SÁNCHEZ:¿TOCANDO LA LIRA?
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¿Presagia la estancia vacacional del
presidente Pedro Sánchez Pérez-Castejón, entre la residencia oficial de La
Mareta y un hotel de lujo en Andorra, una desconexión semejante a la que la
historia atribuyó al emperador Nerón durante el gran incendio de Roma?
La pregunta puede parecer provocadora. Antes
de responderla, conviene que nos detengamos brevemente en la historia.
El mito de la lira: una de las grandes «fake
news» de la antigüedad
Existe una imagen indeleble en la
memoria cultural de Occidente: la del emperador Nerón contemplando cómo Roma
sucumbía a las llamas mientras cantaba versos sobre la caída de Troya
acompañado por las cuerdas de una lira.
La escena resume el arquetipo del
gobernante frívolo, cruel e insensible al sufrimiento de su pueblo. Sin
embargo, la historia es más compleja.
La historiografía moderna ha puesto
seriamente en duda aquella imagen. Según Tácito, Nerón no se encontraba en Roma
cuando comenzó el incendio del año 64, sino en Anzio, desde donde regresó para
participar en la gestión de la catástrofe. Se abrieron espacios para los
damnificados, se movilizaron alimentos y se adoptaron medidas para atender a la
población afectada. La leyenda de la música mientras Roma ardía se alimentó, en
buena medida, de la hostilidad política hacia un emperador cuya afición
artística era bien conocida.
Desde entonces, la expresión «tocando
la lira mientras Roma arde» sintetiza la actitud del líder que se
distrae en asuntos accesorios o se recluye en el ocio privado mientras el
Estado hace frente a una crisis de gran calado.
Cuando la percepción se convierte en
problema político
Es difícil no relacionar esa poderosa
metáfora con la imagen que puede proyectar un presidente del Gobierno que
mantiene su agenda vacacional mientras España afronta una situación de
creciente tensión en sus fronteras y un intenso debate sobre la autoridad del
Estado.
El problema no es que un presidente
tenga derecho al descanso. Lo tiene. El problema es otro: qué mensaje
transmite su ausencia física cuando una parte significativa de la ciudadanía
percibe que el país atraviesa una crisis que exige presencia, claridad y
capacidad de mando.
La cuestión adquiere especial
relevancia en Ceuta. Allí confluyen asuntos que van mucho más allá de la
gestión ordinaria de los flujos migratorios: la seguridad de las fronteras, la
soberanía, la coordinación institucional y la confianza de los ciudadanos en la
capacidad del Estado para responder ante situaciones excepcionales.
Gobernar a distancia puede ser
técnicamente posible. Pero la política no es solo gestión. La política
también es presencia, simbolismo y liderazgo. Y, en determinados momentos,
la ausencia puede convertirse en un mensaje.
La brecha entre el relato y la realidad
Uno de los mayores problemas de
cualquier Gobierno aparece cuando la distancia entre su relato y la percepción
de los ciudadanos comienza a ensancharse.
No basta con anunciar que una situación
está bajo control. Los ciudadanos necesitan comprobarlo. No basta con asegurar
que una crisis es transitoria si las decisiones adoptadas parecen responder a
una situación más prolongada. Y no basta con desacreditar a quienes expresan
preocupación: las preguntas incómodas no desaparecen porque se les atribuya
una determinada etiqueta política.
La inmigración es uno de los asuntos
que exige mayor serenidad y responsabilidad. Ni la demagogia ni la xenofobia
ofrecen soluciones. Pero tampoco las ofrece la negación de los problemas.
Una democracia madura debe ser capaz de
defender simultáneamente la dignidad de las personas, el cumplimiento de la
ley y la seguridad de sus fronteras.
Convertir cualquiera de estas tres
exigencias en incompatible con las otras solo contribuye a alimentar la
polarización.
El peligro del distanciamiento
Pedro Sánchez, naturalmente, no está en
una torre contemplando un incendio ni entonando versos sobre la caída de Troya.
La comparación sería absurda. Pero las metáforas políticas no necesitan ser
literales para resultar reveladoras.
La verdadera pregunta es si un
gobernante puede permitirse parecer distante cuando una parte de la sociedad
siente que los problemas se acumulan y que las respuestas llegan tarde, son
insuficientes o no se corresponden con lo que está ocurriendo sobre el terreno.
Porque el mayor riesgo para un Gobierno
no es la crítica. La crítica forma parte de la democracia. El verdadero peligro
comienza cuando los ciudadanos dejan de sentirse escuchados y empiezan a
percibir que existe una distancia creciente entre quienes gobiernan y quienes
soportan las consecuencias de las decisiones.
Entonces, la crisis deja de ser
únicamente política. Se convierte en una crisis de confianza. Y la confianza
es, quizá, el instrumento más difícil de recuperar cuando se ha perdido.
Tal vez esa sea la lección que
encierra, más allá de la leyenda, la vieja historia de Nerón: los gobernantes
no siempre caen por los incendios que no pudieron apagar, sino por la sensación
de que, mientras el país ardía, nadie parecía estar realmente al mando.
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