PEINADO Y EL JUICIO DE LA HISTORIA

 



España vive uno de esos momentos en los que una sola frase contenida en un auto judicial es capaz de eclipsar el resto del documento y desencadenar un terremoto político, mediático e institucional.

El juez Juan Carlos Peinado ha abierto juicio oral contra Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno, por varios presuntos delitos. Sin embargo, el foco del debate no se ha centrado únicamente en las acusaciones o en las medidas cautelares adoptadas, sino en una consideración que ha provocado una intensa polémica: la posibilidad de que los escoltas policiales pudieran facilitar una eventual fuga.

Muchos han interpretado esa afirmación como una extravagancia jurídica, un exceso verbal o incluso un error impropio de un auto judicial. Yo no lo veo así. Creo que Peinado sabía perfectamente lo que estaba escribiendo. Sabía el ruido que iba a provocar. Sabía que cada palabra sería analizada al milímetro. Sabía que la reacción política e institucional sería inmediata. Y precisamente por eso la escribió. No fue un desliz. Fue un mensaje.

Más allá de la literalidad

No corresponde a un ciudadano juzgar el fondo jurídico de una resolución que deberá recorrer todavía el camino procesal correspondiente. Tampoco corresponde afirmar como ciertos hechos que todavía están sujetos a debate judicial. Pero sí corresponde reflexionar sobre el significado político y moral de determinadas decisiones.

La frase que ha provocado tanta indignación puede interpretarse como algo más profundo que una simple hipótesis sobre una posible fuga. Puede interpretarse como una llamada de atención. Como una advertencia. Como el reflejo de una preocupación que, compartida o no, existe en una parte importante de la sociedad española: la sensación de que las instituciones atraviesan una etapa de extraordinaria tensión y de creciente desconfianza.

El valor de salirse de lo políticamente correcto

Vivimos tiempos en los que demasiadas personas prefieren no decir lo que piensan por miedo al coste personal, profesional o mediático. La corrección política se ha convertido con frecuencia en una forma de autocensura. Por eso la actuación de Peinado ha generado tanta conmoción. Porque rompe el guion. Porque introduce una reflexión incómoda. Porque obliga a posicionarse. Porque nadie puede permanecer indiferente. Y cuando una decisión judicial consigue despertar una reflexión nacional sobre la salud de las instituciones, estamos ante algo que trasciende el expediente concreto que se está juzgando.




Un punto de inflexión

Quizá dentro de algunos años se recuerde este auto no tanto por sus consecuencias procesales como por el debate que abrió.

Los momentos decisivos de la historia rara vez son reconocidos como tales en el instante en que ocurren. A menudo aparecen disfrazados de controversia. De escándalo. De enfrentamiento. De ruido. Sin embargo, son precisamente esos episodios los que obligan a una sociedad a mirarse al espejo.

España necesita recuperar el espíritu crítico. Necesita ciudadanos que piensen. Que analicen. Que duden. Que no acepten consignas prefabricadas. Que exijan ejemplaridad a todos los poderes del Estado, sin excepción.




Tres hurras por Peinado

Por eso, desde mi modesta tribuna de ciudadano, lanzo tres hurras por Peinado. No porque sea infalible. No porque sus resoluciones deban quedar exentas de crítica. No porque toda actuación judicial sea necesariamente correcta. Sino porque ha conseguido algo extraordinariamente difícil: remover conciencias.

Ha conseguido sacar a muchos españoles de la comodidad de sus certezas.

Ha obligado a hablar sobre el estado de nuestras instituciones. Ha generado un debate nacional sobre la confianza, la independencia judicial y la calidad de nuestra democracia. Y eso, en una sociedad adormecida por la rutina política y la polarización permanente, tiene un valor incalculable.

Quizá España necesite más personas dispuestas a asumir el coste de decir lo que consideran necesario decir. Más personas capaces de desafiar consensos cómodos. Más personas dispuestas a abrir debates incómodos. Más «Peinados».

Porque las democracias no se fortalecen cuando todos piensan igual. Se fortalecen cuando todavía existen ciudadanos e instituciones capaces de plantear preguntas que otros preferirían no escuchar.

La historia avanza gracias a los incómodos

Existe una constante que atraviesa toda la historia humana: los grandes cambios suelen comenzar cuando alguien se atreve a formular una pregunta incómoda.

Los historiadores saben que las épocas no se definen únicamente por sus gobernantes o por sus leyes. También quedan marcadas por aquellas personas que, en un momento determinado, se niegan a aceptar los límites de lo que puede decirse o pensarse.

Sócrates fue condenado por incomodar a Atenas. Galileo desafió las certezas de su tiempo. Erasmo cuestionó las complacencias de una Europa que caminaba hacia la Reforma.

Ninguno de ellos fue recordado por seguir la corriente dominante. La historia los recuerda porque obligaron a sus contemporáneos a reflexionar.

Naturalmente, las proporciones históricas son distintas y sería absurdo establecer equivalencias entre personajes y circunstancias tan diferentes. Pero el mecanismo intelectual es el mismo: toda sociedad necesita voces capaces de interrumpir la comodidad del consenso.

La historiografía moderna nos enseña además una lección fundamental: los acontecimientos son importantes, pero más importante aún es aquello que revelan sobre la época en que suceden.

Quizá dentro de cincuenta años nadie recuerde los detalles procesales de este caso. Sin embargo, los historiadores sí podrían preguntarse por qué una frase contenida en un auto judicial provocó semejante conmoción nacional. Y tal vez encuentren la respuesta no en el juez, ni en los acusados, ni en los partidos políticos, sino en el clima moral de una sociedad que comenzaba a preguntarse hasta qué punto seguía confiando en sus instituciones.

Porque la verdadera cuestión no es lo que dijo Peinado. La verdadera cuestión es por qué lo que dijo produjo tanto ruido. A veces la historia no habla a través de grandes discursos ni de acontecimientos extraordinarios. A veces se manifiesta en una sola frase que, como una piedra lanzada a un estanque, revela la profundidad de las aguas.

Y es entonces cuando comprendemos que la polémica del presente puede convertirse en la clave interpretativa del futuro.





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