ESPAÑA ARDE
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España arde. Arden nuestros bosques,
nuestros montes y nuestros campos. Arden pueblos enteros. Arden los recuerdos
de quienes han visto desaparecer en unas horas la casa donde crecieron, las
fotografías familiares, los animales que cuidaban, los árboles que plantaron
sus abuelos y esa vida sencilla que parecía destinada a durar para siempre. Sin
embargo, mientras el fuego avanza, tengo la sensación de que el dolor retrocede
en la conversación pública.
Leo titulares sobre estrategias,
estadísticas, temperaturas récord, responsabilidades políticas y debates
interminables. Todo ello es importante. Pero echo en falta algo esencial: hablar
del sufrimiento de las personas.
Detrás de cada incendio hay miles de
historias que nunca ocuparán una portada.
Está el agricultor que contempla
impotente cómo las llamas reducen a cenizas el trabajo de toda una vida. Está
la familia que abandona su hogar con lo puesto, sin saber si volverá a
encontrarlo en pie. Están los ancianos que observan desaparecer el paisaje que
les acompañó durante décadas. Están los niños que descubren demasiado pronto
que hay pérdidas que ningún seguro puede indemnizar.
Porque el fuego no solo consume árboles. También
consume recuerdos. Consume proyectos. Consume raíces. Y deja una herida
invisible que tarda mucho más en cicatrizar que el propio monte.
Vivimos en una sociedad
extraordinariamente informada, pero cada vez menos acostumbrada a detenerse en
el sufrimiento ajeno. Las noticias se suceden con tal velocidad que una
tragedia apenas permanece unas horas en nuestra memoria antes de ser sustituida
por la siguiente.
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Corremos el riesgo de convertir el
dolor en un dato estadístico. Y las personas nunca deberían convertirse en
estadísticas. Quizá necesitemos aprender de nuevo a mirar. No solo las imágenes
espectaculares de los helicópteros descargando agua o las impresionantes
columnas de humo visibles desde kilómetros de distancia, sino también el rostro
de quienes lo han perdido todo. En esos rostros hay una lección de fragilidad
que nos concierne a todos.
Ninguno de nosotros está completamente
a salvo de que un día el fuego, una inundación o cualquier otra desgracia
irrumpan en nuestra vida. La solidaridad no debería activarse únicamente cuando
las cámaras enfocan una tragedia. Debería formar parte de nuestra manera
cotidiana de estar en el mundo.
Los incendios terminarán apagándose. Llegarán las
primeras lluvias. Poco a poco volverá el verde. La naturaleza posee una
admirable capacidad para renacer. Pero las personas necesitan mucho más tiempo.
Necesitan ayuda, compañía, esperanza y, sobre todo, sentir que su sufrimiento
no ha sido olvidado al día siguiente.
Hoy España arde. Y mientras
contemplamos las llamas, quizá deberíamos preguntarnos si también se está
apagando algo dentro de nosotros: la capacidad de conmovernos ante el dolor de
los demás.
Recuerdo entonces unos versos del gran
poeta cubano Nicolás Guillén. Después de recorrer la vida, las ilusiones
y las derrotas, concluía con una sencillez desarmante:
«En fin, el mar.»
Hoy, al contemplar tantas hectáreas
reducidas a ceniza y tantas vidas marcadas por la tragedia, me nace otra frase,
inspirada en aquella:
En fin... el fuego.
Pero ojalá que, cuando las llamas se
extingan, no se apague también nuestra humanidad.


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