MARCELA: LA MUJER QUE QUISO SER LIBRE

 




Avatar de Desconocidopor José Antonio Hernández de la Moya


Hay personajes que pertenecen a una obra literaria y personajes que parecen escapar de ella para dialogar con el futuro. Marcela, una de las figuras femeninas más singulares de El Quijote, pertenece a esta segunda categoría.

Cuando Marcela es presentada en los capítulos XI, XII, XIII y XIV de la primera parte del Quijote, nos encontramos ante una joven pastora que ha decidido vivir de acuerdo con su propia voluntad. No necesita marido, no busca protección masculina y tampoco acepta que su belleza la convierta en responsable de los sentimientos que despierta en los hombres. En una sociedad profundamente condicionada por las convenciones, Marcela reclama algo que todavía tardaría siglos en convertirse en una aspiración generalizada: el derecho de una mujer a decidir sobre su propia vida.

Marcela es hermosa, rica y huérfana. Podría haber aceptado el destino que la sociedad parecía haber reservado para una mujer de su posición. Sin embargo, elige otro camino: vivir libremente en el campo, alejada de las obligaciones y expectativas que otros pretenden imponerle.

Su decisión provoca incomprensión y rechazo. Grisóstomo, enamorado de ella, muere y deja tras de sí unos versos desesperados en los que atribuye a Marcela buena parte de su sufrimiento. La sociedad, naturalmente, busca un culpable. ¿Quién puede ser responsable de la muerte de un hombre enamorado? Para muchos, la respuesta parece evidente: la mujer que no correspondió a su amor. Y es entonces cuando Marcela irrumpe para defenderse.

Su famoso discurso constituye uno de los momentos de mayor fuerza intelectual de la novela. Marcela afirma que nació libre y que escogió vivir libre. Pero, sobre todo, rechaza una idea profundamente arraigada: que la belleza de una mujer genere una obligación hacia quien la contempla o la desea.

Su razonamiento es de una extraordinaria modernidad: si la belleza es un atributo natural, no puede convertirse en una deuda sentimental. Marcela no ha prometido amor a Grisóstomo; por tanto, no puede ser acusada de haberle negado algo que nunca le perteneció.

Hay en sus palabras una defensa radical de la libertad individual. Marcela no acepta que otro ser humano determine cuál debe ser su destino. No quiere ser esposa porque otros consideren que debe serlo. No quiere amar porque alguien la ame. No quiere cargar con una culpa que no le corresponde. Y aquí reside buena parte de su carácter revolucionario.

El Quijote coloca en boca de una mujer de hace más de cuatrocientos años una reivindicación que hoy identificamos con la autonomía personal y la emancipación femenina. Marcela no pide permiso. No solicita comprensión. No negocia su libertad. La proclama.

Su célebre afirmación, «Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos», adquiere así una dimensión que trasciende la historia de amor de Grisóstomo. Marcela está diciendo que la libertad no es una concesión que alguien pueda otorgarle, sino una condición que le pertenece por naturaleza.

También resulta significativo que la obra no presente a Marcela como una mujer resentida con los hombres. Su independencia no nace del rechazo al sexo masculino, sino de la afirmación de su propia voluntad. No necesita convertir al hombre en enemigo para defender su libertad. Le basta con negar que alguien tenga derecho a decidir por ella.

En este sentido, Marcela anticipa una concepción de la mujer que tardaría mucho tiempo en abrirse camino: la mujer como sujeto autónomo, capaz de elegir su modo de vida, de rechazar un amor no correspondido y de no ser considerada culpable por ejercer su libertad.

Marcela no es la mujer culpable de la desgracia de Grisóstomo. Todo lo contrario: es el alma libre que le concedió la palabra para defenderse y desmontar públicamente las acusaciones que pesan sobre ella. Esta es una de las múltiples modernidades de El Quijote, una obra inmortal, un tratado de sabiduría y erudición que supo escuchar voces que su tiempo apenas estaba preparado para escuchar. 

Marcela no pidió ser liberada. Simplemente afirmó que ya era libre. Esta es la razón principal por la que su voz continúa llegando hasta nosotros con una fuerza tan extraordinaria. Habla del ser humano que se niega a vivir conforme a un destino impuesto y reivindica, frente a cualquier forma de presión, el derecho a elegir su propio camino.

Marcela representa, en definitiva, un alma libre, convencida de que la libertad comienza cuando nadie puede decidir por ti quién debes ser.



Retrato de José Antonio Hernández de la Moya con fondo de color azul claro.
Autor de Ideas

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