EL FIN DEL SANCHISMO

 




Avatar de Desconocidopor José Antonio Hernández de la Moya


¿Estamos ante los primeros signos del final de una forma de hacer política basada en la resistencia, la supervivencia y la permanente capacidad de sacar un nuevo conejo de la chistera?

Hay algo que resulta difícil de explicar racionalmente cuando se observa la política española de los últimos años: la extraordinaria capacidad de Pedro Sánchez para sobrevivir.

Una y otra vez, cuando parecía que su proyecto político estaba contra las cuerdas, aparecía una nueva maniobra, un nuevo pacto, una nueva promesa, una nueva interpretación de las circunstancias o, simplemente, una nueva vuelta de tuerca que le permitía continuar.

El propio Sánchez bautizó esa filosofía vital y política con un título que terminó convirtiéndose casi en una declaración de principios: Manual de resistencia.

Y quizá por eso continúa instalada en una parte importante de la sociedad española la sensación de que, ocurra lo que ocurra, Sánchez acabará encontrando una salida. Que todavía le queda algún as en la manga. Que siempre podrá sacar otro conejo de la chistera.

Pero hay algo que conviene recordar: Ningún poder humano es eterno.

Ni siquiera aquellos que, en determinados momentos de la Historia, parecieron invencibles.

👉Julio César llegó a concentrar un poder extraordinario en Roma. Y terminó apuñalado en el Senado por quienes, hasta entonces, formaban parte de su propio círculo.

👉Napoleón Bonaparte llegó a dominar buena parte de Europa y se convirtió en la encarnación política de aquello que Francia llamó «la grandeur». Y terminó derrotado, desterrado y humillado en la pequeña isla de Santa Elena, después de haber conocido también el primer exilio de Elba.

👉Jesse James se convirtió en una leyenda del Oeste americano y durante años pareció estar fuera del alcance de la justicia. Hasta que Robert Ford acabó con su vida disparándole por la espalda.

👉Al Capone llegó a representar el poder casi intocable del crimen organizado en Estados Unidos. Sin embargo, no fueron las balas de sus enemigos las que terminaron con su imperio, sino algo aparentemente mucho más prosaico: una condena por evasión fiscal.

👉Y Adolf Hitler, quizá una de las representaciones más terribles del Mal político del siglo XX, terminó refugiado en un búnker de Berlín, suicidándose cuando su proyecto de dominación total se desmoronaba.

Todos ellos tuvieron un momento en el que parecieron invencibles. Y todos terminaron sucumbiendo. No exactamente de la misma manera. No por las mismas causas. No en las mismas circunstancias. Pero todos encontraron finalmente un límite.

PEDRO SÁNCHEZ TAMPOCO ESTÁ HECHO DE KRIPTONITA

Quizá ésta sea una de las grandes lecciones de la Historia: confundir supervivencia con invulnerabilidad es un error.

Pedro Sánchez ha demostrado una extraordinaria capacidad de resistencia política. Eso es indiscutible. Pero resistir no significa ser eterno. Tampoco está hecho de kriptonita.

Si realmente fuera invulnerable, no necesitaría sostener su Gobierno sobre una aritmética parlamentaria tan extraordinariamente ajustada. Una aritmética que, utilizando la expresión popular, le ha dejado «el culo roto por siete votos».

Siete votos. Una mayoría que depende de equilibrios políticos complejos y de acuerdos que obligan permanentemente a negociar, ceder y resistir.

Eso no es invulnerabilidad. Eso es supervivencia. Y toda supervivencia tiene un límite.

Desconozco cómo será el final político de Pedro Sánchez. Nadie puede saberlo.

No sé si llegará mediante una derrota electoral, una rebelión dentro de su propio espacio político, una ruptura de sus apoyos parlamentarios, el agotamiento de una sociedad cansada de la confrontación o una circunstancia que hoy ni siquiera somos capaces de imaginar.

No será apuñalado como Julio César. No será desterrado como Napoleón. No será asesinado como Jesse James. No terminará necesariamente en una cárcel como Al Capone. Y, por supuesto, no tendrá que repetir el trágico final de Hitler.

La Historia no se repite literalmente. Pero a menudo repite sus lecciones. Y una de ellas es que los grandes poderes terminan encontrando un límite.

¿EXISTEN YA SEÑALES?

La pregunta que realmente importa es otra: ¿Hay ya signos que permitan intuir el final del sanchismo?

Tal vez sea demasiado pronto para afirmarlo. Pero esta semana han aparecido, al menos, dos señales que merecen ser comentadas.

La primera procede de los tribunales.

El Tribunal Supremo ha acordado suspender cautelarmente los efectos electorales de determinadas inscripciones en el Censo Electoral de Residentes Ausentes derivadas de la llamada Ley de Nietos, hasta que se acredite en determinados casos la condición de descendiente de exiliados. La decisión afecta tanto a personas ya inscritas como a nuevas inscripciones, aunque mantiene el derecho al voto cuando esa condición pueda ser acreditada. El fondo del asunto todavía está pendiente de sentencia definitiva.

La importancia política de esta decisión no reside solamente en el número de personas potencialmente afectadas.

Los datos conocidos hasta mayo de 2026 hablaban de más de 1,2 millones de solicitudes, con más de 570.000 aprobaciones y más de 333.000 inscripciones registradas.

Estamos, por tanto, ante una cuestión de enorme dimensión electoral y política. Pero hay algo todavía más importante: El poder político no puede estar por encima de la Ley.

Cuando una decisión administrativa, una interpretación jurídica o una determinada actuación gubernamental es cuestionada ante los tribunales, corresponde al Estado de Derecho establecer los límites.

Y precisamente ahí aparece una palabra que debería ser sagrada para cualquier demócrata: contrapesos.

El segundo signo procede de un lugar mucho más profundo: la educación. El Informe Pisa.

El informe PISA 2025, cuyos resultados se han conocido esta semana, ha colocado nuevamente a España ante una realidad incómoda.

Los estudiantes españoles de 15 y 16 años obtienen sus peores resultados históricos en las tres competencias evaluadas: lectura, matemáticas y ciencias. En lectura España obtiene 451 puntos, frente a 461 de la OCDE; en matemáticas, 457 frente a 463; y en ciencias, 477 puntos.

No estamos hablando simplemente de una estadística educativa. Estamos hablando de nuestros hijos. De nuestros nietos. Del futuro de España.

Una sociedad puede sobrevivir durante algún tiempo a una mala política. Incluso puede sobrevivir a determinados gobiernos. Pero una sociedad que pierde progresivamente capacidad para comprender un texto, razonar matemáticamente, interpretar la realidad científica o distinguir información de conocimiento está comprometiendo algo mucho más profundo: su capacidad para pensar.

Y una sociedad que deja de pensar se convierte en una sociedad fácilmente manipulable. Por eso PISA debería preocuparnos mucho más allá de la batalla partidista.

No se trata de culpar exclusivamente a una ley, a un Gobierno o a una determinada orientación ideológica. El deterioro educativo tiene causas complejas y viene acompañado de tendencias que también se observan en otros países. De hecho, el propio análisis de la OCDE y del Gobierno señala un aumento del alumnado situado en los niveles bajos de rendimiento y una disminución de los alumnos en los niveles altos.

Pero precisamente por eso la pregunta resulta inevitable: ¿Qué clase de país estamos construyendo? Porque gobernar no consiste únicamente en resistir. Gobernar significa también preparar el futuro.

EL VERDADERO PROBLEMA DEL SANCHISMO

Y aquí llegamos al fondo de la cuestión. Quizá el sanchismo no sea solamente Pedro Sánchez. Quizá sea una determinada manera de entender el poder. Una política convertida en permanente supervivencia. Una política en la que el objetivo fundamental parece ser resistir un día más.

Resistir a la oposición. Resistir a los tribunales. Resistir a las críticas. Resistir a las encuestas. Resistir a los propios socios. Resistir a los problemas. Resistir. Resistir. Y resistir.

Pero un país no puede vivir eternamente en modo resistencia. Necesita horizonte. Necesita proyecto. Necesita educación. Necesita instituciones fuertes. Necesita verdad. Necesita concordia. Y, sobre todo, necesita recuperar algo que quizá hayamos olvidado: la dignidad de pensar por nosotros mismos.

EL PODER DEL BIEN

Mi pronóstico sobre Pedro Sánchez no nace solamente de un deseo político. Nace de una determinada lectura de la Historia.

Creo firmemente que, tarde o temprano, el Bien termina imponiéndose al Mal.

No necesariamente de una manera espectacular. No siempre mediante una gran batalla.

A veces el Bien se abre paso silenciosamente: mediante una sentencia, una elección, una persona que decide no someterse, un ciudadano que comienza a hacerse preguntas, un joven que descubre el valor de pensar, una sociedad que recupera el sentido de la responsabilidad.

El Bien no siempre hace ruido. Pero permanece.

El poder puede manipular durante un tiempo. Puede resistir. Puede ganar batallas. Puede crear relatos. Puede cambiar las reglas. Puede buscar nuevos aliados.

Pero hay algo que ningún poder puede controlar completamente: la realidad. Y la realidad acaba pasando factura.

Por eso no sé cuándo terminará el sanchismo. No sé cómo terminará. Ni siquiera sé qué forma adoptará la España que venga después.

Pero sí creo que llegará un momento en que la sociedad española tendrá que decidir entre continuar viviendo en la lógica de la resistencia permanente o recuperar una política basada en algo mucho más sencillo y mucho más difícil: la verdad, la responsabilidad, la libertad, la justicia y la concordia.

Quizá ésta sea la verdadera señal que estamos esperando. No el final de un hombre. No siquiera el final de un partido. El final de una manera de entender el poder.

Porque los hombres pasan. Los gobiernos pasan. Los regímenes pasan. Las ideologías pasan. Pero quedan los pueblos, quedan las instituciones y queda la Historia. Y la Historia, con toda su inmensa capacidad para sorprendernos, tiene una extraña manera de recordarnos que nadie es invencible.

Ni siquiera Pedro Sánchez. Porque Sánchez no está hecho de kriptonita. Y porque, al final, por encima de cualquier poder humano, siempre queda una fuerza mayor: la fuerza de la verdad.


Retrato de José Antonio Hernández de la Moya con fondo de color azul claro.
Autor de Ideas

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