EL FÚTBOL TAMBIÉN UNE
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Existe un viejo consejo que casi todos hemos escuchado alguna vez: «No hables de política, de religión ni de fútbol si quieres conservar una buena amistad.» Durante décadas, estos tres asuntos han sido considerados territorios minados, capaces de convertir una conversación agradable en una discusión interminable.
Y, sin embargo, la realidad también nos
demuestra que aquello que en ocasiones nos divide puede convertirse, en
determinadas circunstancias, en un extraordinario motivo de unión.
Lo estamos viviendo estos días con la Selección
Española de Fútbol. Su brillante trayectoria en el Mundial ha conseguido
algo que parecía casi imposible en una sociedad tan polarizada como la nuestra:
hacer que millones de españoles celebren juntos un mismo sueño.
Durante noventa minutos desaparecen, al
menos temporalmente, las diferencias ideológicas, las discrepancias
territoriales, las tensiones políticas y tantas discusiones que ocupan
diariamente titulares, tertulias y redes sociales. En su lugar aparecen
abrazos, sonrisas compartidas, banderas ondeando en balcones y plazas, familias
enteras reunidas frente al televisor y personas desconocidas que celebran un
gol como si se conocieran de toda la vida.
No es únicamente fútbol. Es la
constatación de que seguimos siendo capaces de emocionarnos colectivamente.
Vivimos una época en la que parece que
todo invita al enfrentamiento. Las redes sociales premian el insulto antes que
el argumento. La política alimenta con demasiada frecuencia el enfrentamiento
permanente. Incluso cuestiones que antes pertenecían al ámbito privado terminan
convirtiéndose en motivo de división pública.
Por eso resulta tan esperanzador
comprobar que todavía existen acontecimientos capaces de recordarnos que
compartimos mucho más de lo que a veces creemos.
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Cuando juega España no preguntamos a
quien tenemos al lado qué piensa sobre política, qué religión profesa o cuál es
su ideología. Simplemente compartimos una ilusión. Durante unas horas dejamos
de ser votantes, creyentes, empresarios, trabajadores, jóvenes o mayores para
convertirnos, sencillamente, en aficionados que desean ver triunfar a su
selección.
Quizá esa sea una de las grandes
enseñanzas del deporte.
La competición no tiene por qué ser
sinónimo de enfrentamiento. Puede ser también una escuela de convivencia, de
respeto y de orgullo compartido. Podemos competir con pasión sin dejar de
reconocer el mérito del adversario. Podemos celebrar la victoria sin despreciar
al que pierde. Y podemos sentirnos orgullosos de unos colores sin necesidad de
menospreciar los de los demás.
En una sociedad que necesita con
urgencia reconstruir puentes, el deporte nos recuerda que la unidad no exige
pensar todos igual. Basta con compartir un objetivo, una emoción o una
esperanza.
Ojalá supiéramos trasladar esta actitud
a otros ámbitos de nuestra convivencia. Si somos capaces de celebrar juntos un
gol, quizá también podamos aprender a dialogar sin convertir cada discrepancia
en un conflicto.
La Selección Española ya ha logrado una
victoria que va mucho más allá del resultado deportivo. Ha conseguido que
millones de personas vuelvan a sentirse parte de un mismo proyecto colectivo,
aunque solo sea durante unas semanas.
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Y eso tiene un enorme valor. Porque un
país no se construye únicamente con leyes, instituciones o indicadores
económicos. También se construye con emociones compartidas, con símbolos que
despiertan un sentimiento de pertenencia y con experiencias capaces de
recordarnos que seguimos formando parte de una misma comunidad.
Tal vez esa sea la verdadera lección de
este Mundial. Las sociedades no se fortalecen porque todos piensen igual. Se
fortalecen cuando descubren aquello que las une por encima de sus diferencias.
La pluralidad no es un problema; el problema surge cuando olvidamos que, antes
que adversarios, somos compatriotas.
Porque las victorias deportivas pasan. Pero
la conciencia de pertenecer a una misma nación, el respeto mutuo y la voluntad
de caminar unidos son triunfos mucho más importantes.
Al fin y al cabo, el fútbol no solo
mueve un balón. Cuando se vive con nobleza, respeto y espíritu deportivo,
también puede mover los corazones de un país entero.
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