EL MAL AUGURIO DEL COMITÉ FEDERAL DEL PSOE


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Los antiguos romanos concedían una enorme importancia a los augurios. Antes de emprender una guerra, elegir un magistrado o tomar una decisión trascendental, consultaban a los augures, intérpretes de los signos de la naturaleza. El vuelo de las aves, el comportamiento de los animales o determinados fenómenos atmosféricos eran leídos como manifestaciones de un orden superior que advertía sobre el futuro.

No se trataba de superstición en el sentido moderno. Era, sobre todo, una pedagogía política: ningún gobernante debía creer que podía actuar ignorando las señales de la realidad.

Quizá nuestra democracia ha perdido esa capacidad de interpretar los augurios. El reciente Comité Federal del PSOE constituye un ejemplo especialmente significativo. No por lo que allí se dijo, sino por lo que apenas se escuchó.

Mientras el partido atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente, el órgano llamado precisamente a deliberar y ejercer el control político apenas produjo debate. Predominaron los aplausos, las adhesiones y las manifestaciones de respaldo. La excepción fue la intervención del presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, quien, con extraordinaria moderación, vino a expresar algo que cualquier organización sana debería considerar elemental:

—¡Hombre, algún tipo de autocrítica deberíamos hacer!

Ni siquiera esa observación, formulada con prudencia, alteró el clima general. Y precisamente ahí aparece el verdadero mal augurio.



Fue entonces cuando recordé a Étienne de La Boétie. No porque estuviera pensando en una tiranía, sino porque comprendí que su reflexión no iba dirigida únicamente a los déspotas, sino también a las organizaciones donde el pensamiento crítico desaparece y el silencio termina siendo considerado una virtud. Ahí comienza la servidumbre voluntaria.

 La Boétie tenía razón

Hace ya cuatro siglos y medio, el filósofo y magistrado francés, Étienne de La Boétie (1530-1563) escribió con dieciocho años uno de los textos políticos más inquietantes de la historia: «Discurso sobre la servidumbre voluntaria».

La pregunta que plantea continúa siendo demoledora: ¿Por qué obedecen tantos a uno solo?

La Boétie no pensaba únicamente en los tiranos. Su reflexión iba mucho más lejos. Sostenía que ningún poder puede mantenerse únicamente mediante la fuerza. El verdadero fundamento del poder reside en el consentimiento de quienes obedecen. Las dictaduras necesitan policías. Pero las democracias pueden llegar a producir algo todavía más sutil: la obediencia interior. Cuando las personas dejan de ejercer el pensamiento crítico; cuando el deseo de pertenecer al grupo resulta más fuerte que la obligación moral de decir la verdad; cuando el silencio comienza a considerarse una virtud, la servidumbre ya no necesita imponerse. Se vuelve voluntaria.

El poder necesita críticas

Toda organización viva necesita discrepancia. En ciencia, las teorías progresan porque pueden ser refutadas. En medicina, el diagnóstico mejora porque existen segundas opiniones. En los tribunales existe la contradicción entre las partes. Incluso la Iglesia Católica creó históricamente la figura del advocatus diaboli para examinar críticamente las virtudes de quien iba a ser canonizado.

Entonces: ¿Por qué la política habría de ser diferente?

Cuando desaparece la crítica, el poder comienza a perder contacto con la realidad. No porque quienes mandan sean necesariamente incapaces, sino porque dejan de recibir información verdadera. El aplauso permanente termina deformando la percepción de los hechos. Y esa deformación suele preceder a los grandes errores.


El auténtico mal augurio

Los romanos habrían interpretado el silencio del Comité Federal como un signo inquietante. No porque un dirigente recibiera apoyo, sino porque apenas aparecieron voces dispuestas a examinar críticamente la situación. Los malos augurios no anuncian solo fatalidades inevitables. Advierten también de que alguien ha dejado de escuchar la realidad. Y cuando una organización política deja de escuchar la realidad, comienza a escuchar únicamente su propia voz. Ese es el primer paso hacia el aislamiento de consecuencias imprevisibles. 

La democracia necesita herejes

Las democracias no se fortalecen mediante la unanimidad. Se fortalecen mediante la discrepancia. Paradójicamente, quienes discrepan suelen ser los más leales a la institución. Porque intentan corregir sus errores antes de que sea demasiado tarde.

Los aduladores sostienen al líder. Los críticos sostienen la organización. La Boétie comprendió que la libertad empieza cuando alguien decide dejar de obedecer mecánicamente. No hace falta una revolución. Basta con recuperar la capacidad de decir:

—¡No estoy de acuerdo!

Quizá ese sea el verdadero augurio que nuestra política necesita recuperar. No el vuelo de las aves que observaban los romanos, sino el vuelo mucho más difícil del pensamiento libre.


La Boétie: un pensador de una actualidad que clama al cielo

Hay libros que pertenecen a su tiempo y otros que parecen escritos para el nuestro. El «Discurso de la servidumbre voluntaria», de Étienne de La Boétie, pertenece a esta segunda categoría. Han transcurrido casi cinco siglos  desde su publicación y, sin embargo, sus preguntas resultan hoy más incómodas que nunca.

La Boétie no se preguntó cómo nace un tirano. Formuló una cuestión mucho más profunda: ¿Por qué los ciudadanos aceptan voluntariamente su sometimiento? ¿Cómo es posible que un solo hombre llegue a dominar a millones? Su respuesta fue tan sencilla como revolucionaria: ningún gobernante se sostiene exclusivamente por la fuerza. El poder necesita la colaboración de quienes obedecen.

La auténtica tiranía no convierte a los ciudadanos únicamente en víctimas; con frecuencia los transforma en colaboradores involuntarios de su propia falta de libertad. El «Uno», como denomina La Boétie al gobernante, jamás podría mantenerse solo. Necesita una compleja red de fidelidades, complicidades y silencios alimentados por el interés, el miedo, la comodidad o la esperanza de obtener alguna recompensa.

Esta intuición resulta extraordinariamente vigente en las democracias contemporáneas. La servidumbre ya no adopta la forma del miedo al verdugo, sino la del conformismo, la disciplina ciega o la renuncia al pensamiento crítico. Se manifiesta en militantes incapaces de cuestionar a sus dirigentes; en responsables políticos que confunden la lealtad con la obediencia; en tertulianos que sustituyen el análisis por la propaganda; y también en ciudadanos que prefieren la indiferencia al compromiso cívico.

Los populismos de nuestro tiempo han perfeccionado este mecanismo mediante la polarización permanente. La sociedad deja de organizarse alrededor de ideas para dividirse en bandos irreconciliables. El adversario deja de ser un competidor democrático para convertirse en un enemigo moral al que debe deslegitimarse. Cuando esto ocurre, desaparece el espacio para la crítica interna, porque cualquier discrepancia es presentada como una traición.

Es precisamente en ese momento cuando reaparece la advertencia de La Boétie. Allí donde desaparece la crítica y sólo permanece la adhesión incondicional, comienza a instalarse una forma de servidumbre voluntaria que puede convivir perfectamente con instituciones democráticas.


La Boétie, sin embargo, no concluye en el pesimismo. Su propuesta sigue siendo profundamente moderna. Frente a los liderazgos abusivos, reivindica una sociedad sustentada en la fraternidad, la igualdad y la solidaridad entre ciudadanos libres. Sólo allí donde los individuos conservan su independencia de juicio puede sobrevivir una democracia auténtica.

Por eso su obra no es únicamente un tratado político del Renacimiento. Es un espejo en el que nuestra época debería contemplarse con humildad. Porque la pregunta que formuló hace cuatro siglos y medio continúa esperando una respuesta: ¿Quién sostiene realmente al poder: quien manda o quienes renuncian a pensar por sí mismos?

Y esa es la razón por la que La servidumbre voluntaria no sólo conserva actualidad. Conserva una actualidad que, literalmente, clama al cielo.


Autor de Ideas







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