EL CACAO
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«EL CACAO» reflexiona sobre la sensación de desconcierto, improvisación e inestabilidad que, a juicio del autor, transmite la gestión del Gobierno ante problemas como la vivienda, la crisis de Ceuta, la inflación, las investigaciones judiciales y la dificultad para alcanzar acuerdos parlamentarios. A partir de la expresión de la ministra Isabel Rodríguez —«tengo un cacao»—, el artículo convierte esa frase coloquial en una metáfora de una política atrapada en la negociación permanente y en respuestas reactivas, frente a la necesidad de planificación, claridad y eficacia. La reflexión culmina recuperando a Séneca y su defensa de la serenidad, entendida no como pasividad, sino como una forma superior de inteligencia y eficacia para distinguir lo esencial, analizar las causas y gobernar con perspectiva.
Hay palabras que, de repente, dejan de
ser solamente palabras. Se convierten en imágenes. Expresiones que,
pronunciadas en el momento oportuno, parecen resumir todo un estado de cosas. «Tengo
un cacao» es una de ellas.
La expresión pronunciada por la
ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez, durante la rueda de prensa
posterior al último Consejo de Ministros ha provocado comentarios, titulares y
todo tipo de interpretaciones. La ministra reconoció que tenía un «cacao»
al intentar explicar algunas de las medidas de los dos decretos de vivienda que
acababa de aprobar el Gobierno. Incluso admitió que no tenía consigo la última
versión de los textos porque las negociaciones se habían prolongado hasta las
últimas horas.
Podría quedarse en una anécdota. Una de
esas frases desafortunadas que aparecen en una rueda de prensa y que al día
siguiente desaparecen entre las muchas noticias de la actualidad. Pero en este
momento la expresión «Tengo un cacao» cobra una dimensión extraordinaria.
En puridad, «tener un cacao»
significa estar confundido, tener las ideas enredadas, encontrarse ante una
situación difícil de ordenar. Pero, resulta difícil no pensar que esa expresión,
más allá de la intención de quien la pronunció, puede servir como una metáfora
de la sensación de desconcierto que transmite buena parte de la política
española actual.
CUANDO LAS PALABRAS SE CONVIERTEN EN
SÍMBOLOS
La política también tiene su propio
lenguaje simbólico. A veces una palabra define una época. Otras veces una
expresión popular consigue explicar mejor una situación que cien discursos. «Cacao»,
es una de las palabras que mejor define el estado de cosas en el que se encuentra
la política española.
Porque mientras los ciudadanos
necesitan respuestas claras, previsibles y eficaces, el Gobierno parece
obligado continuamente a negociar, rectificar, incorporar nuevas condiciones y
volver a explicar lo que acaba de acordar. En el caso de la vivienda, la escena
resulta especialmente significativa.
El Gobierno aprobó dos decretos con
medidas destinadas a afrontar la crisis habitacional y pretende llevarlos al
Congreso. Pero las negociaciones con sus socios se prolongaron hasta el último
momento, hasta el punto de que la propia ministra reconoció públicamente sus
dificultades para explicar con precisión el contenido definitivo de las normas.
Y aquí aparece una pregunta que va
mucho más allá de la ministra:
¿Puede gobernarse con serenidad cuando
cada decisión depende de una negociación permanente y cuando el contenido de
las propias decisiones parece cambiar hasta el último momento?
EL CACAO DE LA VIVIENDA
La vivienda se ha convertido en uno de
los grandes problemas sociales de nuestro tiempo.
Los precios, el alquiler, la dificultad
de acceso de los jóvenes, la escasez de vivienda asequible y la tensión entre
propietarios e inquilinos forman un problema complejo que no admite soluciones
improvisadas.
El Gobierno ha presentado ahora nuevas
medidas, entre ellas protección frente a determinados desahucios, incentivos
fiscales, ayudas, regulación de determinados alquileres y actuaciones sobre
vivienda turística y vivienda vacía.
Pero una cosa es legislar y otra
gobernar. Gobernar exige anticipación, planificación, coordinación y
evaluación de las consecuencias. Y también exige algo que parece cada vez
más escaso: serenidad.
No basta con reaccionar ante cada
problema cuando estalla. No basta con aprobar una norma cuando la presión
social aumenta. No basta con buscar una solución urgente para cada incendio.
Un país necesita políticas de largo
recorrido. La vivienda, por ejemplo, no se resuelve únicamente mediante
decretos. Necesita suelo, construcción, seguridad jurídica, colaboración entre
administraciones, inversión, planificación urbanística y una política sostenida
en el tiempo.
Cuando todo se convierte en una
urgencia, la política termina convertida en una sucesión de parches. Y
los parches, cuando se acumulan, también hacen «cacao».
CEUTA: OTRO
NOMBRE PARA EL DESCONCIERTO
No es únicamente la vivienda.
España ha vivido durante este verano
una situación extraordinariamente delicada en Ceuta. El Gobierno declaró el 25
de agosto la situación de interés para la Seguridad Nacional debido a la crisis
provocada por la permanencia de un elevado número de migrantes en situación
irregular después de la entrada masiva del 30 de julio. El propio real decreto
reconoce que la situación había superado las capacidades ordinarias de gestión,
acogida, asistencia y seguridad ciudadana de la ciudad autónoma.
No hace falta compartir una determinada
interpretación política de los acontecimientos para reconocer una realidad: cuando
una crisis alcanza semejante dimensión, la ciudadanía necesita información
clara, coordinación institucional y una respuesta firme y serena. Y
necesita saber quién manda, qué se está haciendo y hacia dónde se camina.
La sensación contraria —la de
improvisación, contradicción o incertidumbre— alimenta precisamente ese «cacao»
colectivo.
Y MIENTRAS
TANTO, LOS PRECIOS
A todo ello se suma la economía
cotidiana.
El indicador adelantado del IPC
correspondiente a septiembre ha situado la inflación interanual en el 4,9 %,
seis décimas por encima de agosto, mientras la inflación subyacente ha
alcanzado el 3,1 %. Es el nivel más elevado del IPC desde febrero de 2023.
Detrás de esos números hay algo mucho
más sencillo de entender: la vida cotidiana se encarece. La gasolina. La
cesta de la compra. La vivienda. Los alquileres. Las facturas.
Y cuando una familia tiene que hacer
verdaderos equilibrios para llegar a fin de mes, las grandes palabras de la
política pierden importancia. Lo que importa es si puede pagar. Si puede vivir.
Si puede comprar una vivienda. Si sus hijos pueden independizarse. Si el
salario alcanza. Ahí es donde la gestión
pública debe demostrar su eficacia.
EL CACAO POLÍTICO
Y existe todavía otro elemento: la
inestabilidad política.
Un Gobierno necesita mayoría
parlamentaria para aprobar sus leyes, pero cuando esa mayoría está sometida
continuamente a negociaciones entre intereses diferentes, el margen para
desarrollar una política coherente se reduce.
Cada socio puede exigir su parte. Cada
votación puede convertirse en una prueba. Cada decreto puede necesitar nuevas
concesiones. Y cada concesión puede generar nuevas contradicciones.
La política deja entonces de parecerse
a un proyecto y empieza a parecerse a un rompecabezas permanente.
Una pieza aquí. Otra allá. Una
rectificación. Una nueva negociación. Una condición añadida. Una declaración
para explicar la anterior. Y otra posterior para matizarla. Cacao.
LA CORRUPCIÓN AÑADE MÁS RUIDO
A este panorama se añade el ruido
provocado por diferentes investigaciones judiciales que afectan a personas del
entorno político y familiar del presidente del Gobierno.
Conviene ser especialmente rigurosos
aquí: una investigación judicial no equivale a una condena y la presunción de
inocencia debe mantenerse siempre. Pero tampoco puede ignorarse el impacto
político de una sucesión de causas que obligan al Gobierno y al presidente a
ofrecer explicaciones.
En septiembre, por ejemplo, el juez
instructor acordó la apertura de juicio oral con jurado contra Begoña Gómez
por presuntos delitos de tráfico de influencias y malversación, una decisión
que naturalmente corresponde ahora valorar a los tribunales. Y, paralelamente,
continúan otras investigaciones que afectan a personas vinculadas al PSOE y a
diferentes ámbitos de la Administración.
Más allá de las responsabilidades
jurídicas que finalmente puedan determinar los tribunales, la acumulación de
controversias tiene necesariamente un coste en términos de confianza pública.
Y una democracia necesita confianza.
DAR PALOS DE CIEGO
Quizá el problema fundamental no sea
que un Gobierno se equivoque. Todos los gobiernos se equivocan. Todos los
gobernantes tienen que rectificar alguna vez. Todos los proyectos políticos
encuentran obstáculos.
El problema aparece cuando la
rectificación parece convertirse en método. Cuando se gobierna reaccionando
continuamente a los acontecimientos. Cuando se improvisa porque la realidad se
ha adelantado a la planificación. Cuando se anuncia una medida antes de tener
perfectamente definida su aplicación. Cuando los socios discuten públicamente. Cuando
un ministro no tiene la última versión de un decreto que acaba de aprobar el
Consejo de Ministros. Cuando la explicación de una decisión necesita casi tanta
explicación como la propia decisión.
Entonces aparece una sensación difícil
de evitar: que se está gobernando a golpe de acontecimiento. Como quien
avanza en la oscuridad extendiendo las manos para encontrar el camino. Dando
palos de ciego.
GOBERNAR TAMBIÉN ES SABER PARAR
El problema de fondo no es solo
político. Es, sobre todo, humano.
Vivimos en una época acelerada en la
que todo tiene que resolverse inmediatamente. La política participa de esa
misma aceleración. Hay que responder al titular de hoy, al problema de esta
tarde, a la presión de un socio, a la protesta de mañana, a la encuesta de la
semana próxima.
Pero la buena gestión necesita justamente lo contrario. Necesita detenerse. Pensar. Escuchar. Ordenar. Priorizar. Y después actuar.
Séneca, uno de los pensadores y políticos
más influyentes de la historia afirmó que «No hay nada tan grande como la
serenidad». La serenidad no significa pasividad. La serenidad es una
forma superior de eficacia. Quien mantiene la calma puede distinguir lo
importante de lo accesorio. Puede separar el problema de sus síntomas. Puede
analizar las causas antes de intentar corregir las consecuencias. Y eso es
precisamente lo que parece echarse de menos en demasiadas ocasiones.
UNA PALABRA PARA DEFINIR UN TIEMPO
Dentro de unos años recordemos muchas
de las palabras que hoy ocupan los titulares: Vivienda. Ceuta. Inflación. Corrupción.
Inestabilidad. Negociación. Decretos. Crisis. Pero quizá ninguna resulte tan
gráfica como aquella que salió espontáneamente de la boca de una ministra: «Tengo
un cacao».
No sabemos si esta frase pasará a la
historia política española. Probablemente no. Pero puede quedar como una de
esas pequeñas expresiones que, por una extraña casualidad, terminan
describiendo mucho más de lo que pretendían.
Porque un país no puede vivir
permanentemente en el cacao. España necesita claridad. Necesita
instituciones que funcionen. Necesita planificación. Necesita estabilidad. Necesita
políticos capaces de discrepar sin convertir cada discrepancia en una crisis. Y,
sobre todo, necesita recuperar algo que parece cada vez más valioso: la
serenidad para gobernar.
Porque cuando todo se mezcla, cuando
todo parece urgente, cuando las decisiones se improvisan y cuando cada solución
genera un nuevo problema, quizá haya llegado el momento de hacer algo
aparentemente muy sencillo: parar el ruido, ordenar las ideas y empezar de
nuevo.
Sin cacao. Con sentido común. Con
responsabilidad. Y con una mirada larga. Y es que, al final, gobernar no
consiste en apagar todos los incendios del día, sino en evitar que el país viva
permanentemente rodeado de fuego.
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