirada del corzo, de Natalia Gómez del Pozuelo, es mucho más que el relato de un viaje a pie: es un viaje interior hacia la libertad, el autoconocimiento y una nueva manera de mirar la realidad. A través del contacto con la naturaleza, la soledad, los encuentros humanos y la experiencia amorosa, la autora reflexiona sobre nuestros miedos, automatismos y necesidades, y plantea una pregunta esencial: ¿Cuánto de lo que vemos pertenece realmente a la realidad y cuánto a nuestra propia mirada?
Hay viajes que nos llevan a otros lugares y hay viajes que, sin saberlo, nos conducen hasta nosotros mismos. La mirada del corzo, de Natalia Gómez del Pozuelo, pertenece a estos últimos. Nacida de una experiencia real de viaje a pie, la novela se adentra en un territorio donde caminar, desprenderse de lo innecesario, entrar en contacto con la naturaleza y encontrarse con los demás se convierten en formas de conocimiento.
Pero el verdadero viaje de su protagonista no transcurre únicamente por caminos y paisajes de la España menos poblada. Es también un viaje interior en busca de una libertad que no siempre resulta fácil de conservar cuando aparecen el amor, el deseo, el miedo o la necesidad de ser reconocida por la mirada del otro. El encuentro con un corzo, y especialmente con sus ojos abiertos, sin juicios ni expectativas, termina convirtiéndose en una poderosa metáfora de otra manera de mirar la realidad y de mirarnos a nosotros mismos.

A través de estas preguntas, Natalia Gómez del Pozuelo nos habla de caminar y de detenernos, de la soledad y del encuentro, de la madurez, del amor, de los automatismos que condicionan nuestra vida y, sobre todo, de esa mirada que puede abrirnos o encerrarnos. Porque quizá la verdadera aventura no consista tanto en llegar a un destino como en descubrir desde dónde estamos mirando el mundo y nuestra propia existencia.

1. La mirada del corzo nace de una experiencia real de viaje a pie. ¿Qué buscabas cuando decidiste salir de casa y caminar durante semanas?
Llevaba años en un proceso de desprendimiento material: había dejado un trabajo bien remunerado y una casa grande para poder dedicarme a escribir y, aunque ya había conseguido un nuevo equilibrio, quería indagar sobre qué era lo mínimo imprescindible que necesitaba para vivir.
Por eso salí de casa andando, sin destino ni tiempo marcado. No buscaba llegar a ningún sitio concreto y precisamente eso fue lo que me permitió un encuentro especial con el territorio y las personas que lo habitan.
2. En la novela dices que «en cualquier viaje importante, una se busca a sí misma». ¿Qué descubriste de ti misma durante aquel viaje?
Descubrí, sobre todo, que necesitaba mucho menos de lo que creía. Menos cosas, menos certezas, menos control. También comprobé que muchos de mis miedos estaban situados en el futuro: cuando empecé a caminar el miedo se quedó atrás.
Aunque quizá el descubrimiento más importante vino después. Durante el viaje a pie me había sentido autónoma, libre y muy presente, pero cuando apareció un hombre que me gustaba y comenzamos a viajar juntos, recuperé comportamientos que creía superados. Ahí comprendí que una cosa es conquistar la libertad en soledad y otra conservarla cuando entra en juego la mirada de alguien que te gusta.
3. Caminar aparece en el libro no solo como una forma de desplazamiento, sino también como una forma de pensamiento. ¿Qué sucede en nuestro interior cuando caminamos durante mucho tiempo?
Cuando andas sola por el monte durante días y el infinito es tu techo por todos lados, cada gesto se vuelve también infinito: sentarte en una roca, comer una manzana, ver cómo una hormiga se acerca tanteando la realidad con el vaivén de su cabeza… Los pensamientos, al igual que el miedo, se quedan atrás y el presente ocupa todo el espacio.
4. Hablas de alcanzar, después de varios días caminando, un «presente total», sin expectativas ni juicios. ¿Cómo describirías ese estado y qué importancia tiene en tu vida?
Es un estado que se produce gracias a los pasos sobre el camino y a no tener móvil (pues la batería es un bien escaso), ni reuniones, obligaciones, distracciones o ruidos. Estás sola con el entorno y se agudizan los sentidos. Tengo la sensación de que es así como viven los animales.
Creo que muchas tradiciones místicas buscan ese estado, de ahí que tanta gente haga peregrinajes, pues nos conecta con nuestro pasado nómada y genera una percepción muy distinta de la habitual.
5. ¿Crees que necesitamos recuperar la lentitud y el silencio para volver a percibir aspectos de la realidad que la vida cotidiana nos hace pasar por alto?
En mi caso ha sido así, pero cada cual tiene unas necesidades en función de su momento vital. Lo que sí creo es que, en general, las pantallas, la actividad frenética y el ruido nos alejan tanto del entorno, como de las otras personas y, sobre todo, de nosotras/os mismas/os.
6. El encuentro con el corzo da título a la novela. ¿Qué viste en aquella mirada que convirtió ese instante en una experiencia tan significativa?
Cuando me encontré con el corzo y se me quedó mirando, sus ojos eran dos bolas brillantes que parecían decirme con curiosidad: «Y tú, ¿qué haces por aquí?».
En los ojos de aquel majestuoso animal no había expectativas, ni juicios. Cuando vio que yo no suponía una amenaza, me observó con apertura y aceptación, como si se relacionara directamente con mi esencia.
7. En los ojos del corzo encuentras «apertura, aceptación; sin juicios ni expectativas». ¿Es esa mirada una metáfora de la forma en que deberíamos relacionarnos con la vida?
Cuando le vi, el tiempo se detuvo y en sus ojos había algo que yo había buscado desde siempre: la aceptación de la realidad tal como es. Me pareció que yo también podía deshacerme de condicionantes previos y mirar el entorno y a sus habitantes desde ese lugar; que podía incorporar a mi percepción la mirada del corzo.

8. Durante el camino descubres que necesitabas mucho menos de lo que pensabas y, al mismo tiempo, encuentras ayuda desinteresada en personas de territorios muy despoblados. ¿Qué te enseñó aquella experiencia sobre nuestras verdaderas necesidades y sobre la relación con los demás?
Descubrí todo lo contrario de aquello contra lo que me habían prevenido, al menos en los encuentros humanos, pues recibí ayuda por todas partes; yo creo que por ir sola y necesitarla, y eso resultó ser muy importante porque los encuentros son lo que realmente le dan el carácter de aventura a cualquier viaje.
Un hombre, por ejemplo, me abrió el ayuntamiento en un pueblo de 50 personas para que pudiera dormir allí, y a la mañana siguiente, me dio de desayunar y me preparó el bocata como a sus hijos pues no había bar ni tienda. Otros me llevaron en autostop, me prestaron un hornillo, me regalaron carne y verduras porque no había dónde comer…
Creo que las relaciones entre las personas y la ayuda mutua forman una parte crucial del latido de la España menos poblada.
9. La novela recorre pueblos y paisajes de la llamada España vaciada. ¿Qué descubriste en esos lugares y en sus habitantes que difícilmente puede percibirse desde la vida urbana y acelerada?
Yo prefiero hablar de la España menos poblada. «Vaciada» a veces hace pensar en lugares en los que ya no queda nada, y yo encontré precisamente lo contrario: vida, relaciones, memoria y personas que sostienen esos territorios.
Caminar permite además una relación muy distinta con los lugares. Tardas horas en atravesar un territorio y dependes de él. Preguntas dónde hay agua, dónde comprar comida, dónde puedes dormir. Eso genera encuentros que difícilmente se producen cuando atravesamos esos mismos lugares en un vehículo con ruedas.
Además, como dice Le Bretón: “El caminante es una persona del intersticio (…) se sitúa en la ambivalencia de estar a la vez dentro y fuera” y, curiosamente eso produce que las personas se abran más y que las conversaciones lleguen a un grado de intimidad mayor, pues te vas a ir. En varias ocasiones me dijeron que hacía tiempo que no hablaban así con nadie.
10. La protagonista emprende el camino en soledad. ¿Qué diferencia existe entre estar sola y sentirse sola?
Durante el viaje a pie nunca me sentí sola. Y, sin embargo, hubo momentos del viaje acompañada en los que experimenté una enorme soledad.
Esa contradicción fue muy importante para escribir la novela. Estar sola es una circunstancia; sentirse sola tiene que ver con la conexión. Caminando sola estaba profundamente conectada con lo que me rodeaba y conmigo misma. Acompañada, en algunos momentos, fui perdiendo esa conexión. Lo más temible no es la soledad, sino determinadas formas de acompañarnos.
11. Una de las cuestiones centrales del libro son los «automatismos aprendidos del amor». ¿Cuáles son esos automatismos y por qué resulta tan difícil reconocerlos en nosotros mismos?
Son comportamientos que hemos incorporado a nuestra forma de amar casi sin darnos cuenta: complacer, adaptarnos, darle al otro una centralidad e importancia desmesurada, esperar determinadas respuestas, interpretar silencios, buscar aprobación o modificar nuestro comportamiento para mantener el vínculo.
Lo interesante es que muchos de esos automatismos no aparecen cuando estamos solos. Podemos sentirnos muy libres y autónomos y descubrir, al vincularnos afectivamente, que determinados mecanismos siguen ahí. Por eso son difíciles de reconocer: se activan precisamente en relación con otra persona.

12. Cuando aparece el amor, la protagonista pierde parte de esa mirada abierta que había conquistado durante el camino. ¿Por qué una relación afectiva puede despertar inseguridades y comportamientos automáticos que permanecían ocultos?
Creo que intervienen varias cosas. Por un lado, nuestra cultura ha colocado tradicionalmente a la pareja en un lugar prioritario frente al resto de los vínculos, especialmente en el caso de las mujeres, para quienes durante siglos encontrar y conservar una pareja fue también una cuestión de supervivencia. Aunque nuestra realidad haya cambiado, muchos de esos aprendizajes siguen operando de manera inconsciente.
Por otro lado está la inseguridad. Vivimos expuestos a una publicidad y a unas imágenes que nos proponen un ideal de cuerpo prácticamente inalcanzable. Eso genera una insatisfacción bastante generalizada con el propio cuerpo que, en el caso de las mujeres, puede acentuarse con la edad, porque el envejecimiento femenino continúa muy estigmatizado.
Y todo eso puede permanecer relativamente dormido mientras estamos solas. Es en el vínculo con alguien que nos importa cuando se activa: queremos gustar, tememos dejar de gustar, buscamos aprobación, interpretamos gestos y silencios. De pronto aparecen comportamientos que creíamos superados. Eso es precisamente lo que le sucede a la protagonista: había conquistado una mirada muy libre caminando sola y descubre que conservarla en una relación es mucho más difícil.
13. ¿Es posible amar profundamente sin perder la autonomía personal ni convertir la mirada del otro en el centro de nuestra propia vida?
Quiero pensar que sí, aunque no tengo una fórmula. De hecho, la novela nace precisamente de esa búsqueda.
Me interesa mucho esa tensión entre intimidad y autonomía. Amar implica dejarse afectar por otra persona; si no nos afecta, probablemente tampoco hay verdadera intimidad. El problema aparece cuando la mirada del otro empieza a sustituir a la propia. Quizá no se trate de amar sin cambiar, sino de aprender a distinguir entre los cambios que nacen del encuentro y aquellos con los que empezamos a desaparecer.
14. La novela está protagonizada por una mujer de 55 años. ¿Qué querías expresar al situar en esa etapa de la vida una historia de búsqueda, libertad, deseo y transformación?
No fue una elección pues la novela es autobiográfica y era la edad que tenía cuando me fui a caminar, pero ha resultado ser algo importante; de hecho es algo que me preguntan en la mayoría de las entrevistas, porque (también culturalmente) parece que las mujeres desaparecen a los cincuenta.
Creo que es fundamental que tengamos referencias de mujeres que viven plenamente a cualquier edad, que se aventuran por nuevos territorios y que tienen voz propia.
15. ¿Crees que nuestra sociedad necesita nuevos relatos sobre la madurez, alejados de la idea de que cumplir años significa renunciar a los sueños y a las posibilidades?
Hay un bonito momento en la novela en el que la protagonista está cruzando en barco un río cerca de Donostia y llegan en sentido contrario un montón de viejas y viejos de setenta y tantos con bicicletas eléctricas. Le gustó mucho ver cómo los jubilados se echaban al mundo a rodar y a mover el esqueleto. En el viaje no solo se había acercado a La vida secreta de los árboles, también había descubierto la vida secreta de los viejos.
Tenemos unas vidas cada vez más longevas y creo que es importante dotarlas de sentido y de aventuras independientemente de la edad. Tal vez el mayor peligro que tenemos según vamos cumpliendo años es dejarnos atrapar por el sofá.
16. La protagonista intenta «hacer las paces con lo vivido». ¿Qué significa para ti reconciliarnos con nuestro pasado sin quedar atrapados en él?
Supongo que significa poder mirar lo vivido sin necesitar reescribirlo continuamente. Hay decisiones que hoy tomaríamos de otra manera, relaciones que nos hicieron daño y momentos en los que tampoco nosotros actuamos como nos habría gustado.
Hacer las paces no significa pensar que todo estuvo bien ni justificarlo, sino aceptar que eso también forma parte de lo que somos. El pasado puede ayudarnos a comprendernos, pero si lo utilizamos como explicación permanente de lo que hacemos en el presente puede acabar convirtiéndose en una jaula.
17. En tu novela aparecen literatura, naturaleza, soledad, viaje y experiencia amorosa. ¿Qué papel desempeñan todos estos elementos en nuestro proceso de conocimiento y transformación personal?
No siempre nos transforman; se puede viajar sin cambiar, leer sin dejarse tocar, caminar por la naturaleza sin verla y amar repitiendo exactamente los mismos patrones.
Lo que tienen en común todos esos elementos en la novela es que colocan a la protagonista ante algo que no controla del todo. El viaje, la naturaleza, la soledad, la escritura y el amor funcionan como formas diferentes de confrontarse con su propia mirada. Y para mí ahí está la posibilidad de transformación: no tanto en lo que nos sucede como en la forma en que somos capaces de mirarlo y narrarlo.
18. Para terminar: después de todo el camino recorrido, ¿qué pregunta te gustaría que La mirada del corzo dejara abierta en el lector?
Quizá una muy sencilla: ¿cuánto de lo que veo pertenece realmente a lo que tengo delante y cuánto pertenece a mi propia mirada?
Porque eso atraviesa toda la novela: el paisaje, el miedo, el amor, la soledad y la forma en que interpretamos a los demás. No podemos mirar sin nuestra historia, pero sí podemos preguntarnos desde dónde estamos mirando. Y tal vez esa pequeña distancia entre lo que sucede y lo que creemos que sucede abra un espacio de libertad.
Al terminar esta conversación queda la sensación de que La mirada del corzo es mucho más que el relato de un viaje a pie. Es una invitación a detenernos y preguntarnos qué vemos cuando miramos y, sobre todo, cuánto de aquello que creemos ver está condicionado por nuestros miedos, nuestras expectativas, nuestra historia y nuestros aprendizajes.
Natalia Gómez del Pozuelo convierte el camino en una metáfora de la existencia. Caminar permite desprenderse de lo superfluo, recuperar los sentidos, habitar el presente y descubrir que necesitamos menos de lo que pensábamos. Pero también revela que la libertad conquistada en soledad debe enfrentarse después a una prueba más compleja: seguir siendo uno mismo cuando aparece la mirada del otro.

Y ahí adquiere todo su significado el encuentro con el corzo. Aquella mirada sin expectativas ni juicios representa una forma distinta de relacionarse con la realidad: aceptar lo que tenemos delante antes de intentar convertirlo en aquello que esperamos que sea. Una mirada que no pretende poseer, controlar ni interpretar de inmediato, sino simplemente estar presente.
Quizá por eso la pregunta que Natalia deja abierta al final de la entrevista sea también la que mejor resume el espíritu de la novela: «¿cuánto de lo que veo pertenece realmente a lo que tengo delante y cuánto pertenece a mi propia mirada?».
Una pregunta aparentemente sencilla que puede acompañar al lector mucho después de cerrar el libro. Porque tal vez la verdadera transformación no consista en cambiar el mundo que tenemos delante, sino en aprender a mirarlo de otra manera.
Y quizá, como el corzo, se trate simplemente de aprender a mirar sin miedo, sin expectativas y sin juicios.
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