EL FIN DEL SANCHISMO
por
¿Estamos ante los primeros signos del
final de una forma de hacer política basada en la resistencia, la supervivencia
y la permanente capacidad de sacar un nuevo conejo de la chistera?
Hay algo que resulta difícil de
explicar racionalmente cuando se observa la política española de los últimos
años: la extraordinaria capacidad de Pedro Sánchez para sobrevivir.
Una y otra vez, cuando parecía que su
proyecto político estaba contra las cuerdas, aparecía una nueva maniobra, un
nuevo pacto, una nueva promesa, una nueva interpretación de las circunstancias
o, simplemente, una nueva vuelta de tuerca que le permitía continuar.
El propio Sánchez bautizó esa filosofía
vital y política con un título que terminó convirtiéndose casi en una
declaración de principios: Manual de resistencia.
Y quizá por eso continúa instalada en
una parte importante de la sociedad española la sensación de que, ocurra lo que
ocurra, Sánchez acabará encontrando una salida. Que todavía le queda algún as
en la manga. Que siempre podrá sacar otro conejo de la chistera.
Pero hay algo que conviene recordar: Ningún
poder humano es eterno.
Ni siquiera aquellos que, en
determinados momentos de la Historia, parecieron invencibles.
👉Julio César llegó a
concentrar un poder extraordinario en Roma. Y terminó apuñalado en el Senado
por quienes, hasta entonces, formaban parte de su propio círculo.
👉Napoleón Bonaparte llegó a
dominar buena parte de Europa y se convirtió en la encarnación política de
aquello que Francia llamó «la grandeur». Y terminó derrotado, desterrado
y humillado en la pequeña isla de Santa Elena, después de haber conocido
también el primer exilio de Elba.
👉Jesse James se convirtió
en una leyenda del Oeste americano y durante años pareció estar fuera del
alcance de la justicia. Hasta que Robert Ford acabó con su vida disparándole
por la espalda.
👉Al Capone llegó a
representar el poder casi intocable del crimen organizado en Estados Unidos.
Sin embargo, no fueron las balas de sus enemigos las que terminaron con su
imperio, sino algo aparentemente mucho más prosaico: una condena por evasión
fiscal.
👉Y Adolf Hitler, quizá una de las
representaciones más terribles del Mal político del siglo XX, terminó refugiado
en un búnker de Berlín, suicidándose cuando su proyecto de dominación total se
desmoronaba.
Todos ellos tuvieron un momento en el
que parecieron invencibles. Y todos terminaron sucumbiendo. No exactamente
de la misma manera. No por las mismas causas. No en las mismas circunstancias. Pero
todos encontraron finalmente un límite.
PEDRO SÁNCHEZ TAMPOCO ESTÁ HECHO DE KRIPTONITA
Quizá ésta sea una de las grandes
lecciones de la Historia: confundir supervivencia con invulnerabilidad es un
error.
Pedro Sánchez ha demostrado una
extraordinaria capacidad de resistencia política. Eso es indiscutible. Pero
resistir no significa ser eterno. Tampoco está hecho de kriptonita.
Si realmente fuera invulnerable, no
necesitaría sostener su Gobierno sobre una aritmética parlamentaria tan
extraordinariamente ajustada. Una aritmética que, utilizando la expresión
popular, le ha dejado «el culo roto por siete votos».
Siete votos. Una mayoría que depende de
equilibrios políticos complejos y de acuerdos que obligan permanentemente a
negociar, ceder y resistir.
Eso no es invulnerabilidad. Eso es
supervivencia. Y toda supervivencia tiene un límite.
Desconozco cómo será el final político
de Pedro Sánchez. Nadie puede saberlo.
No sé si llegará mediante una derrota
electoral, una rebelión dentro de su propio espacio político, una ruptura de
sus apoyos parlamentarios, el agotamiento de una sociedad cansada de la
confrontación o una circunstancia que hoy ni siquiera somos capaces de
imaginar.
No será apuñalado como Julio César. No
será desterrado como Napoleón. No será asesinado como Jesse James. No terminará
necesariamente en una cárcel como Al Capone. Y, por supuesto, no tendrá que
repetir el trágico final de Hitler.
La Historia no se repite literalmente.
Pero a menudo repite sus lecciones. Y una de ellas es que los grandes poderes terminan
encontrando un límite.
¿EXISTEN YA SEÑALES?
La pregunta que realmente importa es
otra: ¿Hay ya signos que permitan intuir el final del sanchismo?
Tal vez sea demasiado pronto para
afirmarlo. Pero esta semana han aparecido, al menos, dos señales que merecen
ser comentadas.
La primera procede de los tribunales.
El Tribunal Supremo ha acordado
suspender cautelarmente los efectos electorales de determinadas inscripciones
en el Censo Electoral de Residentes Ausentes derivadas de la llamada Ley de
Nietos, hasta que se acredite en determinados casos la condición de
descendiente de exiliados. La decisión afecta tanto a personas ya inscritas
como a nuevas inscripciones, aunque mantiene el derecho al voto cuando esa
condición pueda ser acreditada. El fondo del asunto todavía está pendiente de
sentencia definitiva.
La importancia política de esta
decisión no reside solamente en el número de personas potencialmente afectadas.
Los datos conocidos hasta mayo de 2026
hablaban de más de 1,2 millones de solicitudes, con más de 570.000
aprobaciones y más de 333.000 inscripciones registradas.
Estamos, por tanto, ante una cuestión
de enorme dimensión electoral y política. Pero hay algo todavía más importante:
El poder político no puede estar por encima de la Ley.
Cuando una decisión administrativa, una
interpretación jurídica o una determinada actuación gubernamental es
cuestionada ante los tribunales, corresponde al Estado de Derecho establecer
los límites.
Y precisamente ahí aparece una palabra
que debería ser sagrada para cualquier demócrata: contrapesos.
El segundo signo procede de un lugar
mucho más profundo: la educación. El Informe Pisa.
El informe PISA 2025, cuyos resultados
se han conocido esta semana, ha colocado nuevamente a España ante una realidad
incómoda.
Los estudiantes españoles de 15 y 16
años obtienen sus peores resultados históricos en las tres competencias
evaluadas: lectura, matemáticas y ciencias. En lectura España obtiene
451 puntos, frente a 461 de la OCDE; en matemáticas, 457 frente a 463; y en
ciencias, 477 puntos.
No estamos hablando simplemente de una
estadística educativa. Estamos hablando de nuestros hijos. De nuestros nietos. Del
futuro de España.
Una sociedad puede sobrevivir durante
algún tiempo a una mala política. Incluso puede sobrevivir a determinados
gobiernos. Pero una sociedad que pierde progresivamente capacidad para
comprender un texto, razonar matemáticamente, interpretar la realidad
científica o distinguir información de conocimiento está comprometiendo algo
mucho más profundo: su capacidad para pensar.
Y una sociedad que deja de pensar se
convierte en una sociedad fácilmente manipulable. Por eso PISA debería
preocuparnos mucho más allá de la batalla partidista.
No se trata de culpar exclusivamente a
una ley, a un Gobierno o a una determinada orientación ideológica. El deterioro
educativo tiene causas complejas y viene acompañado de tendencias que también
se observan en otros países. De hecho, el propio análisis de la OCDE y del
Gobierno señala un aumento del alumnado situado en los niveles bajos de
rendimiento y una disminución de los alumnos en los niveles altos.
Pero precisamente por eso la pregunta
resulta inevitable: ¿Qué clase de país estamos construyendo? Porque
gobernar no consiste únicamente en resistir. Gobernar significa también
preparar el futuro.
EL VERDADERO
PROBLEMA DEL SANCHISMO
Y aquí llegamos al fondo de la
cuestión. Quizá el sanchismo no sea solamente Pedro Sánchez. Quizá sea una
determinada manera de entender el poder. Una política convertida en permanente
supervivencia. Una política en la que el objetivo fundamental parece ser resistir
un día más.
Resistir a la oposición. Resistir a los
tribunales. Resistir a las críticas. Resistir a las encuestas. Resistir a los
propios socios. Resistir a los problemas. Resistir. Resistir. Y resistir.
Pero un país no puede vivir eternamente
en modo resistencia. Necesita horizonte. Necesita proyecto. Necesita educación.
Necesita instituciones fuertes. Necesita verdad. Necesita concordia. Y, sobre
todo, necesita recuperar algo que quizá hayamos olvidado: la dignidad de
pensar por nosotros mismos.
EL PODER DEL
BIEN
Mi pronóstico sobre Pedro Sánchez no
nace solamente de un deseo político. Nace de una determinada lectura de la
Historia.
Creo firmemente que, tarde o temprano, el
Bien termina imponiéndose al Mal.
No necesariamente de una manera
espectacular. No siempre mediante una gran batalla.
A veces el Bien se abre paso
silenciosamente: mediante una sentencia, una elección, una persona que decide
no someterse, un ciudadano que comienza a hacerse preguntas, un joven que
descubre el valor de pensar, una sociedad que recupera el sentido de la responsabilidad.
El Bien no siempre hace ruido. Pero
permanece.
El poder puede manipular durante un
tiempo. Puede resistir. Puede ganar batallas. Puede crear relatos. Puede
cambiar las reglas. Puede buscar nuevos aliados.
Pero hay algo que ningún poder puede
controlar completamente: la realidad. Y la realidad acaba pasando
factura.
Por eso no sé cuándo terminará el
sanchismo. No sé cómo terminará. Ni siquiera sé qué forma adoptará la España
que venga después.
Pero sí creo que llegará un momento en
que la sociedad española tendrá que decidir entre continuar viviendo en la
lógica de la resistencia permanente o recuperar una política basada en algo
mucho más sencillo y mucho más difícil: la verdad, la responsabilidad, la
libertad, la justicia y la concordia.
Quizá ésta sea la verdadera señal que
estamos esperando. No el final de un hombre. No siquiera el final de un
partido. El final de una manera de entender el poder.
Porque los hombres pasan. Los gobiernos
pasan. Los regímenes pasan. Las ideologías pasan. Pero quedan los pueblos,
quedan las instituciones y queda la Historia. Y la Historia, con toda su
inmensa capacidad para sorprendernos, tiene una extraña manera de recordarnos
que nadie es invencible.
Ni siquiera Pedro Sánchez. Porque
Sánchez no está hecho de kriptonita. Y porque, al final, por encima de
cualquier poder humano, siempre queda una fuerza mayor: la fuerza de la
verdad.
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