EL MUNDO DESPUÉS DEL 3 DE ENERO
La Historia no siempre avanza mediante grandes
declaraciones formales o tratados solemnes. A veces lo hace a través de
acontecimientos concretos que, con el paso del tiempo, se revelan como puntos
de inflexión. Ocurrió en 1945 con Yalta, cuando se repartió el mundo surgido de
la Segunda Guerra Mundial; ocurrió en 1989 con la caída del Muro de Berlín;
ocurrió en 1991 con la disolución de la Unión Soviética; y ocurrió también el
11 de septiembre de 2001, cuando el terrorismo global obligó a redefinir la seguridad
internacional. El 3 de enero, a mi juicio, se inscribe en esa misma lógica
histórica: la de las fechas que marcan un antes y un después.
Desde algunas perspectivas se ha querido reducir
la llamada “operación Maduro” a una explicación tan simple como
tranquilizadora: no es una guerra, es un negocio; el petróleo. Una tesis
cómoda, casi infantil, que ignora la complejidad del momento histórico que
atravesamos. Si algo nos enseña la Historia es que los grandes movimientos
geopolíticos rara vez obedecen a una sola causa, y casi nunca a una causa
meramente económica.
Donald Trump —con independencia del juicio que
merezca su figura— no monta una operación de esta envergadura para quedarse con
un crudo pesado, de mala calidad, costoso de extraer y que exige inversiones
colosales para su refinado. Pensar que todo se reduce a eso es no haber
aprendido nada de cómo se configuró el orden de posguerra, ni de cómo se
gestionó el final de la Guerra Fría.
La clave no está en la apropiación del petróleo,
sino en el control estratégico de su gestión. Primero, para revertir las
expropiaciones y expulsiones impulsadas por Hugo Chávez contra las empresas
estadounidenses concesionarias, una anomalía que nunca fue aceptada plenamente
por Washington. Segundo, porque el petróleo venezolano ha sido durante décadas
un pilar fundamental de la economía cubana; privar a La Habana de ese
suministro equivale a asfixiar al último gran vestigio del comunismo clásico en
el hemisferio occidental. Y tercero, porque Venezuela se había convertido en
una pieza clave del despliegue de China y Rusia en América Latina, alterando el
equilibrio geopolítico regional heredado del final de la Guerra Fría.
“La operación Maduro”, por tanto, no es un
episodio aislado, sino el primer gran movimiento visible de un cambio
profundo en el Orden Mundial surgido tras 1991. Un orden que ya venía
erosionándose desde la crisis financiera de 2008, desde el agotamiento del
sistema de Bretton Woods y desde la incapacidad de las instituciones
multilaterales para gestionar conflictos reales.
Los efectos inmediatos se perciben en la región.
América Latina entra en una fase de redefinición en la que los regímenes de
inspiración comunista o populista quedan bajo una presión inédita. Cuba pierde
su principal sostén externo; Colombia y México, cada uno a su manera, reciben
el mensaje de que el tiempo de la ambigüedad ideológica se ha terminado. Como
ocurrió tras la Doctrina Truman, la señal no va dirigida a un solo país, sino a
todo un bloque.
Pero el alcance es global. La ONU, concebida
como heredera del orden de 1945, no desaparecerá, pero se irá vaciando
de contenido, incapaz de arbitrar un mundo que ya no cree en consensos
universales ficticios. Europa, que durante décadas ha vivido bajo la ilusión de
una soberanía delegada, se verá obligada a emanciparse y reinventarse,
como no lo ha hecho desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
España tampoco quedará al margen. Como uno de los últimos bastiones del
globalismo político en Europa, con un gobierno alineado con esa visión, se verá
forzada —antes o después— a abrirse a corrientes de tinte patriótico,
entendidas no como repliegue, sino como recuperación de la soberanía política y
estratégica.
Mi percepción, naturalmente, es discutible. La
Historia siempre lo es mientras se escribe. Pero hay algo en lo que empieza a
vislumbrarse un consenso transversal, incluso entre quienes discrepan en todo
lo demás: el mundo después del 3 de enero ya no volverá a ser el mismo.
Y como en Yalta, como en 1989, como en 2001, quienes no comprendan a tiempo el
cambio pagarán el precio de llegar tarde a la nueva realidad.
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Tu análisis me parece acertado. Avalado por tu experiencia como observador y estudioso de la realidad.
ResponderEliminarBuen análisis José. En mi opinión se está anteponiendo la apropiación ilegal de los recursos naturales al derecho internacional y con ello se están dando los mismos pasos que nos llevaron a la primera guerra mundial.
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