EL CACAO

 


Avatar de Desconocidopor José Antonio Hernández de la Moya


«EL CACAO» reflexiona sobre la sensación de desconcierto, improvisación e inestabilidad que, a juicio del autor, transmite la gestión del Gobierno ante problemas como la vivienda, la crisis de Ceuta, la inflación, las investigaciones judiciales y la dificultad para alcanzar acuerdos parlamentarios. A partir de la expresión de la ministra Isabel Rodríguez —«tengo un cacao»—, el artículo convierte esa frase coloquial en una metáfora de una política atrapada en la negociación permanente y en respuestas reactivas, frente a la necesidad de planificación, claridad y eficacia. La reflexión culmina recuperando a Séneca y su defensa de la serenidad, entendida no como pasividad, sino como una forma superior de inteligencia y eficacia para distinguir lo esencial, analizar las causas y gobernar con perspectiva.

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Hay palabras que, de repente, dejan de ser solamente palabras. Se convierten en imágenes. Expresiones que, pronunciadas en el momento oportuno, parecen resumir todo un estado de cosas. «Tengo un cacao» es una de ellas.

La expresión pronunciada por la ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez, durante la rueda de prensa posterior al último Consejo de Ministros ha provocado comentarios, titulares y todo tipo de interpretaciones. La ministra reconoció que tenía un «cacao» al intentar explicar algunas de las medidas de los dos decretos de vivienda que acababa de aprobar el Gobierno. Incluso admitió que no tenía consigo la última versión de los textos porque las negociaciones se habían prolongado hasta las últimas horas.

Podría quedarse en una anécdota. Una de esas frases desafortunadas que aparecen en una rueda de prensa y que al día siguiente desaparecen entre las muchas noticias de la actualidad. Pero en este momento la expresión «Tengo un cacao» cobra una dimensión extraordinaria.

En puridad, «tener un cacao» significa estar confundido, tener las ideas enredadas, encontrarse ante una situación difícil de ordenar. Pero,  resulta difícil no pensar que esa expresión, más allá de la intención de quien la pronunció, puede servir como una metáfora de la sensación de desconcierto que transmite buena parte de la política española actual.

CUANDO LAS PALABRAS SE CONVIERTEN EN SÍMBOLOS

La política también tiene su propio lenguaje simbólico. A veces una palabra define una época. Otras veces una expresión popular consigue explicar mejor una situación que cien discursos. «Cacao», es una de las palabras que mejor define el estado de cosas en el que se encuentra la política española.

Porque mientras los ciudadanos necesitan respuestas claras, previsibles y eficaces, el Gobierno parece obligado continuamente a negociar, rectificar, incorporar nuevas condiciones y volver a explicar lo que acaba de acordar. En el caso de la vivienda, la escena resulta especialmente significativa.

El Gobierno aprobó dos decretos con medidas destinadas a afrontar la crisis habitacional y pretende llevarlos al Congreso. Pero las negociaciones con sus socios se prolongaron hasta el último momento, hasta el punto de que la propia ministra reconoció públicamente sus dificultades para explicar con precisión el contenido definitivo de las normas.

Y aquí aparece una pregunta que va mucho más allá de la ministra:

¿Puede gobernarse con serenidad cuando cada decisión depende de una negociación permanente y cuando el contenido de las propias decisiones parece cambiar hasta el último momento?

EL CACAO DE LA VIVIENDA

La vivienda se ha convertido en uno de los grandes problemas sociales de nuestro tiempo.

Los precios, el alquiler, la dificultad de acceso de los jóvenes, la escasez de vivienda asequible y la tensión entre propietarios e inquilinos forman un problema complejo que no admite soluciones improvisadas.

El Gobierno ha presentado ahora nuevas medidas, entre ellas protección frente a determinados desahucios, incentivos fiscales, ayudas, regulación de determinados alquileres y actuaciones sobre vivienda turística y vivienda vacía.

Pero una cosa es legislar y otra gobernar. Gobernar exige anticipación, planificación, coordinación y evaluación de las consecuencias. Y también exige algo que parece cada vez más escaso: serenidad.

No basta con reaccionar ante cada problema cuando estalla. No basta con aprobar una norma cuando la presión social aumenta. No basta con buscar una solución urgente para cada incendio.

Un país necesita políticas de largo recorrido. La vivienda, por ejemplo, no se resuelve únicamente mediante decretos. Necesita suelo, construcción, seguridad jurídica, colaboración entre administraciones, inversión, planificación urbanística y una política sostenida en el tiempo.

Cuando todo se convierte en una urgencia, la política termina convertida en una sucesión de parches. Y los parches, cuando se acumulan, también hacen «cacao».

CEUTA: OTRO NOMBRE PARA EL DESCONCIERTO

No es únicamente la vivienda.

España ha vivido durante este verano una situación extraordinariamente delicada en Ceuta. El Gobierno declaró el 25 de agosto la situación de interés para la Seguridad Nacional debido a la crisis provocada por la permanencia de un elevado número de migrantes en situación irregular después de la entrada masiva del 30 de julio. El propio real decreto reconoce que la situación había superado las capacidades ordinarias de gestión, acogida, asistencia y seguridad ciudadana de la ciudad autónoma.

No hace falta compartir una determinada interpretación política de los acontecimientos para reconocer una realidad: cuando una crisis alcanza semejante dimensión, la ciudadanía necesita información clara, coordinación institucional y una respuesta firme y serena. Y necesita saber quién manda, qué se está haciendo y hacia dónde se camina.

La sensación contraria —la de improvisación, contradicción o incertidumbre— alimenta precisamente ese «cacao» colectivo.

Y MIENTRAS TANTO, LOS PRECIOS

A todo ello se suma la economía cotidiana.

El indicador adelantado del IPC correspondiente a septiembre ha situado la inflación interanual en el 4,9 %, seis décimas por encima de agosto, mientras la inflación subyacente ha alcanzado el 3,1 %. Es el nivel más elevado del IPC desde febrero de 2023.

Detrás de esos números hay algo mucho más sencillo de entender: la vida cotidiana se encarece. La gasolina. La cesta de la compra. La vivienda. Los alquileres. Las facturas.

Y cuando una familia tiene que hacer verdaderos equilibrios para llegar a fin de mes, las grandes palabras de la política pierden importancia. Lo que importa es si puede pagar. Si puede vivir. Si puede comprar una vivienda. Si sus hijos pueden independizarse. Si el salario alcanza.  Ahí es donde la gestión pública debe demostrar su eficacia.

EL CACAO POLÍTICO

Y existe todavía otro elemento: la inestabilidad política.

Un Gobierno necesita mayoría parlamentaria para aprobar sus leyes, pero cuando esa mayoría está sometida continuamente a negociaciones entre intereses diferentes, el margen para desarrollar una política coherente se reduce.

Cada socio puede exigir su parte. Cada votación puede convertirse en una prueba. Cada decreto puede necesitar nuevas concesiones. Y cada concesión puede generar nuevas contradicciones.

La política deja entonces de parecerse a un proyecto y empieza a parecerse a un rompecabezas permanente.

Una pieza aquí. Otra allá. Una rectificación. Una nueva negociación. Una condición añadida. Una declaración para explicar la anterior. Y otra posterior para matizarla. Cacao.

LA CORRUPCIÓN AÑADE MÁS RUIDO

A este panorama se añade el ruido provocado por diferentes investigaciones judiciales que afectan a personas del entorno político y familiar del presidente del Gobierno.

Conviene ser especialmente rigurosos aquí: una investigación judicial no equivale a una condena y la presunción de inocencia debe mantenerse siempre. Pero tampoco puede ignorarse el impacto político de una sucesión de causas que obligan al Gobierno y al presidente a ofrecer explicaciones.

En septiembre, por ejemplo, el juez instructor acordó la apertura de juicio oral con jurado contra Begoña Gómez por presuntos delitos de tráfico de influencias y malversación, una decisión que naturalmente corresponde ahora valorar a los tribunales. Y, paralelamente, continúan otras investigaciones que afectan a personas vinculadas al PSOE y a diferentes ámbitos de la Administración.

Más allá de las responsabilidades jurídicas que finalmente puedan determinar los tribunales, la acumulación de controversias tiene necesariamente un coste en términos de confianza pública. Y una democracia necesita confianza.

DAR PALOS DE CIEGO

Quizá el problema fundamental no sea que un Gobierno se equivoque. Todos los gobiernos se equivocan. Todos los gobernantes tienen que rectificar alguna vez. Todos los proyectos políticos encuentran obstáculos.

El problema aparece cuando la rectificación parece convertirse en método. Cuando se gobierna reaccionando continuamente a los acontecimientos. Cuando se improvisa porque la realidad se ha adelantado a la planificación. Cuando se anuncia una medida antes de tener perfectamente definida su aplicación. Cuando los socios discuten públicamente. Cuando un ministro no tiene la última versión de un decreto que acaba de aprobar el Consejo de Ministros. Cuando la explicación de una decisión necesita casi tanta explicación como la propia decisión.

Entonces aparece una sensación difícil de evitar: que se está gobernando a golpe de acontecimiento. Como quien avanza en la oscuridad extendiendo las manos para encontrar el camino. Dando palos de ciego.

GOBERNAR TAMBIÉN ES SABER PARAR

El problema de fondo no es solo político. Es, sobre todo, humano.

Vivimos en una época acelerada en la que todo tiene que resolverse inmediatamente. La política participa de esa misma aceleración. Hay que responder al titular de hoy, al problema de esta tarde, a la presión de un socio, a la protesta de mañana, a la encuesta de la semana próxima.

Pero la buena gestión necesita justamente lo contrario. Necesita detenerse. Pensar. Escuchar. Ordenar. Priorizar. Y después actuar.

Séneca, uno de los pensadores y políticos más influyentes de la historia afirmó que «No hay nada tan grande como la serenidad». La serenidad no significa pasividad. La serenidad es una forma superior de eficacia. Quien mantiene la calma puede distinguir lo importante de lo accesorio. Puede separar el problema de sus síntomas. Puede analizar las causas antes de intentar corregir las consecuencias. Y eso es precisamente lo que parece echarse de menos en demasiadas ocasiones.

UNA PALABRA PARA DEFINIR UN TIEMPO

Dentro de unos años recordemos muchas de las palabras que hoy ocupan los titulares: Vivienda. Ceuta. Inflación. Corrupción. Inestabilidad. Negociación. Decretos. Crisis. Pero quizá ninguna resulte tan gráfica como aquella que salió espontáneamente de la boca de una ministra: «Tengo un cacao».

No sabemos si esta frase pasará a la historia política española. Probablemente no. Pero puede quedar como una de esas pequeñas expresiones que, por una extraña casualidad, terminan describiendo mucho más de lo que pretendían.

Porque un país no puede vivir permanentemente en el cacao. España necesita claridad. Necesita instituciones que funcionen. Necesita planificación. Necesita estabilidad. Necesita políticos capaces de discrepar sin convertir cada discrepancia en una crisis. Y, sobre todo, necesita recuperar algo que parece cada vez más valioso: la serenidad para gobernar.

Porque cuando todo se mezcla, cuando todo parece urgente, cuando las decisiones se improvisan y cuando cada solución genera un nuevo problema, quizá haya llegado el momento de hacer algo aparentemente muy sencillo: parar el ruido, ordenar las ideas y empezar de nuevo.

Sin cacao. Con sentido común. Con responsabilidad. Y con una mirada larga. Y es que, al final, gobernar no consiste en apagar todos los incendios del día, sino en evitar que el país viva permanentemente rodeado de fuego.


Retrato de José Antonio Hernández de la Moya con fondo de color azul claro.
Autor de Ideas



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