ESPAÑA HABLÓ

 



El artículo reflexiona sobre las movilizaciones ciudadanas de apoyo a Ceuta celebradas el 2 de septiembre con motivo del Día de Ceuta. Más allá de las diferencias políticas e ideológicas, el texto destaca cómo miles de ciudadanos salieron a las calles en plazas de toda España para expresar solidaridad, seguridad y pertenencia frente a la crisis migratoria y la presión que sufre la ciudad autónoma. El autor señala que Ceuta —ejemplo de convivencia entre distintas culturas— debe unir a la sociedad por encima de partidismos, apelando al espíritu de la concordia nacional (evocando a Adolfo Suárez y Juan Luis Vives) para responder con empatía, humanidad y cohesión.


No lo hizo desde el Congreso de los Diputados, ni desde los platós de televisión, ni a través de los comunicados de los partidos políticos. Habló desde las plazas, desde las calles, desde las puertas de los ayuntamientos y desde muchos pueblos y ciudades que decidieron detener durante unos minutos su rutina para mirar hacia un lugar que, aunque separado físicamente por el Estrecho, forma parte inseparable de España: Ceuta.

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Fue una jornada singular. Una jornada en la que miles de ciudadanos salieron a la calle para expresar su solidaridad con los ceutíes y reivindicar que no están solos. Las concentraciones se extendieron por numerosos municipios españoles coincidiendo con el Día de Ceuta.

Y quizá ese sea el primer significado profundo de lo sucedido. Ceuta dejó de ser ayer una cuestión lejana. Ceuta se convirtió en una cuestión de todos.

CUANDO UNA CIUDAD DEJA DE SENTIRSE SOLA

Hay momentos en la vida de las sociedades en los que algo aparentemente distante se convierte, de repente, en algo próximo. Eso es lo que ocurrió ayer.

Durante semanas, Ceuta ha vivido una situación extraordinariamente difícil. La crisis migratoria, la presión sobre sus servicios, la preocupación de sus ciudadanos y el debate sobre la respuesta de las instituciones han colocado a la ciudad autónoma en el centro de la actualidad nacional.

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Pero detrás de las cifras, de los informes, de las declaraciones políticas y de las controversias existe algo mucho más sencillo y profundo: personas que necesitan sentir que pertenecen a una comunidad que no las abandona. Por eso las concentraciones del 2 de septiembre tienen un significado que no debería reducirse al enfrentamiento entre partidos.

Más allá de quién convocó, quién asistió o quién decidió no hacerlo, hubo un hecho difícil de ignorar: España salió a la calle para decirle a Ceuta que la veía y que la escuchaba.

UN PAÍS QUE TODAVÍA SABE UNIRSE

Vivimos tiempos de profunda división. Demasiadas veces España parece contemplarse a sí misma a través de trincheras ideológicas. Unos hablan desde la izquierda; otros, desde la derecha. Unos convierten casi cualquier cuestión en una batalla partidista y otros responden desde la trinchera contraria.

La política ha terminado contaminando demasiadas conversaciones. Por eso resulta especialmente significativo comprobar que, cuando aparece una circunstancia que afecta a algo que se percibe como esencial, el sentimiento de pertenencia vuelve a emerger.

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Ayer ocurrió en Ceuta. Pero ocurrió también en Madrid, en Barcelona, en Valencia, en Málaga, en Toledo, en Ávila, en Teruel, en Extremadura… Las concentraciones se extendieron por toda España.

No procede aquí hablar de las «guerras de cifras» pues lo verdaderamente importante es el gesto para la historia. El gesto de una bandera española junto a una bandera de Ceuta. Una plaza llena. Un pueblo mirando hacia otro pueblo. Una ciudad diciéndole a otra: no estás sola.

CEUTA COMO ESPEJO DE ESPAÑA

Ceuta no es solamente un territorio español situado en el norte de África. Es también una extraordinaria expresión de la diversidad española.

En sus apenas 20 kilómetros cuadrados conviven ciudadanos de diferentes culturas y tradiciones. Cristianos, musulmanes, judíos e hindúes forman parte de una sociedad que, con sus dificultades y contradicciones, constituye uno de los ejemplos más singulares de convivencia de nuestro país. Por eso sería un error interpretar el apoyo a Ceuta como rechazo a quienes llegan, como enfrentamiento entre culturas o como una invitación al odio.

Defender a Ceuta y defender la dignidad de sus ciudadanos no debería significar odiar a nadie. Precisamente, al contrario.

Una sociedad fuerte es aquella que sabe defender sus fronteras, proteger a sus ciudadanos y hacer cumplir sus leyes sin perder su humanidad. Indudablemente, este equilibrio es difícil, pero es necesario.

LA UNIDAD ES PATRIMONIO DE TODOS

Ayer hubo también una dimensión política evidente. Las movilizaciones estuvieron acompañadas de críticas al Gobierno y de la presencia de dirigentes de la oposición, mientras que desde el Ejecutivo se cuestionó el carácter de algunas convocatorias y se denunció su utilización partidista. También hubo concentraciones de signo diferente, centradas en el rechazo al racismo.

Todo ello forma parte de la democracia. Pero hay algo que debería estar por encima de esa confrontación: La unidad de España no pertenece al PP, ni al PSOE, ni a Vox, ni a ningún otro partido. Tampoco pertenece a una ideología. La unidad es anterior a la política.

Por ello, uno de los mensajes más importantes que dejó ayer la ciudadanía sea precisamente este: hay asuntos que deberían ser capaces de unirnos antes de convertirse en instrumentos para enfrentarnos. Ceuta es uno de estos.

UN CLAMOR QUE TIENE QUE SER ESCUCHADO

Creo que no deberíamos quedarnos únicamente con las imágenes de las plazas llenas. Yo asistí a este acto de apoyo a Ceuta en la Plaza del Ayuntamiento de Ávila —«El mercado chico»— y quedé impresionado. Ahora bien, es bueno recordar que las imágenes impresionan durante unas horas. Después desaparecen. De ahí que lo verdaderamente importante es qué hacemos con aquello que esas imágenes representan.

Porque detrás de las concentraciones existe una preocupación real de muchos ciudadanos por la seguridad, por el control de las fronteras, por la convivencia, por la capacidad del Estado para responder ante situaciones extraordinarias y por el futuro de Ceuta.

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Y existe también una reclamación legítima: que el Estado no mire hacia otro lado cuando una parte de España siente que atraviesa una situación límite.

Las instituciones tienen ahora la responsabilidad de transformar ese clamor ciudadano en respuestas. Sin demagogia. Sin odio. Sin simplificaciones. Pero también sin silencios.

CEUTA NOS RECUERDA QUE ESPAÑA EXISTE

Tal vez esta sea la reflexión que más me interesa rescatar.

En una época en la que hablamos constantemente de aquello que nos separa, ayer descubrimos algo que continúa uniéndonos. Una crisis en Ceuta provocó que ciudadanos de lugares muy diferentes miraran hacia el mismo punto del mapa. Y esto debería hacernos reflexionar.

Porque España no es únicamente una construcción jurídica, una Constitución, unas instituciones o unas fronteras. España es también una comunidad de afectos. Es la capacidad de sentir como propio el problema de alguien que vive a cientos de kilómetros.

Es la solidaridad entre ciudadanos que probablemente nunca llegarán a conocerse. Es saber que cuando una parte del país necesita ayuda, las demás partes pueden responder.

Por eso, indudablemente el verdadero protagonista del 2 de septiembre no ha sido ningún partido político. Ha sido claramente la ciudadanía. Una ciudadanía que, en medio de tanta crispación, demostró que todavía puede encontrarse alrededor de aquello que considera esencial.

CEUTA: UNA LLAMADA A LA CONCORDIA

Quizás sea demasiado pronto para saber si lo ocurrido ayer tendrá consecuencias políticas, pero sí podemos preguntarnos si tendrá consecuencias humanas.

Porque Ceuta puede convertirse en algo más que el escenario de una crisis. Puede convertirse en una oportunidad para recuperar una palabra que España parece haber olvidado demasiado a menudo: concordia.

No es una palabra menor. Es, precisamente, la palabra que quiso dejar como legado quien hizo posible que los españoles volvieran a encontrarse después de años de enfrentamiento. En la tumba del primer presidente del Gobierno de la democracia, Adolfo Suárez, permanece grabado un epitafio que resume toda una época y que hoy adquiere una renovada actualidad: «La concordia fue posible».

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Pero la palabra concordia encierra también una dimensión filosófica mucho más profunda. Juan Luis Vives, a mi juicio el pensador español más importante de todos los tiempos, dedicó precisamente una de sus obras fundamentales a reflexionar sobre la concordia y la discordia entre los seres humanos: «De concordia et discordia in humano genere».

Para Vives, la concordia no puede entenderse simplemente como ausencia de conflicto. Es una condición necesaria para la convivencia humana, una fuerza capaz de ordenar las relaciones entre las personas y de hacer posible una sociedad más justa y razonable. Frente a ella, la discordia representa la fractura, el enfrentamiento y la incapacidad de reconocernos como parte de una misma comunidad.

Y quizá por eso resulte tan sugerente unir hoy las palabras de dos españoles separados por casi cinco siglos: Juan Luis Vives y Adolfo Suárez. Uno reflexionó sobre la concordia como fundamento de la convivencia humana; el otro consiguió convertirla en una posibilidad política después de una etapa de profunda división.

Quizá ese sea también el desafío que Ceuta nos plantea hoy: demostrar que, incluso en los momentos de mayor dificultad, la concordia sigue siendo posible.

CEUTA SOMOS TODOS

Creo firmemente que el clamor del 2 de septiembre en apoyo de Ceuta ha quedado ya grabado para siempre en el imaginario colectivo de todos los españoles.

Y esto, no solamente por el número de personas que participaron. Tampoco por las banderas que llenaron las plazas. Ni por los discursos y las consignas. Por algo mucho más sencillo: España recordó que puede sentirse unida.

Ayer Ceuta recibió un abrazo de España.

Un abrazo atravesado también por la política, por la controversia y por diferentes maneras de entender la crisis. Pero un abrazo real. Un abrazo sentido profundamente. Y es que, por encima de las siglas, de las ideologías y de las disputas, miles de españoles quisieron decirle a Ceuta algo muy profundo:

¡NO ESTÁS SOLA!

Me parece que este es el verdadero significado de lo ocurrido ayer. Que, cuando todo parece dividirnos, todavía existen momentos capaces de recordarnos que pertenecemos a algo que está por encima de nuestras diferencias.

Ayer España recordó que Ceuta también le pertenece al corazón. Y cuando un país es capaz de abrazar a una de sus ciudades desde el otro extremo de su geografía, está recordando algo todavía más importante: que la distancia puede separar territorios, pero nunca a quienes se sienten parte de una misma historia.

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Por ello, cabe exclamar con firmeza una vez más que:

✨CEUTA NO ESTÁ SOLA.

✨CEUTA ES ESPAÑA.

✨Y ESPAÑA, CUANDO QUIERE, SABE VOLVER A ENCONTRARSE.


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