EL QUIJOTE: UN TRATADO DE SABIDURÍA Y ERUDICIÓN
El Quijote ha sido leído durante siglos como una sátira
genial de los libros de caballerías. También, cada generación ha descubierto en
El Quijote significados nuevos. Algunos han visto en él una crítica
social, otros una reflexión sobre la libertad, la identidad o la imaginación
humana. Pocos, sin embargo, como un tratado de sabiduría y erudición.
Miguel de Unamuno, en Sobre la lectura e interpretación del
Quijote, de 1905, escribió la siguiente provocadora reflexión:
«No cabe duda de que Cervantes es un caso típico
de un escritor enormemente inferior a su obra, a su Quijote. Don Quijote es
inmensamente superior a Cervantes. Y es que, en rigor, no puede decirse que Don
Quijote fuese hijo de Cervantes, pues si este fuese su padre, fue su madre el
pueblo en que vivió y de que vivió Cervantes, y Don Quijote tiene mucho más de
su madre que de su padre».
Para entender bien esta radical reflexión de
Unamuno conviene situarnos en el horizonte intelectual desde el que fue
concebida. Unamuno no se aproxima a Don Quijote de la Mancha como a una simple
obra literaria, sino como a una manifestación viva del alma colectiva, un fruto
que trasciende a su propio autor. En su mirada, Miguel de Cervantes no es tanto
el creador absoluto como el cauce a través del cual una sabiduría más amplia
—histórica, popular y casi intemporal— toma forma. Es, a mi juicio, una invitación
a replantearnos la naturaleza misma de la autoría y a considerar que ciertas
obras, como El Quijote, pertenecen más al espíritu de un pueblo que a la
pluma de un individuo.
Por lo tanto, desde esta perspectiva, la obra
podría interpretarse, además de como excelsa creación literaria, como un
compendio de sabiduría y erudición.
Diversos estudiosos de la talla de Martín de
Riquer, Américo Castro o Francisco Rico han señalado que El
Quijote es una enciclopedia de la cultura universal de su tiempo, y que el
número de referencias culturales a los clásicos rebasa el millar.
Concretamente, el doctor en filología y profesor universitario, Antonio
Barnés Vázquez, en su obra Yo he leído en Virgilio. La tradición clásica
del Quijote ha descubierto nada menos que 1.274 referencias a autores
clásicos, griegos y latinos, desglosados en 531 en la Primera Parte y 743 en la
Segunda Parte.
Además, la riqueza léxica que contiene es
extraordinaria. Aunque el número exacto de vocablos diferentes depende del
método de recuento (qué edición se usa, si se normalizan variantes ortográficas
del siglo XVII, si se agrupan formas verbales…) la cifra aceptada de entre 20.000
y 22.000 vocablos distintos impresiona. También las 380.000 a 400.000
palabras (tokens totales). Supera con creces la de la mayoría de las obras
narrativas modernas y refleja tanto la amplitud cultural de la época como la
capacidad expresiva del texto.
Desde un punto de vista filológico, esto es
revelador: no estamos ante una acumulación caótica de palabras, sino ante un
universo lingüístico coherente, donde cada término encuentra su lugar en una
red de significados. Por lo tanto, El Quijote, considerado en su
totalidad, no solo exhibe abundancia léxica, sino una estructura verbal
organizada y fértil, más propia de un pensamiento sistemático —de tratado— que
de una narración improvisada o meramente recreativa. Estamos ante un texto que,
por extensión, riqueza y articulación interna, se aproxima más a un corpus de
pensamiento que a una simple narración lineal. Estamos, a mi juicio, ante un
tratado.
La diferencia entre tratado y obra no es
meramente terminológica, sino de intención, estructura y alcance. Una obra es
cualquier creación intelectual o artística. Un tratado, en cambio, es una obra
de carácter sistemático y deliberadamente didáctico. Su finalidad principal es
exponer, desarrollar y, en muchos casos, demostrar un conjunto de ideas sobre
una materia concreta. Busca orden, coherencia interna y profundidad conceptual.
Un tratado pretende enseñar algo de manera estructurada: no solo emocionar o sugerir,
sino esclarecer.
La clave está en que todo tratado es una obra,
pero no toda obra es un tratado. Hay obras literarias que, sin declararse
tratados, pueden ser leídas como tales. El Quijote constituye un claro
ejemplo. Un importantísimo detalle que no pasó desapercibido para pensadores de
la talla de Miguel de Unamuno al comprender que, bajo la apariencia de novela, late
un auténtico tratado sobre la condición humana, la locura, la fe, la realidad y
el sentido de la vida.

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