¿QUÉ ADMIRA LA IA DE LA HUMANIDAD?

 

Hace poco tiempo un buen amigo me hizo una observación que agradecí profundamente. Me preguntó si el nombre de mi blog, «Apuntes de sabiduría», no podía resultar un tanto pretencioso. Era una observación sincera y, precisamente por ello, merecía una reflexión.

Confieso que comprendí perfectamente su planteamiento. Si el título quisiera decir que quien escribe estos artículos se considera sabio, tendría razón. Sería una muestra de vanidad. Pero esa nunca fue mi intención.

Existe, además, una razón lingüística que explica el verdadero sentido del título. En español, la expresión «Apuntes de sabiduría» no significa necesariamente los apuntes de un sabio, sino apuntes sobre la sabiduría. Del mismo modo hablamos de apuntes de historia, de filosofía o de psicología. Nadie entiende que quien los escribe sea la Historia o la Filosofía personificadas, sino que reflexiona sobre ellas.

Eso es exactamente lo que intento hacer desde que nació este blog: compartir pequeñas reflexiones nacidas de la experiencia, de las lecturas, de las conversaciones, de los aciertos y, sobre todo, de los errores. No escribo desde la certeza absoluta, sino desde el convencimiento de que aprender es una tarea que nunca termina.

Quizá la primera manifestación de la sabiduría sea, precisamente, reconocer cuánto nos queda todavía por aprender. Algo así como el «Solo sé que no sé nada», de Sócrates.

Una pregunta inesperada

La reflexión de mi amigo sobre el nombre de mi blog nació durante un intercambio de comentarios por WhatsApp, a propósito de un vídeo de YouTube que me compartió titulado «Así es la humanidad». Le respondí agradecido, diciéndole que era de los mensajes más inteligentes y edificantes que había escuchado últimamente. Ese fue el detonante de un debate apasionante sobre la esencia de nuestra especie.

 

Fue entonces cuando mi amigo le lanzó una pregunta inesperada a la Inteligencia Artificial: «¿Qué es lo que más admiras de la Humanidad?».

Al parecer, esperaba una respuesta relacionada con la inteligencia, la creatividad o el progreso tecnológico. Sin embargo, la contestación fue mucho más profunda: La IA afirmaba que la mayor grandeza del ser humano consiste en su capacidad para cooperar con quienes ya no están y con quienes todavía no han nacido.

Pensémoslo un instante.

El idioma que hablamos, las leyes que nos protegen, los descubrimientos científicos, las obras de arte, los libros que leemos o los puentes que cruzamos cada día son fruto del esfuerzo de millones de personas que vivieron antes que nosotros. Ninguno de nosotros empieza de cero. Somos herederos de un inmenso patrimonio construido generación tras generación.

Pero la grandeza humana no termina ahí. También somos capaces de trabajar pensando en quienes nunca conoceremos. Plantamos árboles cuya sombra disfrutarán otros. Educamos a nuestros hijos con la esperanza de que construyan un mundo mejor. Investigamos enfermedades cuyos tratamientos quizá beneficien a personas que aún no han nacido. Escribimos libros para lectores futuros.

Esa capacidad de proyectar nuestros esfuerzos más allá de los límites de nuestra propia vida constituye una de las características más extraordinarias de la especie humana. Pero la inteligencia, por sí sola, no basta.

Inteligencia  versus sabiduría

Esa respuesta de la IA también me hizo pensar en otra cuestión.

Durante décadas hemos identificado el progreso con el aumento del conocimiento. Sin embargo, la historia demuestra que una inteligencia extraordinaria puede utilizarse tanto para curar enfermedades como para fabricar armas; para liberar a las personas o para manipularlas.

La inteligencia es una herramienta. La sabiduría es la brújula que indica hacia dónde debemos dirigirla.

Tal vez por eso la humanidad no necesita únicamente personas muy inteligentes. Necesita personas capaces de convertir el conocimiento en responsabilidad, el poder en servicio y la libertad en compromiso con los demás.

Lo que verdaderamente nos hace humanos

Si alguien me preguntara hoy qué es lo que más valoro de la humanidad, mi respuesta sería muy parecida a la que, de algún modo, terminó ofreciéndome la propia Inteligencia Artificial.

Admiro nuestra capacidad para comprender el sufrimiento ajeno. Nuestra necesidad de buscar la verdad. La capacidad de espíritu crítico.  La voluntad de reconciliarnos después del conflicto. La capacidad de transformar el dolor en esperanza. La curiosidad que impulsa el conocimiento. Y, sobre todo, esa extraordinaria facultad de aprender unos de otros para dejar un mundo un poco mejor del que encontramos.

Porque la humanidad no se define únicamente por lo que sabe, sino por lo que decide hacer con ese conocimiento.

Una paradoja llena de esperanza

Resulta casi paradójico que haya sido una Inteligencia Artificial la que me haya recordado cuál es el mayor patrimonio del ser humano.

Las máquinas pueden procesar información a velocidades inimaginables. Pero únicamente las personas pueden convertir esa información en compasión.

Las máquinas pueden aprender patrones. Los seres humanos pueden encontrar sentido.

Las máquinas pueden responder preguntas. Solo las personas pueden preguntarse por qué merece la pena vivir, amar, crear, perdonar o sacrificarse por alguien.

Seguramente ese sea el verdadero tesoro de nuestra especie.

Y por eso seguiré llamando a mi blog «Apuntes de sabiduría». No porque pretenda enseñar sabiduría. Sino porque sigo buscándola junto a quienes tienen la generosidad de acompañarme en ese camino.

 

 

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