DEL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN AL DESAFÍO DEL ALGORITMO
por
I. LOS PERIODISTAS DE LA TRANSICIÓN: CUANDO INFORMAR ERA TAMBIÉN CONSTRUIR
DEMOCRACIA
Una generación que abrió las ventanas de España
No fui un periodista de la
Transición. Por razones de edad, no me correspondió vivir aquellos años desde
una redacción, una corresponsalía o una mesa de edición en la que se decidía
cómo contar a los españoles el nacimiento de una nueva realidad política. Sin
embargo, he dedicado buena parte de mi trayectoria personal e intelectual a
estudiar aquel periodo, a reflexionar sobre sus protagonistas y a tratar de
comprender qué significó para España el paso de la dictadura a la democracia.
Mi experiencia profesional de
más de cuatro décadas en RTVE y mi interés por la historia reciente de Espña me
han permitido observar la evolución de los medios de comunicación desde una
perspectiva que combina la memoria profesional, el análisis histórico y la
reflexión crítica. Fruto de ese interés es mi libro El espíritu de la
Transición: conversaciones para nuestro tiempo, en el que he querido
rescatar no solo los acontecimientos y sus protagonistas, sino también los
valores, las actitudes y la voluntad de entendimiento que hicieron posible
aquella transformación.
Desde esa posición, mi
aproximación a los periodistas de la Transición es la de alguien que, sin haber
formado parte de aquella generación profesional, reconoce la trascendencia de
su trabajo y considera que su legado merece ser estudiado con rigor, sin idealizaciones,
pero también sin los prejuicios que a veces acompañan a la revisión del pasado.
Porque hubo un tiempo en el que
el periodismo español no se limitó a contar la historia: contribuyó
decisivamente a hacerla posible.
La muerte de Francisco Franco,
en noviembre de 1975, abrió un horizonte de incertidumbre. España se encontraba
ante el desafío de construir una democracia después de casi cuatro décadas de
dictadura. No existía una cultura democrática suficientemente arraigada, las
libertades estaban condicionadas por la herencia del régimen y el futuro
político distaba mucho de estar asegurado. Había temores, desconfianzas,
resistencias y heridas que no podían desaparecer por decreto.
En aquellas circunstancias, la
sociedad necesitaba algo más que noticias. Necesitaba comprender lo que estaba
ocurriendo, conocer las distintas opciones políticas, identificar los riesgos y
descubrir que era posible discrepar sin convertir al adversario en un enemigo
irreconciliable. En este sentido los periodistas desempeñaron una función
esencial en ese aprendizaje colectivo.
La prensa escrita adquirió un
protagonismo extraordinario. Los periódicos se convirtieron en espacios de
debate, en lugares donde las nuevas ideas podían abrirse paso y en instrumentos
para acercar a los ciudadanos una realidad política que hasta entonces se había
desarrollado, en gran medida, bajo el control del poder. No es casual que se
hablara del «Parlamento de papel»: las páginas de los diarios ofrecían un
espacio de encuentro entre los representantes políticos y la sociedad, pero
también entre los propios protagonistas de la transformación.
La radio y la televisión
formaban parte de aquel ecosistema informativo, aunque sometidas a
condicionamientos diferentes. En particular, RTVE, por su condición de medio
público y por el alcance de sus emisiones, ocupaba una posición de enorme
responsabilidad. La información podía contribuir a ampliar los horizontes de
libertad o, por el contrario, quedar subordinada a los intereses de quienes
ejercían el poder. Por esto, la transición democrática exigía cambiar también
la manera de informar.
Y ese cambio no consistía
únicamente en incorporar nuevos nombres, partidos o declaraciones a los
espacios informativos. Implicaba aprender a convivir con el pluralismo,
reconocer la legitimidad de opiniones diferentes y asumir que el ciudadano
tenía derecho a recibir información suficiente para formarse un criterio
propio.
Muchos periodistas
comprendieron la dimensión histórica de aquella tarea. Trabajaron en un
escenario complejo, con incertidumbres políticas, presiones y riesgos, y
contribuyeron a que la ciudadanía conociera las transformaciones que se estaban
produciendo. Su labor fue, en ese sentido, también pedagógica: ayudaron a una
sociedad poco familiarizada con las instituciones democráticas a comprender el
significado de las elecciones, los partidos, el Parlamento, la negociación y
las nuevas libertades.
No se trataba de sustituir una
doctrina por otra, sino de hacer posible que los ciudadanos pensaran por sí
mismos.
El valor de informar con responsabilidad
Una de las lecciones más
importantes de aquel periodismo fue la conciencia de que la información no es
una mercancía cualquiera. Es un bien de interés público, porque de su calidad
depende, en buena medida, la capacidad de una sociedad para tomar decisiones
libres.
La libertad de expresión y el
derecho a la información no constituyen simples concesiones del poder. Son
elementos indispensables de una democracia digna de ese nombre. Sin ellos, el
ciudadano queda expuesto a la propaganda, al ocultamiento y a la manipulación;
con ellos, dispone de herramientas para fiscalizar a sus representantes y
participar de manera consciente en la vida colectiva.
Los periodistas de la
Transición contribuyeron a consolidar esa convicción en un momento en el que
las reglas de la nueva convivencia todavía estaban definiéndose. Su mérito no
reside en haber acertado siempre ni en haber estado al margen de todas las presiones.
Reside, sobre todo, en que una parte significativa de la profesión entendió que
tenía ante sí una responsabilidad que trascendía el ejercicio cotidiano del
oficio.
Conviene, sin embargo, evitar
una visión excesivamente uniforme de aquella generación. No todos trabajaron en
las mismas condiciones, no todos compartieron idénticas posiciones y no todos
interpretaron de igual manera el alcance de los cambios. Hubo periodistas
valientes y comprometidos, pero también límites, cautelas, errores y silencios.
La proximidad entre determinados profesionales y los centros de poder pudo
facilitar el acceso a información relevante, aunque también planteaba
interrogantes sobre la independencia y la capacidad crítica. Por lo tanto, la
historia merece una mirada serena, no una hagiografía.
Precisamente por eso, considero
que el reconocimiento a los periodistas de la Transición no necesita
convertirlos en héroes infalibles. Su aportación se comprende mejor cuando se
examinan las dificultades a las que se enfrentaron, las decisiones que tuvieron
que tomar y las consecuencias de sus informaciones. El mérito de una profesión
no se mide por la ausencia de errores, sino por su disposición a buscar la
verdad, contrastar los hechos, reconocer las equivocaciones y defender la
independencia frente a las presiones.
Tampoco debemos olvidar que el
periodismo de aquellos años se desarrolló en estrecha relación con los
acontecimientos políticos. La construcción de la democracia requería información,
debate y transparencia, pero exigía igualmente prudencia, capacidad de
negociación y una comprensión profunda de la fragilidad del momento. En
ocasiones, el lenguaje empleado, la selección de los temas y el tratamiento de
determinadas noticias podían contribuir a rebajar la tensión o, por el
contrario, alimentar la confrontación. Y es que, informar no era una actividad
inocua. Las palabras tenían consecuencias.
Ese es uno de los aspectos que
más me interesan de la Transición: la conciencia, explícita o implícita, de que
la forma de contar los acontecimientos podía influir en la manera en que los
ciudadanos los interpretaban. La prensa no sustituía a los protagonistas
políticos ni podía atribuirse el mérito exclusivo del cambio, pero sí
contribuía a crear el clima social en el que aquel cambio debía desarrollarse.
La democracia fue una obra
colectiva. La impulsaron ciudadanos, movimientos sociales, representantes
políticos, trabajadores, intelectuales y profesionales de muy distintos
ámbitos. Entre ellos, los periodistas ocuparon un lugar relevante porque
ayudaron a convertir la transformación política en una realidad comprensible
para millones de personas.
La Transición como aprendizaje de convivencia
Mi interés por aquel periodo
nace, en buena medida, de una convicción: la Transición no debe estudiarse
únicamente como una sucesión de acontecimientos, fechas y decisiones
institucionales. También debe entenderse como una experiencia de aprendizaje
colectivo.
España tuvo que aprender a
convivir con sus diferencias después de una larga etapa en la que la pluralidad
política había sido negada o severamente restringida. La democracia no eliminó
las discrepancias ni resolvió de inmediato los problemas históricos, pero
estableció un marco en el que podían abordarse mediante el diálogo, la
negociación y el respeto a unas reglas compartidas.
En ese proceso, los medios
desempeñaron una función que hoy resulta especialmente pertinente.
Contribuyeron a que la diversidad de opiniones adquiriera visibilidad y a que
el debate público se convirtiera en una parte esencial de la vida democrática.
No idealizo aquel periodo ni
considero que todos sus resultados fueran satisfactorios. La Transición tuvo
luces y sombras, decisiones discutibles y cuestiones pendientes. Su revisión
crítica es legítima y necesaria. Lo que me parece equivocado es juzgarla sin
atender al contexto en el que se produjo, como si quienes protagonizaron aquel
proceso hubieran dispuesto de todas las certezas, libertades y posibilidades
que hoy damos por supuestas. Así que, la perspectiva histórica exige comprender
las circunstancias antes de emitir un juicio.
Y esa exigencia debería
aplicarse también al periodismo. Podemos cuestionar sus silencios, examinar sus
dependencias y estudiar sus errores sin desconocer la contribución de quienes
ayudaron a ensanchar los espacios de libertad. Criticar no obliga a despreciar;
reconocer los méritos no obliga a renunciar al análisis.
En mi libro El espíritu de
la Transición: conversaciones para nuestro tiempo he querido reflexionar
sobre la vigencia de una actitud que considero esencial: la voluntad de
encontrar puntos de encuentro sin exigir que nadie renuncie a sus convicciones.
No se trata de recuperar un pasado idealizado ni de reproducir mecánicamente fórmulas
que pertenecieron a otro contexto. Se trata de preguntarnos qué podemos
aprender de una generación que, con todas sus limitaciones, fue capaz de abrir
caminos de entendimiento en circunstancias extraordinariamente difíciles.
Los periodistas tienen mucho
que aportar a esa reflexión. Su trabajo puede favorecer una sociedad informada
y plural, pero también puede contribuir a la construcción de trincheras cuando
se confunde la información con la militancia o se presenta cada discrepancia
como una batalla entre buenos y malos.
La memoria de la Transición
debería servirnos para reconocer esa responsabilidad.
De la memoria a la gratitud
No dispongo de una anécdota
personal que pueda presentar honestamente como vivida en una redacción durante
aquellos años. Prefiero reconocerlo antes que adornar estas páginas con
recuerdos ajenos. Mi aportación nace de otra experiencia: la de haber dedicado
tiempo y trabajo a estudiar aquel proceso, a conversar sobre su legado y a
observar, desde mi trayectoria profesional, cómo han cambiado los medios y la
relación entre información, poder y ciudadanía.
Aunque no pueda aportar
recuerdos de una redacción periodística de aquellos años, sí guardo en la
memoria acontecimientos que me permiten evocar el clima de incertidumbre en el
que se desenvolvía la vida española y que, con el paso del tiempo, adquirirían
una dimensión histórica. Uno de ellos quedó ligado a una fecha que marcaría un
antes y un después en el final del franquismo: el asesinato del almirante
Carrero Blanco.
El 20 de diciembre de 1973, un
tren procedente de Salamanca con destino Madrid-Atocha hizo escala —según lo
previsto— en la estación de Ávila. Era una mañana fría y de nieve. Yo venía en
este tren, recién iniciada mi adolescencia, junto con otros compañeros, para
pasar las navidades con mi familia. Mientras cogía mi maleta del estante del
vagón pude comprobar que mi padre me esperaba en la estación, visiblemente
nervioso. Tras el emocionado reencuentro ─habíamos estado separados más de 3
meses─, mi padre no pudo controlar ni un segundo más su perturbación,
exclamando:
─Hijo: ¡Han matado a Carrero
Blanco! ¡Han matado a Carrero Blanco!
Con mis recién 11 años
cumplidos lo más que sabía de aquel hombre al que habían asesinado es que era
el presidente del Gobierno de España. Ni podía imaginarme entonces el hondo
impacto que provocó en la sociedad española de la época aquel suceso: el mayor
ataque contra el Régimen de Franco desde el final de la Guerra Civil en 1939.
Mi padre me tomó de la mano y
me acompañó hasta un bar próximo a la estación para descansar del viaje hasta
que llegara la hora de salida de la línea de autobuses que nos tenía que dejar
en nuestro pueblo.
Recuerdo perfectamente que, una
vez aplacados los imperativos indemorables de la naturaleza humana, mi padre
empezó a entablar una conversación con el camarero de aquel bar sobre el
trágico acontecimiento. Están diciendo por la radio —le escuché decir a mi
padre— que ha sido ETA.
─ ¡Pero, coño, pero coño! ¿Cómo
ha podido pasar esto? —comentó el camarero. ¿Y qué va a hacer ahora Franco?
—Se va a preparar gorda, pero
que muy gorda— fue la rápida predicción que hizo mi padre en aquellos momentos
sobre las consecuencias que tendría previsiblemente aquel cruel y dramático
atentado contra uno de los hombres de la absoluta confianza de Franco. Luego
añadió: Según están diciendo por la radio, el atentado se ha producido sobre la
9 y media de esta mañana. Al parecer, Carrero Blanco iba en su vehículo camino
del Despacho de la Presidencia del Gobierno, tras haber asistido a su habitual
misa diaria, en una iglesia de la calle Callao de Madrid. También están
diciendo que el vehículo que lo trasladaba ha quedado hecho añicos.
Ciertamente, la trascendencia
política de este atentado —que mi mente adolescente no podía comprender—
coincidente, por cierto, con el juicio que se estaba celebrando contra 10
militantes del sindicato Comisiones Obreras —el histórico «Proceso 1001»—, era
evidente: con el nombramiento en junio de 1973 del almirante Carrero Blanco
como presidente del Gobierno, Franco ponía al frente del mismo a la persona de
su máxima confianza, la más adecuada —según los sectores inmovilistas del
Régimen— para dar continuidad a la Dictadura.
Años más tarde supe que este
brutal atentado había afectado notablemente a Franco, hasta tal punto que, al
conocer la noticia, exclamó: «Me han cortado el último lazo que me unía al
mundo».
A partir de ese momento se
abrió una crisis profunda y definitiva del Régimen franquista. Durante los días
siguientes al atentado, Torcuato Fernández Miranda, secretario general del
Movimiento y vicepresidente del Gobierno, asumiría provisionalmente la Presidencia
del Gobierno, antes de que Franco se decantara por Carlos Arias Navarro.
La conmoción provocada por
aquel acontecimiento no se limitó al ámbito político. En una España todavía
sometida a la censura y sin libertades informativas plenas, hechos de semejante
trascendencia planteaban también un desafío para quienes tenían la responsabilidad
de informar. La sociedad necesitaba comprender lo que estaba sucediendo, aunque
no siempre pudiera acceder a toda la información ni conocer las consecuencias
de unos acontecimientos cuyo alcance solo el tiempo permitiría valorar.
Esa perspectiva me lleva a
sentir un respeto especial por quienes ejercieron el periodismo en un tiempo en
el que las libertades no estaban plenamente asentadas y el futuro político de
España permanecía abierto. Muchos de aquellos profesionales contribuyeron a que
los ciudadanos pudieran conocer una realidad que estaba transformándose a gran
velocidad. Sus crónicas, entrevistas, reportajes y análisis forman parte de la
memoria de nuestra democracia.
Pero el homenaje no debería
limitarse a recordar nombres célebres. También merece reconocimiento el trabajo
menos visible de quienes elaboraban informaciones, buscaban fuentes,
comprobaban datos, redactaban noticias, preparaban emisiones o sostenían diariamente
el funcionamiento de los medios. El periodismo es una tarea colectiva y su
calidad depende tanto de las figuras más conocidas como de los profesionales
que trabajan lejos de los focos.
En ese sentido, el libro de
María Ángeles López de Celis constituye una oportunidad para recuperar la
dimensión humana de una profesión que suele recordarse a través de sus grandes
titulares, pero que se construye mediante muchas horas de trabajo, decisiones
difíciles y una vocación que no siempre recibe el reconocimiento que merece.
También es una invitación a
transmitir a las nuevas generaciones que las libertades de las que disfrutan no
surgieron espontáneamente. Fueron fruto de un proceso histórico en el que
participaron personas concretas, con sus convicciones, sus dudas, sus aciertos
y sus errores.
Creo firmemente que la memoria
no debe convertirse en nostalgia, sino en conocimiento. Y el conocimiento debe
ayudarnos a comprender mejor el presente.
Si algo merece conservarse del
mejor periodismo de la Transición es la convicción de que informar constituye
un servicio a la sociedad. Una democracia necesita periodistas que no se
limiten a repetir lo que dicen los poderosos, que no confundan la popularidad
con la credibilidad y que mantengan viva la voluntad de investigar, contrastar
y explicar.
A quienes ejercieron el oficio
en aquellos años les debemos, al menos, la gratitud de reconocer su
contribución. A quienes lo ejercen hoy, la exigencia de que mantengan vivo ese
compromiso. Y a quienes se preparan para hacerlo en el futuro, la responsabilidad
de comprender que la tecnología puede transformar las herramientas, pero no
sustituir los principios.
Porque una democracia no se
sostiene únicamente sobre leyes e instituciones. Necesita ciudadanos capaces de
comprender la realidad y medios que les ayuden a hacerlo. Ese es, a mi juicio,
uno de los legados más valiosos del periodismo de la Transición.
II. DEL TELETIPO AL ALGORITMO: EL PERIODISMO PRESENTE Y FUTURO
Nunca hubo tanta información y quizá tan poca comprensión
Vivimos una paradoja
extraordinaria. Nunca habíamos tenido acceso a semejante cantidad de
información y, sin embargo, cada vez resulta más difícil distinguir lo
relevante de lo accesorio, lo verdadero de lo falso y el conocimiento de la
simple acumulación de datos.
La transformación tecnológica
ha modificado radicalmente la manera en que producimos, distribuimos y
consumimos noticias. El teletipo, las redacciones tradicionales y los ritmos
pausados de otros tiempos conviven hoy, en nuestra memoria profesional, con una
realidad dominada por las pantallas, las plataformas digitales, las
notificaciones permanentes y la inmediatez.
El cambio no es únicamente
técnico. Afecta a la economía de los medios, a las condiciones de trabajo de
los periodistas, a los hábitos de los ciudadanos y a la propia naturaleza del
debate público.
La noticia ha dejado de
depender exclusivamente de la decisión de una redacción para entrar en
circulación. Cualquier persona puede difundir imágenes, comentarios o
informaciones a una audiencia potencialmente enorme. Las redes sociales han
ampliado las posibilidades de expresión y han permitido que acontecimientos
ignorados por los medios tradicionales alcancen una gran visibilidad. Esa
democratización de la comunicación ofrece oportunidades indudables. Pero
también plantea riesgos que no podemos ignorar.
La velocidad favorece la
difusión de contenidos antes de que hayan sido comprobados; la búsqueda de
atención puede premiar el escándalo sobre la explicación; y los sistemas de
recomendación tienden a mostrarnos aquello que, por nuestros hábitos anteriores,
probablemente mantendrá nuestro interés. De ese modo, la información puede
terminar convertida en un reflejo de nuestras preferencias, en lugar de ser una
ventana abierta a una realidad más amplia y compleja.
El problema no es disponer de
demasiada información, sino carecer del tiempo, los criterios y las
herramientas necesarios para interpretarla. Informarse no equivale a
comprender. Y comprender exige algo que el ecosistema digital no siempre
favorece: detenerse, comparar, contrastar, contextualizar y aceptar que la
realidad puede ser más compleja de lo que nos gustaría.
De la información al ruido
Uno de los principales desafíos
del periodismo contemporáneo es la confusión entre actualidad y relevancia. La
sucesión ininterrumpida de noticias crea la sensación de que todo es urgente y
de que cualquier asunto debe ser atendido de inmediato. Sin embargo, lo que
ocupa durante unas horas el centro de la conversación pública puede carecer de
importancia duradera, mientras que cuestiones fundamentales para la vida de los
ciudadanos permanecen relegadas. La información necesita jerarquía. No todo
merece el mismo espacio, el mismo énfasis ni la misma urgencia.
Cuando los medios subordinan
sus decisiones editoriales a la necesidad de generar visitas, reproducciones o
interacciones, corren el riesgo de convertirse en proveedores de estímulos
antes que en instrumentos de conocimiento. El titular provocador puede imponerse
al análisis; la declaración estridente, a la explicación de los hechos; y el
enfrentamiento entre adversarios, al examen de los problemas reales. La
consecuencia es una ciudadanía expuesta a un flujo permanente de contenidos,
pero no necesariamente mejor informada.
A esta dificultad se suma la
polarización. Una parte de la audiencia se acerca a los medios buscando
confirmar sus convicciones, no ponerlas a prueba. La información que contradice
sus expectativas se interpreta como una agresión, y el periodista deja de ser
considerado un profesional que debe investigar para convertirse, a ojos de
algunos, en representante de un supuesto bando contrario.
Así se debilita una de las
condiciones esenciales de la convivencia democrática: la posibilidad de
compartir una base de hechos sobre la que discutir legítimamente sus
interpretaciones.
Una sociedad puede discrepar
sobre las soluciones a sus problemas. Lo que resulta mucho más difícil es
mantener una conversación democrática cuando sus integrantes ni siquiera
reconocen los mismos hechos.
El periodismo no puede resolver
por sí solo la polarización política y social, pero sí puede contribuir a
reducirla o agravarla. Puede explicar las posiciones enfrentadas sin
caricaturizarlas, distinguir las discrepancias legítimas de las falsedades demostrables
y ofrecer contexto allí donde otros buscan únicamente provocar una reacción
emocional.
Su función no consiste en
eliminar el conflicto, porque el conflicto forma parte de toda sociedad plural.
Consiste en hacerlo comprensible y evitar que la confrontación sustituya al
conocimiento.
La independencia, una condición irrenunciable
La independencia periodística
constituye otro de los grandes desafíos de nuestro tiempo.
Los medios necesitan recursos
económicos para investigar, contratar profesionales, mantener corresponsalías,
sostener sus estructuras y garantizar la continuidad de sus publicaciones y
emisiones. El problema surge cuando la dependencia financiera se convierte en
subordinación editorial, cuando los intereses empresariales, políticos o
institucionales condicionan la selección de los asuntos, el tratamiento de las
noticias o la decisión de investigar determinados hechos. Así que, no basta con
proclamar la independencia. Es necesario crear las condiciones que permitan
ejercerla.
Eso requiere transparencia en
la propiedad de los medios, claridad en la identificación de sus fuentes de
financiación, separación entre información y publicidad, protección de los
periodistas frente a las presiones y garantías editoriales que impidan que el
interés particular prevalezca sobre el derecho de los ciudadanos a conocer los
hechos.
También exige reconocer que la
independencia no consiste en carecer de ideas o convicciones. Todo profesional
tiene una mirada sobre el mundo. La cuestión decisiva es si está dispuesto a
someter sus interpretaciones a la evidencia, contrastar aquello que cree saber
y rectificar cuando los hechos desmienten sus expectativas. El rigor no exige
ausencia de opinión, sino honestidad respecto a los límites de la propia
opinión.
En este punto, la experiencia
de la Transición vuelve a resultar útil. La prensa de aquellos años tuvo que
desenvolverse en un escenario en el que la libertad informativa se estaba
abriendo camino y las relaciones entre los medios y el poder adquirían nuevas
dimensiones. Recordar aquel proceso no significa afirmar que entonces todo
fuera mejor, sino comprender que la independencia es una conquista que nunca
puede darse por definitivamente asegurada.
Las libertades necesitan
instituciones que las protejan y profesionales dispuestos a ejercerlas. Y
necesitan, sobre todo, ciudadanos conscientes de su valor.
La inteligencia artificial: herramienta, oportunidad y responsabilidad
La llegada de la inteligencia
artificial añade una nueva dimensión a esta transformación. Sus posibilidades
son enormes: permite analizar grandes cantidades de documentos, localizar
relaciones entre datos, facilitar tareas de transcripción, traducir contenidos,
automatizar procesos y ayudar a los periodistas a detectar patrones que podrían
pasar inadvertidos en una revisión manual.
Utilizada con criterio, puede
liberar tiempo para tareas de mayor valor añadido, como la investigación, la
comprobación de fuentes, el análisis y la elaboración de reportajes complejos. Pero
la tecnología no elimina la necesidad del juicio profesional. Tampoco garantiza
por sí misma la verdad de los resultados que produce.
Los sistemas de inteligencia
artificial pueden ofrecer respuestas incorrectas con apariencia de seguridad,
reproducir sesgos presentes en sus datos de entrenamiento o generar documentos,
imágenes y voces sintéticas capaces de engañar a una audiencia. En un contexto
en el que resulta cada vez más sencillo fabricar contenidos verosímiles, la
verificación adquiere una importancia aún mayor.
El periodista del futuro
necesitará conocimientos tecnológicos, pero también una sólida formación
humanística, capacidad de análisis, cultura general y conciencia ética. Deberá
saber utilizar las herramientas sin convertirse en un mero operador de sistemas
cuyo funcionamiento y cuyos límites desconoce.
La inteligencia artificial
puede ayudar a encontrar información. No puede asumir automáticamente la
responsabilidad moral y profesional de publicarla.
Cuando una noticia afecta a la
reputación de una persona, a la seguridad de una comunidad o a la
interpretación de un acontecimiento histórico, no basta con que un sistema
produzca una respuesta convincente. Hace falta comprobar las fuentes, valorar
el contexto y responder por las consecuencias de la publicación.
La transparencia será esencial.
Cuando el uso de herramientas automatizadas afecte de manera significativa a la
elaboración o presentación de una información, los medios deberían explicar ese
uso con criterios claros. Y cuando se publiquen imágenes, audios o vídeos
sintéticos que puedan confundirse con documentos auténticos, será necesario
identificarlos de forma inequívoca.
El desafío, pues, no consiste en elegir entre el periodista y la
máquina. Consiste en decidir qué tareas puede realizar la tecnología, bajo qué
controles y con qué responsabilidad humana.
La innovación será
verdaderamente útil si mejora la calidad del periodismo, no si se limita a
multiplicar la cantidad de contenidos disponibles.
Recuperar la confianza sin renunciar a la crítica
La confianza pública no se
recupera mediante campañas publicitarias ni apelando continuamente a la
importancia de la profesión. Se construye con hechos, a través de un trabajo
cotidiano que permita al ciudadano comprobar que el medio busca informar con honestidad.
Eso implica reconocer los
errores de manera visible, corregirlos sin ambigüedades, distinguir los hechos
de las interpretaciones y explicar, siempre que sea posible, cómo se ha
obtenido una información. También significa proteger a las fuentes, evitar las
acusaciones sin fundamento y resistir la tentación de presentar como certezas
aquello que todavía está sujeto a comprobación.
El periodismo debe ser capaz de
investigar a todos los poderes sin establecer excepciones motivadas por
afinidades políticas, económicas o ideológicas. Esa exigencia incluye a los
gobiernos, los partidos, las empresas, las instituciones y también a los propios
medios de comunicación. La crítica no debilita al periodismo cuando se ejerce
con fundamento. Lo fortalece.
Pero la responsabilidad debe
ser proporcional y estar basada en garantías. No se trata de crear mecanismos
que permitan al poder político decidir qué informaciones son aceptables o
castigar a los medios por sus opiniones, sino de promover reglas transparentes,
vías eficaces de rectificación y procedimientos que protejan tanto el derecho a
la información como los derechos de las personas afectadas.
Una prensa libre necesita
rendir cuentas, pero no puede quedar sometida a la voluntad de quienes debe
fiscalizar. Esta distinción es fundamental. La libertad editorial y la
responsabilidad profesional no son principios incompatibles; se necesitan
mutuamente.
También los ciudadanos tenemos
una parte de responsabilidad. Compartir una noticia sin leerla, difundir una
imagen sin comprobar su origen o aceptar como verdadero aquello que confirma
nuestros prejuicios contribuye a deteriorar el espacio público. La alfabetización
mediática debe convertirse en una tarea educativa permanente, desde las aulas
hasta la formación de los adultos.
Aprender a informarse debería
incluir la capacidad de formular preguntas elementales: quién publica esta
información, qué pruebas aporta, qué fuentes utiliza, qué datos faltan y qué
otros medios ofrecen una explicación diferente. No debemos entregar a las
plataformas digitales la totalidad de nuestro criterio. La libertad también
consiste en aprender a utilizarla.
El futuro: más tecnología, más criterio humano
¿Cómo será el periodismo dentro
de diez, veinte o treinta años? Es difícil anticipar las herramientas que
utilizaremos, la organización de las redacciones o los modelos de negocio que
prevalecerán. Lo que sí podemos identificar son algunas necesidades que
probablemente serán todavía más importantes.
Necesitaremos periodistas
capaces de investigar con profundidad en un entorno saturado de contenidos;
profesionales que sepan manejar datos y herramientas digitales sin perder la
perspectiva humana; medios dispuestos a invertir en información propia y no
limitarse a reproducir declaraciones; y organizaciones que comprendan que la
credibilidad es un patrimonio mucho más valioso que el impacto inmediato.
El periodismo de calidad tendrá
que explicar aquello que otros se limitan a anunciar, investigar aquello que
otros prefieren ignorar y contextualizar aquello que las redes reducen a unas
pocas palabras o segundos de vídeo.
Quizá deba recuperar, además,
una relación más estrecha con las comunidades a las que sirve. Escuchar a los
ciudadanos, dar voz a quienes permanecen habitualmente fuera del foco y prestar
atención a los problemas que no generan grandes cifras de audiencia son tareas
esenciales para mantener el vínculo entre los medios y la sociedad.
No todo lo importante es viral.
No todo lo popular es verdadero. Y no todo lo que puede medirse merece
convertirse en el objetivo principal de una redacción.
La innovación tecnológica
deberá ir acompañada de una renovación cultural. El periodista del futuro
tendrá que combinar rapidez con prudencia, capacidad de síntesis con
profundidad y dominio de las herramientas con independencia de criterio. Tendrá
que comprender que la atención del público es necesaria, pero que conquistarla
mediante el engaño o la exageración termina destruyendo aquello que hace
valioso al medio.
La formación permanente será
indispensable. También lo serán la colaboración entre profesionales, el
intercambio de conocimientos y la capacidad de trabajar con especialistas de
otros ámbitos, desde la ciencia y la economía hasta la historia, la tecnología
o el derecho.
En este nuevo escenario, los
medios públicos tienen una responsabilidad particular. Su razón de ser no
debería medirse únicamente por la audiencia, sino también por su capacidad para
ofrecer información rigurosa, plural y accesible, prestar atención a la
diversidad territorial y social y contribuir a una ciudadanía mejor informada.
Esa misión exige independencia editorial, transparencia y mecanismos que
permitan evaluar el servicio que prestan sin convertirlo en instrumento de
ningún poder político.
La transformación digital no
hace menos necesaria esa función. La hace más exigente.
Del espíritu de la Transición al espíritu del periodismo
Al contemplar el recorrido que
va del teletipo al algoritmo, la pregunta fundamental no es cuánto han cambiado
las herramientas, sino qué permanece de aquello que daba sentido al oficio.
Han cambiado los tiempos de
producción, los soportes, los hábitos de lectura y escucha, las formas de
financiación y la relación entre los periodistas y sus audiencias. La
tecnología seguirá transformando todos esos elementos. Sería absurdo añorar un
mundo que ya no existe o rechazar innovaciones capaces de mejorar el trabajo
informativo.
Pero hay principios que no
deberían quedar anticuados: el respeto a los hechos, el contraste de las
fuentes, la independencia, la honestidad intelectual, la voluntad de explicar y
el compromiso con el derecho de los ciudadanos a estar informados.
La Transición española nos
recuerda que las libertades no se consolidan de una vez para siempre. Requieren
instituciones, responsabilidad, voluntad de convivencia y personas dispuestas a
defenderlas. El periodismo forma parte de ese entramado porque hace visible lo
que ocurre, examina las decisiones de quienes ejercen el poder y permite que la
ciudadanía participe con conocimiento de causa.
Hoy, cuando la desinformación
puede propagarse a una velocidad extraordinaria y los sistemas automatizados
multiplican las posibilidades de producir contenidos, esa función adquiere una
importancia renovada.
Quizá el mayor riesgo del
futuro no sea que las máquinas escriban noticias, sino que terminemos aceptando
una información sin preguntarnos quién la ha elaborado, con qué propósito y
sobre qué pruebas se sostiene.
Por eso, frente al ruido,
necesitamos criterio; frente a la manipulación, verificación; frente a la
polarización, contexto; y frente a la velocidad sin reflexión, el tiempo
necesario para comprender. El buen periodismo no consiste en decirnos qué
debemos pensar. Consiste en proporcionarnos elementos fiables para que podamos
pensar por nosotros mismos. Esa es la diferencia entre informar y manipular,
entre comunicar y comprender, entre disponer de datos y alcanzar conocimiento.
Desde mi experiencia en RTVE y
desde las reflexiones que he desarrollado en El espíritu de la Transición,
sigo creyendo que una sociedad democrática necesita medios que no se conformen
con alimentar las emociones del momento, sino que ayuden a los ciudadanos a
descubrir la complejidad de la realidad. Medios que entiendan la pluralidad
como una riqueza y no como una amenaza, y que sepan que su principal activo no
es la cantidad de personas a las que consiguen atraer durante unos segundos,
sino la confianza que son capaces de merecer a lo largo del tiempo.
La tecnología nos permitirá
llegar más lejos y procesar más información. Pero la responsabilidad de
distinguir lo relevante, valorar las consecuencias y actuar con honestidad
seguirá siendo nuestra.
Del teletipo al algoritmo ha
cambiado casi todo en la forma de hacer periodismo. Lo que no debería cambiar
es su razón de ser. Porque, al final, el periodismo no se justifica por la
máquina que utiliza, la velocidad con la que publica o el número de personas
que alcanza. Se justifica por el servicio que presta a la sociedad. Y una
sociedad libre necesita algo más que información: necesita verdad, conocimiento
y conciencia.
Ese es el espíritu que merece
ser preservado. El espíritu del periodismo al servicio de la ciudadanía, ayer,
hoy y mañana.
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