CEUTA Y LOS 4 CABALLOS DEL APOCALIPSIS

 



Avatar de Desconocidopor José Antonio Hernández de la Moya 



Hay imágenes que se quedan en la retina. No porque sean las más espectaculares. Ni siquiera porque sean las más terribles. A veces permanecen porque, detrás de ellas, intuimos algo que va mucho más allá de la propia imagen. Eso es lo que me ha sucedido al contemplar las imágenes de Ceuta.

He pensado que podrían escogerse cientos. La llegada masiva de personas. Las carreras hacia la frontera. El desconcierto de quienes viven allí. Los cuerpos exhaustos. Las fuerzas de seguridad intentando contener una situación desbordada. Los rostros de quienes buscan una oportunidad. El miedo. El sufrimiento. La tensión. La incertidumbre.

Pero también he pensado en otra cosa. En cuatro caballos. Los cuatro caballos del Apocalipsis. No pretendo convertir Ceuta en una profecía. Ni identificar a unos seres humanos con criaturas apocalípticas. Sería injusto y, sobre todo, profundamente inhumano. Lo que pretendo es utilizar una de las imágenes más poderosas de la tradición bíblica para intentar comprender cuatro dimensiones de una realidad que se nos ha presentado de golpe ante los ojos.

 👉La llegada.

👉La confrontación.

👉La desigualdad.

👉La muerte.

Cuatro caballos que, esta vez, no cabalgan sobre un paisaje imaginario. Cabalgan sobre una ciudad española. Y quizá también sobre nuestra conciencia.

I. EL CABALLO BLANCO: LA LLEGADA

El primero es el caballo blanco.

En la tradición del Apocalipsis representa una fuerza que avanza. Y pocas imágenes podrían expresar mejor lo que hemos contemplado en Ceuta: miles de personas avanzando hacia una frontera.

Avanzando porque quieren llegar. Porque esperan encontrar algo mejor. Porque quizá detrás de ellos dejaron pobreza, falta de oportunidades, desesperación o simplemente el deseo universal de vivir de otra manera.

Conviene recordarlo antes de cualquier otra consideración: detrás de cada inmigrante hay una persona. No una cifra. No una categoría política. No una etiqueta. Una persona.

Pero también existe otra verdad que no deberíamos ocultar por miedo a parecer insensibles. Las fronteras existen. Y un Estado tiene derecho —y obligación— de protegerlas y de establecer las condiciones en las que se accede a su territorio.

Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. Podemos defender el derecho de una nación a controlar sus fronteras y, simultáneamente, defender la dignidad de quienes intentan cruzarlas. Podemos exigir una política migratoria ordenada sin convertir al inmigrante en enemigo. Podemos pedir seguridad sin renunciar a la compasión.

Ésa es quizá la primera enseñanza de Ceuta: Que la humanidad y la frontera no tienen por qué ser conceptos incompatibles.

El caballo blanco avanza y nos obliga a preguntarnos si sabemos gestionar los movimientos humanos de nuestro tiempo sin perder nuestra propia humanidad.




II. EL CABALLO ROJO: LA CONFRONTACIÓN

Después aparece el caballo rojo. Es el caballo de la violencia. El caballo al que el Apocalipsis entrega una espada y al que se concede poder para quitar la paz de la tierra.

Y aquí la metáfora se vuelve incómodamente cercana. Porque cuando una ciudad recibe de repente una llegada extraordinaria de personas, la cuestión deja de ser únicamente migratoria. Se convierte también en una cuestión de convivencia. De seguridad. De orden público. De miedo. Y el miedo es una emoción humana que no deberíamos despreciar. Es fácil contemplar determinadas imágenes desde lejos y juzgar a quienes las viven desde dentro.

Es mucho más difícil estar allí. Ver tu ciudad transformada en unas horas. Contemplar calles llenas de personas que no conoces. No saber qué ocurrirá al día siguiente. Sentir que aquello que considerabas normal ha dejado de serlo.

Pero existe otra frontera que debemos vigilar todavía más que cualquier frontera física: la frontera que separa al ser humano del prejuicio. Porque una crisis migratoria puede convertirse fácilmente en una crisis de convivencia. Y una crisis de convivencia puede convertirse en una guerra de identidades.

Los inmigrantes dejan entonces de ser personas y pasan a ser «ellos». Los ciudadanos dejan de ser ciudadanos y pasan a ser «nosotros». Y cuando una sociedad empieza a dividir el mundo entre «nosotros» y «ellos», el caballo rojo ya ha empezado a cabalgar.

No debemos confundir inmigración con delincuencia. Pero tampoco debemos negar los problemas de seguridad que puedan surgir en una situación de colapso. La serenidad exige las dos cosas. Ni xenofobia ni ingenuidad. Ni odio al extranjero ni negación de la realidad. Porque la convivencia no se construye negando los problemas. Se construye afrontándolos.




III. EL CABALLO NEGRO: LA DESIGUALDAD

El tercer caballo es negro. Es el caballo de la balanza. El caballo que nos habla del precio de los alimentos, de la escasez, de la desigualdad. Y quizá sea el caballo al que menos miramos. Porque nos resulta más cómodo contemplar la frontera que contemplar aquello que sucede al otro lado de ella.

Es más fácil discutir sobre quién entra que preguntarnos por qué quiere entrar. 

⚠️¿Por qué un joven abandona su tierra? 

⚠️¿Por qué se arriesga? ¿Por qué atraviesa un mar? 

⚠️¿Por qué se expone al peligro? ¿Por qué abandona a su familia? 

⚠️¿Por qué cree que su futuro está en otro lugar?

No todas las respuestas son económicas. Pero sería ingenuo negar que la desigualdad constituye una de las grandes fuerzas que mueven las migraciones contemporáneas.

Vivimos en un planeta extraordinariamente desigual. Un joven puede mirar desde su teléfono una sociedad europea y contemplar, a través de una pantalla, una vida que parece estar a años luz de la suya. Puede ver posibilidades. Puede ver oportunidades. Puede ver bienestar. Puede ver futuro.

Y entonces la distancia geográfica deja de parecer tan grande. La frontera puede estar a pocos kilómetros. La esperanza también. El caballo negro nos obliga a mirar esa realidad.

Porque la inmigración no se detiene únicamente con fronteras. También se combate —si ésa es la palabra que queremos utilizar— creando oportunidades allí donde hoy sólo existe desesperanza. Cooperación. Educación. Trabajo. Desarrollo. Instituciones capaces de ofrecer a los jóvenes un futuro en sus propios países.

Porque quizá la mejor política migratoria sea aquella que consiga que una persona no tenga que abandonar su casa para poder vivir con dignidad.




IV. EL CABALLO PÁLIDO: EL SUFRIMIENTO Y LA MUERTE

Y entonces aparece el último caballo. El más terrible. El caballo pálido. Su jinete tiene un nombre que no necesita explicación: Muerte.

Aquí desaparecen las ideologías. Desaparecen los partidos. Desaparecen las estadísticas. Desaparecen las fronteras. Queda una sola cosa. Una vida humana. Y detrás de cada intento desesperado de alcanzar Europa existe el riesgo de que esa vida se pierda. En el mar. En una travesía. En una frontera. En una estampida. En una noche cualquiera.

No hay política migratoria capaz de devolver una vida perdida. Y por eso el drama humanitario debería ser el primer punto de cualquier debate sobre inmigración. No el último.

Podemos discutir sobre fronteras. Podemos discutir sobre devoluciones. Podemos discutir sobre cooperación con los países de origen. Podemos discutir sobre seguridad. Podemos discutir sobre recursos. Podemos discutir sobre leyes. Debemos hacerlo. Pero nunca deberíamos olvidar que, antes de convertirse en un problema político, la inmigración es un fenómeno humano. Y que detrás de cada número hay una historia.




EL QUINTO CABALLO NO EXISTE

Quizá aquí esté la reflexión que más me importa. Los cuatro caballos son una metáfora. No existen jinetes sobrenaturales cabalgando sobre Ceuta. No existe un caballo que represente a los inmigrantes. Ni otro que represente a los ceutíes. Ni otro que represente a un Gobierno. Los cuatro caballos representan cuatro fuerzas que aparecen cuando una sociedad se enfrenta a una crisis de esta naturaleza: el movimiento de las personas, la confrontación, la desigualdad y el sufrimiento.

Pero hay algo que sí existe. La responsabilidad humana. Y ésa no la tienen los caballos. La tenemos nosotros. La tienen quienes gobiernan. La tienen quienes legislan. La tienen quienes informan. La tenemos quienes opinamos. Y la tenemos todos cuando compartimos una imagen, una noticia o una acusación sin saber exactamente qué hay detrás.

Por eso, ante lo ocurrido en Ceuta, quizá necesitemos menos gritos y más preguntas.

📌¿Cómo proteger nuestras fronteras sin abandonar nuestra humanidad?

📌¿Cómo garantizar la seguridad sin alimentar el odio? 

📌¿Cómo atender a quienes llegan sin provocar que quienes reciben sientan que han sido abandonados? 

📌¿Cómo combatir las redes que trafican con la desesperación? 

📌¿Cómo conseguir que África tenga oportunidades suficientes para que emigrar sea una elección y no una necesidad?

Y, sobre todo:

 📌 ¿Cómo impedir que una crisis humanitaria termine convirtiéndose en una guerra entre seres humanos?

 

CEUTA Y EL ESPEJO

Quizá Ceuta sea, en realidad, un espejo. Y los espejos tienen la incómoda costumbre de mostrarnos también aquello que preferiríamos no ver.

Nos muestran la desesperación de quienes llegan. El miedo de quienes reciben. La insuficiencia de determinadas respuestas. Las contradicciones de nuestras políticas. La desigualdad de nuestro mundo. La fragilidad de nuestras sociedades. Y también nuestra propia incapacidad para hablar de inmigración sin convertir inmediatamente la conversación en una batalla ideológica.

👉Unos ven únicamente invasores. Otros ven únicamente víctimas. Y quizá la realidad, como casi siempre ocurre con las grandes tragedias humanas, sea mucho más compleja.

Hay personas vulnerables. Hay personas que incumplen la ley. Hay ciudadanos que tienen miedo. Hay servidores públicos que trabajan hasta el límite. Hay organizaciones que ayudan. Hay políticos que aciertan y políticos que se equivocan. Hay decisiones necesarias y decisiones discutibles. Hay derechos que proteger. Hay fronteras que controlar. Hay vidas que salvar.

En fin, la realidad no cabe en una consigna.




Y DESPUÉS DEL APOCALIPSIS, LA SABIDURÍA

La sabiduría no consiste en tener siempre razón. Consiste, muchas veces, en ser capaz de mirar una realidad desde varios lugares antes de juzgarla. Quizá eso sea lo que necesitamos ante Ceuta.

Mirar al que llega. Mirar al que recibe. Mirar al que protege la frontera. Mirar al que gobierna. Mirar al que sufre. Y después preguntarnos qué podemos hacer para que todos ellos puedan seguir siendo, sencillamente, seres humanos.

Los cuatro caballos del Apocalipsis representan conquista, violencia, hambre y muerte.

Pero nosotros no estamos condenados a contemplarlos pasar. Podemos actuar. Podemos prevenir. Podemos cooperar. Podemos legislar mejor. Podemos exigir responsabilidades. Podemos proteger las fronteras. Podemos salvar vidas. Podemos combatir la pobreza. Podemos defender la dignidad. Podemos rechazar el odio. Podemos intentar comprender.

Y quizá ahí esté la diferencia fundamental entre una profecía y nuestra realidad.

En el Apocalipsis, los caballos cabalgan porque así está escrito. En nuestra historia, en cambio, todavía podemos elegir el camino. Por eso Ceuta no debería dejarnos solamente una imagen de miedo. Ni una imagen de derrota. Ni una imagen de enfrentamiento. Debería dejarnos una pregunta. Una pregunta mucho más profunda que cualquier disputa política:

👉¿Qué clase de sociedad queremos ser cuando el sufrimiento de otros llama a nuestra puerta?

Quizá la respuesta a esa pregunta diga mucho más de nosotros que cualquier frontera. Porque al final, cuando desaparecen las banderas, las ideologías y las consignas, sólo queda aquello que nunca debería desaparecer: la dignidad del ser humano.

Y tal vez ésa sea la única manera de conseguir que, después de los cuatro caballos, vuelva a amanecer.






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