A POR EL REY: LA ESTRATEGIA POLITICA PARA DESLEGITIMAR LA MONARQUÍA E INSTAURAR UN NUEVO RÉGIMEN




Avatar de Desconocidopor José Antonio Hernández de la Moya 

                                                        

El análisis planteado por el general Rafael Dávila en un  reciente vídeo publicado en su canal de YouTube titulado VAN A POR EL REY merece una reflexión que vaya más allá de la controversia política del momento. La cuestión de fondo no es únicamente la figura de Felipe VI. Lo que está en juego es la legitimidad y la fortaleza de las instituciones que sostienen nuestro sistema constitucional.

Conviene hacer una aclaración importante: una democracia puede y debe admitir la crítica. Lo que resulta preocupante es que esa crítica termine transformándose en una estrategia permanente de erosión de la confianza ciudadana.

La Corona como diana estratégica

La Corona ocupa una posición singular dentro de la arquitectura constitucional española. Felipe VI no gobierna ni legisla. Su función constitucional es la de jefe del Estado y símbolo de su unidad y permanencia. Precisamente por ello, cualquier intento de atribuirle responsabilidades ejecutivas o legislativas que no le corresponden puede contribuir a desdibujar su verdadera función institucional.

La crítica al Rey forma parte, naturalmente, de la libertad de expresión. La Monarquía, como cualquier otra institución, está sometida al escrutinio público. Pero también es legítimo preguntarse si determinadas campañas de deslegitimación persiguen simplemente cuestionar a una persona o si pretenden erosionar la propia institución que representa. Una actitud que abre la puerta al cuestionamiento global del orden constitucional.

Del cuestionamiento institucional al cambio de régimen

Aquí es donde la reflexión adquiere una dimensión política de mayor alcance.

En España existen legítimas posiciones republicanas, federalistas, confederalistas y partidarias de una reforma profunda de la Constitución. Todas ellas tienen derecho a expresarse y a participar en el debate democrático.

El problema no está, por tanto, en defender una alternativa al modelo vigente. El problema aparecería si se pretendiera modificar las bases del sistema no mediante los procedimientos democráticos previstos, sino a través de una previa deslegitimación de las instituciones que lo representan.

Una democracia puede reformar su Constitución. Puede incluso sustituir un modelo institucional por otro si existe una voluntad democrática suficiente y se siguen los procedimientos correspondientes. Lo que no debería hacer es destruir previamente la confianza en sus instituciones para después presentar su sustitución como la única salida posible.

De ahí la importancia de observar con atención el lenguaje político. Cuando las instituciones comunes se presentan constantemente como obstáculos, cuando la Corona aparece como responsable de decisiones que constitucionalmente no dependen de ella, cuando la Constitución es descrita únicamente como un vestigio del pasado y cuando la confrontación sustituye progresivamente al acuerdo, no estamos simplemente ante una discusión política más. Estamos ante una disputa sobre el modelo de convivencia.

El espíritu de la Transición

En El espíritu de la Transición: Conversaciones para nuestro tiempo he defendido la importancia de aquel esfuerzo colectivo que permitió a españoles procedentes de posiciones políticas muy diferentes construir un marco común de convivencia.

La Transición no fue perfecta. Ningún proceso político protagonizado por seres humanos puede serlo. Pero tuvo una virtud extraordinaria: hizo posible que quienes pensaban de manera radicalmente diferente aceptaran unas reglas comunes para convivir y discrepar dentro de ellas.

La Constitución de 1978 fue el resultado de ese esfuerzo. Y la Corona formó parte de aquella arquitectura institucional.

Por eso, defender la vigencia de la Constitución y el papel constitucional de la Monarquía parlamentaria no significa negar que España necesite reformas. Significa recordar que reformar no es lo mismo que deslegitimar; discrepar no es lo mismo que destruir; y cambiar las reglas no es lo mismo que dejar de respetarlas.

La polarización como herramienta

Uno de los mayores peligros para cualquier democracia no es la existencia de opiniones enfrentadas. Es la transformación del adversario político en enemigo.

Cuando una sociedad queda atrapada en una lógica permanente de bloques, cada institución termina interpretándose desde la identidad partidista. El Parlamento deja de ser un espacio de deliberación. La Justicia se contempla desde la afiliación política. Los medios de comunicación se clasifican entre amigos y enemigos. Y la propia Corona acaba convertida en otro campo de batalla.

Ese proceso tiene consecuencias profundas. Una sociedad que deja de confiar en sus instituciones termina siendo mucho más vulnerable a quienes prometen sustituirlas por otras sin explicar suficientemente qué vendrá después.

Por eso la polarización no debería contemplarse únicamente como un problema de convivencia. Puede convertirse también en una herramienta política de transformación institucional.

¿Monarquía, república o algo diferente?

El debate sobre el futuro de España no debería reducirse a una falsa disyuntiva entre quienes quieren mantener todo como está y quienes quieren destruirlo todo. La pregunta democrática es otra

¿Qué modelo de Estado queremos los españoles y mediante qué procedimiento estamos dispuestos a decidirlo?

Quien quiera una República tiene derecho a defenderla. Quien quiera una Monarquía parlamentaria tiene derecho a defenderla. Quien quiera reformar la Constitución tiene derecho a proponerlo. Pero cualquiera de esas transformaciones debe poder ser discutida abiertamente, sometida al debate ciudadano y articulada mediante los procedimientos democráticos correspondientes.

La cuestión esencial no es, por tanto, si España puede cambiar. La cuestión es cómo cambia.

No se trata solamente del Rey.

Quizá por eso el verdadero debate que suscita el vídeo del general Dávila no sea exclusivamente la defensa de Felipe VI. Es algo mucho más importante.

Se trata de decidir si queremos seguir construyendo nuestra convivencia sobre unas instituciones comunes capaces de integrar nuestras diferencias o si vamos a permitir que cada institución sea convertida en un arma de confrontación política.

La Corona puede ser discutida. La Constitución puede ser reformada. El modelo de Estado puede ser debatido. Pero todo ello debe hacerse desde el respeto a las reglas democráticas y desde la convicción de que España no necesita más trincheras, sino más espacios de encuentro.

Porque defender las instituciones no significa sacralizarlas. Significa reconocer que una democracia necesita instituciones legítimas y estables para que la discrepancia pueda existir sin convertirse en ruptura.

La pregunta que deberíamos hacernos

España ha vivido uno de los periodos más largos de estabilidad, desarrollo y libertad de su historia contemporánea. No todo ha funcionado bien. No todas las instituciones han estado a la altura. Y muchas cosas necesitan ser reformadas. Pero destruir la confianza en el edificio constitucional sin saber con claridad qué edificio queremos construir después sería una enorme irresponsabilidad.

Por eso, más que preguntarnos solamente si existe una estrategia para ir «a por el Rey», deberíamos hacernos una pregunta mucho más profunda: 

¿Estamos asistiendo a una legítima disputa política sobre la Monarquía o a un proceso progresivo de deslegitimación de las instituciones que puede terminar afectando al propio modelo constitucional?

La respuesta corresponde a los ciudadanos. Y precisamente por eso necesitamos menos consignas y más reflexión. Menos enfrentamiento y más diálogo. Menos trincheras y más concordia.

Porque una democracia puede sobrevivir a muchas reformas. Lo que difícilmente puede sobrevivir es la pérdida permanente de confianza en las reglas que permiten convivir a quienes piensan diferente.

Seguramente este sea hoy el verdadero desafío de España: construir el futuro sin destruir los puentes que hicieron posible la convivencia. Porque un país no avanza cuando derriba lo que lo une, sino cuando es capaz de construir sobre ello.


Retrato de José Antonio Hernández de la Moya con fondo de color azul claro.
Autor de Ideas

                                                         


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