DEL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN AL DESAFÍO DEL ALGORITMO

 


Avatar de Desconocidopor José Antonio Hernández de la Moya

I. LOS PERIODISTAS DE LA TRANSICIÓN: CUANDO INFORMAR ERA TAMBIÉN CONSTRUIR DEMOCRACIA

Una generación que abrió las ventanas de España

No fui un periodista de la Transición. Por razones de edad, no me correspondió vivir aquellos años desde una redacción, una corresponsalía o una mesa de edición en la que se decidía cómo contar a los españoles el nacimiento de una nueva realidad política. Sin embargo, he dedicado buena parte de mi trayectoria personal e intelectual a estudiar aquel periodo, a reflexionar sobre sus protagonistas y a tratar de comprender qué significó para España el paso de la dictadura a la democracia.

Mi experiencia profesional de más de cuatro décadas en RTVE y mi interés por la historia reciente de Espña me han permitido observar la evolución de los medios de comunicación desde una perspectiva que combina la memoria profesional, el análisis histórico y la reflexión crítica. Fruto de ese interés es mi libro El espíritu de la Transición: conversaciones para nuestro tiempo, en el que he querido rescatar no solo los acontecimientos y sus protagonistas, sino también los valores, las actitudes y la voluntad de entendimiento que hicieron posible aquella transformación.

Desde esa posición, mi aproximación a los periodistas de la Transición es la de alguien que, sin haber formado parte de aquella generación profesional, reconoce la trascendencia de su trabajo y considera que su legado merece ser estudiado con rigor, sin idealizaciones, pero también sin los prejuicios que a veces acompañan a la revisión del pasado.

Porque hubo un tiempo en el que el periodismo español no se limitó a contar la historia: contribuyó decisivamente a hacerla posible.

La muerte de Francisco Franco, en noviembre de 1975, abrió un horizonte de incertidumbre. España se encontraba ante el desafío de construir una democracia después de casi cuatro décadas de dictadura. No existía una cultura democrática suficientemente arraigada, las libertades estaban condicionadas por la herencia del régimen y el futuro político distaba mucho de estar asegurado. Había temores, desconfianzas, resistencias y heridas que no podían desaparecer por decreto.

En aquellas circunstancias, la sociedad necesitaba algo más que noticias. Necesitaba comprender lo que estaba ocurriendo, conocer las distintas opciones políticas, identificar los riesgos y descubrir que era posible discrepar sin convertir al adversario en un enemigo irreconciliable. En este sentido los periodistas desempeñaron una función esencial en ese aprendizaje colectivo.

La prensa escrita adquirió un protagonismo extraordinario. Los periódicos se convirtieron en espacios de debate, en lugares donde las nuevas ideas podían abrirse paso y en instrumentos para acercar a los ciudadanos una realidad política que hasta entonces se había desarrollado, en gran medida, bajo el control del poder. No es casual que se hablara del «Parlamento de papel»: las páginas de los diarios ofrecían un espacio de encuentro entre los representantes políticos y la sociedad, pero también entre los propios protagonistas de la transformación.

La radio y la televisión formaban parte de aquel ecosistema informativo, aunque sometidas a condicionamientos diferentes. En particular, RTVE, por su condición de medio público y por el alcance de sus emisiones, ocupaba una posición de enorme responsabilidad. La información podía contribuir a ampliar los horizontes de libertad o, por el contrario, quedar subordinada a los intereses de quienes ejercían el poder. Por esto, la transición democrática exigía cambiar también la manera de informar.

Y ese cambio no consistía únicamente en incorporar nuevos nombres, partidos o declaraciones a los espacios informativos. Implicaba aprender a convivir con el pluralismo, reconocer la legitimidad de opiniones diferentes y asumir que el ciudadano tenía derecho a recibir información suficiente para formarse un criterio propio.

Muchos periodistas comprendieron la dimensión histórica de aquella tarea. Trabajaron en un escenario complejo, con incertidumbres políticas, presiones y riesgos, y contribuyeron a que la ciudadanía conociera las transformaciones que se estaban produciendo. Su labor fue, en ese sentido, también pedagógica: ayudaron a una sociedad poco familiarizada con las instituciones democráticas a comprender el significado de las elecciones, los partidos, el Parlamento, la negociación y las nuevas libertades.

No se trataba de sustituir una doctrina por otra, sino de hacer posible que los ciudadanos pensaran por sí mismos.

El valor de informar con responsabilidad

Una de las lecciones más importantes de aquel periodismo fue la conciencia de que la información no es una mercancía cualquiera. Es un bien de interés público, porque de su calidad depende, en buena medida, la capacidad de una sociedad para tomar decisiones libres.

La libertad de expresión y el derecho a la información no constituyen simples concesiones del poder. Son elementos indispensables de una democracia digna de ese nombre. Sin ellos, el ciudadano queda expuesto a la propaganda, al ocultamiento y a la manipulación; con ellos, dispone de herramientas para fiscalizar a sus representantes y participar de manera consciente en la vida colectiva.

Los periodistas de la Transición contribuyeron a consolidar esa convicción en un momento en el que las reglas de la nueva convivencia todavía estaban definiéndose. Su mérito no reside en haber acertado siempre ni en haber estado al margen de todas las presiones. Reside, sobre todo, en que una parte significativa de la profesión entendió que tenía ante sí una responsabilidad que trascendía el ejercicio cotidiano del oficio.

Conviene, sin embargo, evitar una visión excesivamente uniforme de aquella generación. No todos trabajaron en las mismas condiciones, no todos compartieron idénticas posiciones y no todos interpretaron de igual manera el alcance de los cambios. Hubo periodistas valientes y comprometidos, pero también límites, cautelas, errores y silencios. La proximidad entre determinados profesionales y los centros de poder pudo facilitar el acceso a información relevante, aunque también planteaba interrogantes sobre la independencia y la capacidad crítica. Por lo tanto, la historia merece una mirada serena, no una hagiografía.

Precisamente por eso, considero que el reconocimiento a los periodistas de la Transición no necesita convertirlos en héroes infalibles. Su aportación se comprende mejor cuando se examinan las dificultades a las que se enfrentaron, las decisiones que tuvieron que tomar y las consecuencias de sus informaciones. El mérito de una profesión no se mide por la ausencia de errores, sino por su disposición a buscar la verdad, contrastar los hechos, reconocer las equivocaciones y defender la independencia frente a las presiones.

Tampoco debemos olvidar que el periodismo de aquellos años se desarrolló en estrecha relación con los acontecimientos políticos. La construcción de la democracia requería información, debate y transparencia, pero exigía igualmente prudencia, capacidad de negociación y una comprensión profunda de la fragilidad del momento. En ocasiones, el lenguaje empleado, la selección de los temas y el tratamiento de determinadas noticias podían contribuir a rebajar la tensión o, por el contrario, alimentar la confrontación. Y es que, informar no era una actividad inocua. Las palabras tenían consecuencias.

Ese es uno de los aspectos que más me interesan de la Transición: la conciencia, explícita o implícita, de que la forma de contar los acontecimientos podía influir en la manera en que los ciudadanos los interpretaban. La prensa no sustituía a los protagonistas políticos ni podía atribuirse el mérito exclusivo del cambio, pero sí contribuía a crear el clima social en el que aquel cambio debía desarrollarse.

La democracia fue una obra colectiva. La impulsaron ciudadanos, movimientos sociales, representantes políticos, trabajadores, intelectuales y profesionales de muy distintos ámbitos. Entre ellos, los periodistas ocuparon un lugar relevante porque ayudaron a convertir la transformación política en una realidad comprensible para millones de personas.

La Transición como aprendizaje de convivencia

Mi interés por aquel periodo nace, en buena medida, de una convicción: la Transición no debe estudiarse únicamente como una sucesión de acontecimientos, fechas y decisiones institucionales. También debe entenderse como una experiencia de aprendizaje colectivo.

España tuvo que aprender a convivir con sus diferencias después de una larga etapa en la que la pluralidad política había sido negada o severamente restringida. La democracia no eliminó las discrepancias ni resolvió de inmediato los problemas históricos, pero estableció un marco en el que podían abordarse mediante el diálogo, la negociación y el respeto a unas reglas compartidas.

En ese proceso, los medios desempeñaron una función que hoy resulta especialmente pertinente. Contribuyeron a que la diversidad de opiniones adquiriera visibilidad y a que el debate público se convirtiera en una parte esencial de la vida democrática.

No idealizo aquel periodo ni considero que todos sus resultados fueran satisfactorios. La Transición tuvo luces y sombras, decisiones discutibles y cuestiones pendientes. Su revisión crítica es legítima y necesaria. Lo que me parece equivocado es juzgarla sin atender al contexto en el que se produjo, como si quienes protagonizaron aquel proceso hubieran dispuesto de todas las certezas, libertades y posibilidades que hoy damos por supuestas. Así que, la perspectiva histórica exige comprender las circunstancias antes de emitir un juicio.

Y esa exigencia debería aplicarse también al periodismo. Podemos cuestionar sus silencios, examinar sus dependencias y estudiar sus errores sin desconocer la contribución de quienes ayudaron a ensanchar los espacios de libertad. Criticar no obliga a despreciar; reconocer los méritos no obliga a renunciar al análisis.

En mi libro El espíritu de la Transición: conversaciones para nuestro tiempo he querido reflexionar sobre la vigencia de una actitud que considero esencial: la voluntad de encontrar puntos de encuentro sin exigir que nadie renuncie a sus convicciones. No se trata de recuperar un pasado idealizado ni de reproducir mecánicamente fórmulas que pertenecieron a otro contexto. Se trata de preguntarnos qué podemos aprender de una generación que, con todas sus limitaciones, fue capaz de abrir caminos de entendimiento en circunstancias extraordinariamente difíciles.

Los periodistas tienen mucho que aportar a esa reflexión. Su trabajo puede favorecer una sociedad informada y plural, pero también puede contribuir a la construcción de trincheras cuando se confunde la información con la militancia o se presenta cada discrepancia como una batalla entre buenos y malos.

La memoria de la Transición debería servirnos para reconocer esa responsabilidad.

De la memoria a la gratitud

No dispongo de una anécdota personal que pueda presentar honestamente como vivida en una redacción durante aquellos años. Prefiero reconocerlo antes que adornar estas páginas con recuerdos ajenos. Mi aportación nace de otra experiencia: la de haber dedicado tiempo y trabajo a estudiar aquel proceso, a conversar sobre su legado y a observar, desde mi trayectoria profesional, cómo han cambiado los medios y la relación entre información, poder y ciudadanía.

Aunque no pueda aportar recuerdos de una redacción periodística de aquellos años, sí guardo en la memoria acontecimientos que me permiten evocar el clima de incertidumbre en el que se desenvolvía la vida española y que, con el paso del tiempo, adquirirían una dimensión histórica. Uno de ellos quedó ligado a una fecha que marcaría un antes y un después en el final del franquismo: el asesinato del almirante Carrero Blanco.

El 20 de diciembre de 1973, un tren procedente de Salamanca con destino Madrid-Atocha hizo escala —según lo previsto— en la estación de Ávila. Era una mañana fría y de nieve. Yo venía en este tren, recién iniciada mi adolescencia, junto con otros compañeros, para pasar las navidades con mi familia. Mientras cogía mi maleta del estante del vagón pude comprobar que mi padre me esperaba en la estación, visiblemente nervioso. Tras el emocionado reencuentro ─habíamos estado separados más de 3 meses─, mi padre no pudo controlar ni un segundo más su perturbación, exclamando:

─Hijo: ¡Han matado a Carrero Blanco! ¡Han matado a Carrero Blanco!

Con mis recién 11 años cumplidos lo más que sabía de aquel hombre al que habían asesinado es que era el presidente del Gobierno de España. Ni podía imaginarme entonces el hondo impacto que provocó en la sociedad española de la época aquel suceso: el mayor ataque contra el Régimen de Franco desde el final de la Guerra Civil en 1939.

Mi padre me tomó de la mano y me acompañó hasta un bar próximo a la estación para descansar del viaje hasta que llegara la hora de salida de la línea de autobuses que nos tenía que dejar en nuestro pueblo.

Recuerdo perfectamente que, una vez aplacados los imperativos indemorables de la naturaleza humana, mi padre empezó a entablar una conversación con el camarero de aquel bar sobre el trágico acontecimiento. Están diciendo por la radio —le escuché decir a mi padre— que ha sido ETA.

─ ¡Pero, coño, pero coño! ¿Cómo ha podido pasar esto? —comentó el camarero. ¿Y qué va a hacer ahora Franco?

—Se va a preparar gorda, pero que muy gorda— fue la rápida predicción que hizo mi padre en aquellos momentos sobre las consecuencias que tendría previsiblemente aquel cruel y dramático atentado contra uno de los hombres de la absoluta confianza de Franco. Luego añadió: Según están diciendo por la radio, el atentado se ha producido sobre la 9 y media de esta mañana. Al parecer, Carrero Blanco iba en su vehículo camino del Despacho de la Presidencia del Gobierno, tras haber asistido a su habitual misa diaria, en una iglesia de la calle Callao de Madrid. También están diciendo que el vehículo que lo trasladaba ha quedado hecho añicos.

Ciertamente, la trascendencia política de este atentado —que mi mente adolescente no podía comprender— coincidente, por cierto, con el juicio que se estaba celebrando contra 10 militantes del sindicato Comisiones Obreras —el histórico «Proceso 1001»—, era evidente: con el nombramiento en junio de 1973 del almirante Carrero Blanco como presidente del Gobierno, Franco ponía al frente del mismo a la persona de su máxima confianza, la más adecuada —según los sectores inmovilistas del Régimen— para dar continuidad a la Dictadura.

Años más tarde supe que este brutal atentado había afectado notablemente a Franco, hasta tal punto que, al conocer la noticia, exclamó: «Me han cortado el último lazo que me unía al mundo».

A partir de ese momento se abrió una crisis profunda y definitiva del Régimen franquista. Durante los días siguientes al atentado, Torcuato Fernández Miranda, secretario general del Movimiento y vicepresidente del Gobierno, asumiría provisionalmente la Presidencia del Gobierno, antes de que Franco se decantara por Carlos Arias Navarro.

La conmoción provocada por aquel acontecimiento no se limitó al ámbito político. En una España todavía sometida a la censura y sin libertades informativas plenas, hechos de semejante trascendencia planteaban también un desafío para quienes tenían la responsabilidad de informar. La sociedad necesitaba comprender lo que estaba sucediendo, aunque no siempre pudiera acceder a toda la información ni conocer las consecuencias de unos acontecimientos cuyo alcance solo el tiempo permitiría valorar.

Esa perspectiva me lleva a sentir un respeto especial por quienes ejercieron el periodismo en un tiempo en el que las libertades no estaban plenamente asentadas y el futuro político de España permanecía abierto. Muchos de aquellos profesionales contribuyeron a que los ciudadanos pudieran conocer una realidad que estaba transformándose a gran velocidad. Sus crónicas, entrevistas, reportajes y análisis forman parte de la memoria de nuestra democracia.

Pero el homenaje no debería limitarse a recordar nombres célebres. También merece reconocimiento el trabajo menos visible de quienes elaboraban informaciones, buscaban fuentes, comprobaban datos, redactaban noticias, preparaban emisiones o sostenían diariamente el funcionamiento de los medios. El periodismo es una tarea colectiva y su calidad depende tanto de las figuras más conocidas como de los profesionales que trabajan lejos de los focos.

En ese sentido, el libro de María Ángeles López de Celis constituye una oportunidad para recuperar la dimensión humana de una profesión que suele recordarse a través de sus grandes titulares, pero que se construye mediante muchas horas de trabajo, decisiones difíciles y una vocación que no siempre recibe el reconocimiento que merece.

También es una invitación a transmitir a las nuevas generaciones que las libertades de las que disfrutan no surgieron espontáneamente. Fueron fruto de un proceso histórico en el que participaron personas concretas, con sus convicciones, sus dudas, sus aciertos y sus errores.

Creo firmemente que la memoria no debe convertirse en nostalgia, sino en conocimiento. Y el conocimiento debe ayudarnos a comprender mejor el presente.

Si algo merece conservarse del mejor periodismo de la Transición es la convicción de que informar constituye un servicio a la sociedad. Una democracia necesita periodistas que no se limiten a repetir lo que dicen los poderosos, que no confundan la popularidad con la credibilidad y que mantengan viva la voluntad de investigar, contrastar y explicar.

A quienes ejercieron el oficio en aquellos años les debemos, al menos, la gratitud de reconocer su contribución. A quienes lo ejercen hoy, la exigencia de que mantengan vivo ese compromiso. Y a quienes se preparan para hacerlo en el futuro, la responsabilidad de comprender que la tecnología puede transformar las herramientas, pero no sustituir los principios.

Porque una democracia no se sostiene únicamente sobre leyes e instituciones. Necesita ciudadanos capaces de comprender la realidad y medios que les ayuden a hacerlo. Ese es, a mi juicio, uno de los legados más valiosos del periodismo de la Transición.

II. DEL TELETIPO AL ALGORITMO: EL PERIODISMO PRESENTE Y FUTURO

Nunca hubo tanta información y quizá tan poca comprensión

Vivimos una paradoja extraordinaria. Nunca habíamos tenido acceso a semejante cantidad de información y, sin embargo, cada vez resulta más difícil distinguir lo relevante de lo accesorio, lo verdadero de lo falso y el conocimiento de la simple acumulación de datos.

La transformación tecnológica ha modificado radicalmente la manera en que producimos, distribuimos y consumimos noticias. El teletipo, las redacciones tradicionales y los ritmos pausados de otros tiempos conviven hoy, en nuestra memoria profesional, con una realidad dominada por las pantallas, las plataformas digitales, las notificaciones permanentes y la inmediatez.

El cambio no es únicamente técnico. Afecta a la economía de los medios, a las condiciones de trabajo de los periodistas, a los hábitos de los ciudadanos y a la propia naturaleza del debate público.

La noticia ha dejado de depender exclusivamente de la decisión de una redacción para entrar en circulación. Cualquier persona puede difundir imágenes, comentarios o informaciones a una audiencia potencialmente enorme. Las redes sociales han ampliado las posibilidades de expresión y han permitido que acontecimientos ignorados por los medios tradicionales alcancen una gran visibilidad. Esa democratización de la comunicación ofrece oportunidades indudables. Pero también plantea riesgos que no podemos ignorar.

La velocidad favorece la difusión de contenidos antes de que hayan sido comprobados; la búsqueda de atención puede premiar el escándalo sobre la explicación; y los sistemas de recomendación tienden a mostrarnos aquello que, por nuestros hábitos anteriores, probablemente mantendrá nuestro interés. De ese modo, la información puede terminar convertida en un reflejo de nuestras preferencias, en lugar de ser una ventana abierta a una realidad más amplia y compleja.

El problema no es disponer de demasiada información, sino carecer del tiempo, los criterios y las herramientas necesarios para interpretarla. Informarse no equivale a comprender. Y comprender exige algo que el ecosistema digital no siempre favorece: detenerse, comparar, contrastar, contextualizar y aceptar que la realidad puede ser más compleja de lo que nos gustaría.

De la información al ruido

Uno de los principales desafíos del periodismo contemporáneo es la confusión entre actualidad y relevancia. La sucesión ininterrumpida de noticias crea la sensación de que todo es urgente y de que cualquier asunto debe ser atendido de inmediato. Sin embargo, lo que ocupa durante unas horas el centro de la conversación pública puede carecer de importancia duradera, mientras que cuestiones fundamentales para la vida de los ciudadanos permanecen relegadas. La información necesita jerarquía. No todo merece el mismo espacio, el mismo énfasis ni la misma urgencia.

Cuando los medios subordinan sus decisiones editoriales a la necesidad de generar visitas, reproducciones o interacciones, corren el riesgo de convertirse en proveedores de estímulos antes que en instrumentos de conocimiento. El titular provocador puede imponerse al análisis; la declaración estridente, a la explicación de los hechos; y el enfrentamiento entre adversarios, al examen de los problemas reales. La consecuencia es una ciudadanía expuesta a un flujo permanente de contenidos, pero no necesariamente mejor informada.

A esta dificultad se suma la polarización. Una parte de la audiencia se acerca a los medios buscando confirmar sus convicciones, no ponerlas a prueba. La información que contradice sus expectativas se interpreta como una agresión, y el periodista deja de ser considerado un profesional que debe investigar para convertirse, a ojos de algunos, en representante de un supuesto bando contrario.

Así se debilita una de las condiciones esenciales de la convivencia democrática: la posibilidad de compartir una base de hechos sobre la que discutir legítimamente sus interpretaciones.

Una sociedad puede discrepar sobre las soluciones a sus problemas. Lo que resulta mucho más difícil es mantener una conversación democrática cuando sus integrantes ni siquiera reconocen los mismos hechos.

El periodismo no puede resolver por sí solo la polarización política y social, pero sí puede contribuir a reducirla o agravarla. Puede explicar las posiciones enfrentadas sin caricaturizarlas, distinguir las discrepancias legítimas de las falsedades demostrables y ofrecer contexto allí donde otros buscan únicamente provocar una reacción emocional.

Su función no consiste en eliminar el conflicto, porque el conflicto forma parte de toda sociedad plural. Consiste en hacerlo comprensible y evitar que la confrontación sustituya al conocimiento.

La independencia, una condición irrenunciable

La independencia periodística constituye otro de los grandes desafíos de nuestro tiempo.

Los medios necesitan recursos económicos para investigar, contratar profesionales, mantener corresponsalías, sostener sus estructuras y garantizar la continuidad de sus publicaciones y emisiones. El problema surge cuando la dependencia financiera se convierte en subordinación editorial, cuando los intereses empresariales, políticos o institucionales condicionan la selección de los asuntos, el tratamiento de las noticias o la decisión de investigar determinados hechos. Así que, no basta con proclamar la independencia. Es necesario crear las condiciones que permitan ejercerla.

Eso requiere transparencia en la propiedad de los medios, claridad en la identificación de sus fuentes de financiación, separación entre información y publicidad, protección de los periodistas frente a las presiones y garantías editoriales que impidan que el interés particular prevalezca sobre el derecho de los ciudadanos a conocer los hechos.

También exige reconocer que la independencia no consiste en carecer de ideas o convicciones. Todo profesional tiene una mirada sobre el mundo. La cuestión decisiva es si está dispuesto a someter sus interpretaciones a la evidencia, contrastar aquello que cree saber y rectificar cuando los hechos desmienten sus expectativas. El rigor no exige ausencia de opinión, sino honestidad respecto a los límites de la propia opinión.

En este punto, la experiencia de la Transición vuelve a resultar útil. La prensa de aquellos años tuvo que desenvolverse en un escenario en el que la libertad informativa se estaba abriendo camino y las relaciones entre los medios y el poder adquirían nuevas dimensiones. Recordar aquel proceso no significa afirmar que entonces todo fuera mejor, sino comprender que la independencia es una conquista que nunca puede darse por definitivamente asegurada.

Las libertades necesitan instituciones que las protejan y profesionales dispuestos a ejercerlas. Y necesitan, sobre todo, ciudadanos conscientes de su valor.

La inteligencia artificial: herramienta, oportunidad y responsabilidad

La llegada de la inteligencia artificial añade una nueva dimensión a esta transformación. Sus posibilidades son enormes: permite analizar grandes cantidades de documentos, localizar relaciones entre datos, facilitar tareas de transcripción, traducir contenidos, automatizar procesos y ayudar a los periodistas a detectar patrones que podrían pasar inadvertidos en una revisión manual.

Utilizada con criterio, puede liberar tiempo para tareas de mayor valor añadido, como la investigación, la comprobación de fuentes, el análisis y la elaboración de reportajes complejos. Pero la tecnología no elimina la necesidad del juicio profesional. Tampoco garantiza por sí misma la verdad de los resultados que produce.

Los sistemas de inteligencia artificial pueden ofrecer respuestas incorrectas con apariencia de seguridad, reproducir sesgos presentes en sus datos de entrenamiento o generar documentos, imágenes y voces sintéticas capaces de engañar a una audiencia. En un contexto en el que resulta cada vez más sencillo fabricar contenidos verosímiles, la verificación adquiere una importancia aún mayor.

El periodista del futuro necesitará conocimientos tecnológicos, pero también una sólida formación humanística, capacidad de análisis, cultura general y conciencia ética. Deberá saber utilizar las herramientas sin convertirse en un mero operador de sistemas cuyo funcionamiento y cuyos límites desconoce.

La inteligencia artificial puede ayudar a encontrar información. No puede asumir automáticamente la responsabilidad moral y profesional de publicarla.

Cuando una noticia afecta a la reputación de una persona, a la seguridad de una comunidad o a la interpretación de un acontecimiento histórico, no basta con que un sistema produzca una respuesta convincente. Hace falta comprobar las fuentes, valorar el contexto y responder por las consecuencias de la publicación.

La transparencia será esencial. Cuando el uso de herramientas automatizadas afecte de manera significativa a la elaboración o presentación de una información, los medios deberían explicar ese uso con criterios claros. Y cuando se publiquen imágenes, audios o vídeos sintéticos que puedan confundirse con documentos auténticos, será necesario identificarlos de forma inequívoca.

El desafío, pues,  no consiste en elegir entre el periodista y la máquina. Consiste en decidir qué tareas puede realizar la tecnología, bajo qué controles y con qué responsabilidad humana.

La innovación será verdaderamente útil si mejora la calidad del periodismo, no si se limita a multiplicar la cantidad de contenidos disponibles.

Recuperar la confianza sin renunciar a la crítica

La confianza pública no se recupera mediante campañas publicitarias ni apelando continuamente a la importancia de la profesión. Se construye con hechos, a través de un trabajo cotidiano que permita al ciudadano comprobar que el medio busca informar con honestidad.

Eso implica reconocer los errores de manera visible, corregirlos sin ambigüedades, distinguir los hechos de las interpretaciones y explicar, siempre que sea posible, cómo se ha obtenido una información. También significa proteger a las fuentes, evitar las acusaciones sin fundamento y resistir la tentación de presentar como certezas aquello que todavía está sujeto a comprobación.

El periodismo debe ser capaz de investigar a todos los poderes sin establecer excepciones motivadas por afinidades políticas, económicas o ideológicas. Esa exigencia incluye a los gobiernos, los partidos, las empresas, las instituciones y también a los propios medios de comunicación. La crítica no debilita al periodismo cuando se ejerce con fundamento. Lo fortalece.

Pero la responsabilidad debe ser proporcional y estar basada en garantías. No se trata de crear mecanismos que permitan al poder político decidir qué informaciones son aceptables o castigar a los medios por sus opiniones, sino de promover reglas transparentes, vías eficaces de rectificación y procedimientos que protejan tanto el derecho a la información como los derechos de las personas afectadas.

Una prensa libre necesita rendir cuentas, pero no puede quedar sometida a la voluntad de quienes debe fiscalizar. Esta distinción es fundamental. La libertad editorial y la responsabilidad profesional no son principios incompatibles; se necesitan mutuamente.

También los ciudadanos tenemos una parte de responsabilidad. Compartir una noticia sin leerla, difundir una imagen sin comprobar su origen o aceptar como verdadero aquello que confirma nuestros prejuicios contribuye a deteriorar el espacio público. La alfabetización mediática debe convertirse en una tarea educativa permanente, desde las aulas hasta la formación de los adultos.

Aprender a informarse debería incluir la capacidad de formular preguntas elementales: quién publica esta información, qué pruebas aporta, qué fuentes utiliza, qué datos faltan y qué otros medios ofrecen una explicación diferente. No debemos entregar a las plataformas digitales la totalidad de nuestro criterio. La libertad también consiste en aprender a utilizarla.

El futuro: más tecnología, más criterio humano

¿Cómo será el periodismo dentro de diez, veinte o treinta años? Es difícil anticipar las herramientas que utilizaremos, la organización de las redacciones o los modelos de negocio que prevalecerán. Lo que sí podemos identificar son algunas necesidades que probablemente serán todavía más importantes.

Necesitaremos periodistas capaces de investigar con profundidad en un entorno saturado de contenidos; profesionales que sepan manejar datos y herramientas digitales sin perder la perspectiva humana; medios dispuestos a invertir en información propia y no limitarse a reproducir declaraciones; y organizaciones que comprendan que la credibilidad es un patrimonio mucho más valioso que el impacto inmediato.

El periodismo de calidad tendrá que explicar aquello que otros se limitan a anunciar, investigar aquello que otros prefieren ignorar y contextualizar aquello que las redes reducen a unas pocas palabras o segundos de vídeo.

Quizá deba recuperar, además, una relación más estrecha con las comunidades a las que sirve. Escuchar a los ciudadanos, dar voz a quienes permanecen habitualmente fuera del foco y prestar atención a los problemas que no generan grandes cifras de audiencia son tareas esenciales para mantener el vínculo entre los medios y la sociedad.

No todo lo importante es viral. No todo lo popular es verdadero. Y no todo lo que puede medirse merece convertirse en el objetivo principal de una redacción.

La innovación tecnológica deberá ir acompañada de una renovación cultural. El periodista del futuro tendrá que combinar rapidez con prudencia, capacidad de síntesis con profundidad y dominio de las herramientas con independencia de criterio. Tendrá que comprender que la atención del público es necesaria, pero que conquistarla mediante el engaño o la exageración termina destruyendo aquello que hace valioso al medio.

La formación permanente será indispensable. También lo serán la colaboración entre profesionales, el intercambio de conocimientos y la capacidad de trabajar con especialistas de otros ámbitos, desde la ciencia y la economía hasta la historia, la tecnología o el derecho.

En este nuevo escenario, los medios públicos tienen una responsabilidad particular. Su razón de ser no debería medirse únicamente por la audiencia, sino también por su capacidad para ofrecer información rigurosa, plural y accesible, prestar atención a la diversidad territorial y social y contribuir a una ciudadanía mejor informada. Esa misión exige independencia editorial, transparencia y mecanismos que permitan evaluar el servicio que prestan sin convertirlo en instrumento de ningún poder político.

La transformación digital no hace menos necesaria esa función. La hace más exigente.

Del espíritu de la Transición al espíritu del periodismo

Al contemplar el recorrido que va del teletipo al algoritmo, la pregunta fundamental no es cuánto han cambiado las herramientas, sino qué permanece de aquello que daba sentido al oficio.

Han cambiado los tiempos de producción, los soportes, los hábitos de lectura y escucha, las formas de financiación y la relación entre los periodistas y sus audiencias. La tecnología seguirá transformando todos esos elementos. Sería absurdo añorar un mundo que ya no existe o rechazar innovaciones capaces de mejorar el trabajo informativo.

Pero hay principios que no deberían quedar anticuados: el respeto a los hechos, el contraste de las fuentes, la independencia, la honestidad intelectual, la voluntad de explicar y el compromiso con el derecho de los ciudadanos a estar informados.

La Transición española nos recuerda que las libertades no se consolidan de una vez para siempre. Requieren instituciones, responsabilidad, voluntad de convivencia y personas dispuestas a defenderlas. El periodismo forma parte de ese entramado porque hace visible lo que ocurre, examina las decisiones de quienes ejercen el poder y permite que la ciudadanía participe con conocimiento de causa.

Hoy, cuando la desinformación puede propagarse a una velocidad extraordinaria y los sistemas automatizados multiplican las posibilidades de producir contenidos, esa función adquiere una importancia renovada.

Quizá el mayor riesgo del futuro no sea que las máquinas escriban noticias, sino que terminemos aceptando una información sin preguntarnos quién la ha elaborado, con qué propósito y sobre qué pruebas se sostiene.

Por eso, frente al ruido, necesitamos criterio; frente a la manipulación, verificación; frente a la polarización, contexto; y frente a la velocidad sin reflexión, el tiempo necesario para comprender. El buen periodismo no consiste en decirnos qué debemos pensar. Consiste en proporcionarnos elementos fiables para que podamos pensar por nosotros mismos. Esa es la diferencia entre informar y manipular, entre comunicar y comprender, entre disponer de datos y alcanzar conocimiento.

Desde mi experiencia en RTVE y desde las reflexiones que he desarrollado en El espíritu de la Transición, sigo creyendo que una sociedad democrática necesita medios que no se conformen con alimentar las emociones del momento, sino que ayuden a los ciudadanos a descubrir la complejidad de la realidad. Medios que entiendan la pluralidad como una riqueza y no como una amenaza, y que sepan que su principal activo no es la cantidad de personas a las que consiguen atraer durante unos segundos, sino la confianza que son capaces de merecer a lo largo del tiempo.

La tecnología nos permitirá llegar más lejos y procesar más información. Pero la responsabilidad de distinguir lo relevante, valorar las consecuencias y actuar con honestidad seguirá siendo nuestra.

Del teletipo al algoritmo ha cambiado casi todo en la forma de hacer periodismo. Lo que no debería cambiar es su razón de ser. Porque, al final, el periodismo no se justifica por la máquina que utiliza, la velocidad con la que publica o el número de personas que alcanza. Se justifica por el servicio que presta a la sociedad. Y una sociedad libre necesita algo más que información: necesita verdad, conocimiento y conciencia.

Ese es el espíritu que merece ser preservado. El espíritu del periodismo al servicio de la ciudadanía, ayer, hoy y mañana.


Retrato de José Antonio Hernández de la Moya con fondo de color azul claro.
Autor de Ideas

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