AGUSTÍN IBARROLA: ARTISTA Y CIUDADANO

 



La presentación en Ávila del libro Agustín Ibarrola: artista y ciudadano, de Fernando Maura sobre Agustín Ibarrola fue mucho más que la presentación de una biografía. Fue una aproximación a un hombre que hizo de la creación artística, la libertad y el compromiso ciudadano una misma forma de vida. A través de los recuerdos y testimonios de quienes le conocieron, el libro reconstruye al artista, al ciudadano y al ser humano que encontró en Ávila, y especialmente en Garoza de Muñogalindo, un espacio de libertad y una nueva manera de dialogar con la naturaleza. Allí, frente a la piedra, Ibarrola descubrió un territorio creativo en el que arte y vida parecían fundirse. Pero quizá la imagen más profunda que queda de él es la de un hombre que nunca dejó de mirar el mundo con la curiosidad de un niño: jugando, investigando, preguntando y creando. Porque en Ibarrola la libertad no fue solo una idea: fue también una manera de vivir y de crear.


Hay artistas que dejan una obra. Hay otros que, además, dejan una forma de mirar. Y hay algunos cuya vida termina formando parte inseparable de aquello que crearon. Agustín Ibarrola pertenece a estos últimos.

Una tarde de la primavera de 2005, en la finca de Garoza de Bracamonte, en Muñogalindo (Ávila), Agustín Ibarrola conversaba con varios jóvenes que se interesaban por las razones de su obra, por la investigación que había detrás de ella y por sus teorías sobre los espacios bidimensionales y tridimensionales.

Ibarrola ya era entonces un mito vasco. Artista y ciudadano. Pintor y escultor. Creador comprometido con el arte y con la libertad. Aquella conversación tuvo, sin embargo, una consecuencia que iría mucho más allá de aquel encuentro. Fernando Maura, que participaba en el proyecto de creación de una fundación dedicada a preservar la obra y la memoria del artista en Muñogalindo, sintió la necesidad de conocer algo más de aquel hombre que tenía delante: el Ibarrola artista y el Ibarrola ciudadano.

De aquella inquietud nacieron unas entrevistas. Y de aquellas entrevistas, mantenidas durante numerosas jornadas en el caserío de Oma y acompañadas muchas veces por la hospitalidad de Mari Luz, su esposa, nació finalmente el libro Agustín Ibarrola: artista y ciudadano.

El pasado miércoles 23 de septiembre, el Palacio Los Serrano de Ávila acogió la presentación de Agustín Ibarrola: artista y ciudadano, el libro del abogado, político y escritor Fernando Maura, una obra nacida del contacto personal con el artista y de las largas conversaciones mantenidas con él durante los años de su estancia en Ávila.

Book cover featuring a photograph of two men smiling and talking, with colorful artwork in the background. The title is 'Agustín Ibarrola: Artista y ciudadano' by Fernando Maura.
AGUSTÍN IBARROLA: ARTISTA Y CIUDADANO

El acto contó con la intervención del propio autor, acompañado por tres personalidades y amigos que compartieron vivencias, afecto y complicidad creativa con el artista vasco durante su etapa castellana: el periodista y poeta Carlos Aganzo, el artista Jesús Velayos y Alfredo Melgar, mecenas de la obra creativa de Agustín Ibarrola en la dehesa de Garoza de Bracamonte.

A panel discussion at Fundación Ávila featuring several speakers, including Fernando Maura, discussing the book 'Agustín Ibarrola: Artista y ciudadano.' The backdrop displays event details and a photo of Agustín Ibarrola.
Alfredo Melgar, Fernando Maura, Jesús Velayos y Carlos Aganzo

Más que una presentación literaria, el encuentro terminó convirtiéndose en un ejercicio de memoria. Una memoria personal y colectiva que permitió acercarse no solo al artista, sino también al hombre que había detrás de su obra.

Un libro nacido del diálogo

La historia del libro tiene su origen en un proyecto que finalmente no llegó a realizarse: la creación de una fundación dedicada a preservar la obra y la memoria de Ibarrola en Muñogalindo, al tiempo que sirviera como espacio de conocimiento, aprendizaje y acercamiento al arte.

Fue aquella iniciativa la que propició los encuentros entre Fernando Maura e Ibarrola. Lo que comenzó como un proyecto cultural terminó convirtiéndose en una biografía.

Several copies of the book 'Agustín Ibarrola: Artista y ciudadano' by Fernando Maura are displayed on a gray surface, featuring images of two men smiling together on the cover.

Maura explicó que aquellas conversaciones, prolongadas durante muchas horas, le permitieron conocer las diferentes dimensiones de un hombre cuya trayectoria artística no puede separarse de su compromiso ciudadano.

El libro recorre sus orígenes en una familia obrera de Basauri, sus primeros pasos en el mundo del arte, su militancia antifranquista, su paso por la cárcel, sus relaciones con intelectuales como Blas de Otero y aquella experiencia juvenil que le llevó a recorrer Castilla y conocer, entre otros lugares, Ávila. Además, también aborda una etapa especialmente significativa: la que Ibarrola vivió en tierras abulenses.

Ávila como espacio de libertad

Agustín Ibarrola no llegó a Ávila simplemente para continuar su trayectoria artística. Llegó también buscando algo más difícil de encontrar: la libertad.

El acoso sufrido por su oposición al terrorismo de ETA había convertido su vida y la de su familia en una experiencia de presión y miedo. Las amenazas y el hostigamiento terminaron obligándole a buscar un lugar donde recuperar algo tan elemental como la tranquilidad. Y ese lugar fue Ávila.

Durante el encuentro se recordó una anécdota especialmente reveladora. Cuando Ibarrola regresaba de Bilbao para continuar trabajando en Muñogalindo, se despedía de los escoltas que le acompañaban y, ya libre de aquella protección, tomaba del brazo a Jesús Velayos. Entonces le decía que se sentía libre. Una frase sencilla que quizá explique mejor que muchas páginas lo que significó para él su estancia en estas tierras.

Ávila no fue solamente el lugar donde Ibarrola pintó unas piedras. Fue el lugar donde recuperó, durante un tiempo, una parte esencial de sí mismo.

Cuando la piedra empezó a hablar

Y allí ocurrió algo decisivo en su trayectoria artística. Ibarrola se encontró con las piedras de granito de la dehesa de Garoza. No llegó a ellas con la intención de imponerles una determinada forma. Al contrario: comenzó a observarlas, a descubrirlas, a dialogar con ellas.

Carlos Aganzo habló de Ibarrola como un «artista total» y explicó cómo aquellas piedras le permitieron descubrir una realidad artística y ancestral que transformó su manera de mirar la naturaleza.

Y es que para Agustín Ibarrola, la piedra no era simplemente materia. La piedra estaba viva. Tenía sus formas, sus huecos, sus concavidades, sus volúmenes. Respiraba. Y el artista no hacía otra cosa que descubrir y poner de relieve aquello que ya estaba allí.

De ahí aquella idea que Jesús Velayos recordó durante el acto:

«Yo no pinto la naturaleza, yo colaboro con ella».

AGUSTÍN IBARROLA

Quizá en esa frase se encuentre una de las claves de la intervención de Garoza. El artista no vence a la naturaleza. Dialoga con ella. No la sustituye. La revela.

Para Ibarrola, la creación no era un secreto. Tenía un extraordinario carácter didáctico y disfrutaba explicando las ideas, las investigaciones y los conceptos que había detrás de sus obras. Su arte no necesitaba encerrarse en el misterio para conservar su grandeza.

Del blanco y negro al color

Jesús Velayos llamó también la atención sobre otro aspecto especialmente significativo de la evolución artística de Ibarrola.

Durante buena parte de su trayectoria, especialmente vinculada a los años de la dictadura y a su experiencia carcelaria, aparecen con fuerza los tonos oscuros, el blanco y el negro, las rejas, las huelgas, los guardias, la prisión. Una obra marcada por una realidad vital igualmente oscura.

A large group of people gathered around an outdoor area in a prison yard, observing a performance or event, with a man in the center of the circle interacting with a covered object.

No resulta difícil entender que aquella experiencia dejara una huella profunda en su lenguaje artístico. Ibarrola había conocido directamente las consecuencias de su compromiso político y de su oposición al franquismo: la militancia, la persecución y finalmente la cárcel formaron parte de su biografía. En ese contexto, su pintura adquirió una dimensión testimonial. Las rejas podían ser las de una prisión, pero también podían representar una sociedad cerrada, una libertad restringida y una realidad en la que el individuo se encontraba sometido a fuerzas que escapaban a su voluntad.

A bleak illustration depicting a bald man sitting on the floor of a prison cell, hugging his knees with a distressed expression, dimly lit with a barred window above.

El blanco y el negro se convirtieron así en algo más que una cuestión cromática. Eran, en cierto modo, los colores de una época. En aquellas obras aparecen la tensión, la dureza y el enfrentamiento de un tiempo marcado por la falta de libertades. El artista no parecía contemplar aquella realidad desde fuera: la había vivido en primera persona.

Illustration of a figure with long hair and a hood gripping prison bars, with a hand reaching from behind the bars.

Pero precisamente por eso resulta tan significativa la transformación posterior de su obra. A medida que cambió su trayectoria vital y artística, el color fue adquiriendo una presencia cada vez mayor. Y con él llegó también una nueva relación con el espacio, con la materia y con la naturaleza.

A figure holding a lantern walks cautiously in a dark, shadowy environment, while four distressed individuals watch from the background.

Jesús Velayos destacó ese contraste entre aquel periodo dominado por los negros, los blancos y las imágenes de prisión y la extraordinaria explosión cromática que aparecería posteriormente en obras como las de Garoza. Del encierro al espacio abierto; de la oscuridad al color; de las rejas a las piedras. No se trata necesariamente de una ruptura absoluta, porque el artista siguió siendo fiel a sus principios y a su necesidad de investigar, pero sí de una transformación profunda de su lenguaje.

A person sitting near colorful, painted rocks in a natural setting, surrounded by greenery.

Quizá por eso Garoza adquiere un significado especial dentro de su trayectoria. Allí, rodeado de naturaleza y trabajando directamente sobre las piedras, Ibarrola parece encontrarse con un territorio creativo diferente. Ya no se trata de representar el mundo que le rodea, sino de dialogar con él.

An older man with grey hair and glasses, wearing a beret and a white shirt, sits near a large rock covered in blue and white paint, surrounded by shrubs and trees.

Y en esa colaboración parece producirse algo más que un cambio artístico. El hombre que había conocido la prisión y los límites vuelve a encontrarse con un espacio abierto en el que puede investigar, jugar y crear libremente. La oscuridad de una parte de su historia no desaparece, pero se transforma en otra cosa: en experiencia, en memoria y, finalmente, en creación.

En Ávila aparece otro Ibarrola. Aparecen las piedras. Aparece el color. Aparece la libertad.

Garoza representa así algo más que una nueva experiencia artística. Representa también un momento de libertad creadora.

An elderly person standing on colorful painted rocks in a natural landscape, surrounded by grass and trees.

Las piedras le permitieron desarrollar un lenguaje distinto, basado en las formas naturales, las perspectivas, las concavidades y las convexidades.

An elderly man wearing a black beret and a navy sweater smiles while sitting in front of a large, colorful rock covered in geometric patterns. Green leaves from a nearby bush are visible in the foreground.

Como explicó Velayos, incluso detrás de una intervención aparentemente sencilla existía una profunda elaboración conceptual. Ibarrola podía dar dos pinceladas sobre una piedra. Pero esas dos pinceladas no eran arbitrarias. Eran las que la piedra le estaba pidiendo.

Un artista humanista

Durante la presentación apareció varias veces una palabra que, probablemente, ayude a comprender la verdadera dimensión de Ibarrola: humanista.

Carlos Aganzo recordó que detrás de los materiales, del hierro, de las herramientas, de las traviesas y de los tótems siempre estaba presente el ser humano.

La materia se convertía en una forma de expresar al hombre. Incluso aquellas traviesas de ferrocarril colocadas verticalmente adquirían una dimensión simbólica. El propio Ibarrola había dicho que cuando levantó por primera vez una de ellas y la colocó de pie vio en ella a un hombre.

A large, colorful rock with yellow and red markings, surrounded by natural vegetation under a clear blue sky.

La materia se transformaba. Pero el hombre permanecía en el centro. Y quizá por eso su obra resulta inseparable de su personalidad.

Alfredo Melgar recordó durante el acto una idea especialmente sugerente: los grandes artistas suelen parecerse a sus propias obras.

Miró tenía algo de sus formas aéreas. Calder parecía tener en su propio cuerpo el movimiento de sus esculturas. Chillida poseía algo de la solidez de sus formas. E Ibarrola era como sus obras: sólido, firme, arraigado, resistente. En fin, un hombre de una extraordinaria coherencia.

El ciudadano detrás del artista

El título del libro de Fernando Maura une dos palabras que en Ibarrola parecen inseparables: artista y ciudadano.

Porque Ibarrola no entendió el arte como una actividad aislada de la sociedad. Su compromiso político nació en su juventud, cuando militó en el Partido Comunista y se enfrentó al franquismo. Pero su trayectoria posterior demuestra que no convirtió sus ideas en una prisión.

Su pensamiento evolucionó con los acontecimientos. Y cuando llegó el terrorismo de ETA, se enfrentó también a él. Aquella actitud le convirtió en una figura incómoda para quienes pretendían imponer una determinada identidad política mediante la violencia.

Carlos Aganzo subrayó durante el acto que Ibarrola terminó convirtiéndose, más que en una referencia partidista, en una referencia ética. Y esa distinción resulta fundamental. Porque quizá lo que permanece de una persona después de que desaparezcan las circunstancias políticas concretas no sea tanto su adscripción ideológica como la coherencia con la que defendió aquello que consideraba justo.

Ibarrola fue, ante todo, un hombre que no renunció a su libertad. Y pagó un precio por ello.

Mari Luz: la mujer detrás del artista

La presentación permitió también rescatar una figura fundamental en la vida de Ibarrola: Mari Luz.

An elderly couple posing together on a wooden balcony, smiling warmly at the camera. The man is wearing a green sweater and a black beret, while the woman has white hair and is wearing a patterned black and red top.

Alfredo Melgar quiso rendirle un homenaje especial, recordando que detrás de muchos grandes artistas existe una mujer que ha hecho posible, con su entrega silenciosa, que el creador pueda desarrollar su obra.

Mari Luz había sido también artista. Pero dejó en buena medida su propia creación para acompañar y sostener la trayectoria de su marido.

Su presencia aparece, así, como una pieza esencial para comprender la vida de Ibarrola. Porque detrás del artista público existía una vida privada, una familia, una mujer que compartió riesgos, dificultades, desplazamientos y momentos de felicidad.

Recordemos que hay obras que se construyen con pinceles, y otras que se construyen con entrega.

Garoza: una obra y una responsabilidad

El proyecto de la fundación dedicada a Ibarrola finalmente no pudo llevarse a cabo. Pero quedaron las piedras. Y con ellas quedó también una responsabilidad.

A large rock with distinct black and white zigzag patterns, surrounded by trees and grassy ground.

Las intervenciones de Garoza necesitan conservación y restauración periódica. Durante el acto se explicó que las instituciones locales han venido colaborando en esta tarea y que se estudian nuevas fórmulas para garantizar la continuidad del espacio.

La cuestión no es menor. Cuando desaparece un artista, comienza el verdadero desafío de conservar su legado.

Porque una obra situada en la naturaleza no puede simplemente guardarse en un almacén. Hay que cuidarla. Hay que estudiarla. Hay que explicarla. Y, sobre todo, hay que conseguir que las generaciones futuras puedan contemplarla y comprenderla.

El lugar donde Ibarrola volvió a ser libre

Quizá la idea más poderosa que dejó la presentación del libro de Fernando Maura sea precisamente esta: Ibarrola encontró en Ávila un lugar de libertad. Y esa libertad tuvo una traducción artística.

Las piedras de Garoza no fueron solamente el soporte de una intervención plástica. Fueron el escenario de un encuentro. El encuentro entre un hombre que buscaba libertad y una naturaleza que no necesitaba imponerse a nadie.

A large rock covered in colorful paint, featuring blue, white, yellow, red, and green shapes, set against a grassy landscape.

Entre un artista y unas piedras que parecían estar esperando que alguien descubriera lo que llevaban dentro. Entre la experiencia humana y la creación. Por eso resulta especialmente significativa la reflexión de Carlos Aganzo cuando afirmó que el periodo abulense pudo constituir el último gran momento de descubrimiento creativo de Ibarrola. Después vendría una etapa más centrada en revisar, ordenar y catalogar su obra.  Aquí, sin embargo, estaba todavía descubriendo. Todavía se sorprendía. Todavía trepaba por las piedras con la energía de un niño. Todavía encontraba formas donde otros solamente veían granito.

Una memoria que no debería perderse

La presentación de Agustín Ibarrola: artista y ciudadano terminó siendo mucho más que la presentación de una biografía. Fue un acto de memoria. Memoria de un artista. Memoria de un ciudadano. Memoria de una época. Y también memoria de Ávila.

A large, naturally occurring rock adorned with abstract red and black patterns, surrounded by sparse vegetation and trees in a natural landscape.

Fernando Maura ha recuperado en su libro una parte de la historia personal de Ibarrola que corre el riesgo de perderse con el paso del tiempo. Y los testimonios de Alfredo Melgar, Carlos Aganzo y Jesús Velayos añadieron a esa historia algo que ningún archivo puede proporcionar por sí solo: la memoria viva de quienes estuvieron allí.

Al final, quedó flotando una preocupación expresada durante el acto: el reconocimiento de Ibarrola no parece haber alcanzado todavía toda la dimensión que sus amigos y conocedores consideran que merece.

El tiempo dirá cómo será estudiada su obra. Hoy, sin embargo, podamos afirmar que Agustín Ibarrola no dejó únicamente pinturas, esculturas o piedras pintadas. Dejó una manera de entender la creación. Una manera de entender la libertad. Y, sobre todo, una manera de permanecer fiel a uno mismo.

Artista y ciudadano.

Artista y ciudadano: dos palabras que aplicadas a Ibarrola no se excluyen. Se completan. Y es que la verdadera grandeza de un creador no consista solamente en aquello que consigue expresar con sus manos, sino también en aquello que es capaz de defender con su vida.

Por esto, en las piedras de Garoza, silenciosas bajo el cielo de Ávila, permanece todavía algo de aquella mirada. Una mirada que no quiso dominar la naturaleza. Solo conversar con ella.

Colorful rock art featuring red and black designs on large stones in a natural landscape with greenery and clear blue sky.

Carlos Aganzo recordaba a Ibarrola como un niño. Fernando Maura que Ibarrola, ya a una edad avanzada, saltando por las rocas de Garoza, pintando, explorando, escudriñándolo todo con la «voracidad de jugador infantil».

Frits Schiller decía que el arte nació del juego. Y el juego es la vida del niño. Tal vez ahí se encuentre uno de los secretos de Ibarrola: nunca dejó de mirar el mundo con la capacidad de asombro de quien todavía está descubriéndolo.

Las piedras de Garoza con las que Agustín Ibarrola conversó no fueron para él simples piedras. Fueron un territorio de juego, de investigación, de libertad y de creación. Un lugar donde el artista pudo volver a ser, sencillamente, un hombre libre.




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