CANCIONES SIN LETRA O CUANDO LA CIENCIA ENCUENTRA SU ESPACIO DE LIBERTAD

 


Avatar de Desconocidopor José Antonio Hernández de la Moya 



Un diálogo entre dos Santiago Ramón y Cajal donde las neuronas se convierten en color y la pintura recupera su capacidad de emocionar


Hay ocasiones en las que el arte no necesita explicarse. Basta con contemplarlo.

Una pincelada puede decir lo que no alcanzan a expresar cien palabras. Un color puede despertar un recuerdo. Una forma puede conducirnos hacia un lugar de nuestra memoria que creíamos olvidado. Y, en ocasiones, un cuadro puede convertirse en una canción que escuchamos sin que exista música alguna.

De esa intuición nace «Canciones sin letra», una exposición que reúne en El Molí del Foc, en Sant Climent (Menorca), la obra pictórica de Santiago Ramón y Cajal Agüeras, médico e investigador que encuentra en la pintura un espacio de libertad.

Santiago Ramon y Cajal Agueras Retrato - CANCIONES SIN LETRA O CUANDO LA CIENCIA ENCUENTRA SU ESPACIO DE LIBERTAD - Acalanda Magacín

La propia exposición resume su propuesta con una hermosa definición:

«Un cuadro puede ser como una canción cuya letra desconocemos y que, sin embargo, nos emociona, nos hace pensar, recordar o soñar».

SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL AGÜERAS

En efecto, en el cuadro que se parece a una canción sin letra, reside la verdadera esencia de esta muestra. Porque pintar no siempre consiste en representar lo que vemos. A veces consiste en intentar expresar aquello que sentimos y que todavía no sabemos nombrar.

Cuando la ciencia deja paso a la intuición

Santiago Ramón y Cajal Agüeras conoce bien el territorio de la precisión. Es médico anatomopatólogo, investigador y catedrático. Ha dedicado buena parte de su trayectoria científica al estudio del cáncer y de los mecanismos mediante los cuales las células se adaptan, sobreviven y se transforman. Ha dirigido el Servicio de Anatomía Patológica del Hospital Universitario Vall d’Hebron y el Grupo de Patología Molecular Traslacional del VHIR, y es académico numerario de la Real Academia Nacional de Medicina de España.

Su vida profesional está, por tanto, vinculada a un mundo donde la observación, el análisis, el rigor y la precisión resultan imprescindibles.

Pero existe otro territorio. Uno en el que no todo necesita ser demostrado. Uno en el que una línea puede ser simplemente una línea y, al mismo tiempo, representar un camino, una herida, una frontera o una esperanza. Ese territorio es la pintura. Y ahí aparece la palabra que, a mi juicio, mejor define esta exposición: libertad.

La propia muestra explica que, frente al rigor y la precisión de la actividad científica, la pintura ofrece al artista un espacio donde puede dejarse llevar por la intuición, el gesto y el color. No es una contradicción. Es, probablemente, una necesidad. Porque incluso quienes dedican su vida a buscar respuestas necesitan, de vez en cuando, un lugar donde poder formular preguntas sin necesidad de responderlas.

Dos Cajal, un mismo lenguaje

La exposición contiene, además, una circunstancia extraordinariamente sugestiva. El artista es sobrino-biznieto y tocayo de Santiago Ramón y Cajal, el gran científico español y Premio Nobel de Medicina de 1906. Ambos comparten nombre y fecha de nacimiento, y esa singular coincidencia permite establecer un diálogo directo entre la obra pictórica contemporánea y los dibujos originales del Nobel.

Aquí la historia adquiere una dimensión casi poética.

El Santiago Ramón y Cajal histórico utilizó el dibujo como una herramienta fundamental para hacer visible aquello que sus ojos descubrían en el mundo microscópico. Sus representaciones de las neuronas se convirtieron en una parte inseparable de su trabajo científico. Ahora, más de un siglo después, otro Santiago Ramón y Cajal vuelve a mirar aquellos dibujos y los incorpora a su propia creación artística.

El científico dibujó para comprender. El pintor contempla aquellos dibujos para reinterpretarlos. Uno buscaba conocimiento. El otro busca emoción. Y, sin embargo, ambos parten de algo esencial: la mirada.

El bosque del pensamiento

Una de las series más sugerentes de la exposición lleva precisamente por título «El bosque del pensamiento».

El bosque del pensamiento Collage - CANCIONES SIN LETRA O CUANDO LA CIENCIA ENCUENTRA SU ESPACIO DE LIBERTAD - Acalanda Magacín
EL BOSQUE DEL PENSAMIENTO
(Collage)

Las obras parten de dibujos originales de Santiago Ramón y Cajal y los integran sobre fondos de color propios, estableciendo un diálogo entre ciencia y arte, entre observación e imaginación. La serie incluye Neuronas, Arquitecturas de la mente, Cartografía cerebral, La neurona solitaria, Cajal y el color y Ocre.

El título resulta especialmente afortunado porque, cuando observamos una neurona dibujada por Cajal, podemos tener la sensación de estar ante un pequeño árbol, una raíz, una rama, una constelación o incluso un paisaje.

Esto no es casual. Nuestro cerebro es, en cierto modo, un bosque. Un bosque de conexiones, recuerdos, emociones, experiencias y pensamientos que nunca permanece completamente quieto. Cada recuerdo modifica el paisaje. Cada experiencia abre un sendero. Cada nueva idea establece una conexión. Y en ese bosque interior se encuentra una de las grandes preguntas que acompañan al ser humano desde siempre:

¿Quiénes somos cuando pensamos, sentimos y recordamos?

La ciencia intenta aproximarse a esa pregunta mediante el conocimiento. El arte lo hace mediante la emoción. Tal vez por eso ambos caminos terminan encontrándose.

La neurona también puede ser una metáfora

Hay algo fascinante en contemplar las imágenes neuronales de Cajal desde una mirada artística. Aquello que nació como representación científica adquiere nuevas posibilidades. Una neurona puede convertirse en árbol. Una conexión neuronal puede parecer un río. Una ramificación puede recordarnos las raíces de una vida. Una célula aislada puede hablarnos de soledad. Una red de conexiones puede sugerirnos la necesidad que tenemos de los demás.

Y así la ciencia, sin dejar de ser ciencia, empieza a hablarnos otro lenguaje. El lenguaje de los símbolos. Ese es, precisamente, uno de los grandes méritos de «Canciones sin letra»: no intenta imponer una interpretación única de las obras. La exposición invita al espectador a encontrar su propia mirada y su propia historia.

Y eso es algo que deberíamos recuperar también en nuestra relación cotidiana con el arte. No todo tiene que explicarse. No todo tiene que clasificarse. No todo tiene que convertirse en una opinión. Hay cosas que simplemente necesitan ser contempladas.

Pintar para decir lo que las palabras no pueden decir

La pintura de Ramón y Cajal Agüeras se mueve entre la figuración y la abstracción. El color y las formas buscan transmitir alegría, vitalidad y optimismo, pero también invitan a detenerse y dejarse llevar, como sucede ante una melodía. Es precisamente ahí donde el título— «Canciones sin letra»— de la exposición adquiere toda su fuerza.

Porque existen emociones que no necesitan palabras. Una mirada. Una fotografía. Una melodía. Un paisaje. Un cuadro. Una pincelada. A veces, incluso un silencio. Todos ellos pueden convertirse en lenguajes capaces de llegar a lugares donde no llega el discurso racional.

En un tiempo como el nuestro, dominado por la velocidad, la información y la necesidad permanente de opinar, detenerse ante un cuadro puede convertirse casi en un acto de rebeldía.

Sí, la libertad es: mirar sin prisa, sentir sin explicar, contemplar sin buscar inmediatamente una conclusión.  

Del «Árbol de vida» al «Corazón abierto»

La exposición reúne también obra propia realizada mediante técnica mixta. Entre ellas aparecen títulos como La herida de luz, Emerger, Árbol de vida, Danza de otoño, Encuentros, Corazón abierto, Conversación, Primavera, El camino del agua, Río de oro, Puerta al verano, Equilibrio, Travesía, Vuelo y Espiral verde.

Solo los títulos ya parecen construir un pequeño relato. Una herida. Una luz. Un árbol. Una danza. Un encuentro. Un corazón. Una conversación. Un camino. Un río. Una puerta. Un equilibrio. Un vuelo.

Es casi una biografía emocional. Creo que aquí se encuentra una de las claves de la creación artística: no siempre necesitamos saber exactamente qué quiso decir el artista para descubrir qué nos está diciendo a nosotros la obra.

Ante Corazón abierto, alguien verá vulnerabilidad. Otro verá amor. Otro, dolor. Otro, esperanza.

Corazon abierto - CANCIONES SIN LETRA O CUANDO LA CIENCIA ENCUENTRA SU ESPACIO DE LIBERTAD - Acalanda Magacín
CORAZÓN ABIERTO
«Por la gran forma roja central.»

Ante El camino del agua, alguien encontrará un paisaje; otro, el tránsito de la vida.

El camino del agua - CANCIONES SIN LETRA O CUANDO LA CIENCIA ENCUENTRA SU ESPACIO DE LIBERTAD - Acalanda Magacín
EL CAMINO DEL AGUA
«La línea blanca serpenteante conduce completamente la mirada.»

Ante Vuelo, quizá alguien piense en libertad.

Vuelo - CANCIONES SIN LETRA O CUANDO LA CIENCIA ENCUENTRA SU ESPACIO DE LIBERTAD - Acalanda Magacín
VUELO

Y ante Equilibrio, tal vez recordemos lo difícil que resulta mantenernos en pie cuando la vida nos empuja hacia los extremos.

Equilibrio - CANCIONES SIN LETRA O CUANDO LA CIENCIA ENCUENTRA SU ESPACIO DE LIBERTAD - Acalanda Magacín
EQUILIBRIO
«La horizontal, la vertical y la curva crean una sensación casi de balanza.»

Ninguna de esas interpretaciones tiene por qué ser incorrecta. Porque el arte no termina cuando el artista deja el pincel. El arte termina —o, mejor aún, continúa— cuando alguien lo contempla.

El privilegio de tener dos lenguajes

Una de las mayores riquezas de esta exposición sea precisamente la convivencia de dos mundos que a menudo presentamos como opuestos: Ciencia y arte. Razón y emoción. Precisión e intuición. Conocimiento e imaginación.

Pero ¿son realmente contrarios? Yo no lo creo.

El científico necesita imaginación para formular hipótesis. El artista necesita observación para crear. Ambos necesitan curiosidad. Ambos necesitan hacerse preguntas. Ambos necesitan mirar aquello que los demás no han sabido —o no han querido— mirar. Y ambos intentan, en definitiva, comprender algo.

La diferencia la encontramos en el lenguaje que utilizan. La ciencia busca demostrar. El arte busca revelar. La ciencia pregunta cómo. El arte pregunta qué significa. Y cuando ambas preguntas se encuentran, aparece algo extraordinariamente fecundo.

Todos necesitamos una canción sin letra

Hay una última reflexión que esta exposición me provoca. Todos necesitamos un espacio de libertad. No necesariamente una gran aventura. No necesariamente un cambio radical de vida. A veces basta con algo mucho más sencillo: un paseo; un libro; una cámara fotográfica; una hoja en blanco; un instrumento musical; un jardín; una conversación; un pincel; un momento de silencio.

Ese pequeño territorio donde dejamos de ser aquello que los demás esperan que seamos y volvemos a encontrarnos con nosotros mismos.

Si algo verdaderamente hermoso nos enseña esta exposición «Canciones sin letra» de Santiago Ramón Agüeras es que no tenemos por qué renunciar a la razón para ser libres. No tenemos por qué abandonar nuestras responsabilidades. No tenemos que convertirnos en otra persona. Solo necesitamos conservar dentro de nosotros un pequeño espacio donde todavía sea posible crear sin obligación, mirar sin prisa y sentir sin necesidad de explicarlo todo.

Reflexión final: cuando el conocimiento se convierte en belleza

Santiago Ramón y Cajal dedicó su vida a mirar profundamente. Miró tejidos, células, neuronas y estructuras invisibles para la mayoría. Su gran legado científico nació, en buena medida, de esa capacidad extraordinaria de observar y representar.

Ahora, en «Canciones sin letra», otro Santiago Ramón y Cajal vuelve a mirar. Pero su mirada se desplaza. Del microscopio al lienzo. De la precisión al gesto. De la explicación a la emoción. De la ciencia al arte. Y entonces comprendemos que nunca estuvieron tan separados como pensamos.

Y es que, detrás de una neurona hay una estructura, pero también hay una historia. Detrás de un color hay pigmento, pero también una emoción. Detrás de una pincelada hay materia, pero también una intención. Y detrás de todo aquello que intentamos comprender existe siempre algo que se nos escapa.

Estoy convencido de que es aquí donde comienzan el arte y la libertad. Y también de que algunos cuadros se parecen a las canciones: no necesitan letra para decirnos algo.

Solo necesitan que nos detengamos. Que miremos. Que sintamos. Y que, por unos instantes, dejemos que sea el silencio quien nos hable. Entonces, seguramente, descubramos que también el silencio contiene su propia canción.

Cartel visita - CANCIONES SIN LETRA O CUANDO LA CIENCIA ENCUENTRA SU ESPACIO DE LIBERTAD - Acalanda Magacín

Comentarios

Entradas populares

POR QUÉ HE ESCRITO QUIÉN ESCRIBIÓ REALMENTE EL QUIJOTE

RTVE: CUANDO UNA TELEVISIÓN PÚBLICA DEJA DE SER LA TELEVISIÓN DE TODOS

EL MUNDO DESPUÉS DEL 3 DE ENERO

LA RUTA DE LAS RATAS

TRES ACCIDENTES FERROVIARIOS Y UNA SOLA PREGUNTA