50 AÑOS DEL FESTIVAL DE LOS PUEBLOS IBÉRICOS:CUANDO LA MÚSICA SE CONVIRTIÓ EN LIBERTAD




 Hace cincuenta años, miles de personas se reunieron en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) para escuchar música, compartir palabras y, sobre todo, respirar libertad. Aquel 9 de mayo de 1976 no fue simplemente un festival. Fue uno de esos momentos en los que una sociedad comienza a reconocerse a sí misma y a imaginar el futuro.


Hay acontecimientos que, con el paso del tiempo, dejan de pertenecer únicamente a quienes los vivieron. Se convierten en memoria colectiva. Y, en ocasiones, esa memoria adquiere un significado que trasciende las circunstancias concretas en las que nació.

El Festival de los Pueblos Ibéricos, celebrado el 9 de mayo de 1976 en el campus de Cantoblanco de la Universidad Autónoma de Madrid, pertenece a esa clase de acontecimientos.

A large crowd gathered at the Autonomous University of Madrid, commemorating May 9, 1976, with a vibrant green and red background announcing the date.

Han pasado cincuenta años. Y quizá sea precisamente ahora, cuando una nueva generación contempla aquel episodio desde la distancia, cuando conviene preguntarse qué queda de aquel espíritu y qué podemos aprender de él.

Un festival que fue mucho más que un festival

En la primavera de 1976 España estaba atravesando un tiempo de profundas transformaciones. La sociedad comenzaba a abrirse a nuevas posibilidades y la palabra libertad adquiría una fuerza especial.

En ese contexto, la Universidad Autónoma de Madrid se convirtió en escenario de un acontecimiento extraordinario. Más de 50.000 personas, procedentes de distintos territorios, lenguas y tradiciones, se dieron cita en Cantoblanco. La música fue el elemento visible, pero debajo de ella latía algo mucho más profundo: el deseo de encontrarse, expresarse y compartir.

A large crowd of people gathered at an outdoor event, raising their arms and holding hands in unity, with a white flag visible in the background. The photo is in black and white, capturing a moment of collective enthusiasm and solidarity.

La propia UAM recuerda aquel festival como uno de los primeros grandes acontecimientos culturales de la Transición democrática y como una expresión colectiva de una sociedad que deseaba encontrarse consigo misma.

Quizá por eso resulta insuficiente hablar simplemente de un festival musical. Aquello fue también un espacio de encuentro ciudadano, expresión cultural y convivencia democrática. Y ahí reside buena parte de su importancia.

Porque la democracia no comienza solamente cuando se modifican las leyes. También comienza cuando las personas descubren que pueden reunirse, hablar, escuchar al otro y compartir un espacio sin miedo.

La universidad como espacio de libertad

Hay una idea especialmente poderosa en la memoria de aquel acontecimiento: la universidad como lugar de encuentro.

Luis Pastor, uno de los artistas que participaron en el festival de 1976, recordaba recientemente cómo aquella universidad era un punto de encuentro de cultura, palabra y organizaciones sindicales, vinculada también a los movimientos obreros y vecinales en la lucha por la democracia.

Group of people posing for a photo in front of a vibrant festival backdrop with the text 'FESTIVAL' and event details, including a dog among them.
ACTO DE PRESENTACIÓN .
En la imagen, de pie, de izquierda a derecha, Guillermo Armengol, autor de la foto original del cartel del Festival; el cantautor Luis Pastor, el delegado de la rectora para Patrimonio y Acción Cultural, Javier Salido; el portavoz del Consejo de Estudiantes de la UAM, Adrián Vayas; la estudiante Laura Brand, la rectora Amaya Mendikoetxea, el Defensor del Pueblo y rector de la UAM entre 2002 y 2009, Ángel Gabilondo, y el gerente Ernesto Fernández-Bofill. En primer término, el estudiante Luar Martínez y la vicerrectora de Compromiso Social y Cultura, Ruth Campos.

No es una cuestión menor. Una universidad no debería ser únicamente un lugar donde se transmiten conocimientos. Debe ser también un espacio donde las ideas puedan encontrarse, confrontarse y evolucionar.

Una sociedad democrática necesita ciudadanos capaces de pensar por sí mismos. Y para ello hacen falta lugares donde sea posible preguntar, disentir, investigar, crear y escuchar.

Por eso aquella imagen de 1976 conserva una extraordinaria fuerza simbólica: miles de personas reunidas alrededor de la cultura en un momento en que la sociedad española estaba aprendiendo a caminar hacia una nueva etapa.

La memoria no es nostalgia

Cincuenta años después, la Universidad Autónoma de Madrid ha querido recuperar aquel espíritu con un amplio programa cultural, académico y musical que culminará el 17 de septiembre de 2026 con un gran concierto. Participarán, entre otros, algunos de los artistas que estuvieron presentes en 1976, como Luis Pastor, María del Mar Bonet y Manuel Gerena, junto a nuevas generaciones de músicos.

Pero lo verdaderamente interesante de esta conmemoración no es reproducir el pasado. Es preguntarnos qué significa hoy aquel pasado.

Ángel Gabilondo, Defensor del Pueblo y antiguo rector de la UAM, lo expresaba con claridad:

Conmemorar no consiste en la añoranza, sino en recibir las condiciones que hicieron posible que algo sucediera para que pueda retornar con la fuerza de una novedad.

ANGEL GABILONDO
—Defensor del Pueblo—
A woman speaking at a podium in front of a large screen displaying a crowd with raised hands, while two men sit on a couch nearby.

Tal vez esa sea la verdadera función de la memoria. No mirar hacia atrás para instalarnos en lo que fuimos, sino mirar hacia atrás para comprender mejor quiénes somos y qué responsabilidad tenemos ante el futuro.

¿Qué queda de aquel espíritu?

Esta es, quizá, la pregunta esencial. Porque recordar que en 1976 miles de personas se reunieron para celebrar la cultura y la libertad puede resultar emocionante. Pero la verdadera cuestión es si somos capaces de conservar aquello que hizo posible aquel encuentro.

La UAM ha planteado esta conmemoración precisamente como una oportunidad para conectar generaciones, disciplinas y sensibilidades diversas, partiendo de una idea fundamental: la democracia es un legado que cada generación debe cuidar y renovar.

La afirmación merece ser tomada en serio. La democracia no es una pieza de museo. Tampoco es una conquista definitivamente asegurada. Es una construcción cotidiana.

Necesita ciudadanos que participen, instituciones abiertas, pensamiento crítico, libertad de expresión y capacidad para convivir con quien piensa diferente. Y necesita, sobre todo, recuperar algo que quizá hoy echamos de menos: la capacidad de encontrarnos sin necesidad de estar de acuerdo en todo.

La música que atraviesa el tiempo

Hay algo particularmente hermoso en que sea la música la que vuelva a reunir, cincuenta años después, a algunas de las voces de aquel festival con otras nacidas en épocas diferentes.

La música tiene una capacidad singular para atravesar las fronteras que levantan las palabras. Una canción puede conservar intacta la emoción de un tiempo que ya no existe. Puede convertirse en memoria. Puede transmitir a quienes no estuvieron allí una parte de aquello que vivieron quienes sí estuvieron.

Por eso el concierto del 17 de septiembre no será únicamente una celebración del pasado. Puede convertirse también en un diálogo entre generaciones.

Entre quienes soñaron la democracia y quienes han nacido dentro de ella. Entre quienes tuvieron que conquistar determinadas libertades y quienes quizá corremos el riesgo de darlas por supuestas.

Y ahí aparece una enseñanza que va mucho más allá del festival. Aquello que una generación recibe como herencia, otra tiene que aprender a custodiarlo.

Los pueblos ibéricos: la riqueza de la diversidad

El propio nombre del festival contiene otra poderosa enseñanza: Los Pueblos Ibéricos.

No una única voz, sino muchas voces. No una única lengua, sino diferentes lenguas. No una única tradición, sino distintas maneras de entender, sentir y expresar una realidad compartida.

En 1976, esa diversidad pudo convertirse en motivo de encuentro. Y quizá hoy necesitemos recordar que la diversidad no tiene por qué conducir necesariamente a la fractura. Puede conducir al diálogo. Puede enriquecer una identidad común. Puede enseñarnos que pertenecer a una comunidad no exige renunciar a aquello que nos hace diferentes. La convivencia consiste precisamente en aprender a vivir con esa complejidad.

Una pregunta para nuestro tiempo

Cincuenta años después, el Festival de los Pueblos Ibéricos nos devuelve una pregunta incómoda pero necesaria:

¿Qué hacemos hoy con la libertad que otros ayudaron a conquistar?

Porque la libertad puede perderse también por desgaste. Cuando dejamos de defenderla. Cuando dejamos de pensar. Cuando sustituimos el diálogo por la descalificación. Cuando convertimos al adversario en enemigo. Cuando dejamos de escuchar. Cuando creemos que la democracia consiste únicamente en votar y olvidamos que también consiste en convivir.

Quizá por eso las palabras de la rectora Amaya Mendikoetxea al presentar esta conmemoración poseen una especial relevancia:

Preservar la memoria, asumir la responsabilidad con el presente y seguir construyendo una universidad abierta, crítica, plural y comprometida con la sociedad.

AMAYA MENDIKOETXEA PELAYO
—Filóloga, profesora y catedrática— 

Son palabras que podrían aplicarse también a la sociedad en su conjunto.

Cincuenta años después

El 9 de mayo de 1976, una multitud acudió a Cantoblanco. Cincuenta años después, la historia vuelve a mirar hacia aquel lugar. Pero quizá no para decirnos que entonces todo fue mejor. Ni para convertir aquel momento en una postal idealizada. Sino para recordarnos algo mucho más sencillo y mucho más profundo: hubo una generación que comprendió que la libertad también se construye encontrándose.

Se encontraron alrededor de la música. Se encontraron alrededor de la palabra. Se encontraron alrededor de la cultura. Y, sobre todo, se encontraron alrededor de una esperanza compartida.

Hoy podemos preguntarnos si seguimos teniendo esa capacidad. Si todavía somos capaces de sentarnos juntos, escuchar al otro y descubrir que, detrás de nuestras diferencias, existe un territorio común. Porque cincuenta años después, quizá el mejor homenaje al Festival de los Pueblos Ibéricos no sea repetir exactamente lo que ocurrió entonces.

Sea volver a recuperar aquello que lo hizo posible. La confianza en el otro. El valor de la palabra. La libertad de pensar. La pasión por la cultura. La voluntad de convivir.

Y esa esperanza, tan necesaria entonces como ahora, de que una sociedad puede cambiar sin dejar de mirarse a los ojos.

A black-and-white image of a crowd during a festival, with a person joyfully leaping in the foreground. The text 'MEMORIA COMPARTIDA' is prominently displayed, along with event details for a gathering in honor of the 1976 Festival of the Iberian Peoples.

La historia pasa. La música se apaga. Las generaciones cambian. Pero hay ideas que, cuando son verdaderas, no envejecen.

Quizá aquella sea una de ellas:

La libertad comienza cuando dejamos de tener miedo a encontrarnos.


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