ESPAÑA ARDE

 





Avatar de Desconocidopor José Antonio Hernández de la Moya 


España arde. Arden nuestros bosques, nuestros montes y nuestros campos. Arden pueblos enteros. Arden los recuerdos de quienes han visto desaparecer en unas horas la casa donde crecieron, las fotografías familiares, los animales que cuidaban, los árboles que plantaron sus abuelos y esa vida sencilla que parecía destinada a durar para siempre. Sin embargo, mientras el fuego avanza, tengo la sensación de que el dolor retrocede en la conversación pública.


Leo titulares sobre estrategias, estadísticas, temperaturas récord, responsabilidades políticas y debates interminables. Todo ello es importante. Pero echo en falta algo esencial: hablar del sufrimiento de las personas.


Detrás de cada incendio hay miles de historias que nunca ocuparán una portada.


Está el agricultor que contempla impotente cómo las llamas reducen a cenizas el trabajo de toda una vida. Está la familia que abandona su hogar con lo puesto, sin saber si volverá a encontrarlo en pie. Están los ancianos que observan desaparecer el paisaje que les acompañó durante décadas. Están los niños que descubren demasiado pronto que hay pérdidas que ningún seguro puede indemnizar.


Porque el fuego no solo consume árboles. También consume recuerdos. Consume proyectos. Consume raíces. Y deja una herida invisible que tarda mucho más en cicatrizar que el propio monte.


Vivimos en una sociedad extraordinariamente informada, pero cada vez menos acostumbrada a detenerse en el sufrimiento ajeno. Las noticias se suceden con tal velocidad que una tragedia apenas permanece unas horas en nuestra memoria antes de ser sustituida por la siguiente.




Corremos el riesgo de convertir el dolor en un dato estadístico. Y las personas nunca deberían convertirse en estadísticas. Quizá necesitemos aprender de nuevo a mirar. No solo las imágenes espectaculares de los helicópteros descargando agua o las impresionantes columnas de humo visibles desde kilómetros de distancia, sino también el rostro de quienes lo han perdido todo. En esos rostros hay una lección de fragilidad que nos concierne a todos.


Ninguno de nosotros está completamente a salvo de que un día el fuego, una inundación o cualquier otra desgracia irrumpan en nuestra vida. La solidaridad no debería activarse únicamente cuando las cámaras enfocan una tragedia. Debería formar parte de nuestra manera cotidiana de estar en el mundo.


Los incendios terminarán apagándose. Llegarán las primeras lluvias. Poco a poco volverá el verde. La naturaleza posee una admirable capacidad para renacer. Pero las personas necesitan mucho más tiempo. Necesitan ayuda, compañía, esperanza y, sobre todo, sentir que su sufrimiento no ha sido olvidado al día siguiente.


Hoy España arde. Y mientras contemplamos las llamas, quizá deberíamos preguntarnos si también se está apagando algo dentro de nosotros: la capacidad de conmovernos ante el dolor de los demás.


Recuerdo entonces unos versos del gran poeta cubano Nicolás Guillén. Después de recorrer la vida, las ilusiones y las derrotas, concluía con una sencillez desarmante:


«En fin, el mar.»


Hoy, al contemplar tantas hectáreas reducidas a ceniza y tantas vidas marcadas por la tragedia, me nace otra frase, inspirada en aquella:


En fin... el fuego.


Pero ojalá que, cuando las llamas se extingan, no se apague también nuestra humanidad.



Retrato de José Antonio Hernández de la Moya con fondo de color azul claro.

 

 

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