SÁNCHEZ:¿TOCANDO LA LIRA?

 



Avatar de Desconocidopor José Antonio Hernández de la Moya


¿Presagia la estancia vacacional del presidente Pedro Sánchez Pérez-Castejón, entre la residencia oficial de La Mareta y un hotel de lujo en Andorra, una desconexión semejante a la que la historia atribuyó al emperador Nerón durante el gran incendio de Roma?

La pregunta puede parecer provocadora. Antes de responderla, conviene que nos detengamos brevemente en la historia.


El mito de la lira: una de las grandes «fake news» de la antigüedad

Existe una imagen indeleble en la memoria cultural de Occidente: la del emperador Nerón contemplando cómo Roma sucumbía a las llamas mientras cantaba versos sobre la caída de Troya acompañado por las cuerdas de una lira.

La escena resume el arquetipo del gobernante frívolo, cruel e insensible al sufrimiento de su pueblo. Sin embargo, la historia es más compleja.

La historiografía moderna ha puesto seriamente en duda aquella imagen. Según Tácito, Nerón no se encontraba en Roma cuando comenzó el incendio del año 64, sino en Anzio, desde donde regresó para participar en la gestión de la catástrofe. Se abrieron espacios para los damnificados, se movilizaron alimentos y se adoptaron medidas para atender a la población afectada. La leyenda de la música mientras Roma ardía se alimentó, en buena medida, de la hostilidad política hacia un emperador cuya afición artística era bien conocida.

Desde entonces, la expresión «tocando la lira mientras Roma arde» sintetiza la actitud del líder que se distrae en asuntos accesorios o se recluye en el ocio privado mientras el Estado hace frente a una crisis de gran calado.

Cuando la percepción se convierte en problema político

Es difícil no relacionar esa poderosa metáfora con la imagen que puede proyectar un presidente del Gobierno que mantiene su agenda vacacional mientras España afronta una situación de creciente tensión en sus fronteras y un intenso debate sobre la autoridad del Estado.

El problema no es que un presidente tenga derecho al descanso. Lo tiene. El problema es otro: qué mensaje transmite su ausencia física cuando una parte significativa de la ciudadanía percibe que el país atraviesa una crisis que exige presencia, claridad y capacidad de mando.

La cuestión adquiere especial relevancia en Ceuta. Allí confluyen asuntos que van mucho más allá de la gestión ordinaria de los flujos migratorios: la seguridad de las fronteras, la soberanía, la coordinación institucional y la confianza de los ciudadanos en la capacidad del Estado para responder ante situaciones excepcionales.

Gobernar a distancia puede ser técnicamente posible. Pero la política no es solo gestión. La política también es presencia, simbolismo y liderazgo. Y, en determinados momentos, la ausencia puede convertirse en un mensaje.

La brecha entre el relato y la realidad

Uno de los mayores problemas de cualquier Gobierno aparece cuando la distancia entre su relato y la percepción de los ciudadanos comienza a ensancharse.

No basta con anunciar que una situación está bajo control. Los ciudadanos necesitan comprobarlo. No basta con asegurar que una crisis es transitoria si las decisiones adoptadas parecen responder a una situación más prolongada. Y no basta con desacreditar a quienes expresan preocupación: las preguntas incómodas no desaparecen porque se les atribuya una determinada etiqueta política.

La inmigración es uno de los asuntos que exige mayor serenidad y responsabilidad. Ni la demagogia ni la xenofobia ofrecen soluciones. Pero tampoco las ofrece la negación de los problemas.

Una democracia madura debe ser capaz de defender simultáneamente la dignidad de las personas, el cumplimiento de la ley y la seguridad de sus fronteras.

Convertir cualquiera de estas tres exigencias en incompatible con las otras solo contribuye a alimentar la polarización.

El peligro del distanciamiento

Pedro Sánchez, naturalmente, no está en una torre contemplando un incendio ni entonando versos sobre la caída de Troya. La comparación sería absurda. Pero las metáforas políticas no necesitan ser literales para resultar reveladoras.

La verdadera pregunta es si un gobernante puede permitirse parecer distante cuando una parte de la sociedad siente que los problemas se acumulan y que las respuestas llegan tarde, son insuficientes o no se corresponden con lo que está ocurriendo sobre el terreno.

Porque el mayor riesgo para un Gobierno no es la crítica. La crítica forma parte de la democracia. El verdadero peligro comienza cuando los ciudadanos dejan de sentirse escuchados y empiezan a percibir que existe una distancia creciente entre quienes gobiernan y quienes soportan las consecuencias de las decisiones.

Entonces, la crisis deja de ser únicamente política. Se convierte en una crisis de confianza. Y la confianza es, quizá, el instrumento más difícil de recuperar cuando se ha perdido.

Tal vez esa sea la lección que encierra, más allá de la leyenda, la vieja historia de Nerón: los gobernantes no siempre caen por los incendios que no pudieron apagar, sino por la sensación de que, mientras el país ardía, nadie parecía estar realmente al mando.


Retrato de José Antonio Hernández de la Moya con fondo de color azul claro.
Autor de Ideas

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