SÁNCHEZ Y «EL SISTEMA»

 


Avatar de Desconocidopor José Antonio Hernández de la Moya 


Hay palabras que, de tanto utilizarlas, terminan perdiendo parte de su significado. «Sistema» es una de ellas. La empleamos para referirnos a la política, a la economía, a los medios de comunicación, a los partidos, a las instituciones o, en definitiva, a ese entramado de relaciones de poder que determina buena parte de lo que sucede en una sociedad.

Mario Conde convirtió esa palabra en el título de uno de sus libros más conocidos: El Sistema: Mi experiencia del Poder, publicado por Espasa en 2005. No era un tratado académico. Era el relato de alguien que había conocido desde dentro las grandes estructuras de poder económico y político de la España de los años ochenta y noventa y que, después de haber formado parte de ellas, terminó enfrentándose a ellas.

Conde hablaba desde la experiencia de quien había llegado muy arriba y había descubierto que el poder tiene sus propias reglas. Su relato sobre Banesto, sobre las relaciones entre banca, política, medios de comunicación e instituciones y sobre su propia caída constituye, por encima incluso de la interpretación concreta que cada lector pueda hacer de aquellos acontecimientos, una reflexión sobre la naturaleza del poder.

Y aquí aparece una pregunta que considero inevitable en la España de hoy:

¿Es Pedro Sánchez un hombre contra «El Sistema»? o, por el contrario, ¿Es uno de sus productos más acabados?

La pregunta merece una  profunda reflexión.

«El Sistema» no tiene carnet de partido

Cuando utilizo la palabra «Sistema» no me refiero a una organización secreta ni a una conspiración perfectamente coordinada. Tampoco significa que exista una única voluntad detrás de todo lo que sucede. «El Sistema» es algo bastante más sencillo y, quizá por eso, mucho más poderoso. Es la suma de estructuras, intereses, dependencias, lealtades, instituciones, partidos, grupos económicos, medios de comunicación, organizaciones sociales y redes de influencia que permiten que el poder se conserve, se reproduzca y se adapte.

Un sistema de poder no necesita reunirse alrededor de una mesa para decidirlo todo. Le basta con que quienes participan de él conozcan sus reglas. Y una de esas reglas es que el poder rara vez pertenece exclusivamente a quien ocupa formalmente un cargo. Quien gobierna necesita un partido. El partido necesita estructuras territoriales. Las estructuras necesitan recursos. El Gobierno necesita apoyos parlamentarios. Los apoyos necesitan contraprestaciones políticas. Y todos ellos necesitan, de una u otra manera, legitimidad social y mediática. 

Eso es «El Sistema». Y desde esta perspectiva, Pedro Sánchez resulta especialmente interesante.

Sánchez no llegó desde fuera

Pedro Sánchez no es un outsider de la política española. Su trayectoria oficial lo sitúa dentro de las estructuras políticas desde hace décadas: militante del PSOE desde 1993, diputado, miembro de la dirección socialista, secretario general del partido y, desde junio de 2018, presidente del Gobierno.

No llegó a La Moncloa procedente de una revolución ciudadana, de un movimiento antisistema o de una estructura ajena a la política tradicional. Llegó desde dentro. Y eso cambia completamente la perspectiva.

Sánchez representa, a mi juicio, una evolución particularmente sofisticada de la política contemporánea: la del dirigente que comprende que, para alcanzar el poder, no basta con ganar unas elecciones. Hay que construir una estructura de poder capaz de resistir. Y Pedro Sánchez ha demostrado, durante años, una extraordinaria capacidad para hacerlo. Aquí reside una de las claves de su longevidad política.




De la caída a la supervivencia

La historia política de Pedro Sánchez contiene un elemento que difícilmente puede ignorarse: su capacidad de supervivencia.

En 2016 perdió la Secretaría General del PSOE después de enfrentarse a una parte sustancial de la estructura de su propio partido. Parecía políticamente acabado. Sin embargo, regresó. Recuperó el liderazgo socialista y, en 2018, llegó a la Presidencia del Gobierno mediante una moción de censura contra Mariano Rajoy. Desde entonces ha construido gobiernos con una extraordinaria capacidad de adaptación parlamentaria.

Y aquí aparece una diferencia fundamental respecto de la vieja política. El poder contemporáneo no consiste necesariamente en disponer de una mayoría absoluta.  Consiste en conseguir que quienes necesitan tu poder tengan suficientes razones para sostenerlo.

Sánchez ha convertido esa capacidad de negociación en una auténtica herramienta de supervivencia. Los equilibrios parlamentarios, los acuerdos con diferentes fuerzas políticas y las sucesivas alianzas territoriales han permitido a su Gobierno mantenerse incluso en escenarios particularmente complejos.

Eso no significa necesariamente que todo sea ilegítimo. Significa algo muy preocupante: que el poder sabe adaptarse a las circunstancias. Y esa capacidad de adaptación es una de las características esenciales de cualquier «Sistema».

Mario Conde y la paradoja del poder

Aquí es donde la figura de Mario Conde vuelve a resultar útil.

Conde escribió El Sistema: Mi experiencia del Poder después de haber conocido el poder desde una posición privilegiada y después de haber experimentado también su reverso. 

Su tesis fundamental podía resumirse, simplificando mucho, en una idea: existe una estructura de poder mucho más amplia que aquella que aparece formalmente en las instituciones.




Pero hay una paradoja. Quien entra en «El Sistema»  puede terminar creyendo que lo controla. Hasta que descubre que quizá sucede exactamente lo contrario. 

«El Sistema» permite ascender, proporciona reconocimiento, abre puertas y ofrece posibilidades extraordinarias. Pero también establece límites. Y cuando alguien deja de ser útil, cuando se convierte en una amenaza o cuando rompe determinadas reglas no escritas, puede descubrir que el mismo mecanismo que facilitó su ascenso puede contribuir a su caída.

Eso fue, al menos, la interpretación que Mario Conde hizo de su propia experiencia.

Pedro Sánchez representa una situación diferente. No es el hombre que llega desde el mundo financiero para entrar en la política. Es el político profesional que ha desarrollado su carrera dentro de las estructuras del poder institucional. Por eso la comparación no debe hacerse sobre las personas, sino sobre la relación que ambas mantienen con el poder.

Sánchez no combate a  «El Sistema» : lo interpreta

Hay una idea que me parece especialmente sugerente. Seguramente, Pedro Sánchez no sea un enemigo del Sistema; más bien, tendríamos que colegir que ha aprendido a hacer algo mucho más eficaz: interpretarlo.

Conoce las estructuras de los partidos. Conoce las instituciones. Conoce los tiempos parlamentarios. Conoce la comunicación política. Conoce el valor de la imagen. Conoce la importancia de controlar el relato. Y, sobre todo, conoce una regla fundamental de la política contemporánea: la percepción de la realidad puede ser casi tan importante como la propia realidad política.

El Gobierno de Sánchez defiende que su acción ha permitido transformar España y superar dificultades. En su balance político de julio de 2026, el propio presidente afirmó que su Gobierno «funciona» y que está haciendo avanzar al país.

La oposición, por el contrario, sostiene una interpretación radicalmente distinta y utiliza las investigaciones judiciales y los escándalos que afectan a personas vinculadas al PSOE y al entorno del Gobierno como argumento para cuestionar su continuidad.

Entre ambas narraciones se encuentra la sociedad española. Y aquí es donde el Sistema vuelve a aparecer. Porque el poder político contemporáneo no solo administra recursos. Administra relatos.

El problema no es Sánchez

Tal vez por eso reducir todo esto a Pedro Sánchez sería un error. El problema, si queremos llamarlo así, es mucho más profundo.

Porque si mañana Sánchez desapareciera de la escena política, «El Sistema» seguiría existiendo. Cambiaría de protagonistas. Cambiarían los discursos. Cambiarían los partidos en el Gobierno. Pero permanecerían muchas de las estructuras que hacen posible el ejercicio del poder. Y esto nos obliga a formular una pregunta mucho más incómoda:

¿Quién gobierna realmente: las personas que ocupan temporalmente las instituciones o las estructuras que condicionan las decisiones de quienes las ocupan?

La respuesta no es sencilla. Pero probablemente sea una combinación de ambas cosas.

La gran diferencia entre el poder y la verdad

Hay otra cuestión que me preocupa todavía más. En una democracia, el poder debería estar sometido permanentemente a la verdad, a la ley y a la rendición de cuentas. No al revés.

El problema comienza cuando la conservación del poder se convierte en un objetivo superior a cualquier otro. Entonces las instituciones dejan de ser instrumentos al servicio del ciudadano y empiezan a convertirse en instrumentos para garantizar la propia supervivencia política.

No estoy afirmando que esto ocurra exclusivamente con Pedro Sánchez. Sería injusto y, además, históricamente falso. Ha ocurrido, en mayor o menor medida, con dirigentes de diferentes ideologías y épocas. El poder tiene una tendencia natural a perpetuarse. Por eso precisamente existen los controles democráticos: Parlamento, Justicia, medios de comunicación independientes, oposición, sociedad civil y elecciones.

En los últimos meses, además, las tensiones entre el Gobierno y el Senado y las investigaciones judiciales que afectan a personas relacionadas con el PSOE han intensificado el debate sobre los límites y controles del poder. Y esa discusión es mucho más importante que la persona concreta que ocupe La Moncloa.




«El Sistema» somos también nosotros

Creo que en este punto se encuentra la parte más incómoda de esta reflexión.

Tendemos a imaginar «El Sistema» como algo exterior a nosotros. Como una maquinaria formada por políticos, banqueros, empresarios, periodistas y funcionarios. Pero «El Sistema» también se alimenta de nuestra propia conducta. De nuestra resignación. De nuestro sectarismo. De nuestra incapacidad para criticar a los nuestros. De la facilidad con la que aceptamos como verdad aquello que confirma nuestras ideas. Y de nuestra costumbre de exigir responsabilidades únicamente cuando gobiernan los otros.

«El Sistema» se hace fuerte cuando un ciudadano deja de preguntarse si algo es justo para preguntarse únicamente si beneficia a los suyos. Entonces deja de existir ciudadanía crítica. Y comienza a existir militancia emocional.

¿Es Sánchez «El Sistema»?

Después de todo lo anterior, vuelvo a la pregunta inicial. 

¿Es Pedro Sánchez «El Sistema»?  




Probablemente sería demasiado simplista responder que sí. Pero tampoco me parece razonable presentarlo como un político ajeno a las estructuras tradicionales del poder.

Pedro Sánchez es, sin duda, un producto de la política institucional española y, al mismo tiempo, uno de sus más hábiles intérpretes.

Ha sabido sobrevivir dentro de ella, transformarla cuando le ha convenido y utilizar sus mecanismos para conservar el poder. Y quizá ahí reside la verdadera comparación con Mario Conde.

Conde quiso explicar «El Sistema» después de haberlo conocido desde dentro. Sánchez, en cambio, parece haber comprendido que para gobernar no es necesario enfrentarse permanentemente al Sistema. Hay que saber moverse dentro de él.

La diferencia es enorme. Y también lo es la pregunta que queda abierta.

Porque si Mario Conde se preguntó en 2005 qué era aquello que él llamaba «el Sistema», nosotros deberíamos preguntarnos, más de veinte años después: 

¿Qué Sistema estamos construyendo entre todos?

Esa es, probablemente, una pregunta mucho más importante que saber cuánto tiempo permanecerá Pedro Sánchez en La Moncloa. Porque los presidentes pasan. Los gobiernos pasan. Los partidos pasan. Pero «El Sistema» permanece.

Y una democracia saludable no debería aspirar a destruirlo. Debería aspirar a controlarlo. A someterlo a la ley. A hacerlo transparente. A impedir que ningún partido, ningún Gobierno, ningún grupo económico ni ningún dirigente pueda confundirse con el Estado.

Cuando eso ocurre, ya no estamos hablando solamente de poder. Estamos hablando de algo mucho más peligroso: de la apropiación del poder por quienes deberían estar únicamente a su servicio.



Retrato de José Antonio Hernández de la Moya con fondo de color azul claro.
Autor de Ideas


 

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