CUANDO PREGUNTAMOS A LA IA POR LA VERDADERA AUTORÍA DEL QUIJOTE

 



Antes de entrar en la contrarréplica a la conclusión de la Inteligencia Artificial sobre la tesis de Francisco Calero, conviene conocer qué dice exactamente la propia IA acerca de esta controvertida propuesta sobre la verdadera autoría del Quijote.

El informe proporcionado por la Inteligencia Artificial parte de una afirmación central: «Francisco Calero Calero, catedrático emérito de Filología Latina de la UNED, sostiene que Juan Luis Vives (1492-1540) podría ser el verdadero autor no solo del Quijote de Cervantes, tanto de su primera como de su segunda parte, sino también del Quijote de Avellaneda y del Lazarillo de Tormes. Esta tesis fue desarrollada fundamentalmente en su obra El verdadero autor de los «Quijotes» de Cervantes y de Avellaneda (2015)»

Según el análisis de la IA, el fundamento esencial de la propuesta de Calero se encuentra en lo que este denomina una «identidad absoluta de pensamiento y estilo» entre la extensa producción latina de Vives y el texto cervantino. Las principales coincidencias señaladas afectan a la formación intelectual, las fuentes clásicas, el pensamiento filosófico, las cuestiones jurídicas, la pedagogía, la concepción del ser humano y determinadas expresiones y estructuras lingüísticas.

 Uno de los argumentos que más destaca el documento es la enorme erudición que contiene el Quijote. Calero llama la atención sobre sus numerosas referencias a autores clásicos, incluidas fuentes griegas y latinas que no siempre estaban disponibles en castellano. Frente a ello, contrapone la extraordinaria formación humanística de Vives, su conocimiento de las lenguas clásicas y su acceso directo a las fuentes. De ahí surge una de las preguntas esenciales de la tesis: ¿cómo pudo llegar hasta el Quijote una determinada tradición clásica y humanística y quién estaba intelectualmente capacitado para manejarla?

El documento también recoge las numerosas coincidencias de pensamiento que Calero encuentra entre Vives y el Quijote: desde el principio socrático del «conócete a ti mismo» hasta determinadas concepciones sobre la educación, la sociedad, la justicia y la condición humana. A ello añade correspondencias lingüísticas e intertextuales concretas con autores clásicos, que Calero considera especialmente significativas.

Otro elemento destacado es la condición de Vives como humanista europeo, políglota y profundo conocedor de la cultura clásica, frente a la tradicional consideración de Cervantes como un «ingenio lego», es decir, un escritor dotado de cierta creatividad, pero sin una formación universitaria comparable a la de los grandes humanistas de su tiempo. La cuestión no consiste necesariamente —como subraya nuestra posterior contrarréplica— en negar el genio literario de Cervantes, sino en preguntarse por el origen de determinados conocimientos y referencias presentes en el Quijote.

El enigma de la dedicatoria al Duque de Béjar.

Hay, además, un elemento que merece una atención especial: la relación con los Duques de Béjar, sobre la que el propio profesor Francisco Calero publicó el ensayo Los Duques de Béjar y el Quijote.

La primera parte del Quijote, publicada en 1605, está dedicada al Duque de Béjar. Pero, según señala Calero, resulta especialmente significativo que el III Duque de Béjar — Francisco de Zúñiga y Sotomayor (1498-1544)—relacionado con Juan Luis Vives, al que le dedicó su gran obra De anima et vita ,fuera un personaje de enorme poder político y económico —incluso superior al del Duque de Alba— y un destacado mecenas de las artes y las letras. Sin embargo, El VI Duque de Béjar Alonso Diego López de Zúñiga y Sotomayor (1578-1619), contemporáneo de Cervantes presentaba un perfil muy diferente: sin ningún poder político y económico y, sobre todo, ningún interés comparable por el mecenazgo de las artes y las letras.

Ante esta diferencia, surge inevitablemente una pregunta: ¿no sería más verosímil que la referencia al Duque de Béjar en la dedicatoria del Quijote pudiera guardar relación con el poderoso mecenas vinculado a Juan Luis Vives que con el VI Duque, contemporáneo de Cervantes, cuyo perfil parece alejarse considerablemente de las circunstancias que tradicionalmente asociamos a una dedicatoria de esta naturaleza?

El problema cronológico: ¿Un obstáculo real para la autoría de Vives?

Existe una objeción que aparece inmediatamente cuando se plantea la posibilidad de que Juan Luis Vives fuera el verdadero autor del Quijote: Vives murió en 1540 y la primera parte de la obra no se publicó hasta 1605, es decir, sesenta y cinco años después de su muerte.

Pero ¿constituye realmente esta diferencia cronológica un obstáculo insalvable para la hipótesis de su autoría?

En mi opinión, en absoluto. La fecha de publicación de una obra no tiene por qué coincidir con la fecha en que fue escrita, ni mucho menos con la fecha en que fue concebida. La historia de la literatura está llena de obras que permanecieron durante años —e incluso siglos— en manuscritos, bibliotecas, archivos particulares o en manos de personas que, por distintas circunstancias, decidieron conservarlas, ocultarlas o esperar el momento adecuado para su publicación.

Por tanto, que Vives muriera en 1540 y que el Quijote apareciera impreso en 1605 no demuestra que Vives no pudiera ser su autor. Lo único que demuestra es que, si la hipótesis fuera cierta, tuvo que existir algún proceso de conservación, transmisión, adaptación o transformación del texto hasta su llegada a la imprenta. Y esa es, precisamente, una cuestión histórica que puede y debe investigarse.

En este punto adquiere especial interés una hipótesis que ya planteé en mi artículo «EL QUIJOTE: UNA OPERACIÓN EDITORIAL DE JUAN LÓPEZ DE HOYOS»: la posibilidad de que detrás de la aparición impresa del Quijote existiera una operación editorial previa capaz de explicar cómo un manuscrito o materiales literarios anteriores pudieron llegar finalmente hasta la imprenta de Juan de la Cuesta, donde se publicó la primera edición de 1605.

No pretendo presentar esta hipótesis como una prueba definitiva de la autoría de Vives. Pero sí como una posible explicación del eslabón que falta en la cadena cronológica. Si existió un manuscrito de Vives que permaneció oculto o circuló durante décadas y posteriormente fue recuperado, adaptado, preparado o transformado para su impresión, la distancia entre 1540 y 1605 dejaría de ser una contradicción y pasaría a convertirse en una cuestión de transmisión documental.

La verdadera pregunta, por tanto, no debería ser simplemente: ¿Cómo pudo Vives escribir el Quijote si murió en 1540?, sino otra mucho más precisa: ¿Qué pudo ocurrir entre 1540 y 1605 para que una obra escrita por Vives, o basada sustancialmente en un manuscrito suyo, llegara finalmente a la imprenta?

Mientras no conozcamos con certeza ese proceso, la cronología no puede utilizarse como una refutación automática de la hipótesis. Puede constituir, ciertamente, un problema histórico que exige explicación; pero un problema que necesita ser investigado no es necesariamente una prueba que invalide una autoría.

Y precisamente ahí cobra sentido volver la mirada hacia Juan López de Hoyos, hacia los círculos intelectuales y editoriales del Madrid de la segunda mitad del siglo XVI y hacia la posible historia del manuscrito que pudo preceder al Quijote que conocemos.

La tesis controvertida del profesor Calero y su falta de respaldo académico.

Finalmente, la IA reconoce que la tesis de Calero es controvertida y minoritaria dentro del ámbito académico y recoge tres objeciones principales: la inexistencia de una prueba documental directa que vincule físicamente a Vives con el Quijote; la posibilidad de que muchas de las concordancias respondan al ambiente humanista común de la época; y la crítica de que la tesis pueda partir de una valoración excesivamente restrictiva de la formación intelectual de Cervantes.

El documento concluye que la propuesta de Calero constituye un interesante ejercicio de filología comparada y que pone de manifiesto la profunda presencia del humanismo renacentista en el Quijote, pero considera que la autoría física de Vives carece de respaldo histórico suficiente para ser aceptada por el consenso académico actual.

Esa última afirmación es, precisamente, la que merece ser discutida.

Porque una cosa es afirmar que la tesis de Juan Luis Vives no está demostrada de manera definitiva y otra muy diferente afirmar que, por no formar parte del consenso académico actual, carece de suficiente fundamento para seguir siendo investigada.

¿Una tesis sin respaldo o una hipótesis aún abierta?

La conclusión de que la tesis de Francisco Calero «carece de respaldo histórico suficiente para ser aceptada por el consenso académico actual» merece, cuando menos, una revisión crítica. No porque la hipótesis de Juan Luis Vives como autor del Quijote pueda considerarse definitivamente demostrada, sino porque una hipótesis no queda refutada por el simple hecho de que todavía no exista una prueba documental directa de su autoría.

El primer punto que conviene discutir es precisamente el llamado «consenso académico». Que una determinada interpretación sea hoy mayoritaria no constituye, por sí mismo, una prueba histórica. El consenso puede ser un dato relevante sobre la recepción de una tesis, pero no puede convertirse en el argumento que determine su verdad o falsedad. La historia de la literatura demuestra, además, que muchas hipótesis inicialmente consideradas heterodoxas han obligado posteriormente a revisar planteamientos establecidos.

La ausencia de un documento en el que Vives aparezca identificado expresamente como autor del Quijote constituye, ciertamente, una dificultad para la propuesta de Calero. Pero ausencia de prueba documental no equivale necesariamente a prueba de ausencia. Más aún cuando se está investigando una posible autoría del siglo XVI y se plantea la hipótesis de una transmisión indirecta de los textos, una ocultación de la autoría o una intervención posterior de Cervantes en la adaptación y publicación de materiales anteriores.

El segundo aspecto fundamental es que la tesis de Calero no descansa exclusivamente en una semejanza temática general entre Vives y Cervantes. Según el documento analizado, Calero habla de una «identidad absoluta de pensamiento y estilo» y establece numerosas correspondencias entre obras de Vives y el Quijote. Entre ellas aparecen cuestiones filosóficas, jurídicas, pedagógicas y antropológicas concretas, así como determinadas respuestas intertextuales a autores clásicos. La cuestión, por tanto, no debería zanjarse calificando esas coincidencias como simples «temas humanistas comunes», sino examinando individualmente su frecuencia, especificidad, combinación y carácter acumulativo.

Una sola concordancia puede ser casual. Varias pueden responder a una tradición cultural compartida. Pero cuando las coincidencias se multiplican y afectan simultáneamente al pensamiento, al léxico, a las fuentes clásicas, a determinadas formulaciones y a la estructura conceptual de una obra, la pregunta científica deja de ser si existe alguna semejanza y pasa a ser si la acumulación de semejanzas puede explicarse razonablemente por mera coincidencia o por pertenencia a una misma cultura intelectual.

También merece reconsideración el argumento relativo al supuesto «ingenio lego» de Cervantes. Nadie necesita negar el talento extraordinario de Cervantes para plantear una cuestión diferente: ¿qué grado de conocimiento directo de las fuentes clásicas exige realmente el Quijote y de dónde pudo proceder? El hecho de que Cervantes fuera un escritor genial no explica automáticamente la procedencia de todas las referencias eruditas que aparecen en la obra. Precisamente ahí adquiere interés la comparación propuesta por Calero con un humanista de la dimensión intelectual de Vives.

Y existe además un elemento histórico que no debería ser ignorado: la conexión con la casa de Béjar. Vives dedicó De anima et vita —considerada por José Ortega y Gasset pionera de la psicología moderna— al Duque de Béjar: al III Duque de Béjar, de gran poder político y económico e inclinado a favorecer las artes y las letras. Evidentemente, esta coincidencia, por sí sola, tampoco demuestra una transmisión manuscrita. Pero sí constituye una circunstancia histórica que merece ser investigada, especialmente si se quiere comprobar la posibilidad de conservación de materiales, manuscritos o vínculos intelectuales relacionados con la obra de Vives.

Por otra parte, aceptar que Cervantes fue necesariamente el autor intelectual originario del Quijote porque su nombre figura asociado a la obra supone dar por resuelto precisamente aquello que se pretende investigar. En una investigación de autoría, el nombre que aparece en la portada constituye una evidencia importante, pero no necesariamente la única evidencia posible. La cuestión es determinar cómo se construyó, transmitió y publicó el texto.

Por eso, quizá la formulación más rigurosa no sea afirmar que «Vives es indiscutiblemente el autor del Quijote», pero tampoco que su candidatura carece de respaldo suficiente simplemente porque no existe todavía un documento definitivo que la certifique. Una posición verdaderamente científica debería situarse entre ambos extremos: la tesis de Calero puede no estar demostrada, pero tampoco puede considerarse refutada.

Y ahí reside, posiblemente, la verdadera cuestión. Si las concordancias entre Vives y el Quijote son suficientemente numerosas, específicas y significativas, la obligación del investigador no debería ser descartarlas apelando al consenso, sino examinar qué explicación ofrece mayor capacidad para explicar el conjunto de esas coincidencias.

 La hipótesis de Juan Luis Vives plantea, además, una pregunta incómoda pero legítima: si el Quijote contiene una profundidad humanística que parece desbordar la formación que tradicionalmente se atribuye a Cervantes, ¿debemos limitar nuestra respuesta a atribuirlo todo al genio individual de un «ingenio lego», o debemos investigar también la posibilidad de que detrás del texto exista una tradición intelectual, unas fuentes o incluso una autoría diferente de la que la historia literaria ha aceptado durante siglos?

La respuesta definitiva todavía puede estar pendiente de nuevas pruebas. Pero precisamente por eso la hipótesis debe ser investigada, no descalificada.

En última instancia, la cuestión no debería resolverse preguntando qué piensa hoy el consenso académico, sino formulando una pregunta mucho más exigente:

¿Quién explica mejor el pensamiento, las fuentes, las concordancias y la arquitectura intelectual del Quijote: la biografía conocida de Cervantes o la obra y el universo intelectual de Juan Luis Vives?

Mientras esa pregunta permanezca abierta a la investigación, la tesis de Francisco Calero seguirá siendo una hipótesis controvertida, sí, pero intelectualmente legítima y digna de ser examinada con el mismo rigor con el que se examinan las hipótesis tradicionales.


Retrato de José Antonio Hernández de la Moya con fondo de color azul claro.

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