FRANCISCO TOMÁS Y VALIENTE: EL CENTINELA DE LA RAZÓN Y LA LIBERTAD
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A tres décadas del crimen que conmocionó a la universidad
española, la figura de Francisco Tomás y Valiente—el jurista que
entendió la Constitución como un pacto vivo y la palabra como un deber
ineludible— emerge no solo como el recuerdo de un jurista brillante, sino como
la brújula moral necesaria para tiempos de ruido. Recordamos al hombre
que hizo de la serenidad su mayor fortaleza y de la palabra razonada el único
escudo posible frente a la sinrazón. Una reflexión necesaria sobre un gigante
de nuestra convivencia y por qué su voz, silenciada un 14 de febrero, resuena
hoy con más fuerza que nunca.
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El 14 de febrero de 1996, la historia de la democracia española quedó marcada por el eco seco de tres disparos a bocajarro. En su despacho de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid, Francisco Tomás y Valiente—eminente jurista, catedrático, presidente del Tribunal Constitucional y consejero permanente del Consejo de Estado— fue asesinado por la banda terrorista ETA. Treinta años después, su figura no la recordamos por el modo en que murió, sino por la integridad con que vivió y pensó.

Un intelectual comprometido
Tomás y Valiente fue un jurista de reconocido prestigio, un gran mentor de la convivencia y un intelectual comprometido. No se quedó en la teoría de los libros; llevó el derecho a la calle para asegurar que la convivencia fuera real y protegida por la ley. Dijo:
«Cada vez que se mata a un hombre, de alguna manera se mata a la humanidad».
FRANCISCO TOMÁS Y VALIENTE
Como presidente del Tribunal Constitucional entre 1986 y 1992, desempeñó un papel decisivo en la consolidación del Estado de Derecho en una España que aún aprendía a caminar en libertad. Su magisterio se asentó sobre tres pilares que hoy siguen siendo lecciones de sabiduría atemporal:
La supremacía de la Constitución. Concibió la Constitución no como un texto inerte, sino como un pacto democrático vibrante que actúa como el escudo universal de los derechos ciudadanos, garantizando la igualdad de todos conforme a la ley.
La independencia judicial. Defendió una justicia técnica y autónoma, capaz de permanecer impermeable a los vaivenes políticos y fiel únicamente al mandato constitucional.
El valor del diálogo. Frente a la crispación, su respuesta fue siempre el diálogo académico y jurídico. Entendía que la palabra razonada no solo es una herramienta política, sino el escudo fundamental de cualquier democracia frente a la barbarie.
Frente al ruido de la confrontación, opuso la serenidad como forma de resistencia. Su pensamiento no era una herramienta de choque, sino una arquitectura de principios sólidos que demostró que la moderación es, en realidad, la mayor muestra de fortaleza.

El eco de la concordia en Cantoblanco
Elegí deliberadamente para mi libro EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: Conversaciones para nuestro tiempo la siguiente cita memorable de Francisco Tomás y Valiente: admirado jurista y baluarte de la concordia durante la Transición española. No fue una elección casual ni meramente académica; fue un acto de coherencia intelectual y también de gratitud moral. En su pensamiento encontré no sólo rigor jurídico, sino una pedagogía cívica capaz de iluminar nuestro presente.
«La Transición fue una sinfonía coral sin partitura que se interpretó en un concierto sin espectadores, porque nadie se quedó fuera del escenario, sino que cada cual, o tocaba un instrumento, o coreaba con su voz aquello de Libertad».
FRANCISCO TOMÁS Y VALIENTE
Tomás y Valiente comprendió como pocos que la Transición no fue simplemente un acuerdo político, sino un ejercicio colectivo de responsabilidad histórica. Su voz, siempre templada y alejada de estridencias, supo interpretar aquel momento fundacional como una obra coral en la que la generosidad pesó más que el resentimiento y el diálogo prevaleció sobre la imposición. Por eso quise que su reflexión abriera este libro ya que, a mi juicio, sintetiza perfectamente la esencia de un tiempo en el que la palabra fue puente y la ley, horizonte compartido.
Al incorporar su cita, buscaba también rendir homenaje a una forma de entender el Derecho como servicio público y la discrepancia como riqueza democrática. En su magisterio hay una lección que trasciende generaciones: la concordia no es fruto de la ingenuidad, sino de la madurez; no nace de la debilidad, sino de la fortaleza ética de quienes anteponen el bien común a la victoria partidista.
Aquella frase no solo contextualiza una época, sino que interpela la nuestra. Es memoria viva y, al mismo tiempo, invitación a recuperar el espíritu de entendimiento que hizo posible que España aprendiera, tras décadas de fractura, a convivir en libertad.

Para profundizar en esta sinfonía coral y en la imponente figura de Tomás y Valiente, tuve ocasión de dialogar con Ana Caro Muñoz: jurista de dilatada trayectoria, miembro de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio y coordinadora de programas de la Universidad Autónoma de Madrid.
Ella me propuso un escenario de hondo simbolismo: la calle que honra su nombre en el campus de Cantoblanco. Aquel encuentro, que recogería en la obra citada bajo el título «Desde el Templo de la Inteligencia», se despojó de lo académico para adquirir una dimensión moral que trascendía la palabra: era un acto de memoria viva en el lugar donde la razón fue desafiada por la sinrazón.
Recorrer este campus —referente de sostenibilidad en Europa y abrazado por un entorno natural protegido— es cruzar el umbral de lo que Unamuno consagró como el «Templo de la Inteligencia«. Allí, frente a la sobriedad del conjunto escultórico In Memoriam, la conversación con Ana Caro se despojó de lo cotidiano; la reflexión se tornó casi litúrgica, como si el silencio del paisaje custodiara la herencia ética de Tomás y Valiente.
Sentados frente a la efigie del profesor y maestro, Ana me confesó que conversar en aquel lugar era “un regalo para la conciencia”. El monumento, compuesto por tres piezas de hierro fundido, no es solo una obra artística: es un manifiesto ético.
Sus inscripciones son llamadas de atención para nuestro presente:

A la derecha:
«Tal vez la tolerancia de nuestro tiempo haya de ser entendida como el respeto entre hombres igualmente libres».
A la izquierda:
«La vida y el prestigio de las instituciones depende tanto de lo que ellas hacen como de lo que hacen con ellas».
Un legado que nos interpela
Como señaló el prestigioso jurista Antonio Fernández de Buján en los días amargos que siguieron al crimen, Tomás y Valiente encarnó virtudes que hoy se perciben como un bien escaso: lucidez, tolerancia, compromiso vital y una decencia insobornable.
Su legado trasciende el código y la norma; fue, en la extensión más noble de la palabra, un hombre de paz. Supo entender, y así nos lo legó, que la legitimidad de la discrepancia no es un obstáculo para la convivencia, sino el latido mismo que mantiene vivo el corazón de la democracia.
Su asesinato prendió la mecha de una respuesta social sin precedentes que desbordó las aulas. Miles de estudiantes ganaron las calles alzando las palmas teñidas de blanco; un gesto de una pureza estremecedora que se erigió en el símbolo universal de la resistencia pacífica frente a la barbarie. Aquella mañana, el silencio de las manos alzadas habló más alto que cualquier explosión, marcando el inicio del fin del miedo.

Su pensamiento podría condensarse en una convicción que, décadas después, sigue interpelando nuestra conciencia:
«Hablar es un derecho, pero también un deber cuando la palabra es la única arma legítima».
Fue su última lección de cátedra: en «El Templo de la Inteligencia», callar ante la injusticia es abdicar; la palabra razonada es el único refugio digno frente a la sinrazón.
El reconocimiento de la Corona: De alumno a Rey
En el marco del 30º aniversario de su asesinato (13 de febrero de 2026), los Reyes, don Felipe VI y doña Letizia, regresaron a la Universidad Autónoma de Madrid para rendir tributo al jurista. Este acto fue, además de un protocolo de Estado, un reencuentro personal: el Rey, que fue alumno de Tomás y Valiente en la asignatura de Historia del Derecho, recordó con emoción a quien fuera su profesor y maestro.

Especialmente memorables fueron estos cuatro momentos:
La memoria como deber cívico: En su discurso, Felipe VI subrayó que la memoria no es revancha ni agravio, sino un «deber cívico» y una lección que las nuevas generaciones deben aprender para poder convivir.
Un legado de «talla humana»: El monarca glosó la figura del jurista destacando su «talla de hombre de leyes y de servidor público», confesando que escucharle en las aulas de la UAM le hacía sentir «pequeño», no por altura, sino por la magnitud del saber de su maestro.
El reencuentro visual: Durante la visita a la exposición “In Memoriam Tomás y Valiente. 1996-2026”, se vivió un momento de gran carga simbólica cuando el Rey se detuvo ante una fotografía icónica de sus propios años universitarios en el campus, donde aparece como un estudiante más atendiendo a las lecciones del profesor.
Ofrenda floral: El homenaje concluyó con una ofrenda floral y un minuto de silencio junto a los hijos del jurista (Francisco, Ana y Carmen), reafirmando que, tres décadas después, el compromiso de las instituciones con su memoria permanece intacto.

¿Qué nos enseña hoy el profesor y maestro?
En un clima político frecuentemente dominado por la polarización y el ruido, la figura de Tomás y Valiente nos invita a recuperar la templanza. Su vida demuestra que la sabiduría no consiste en imponer una verdad, sino en construir un espacio donde las verdades legítimas puedan convivir bajo el amparo de la ley.

Jurista, Mentor, Hombre de Paz.
Murió con un libro entre las manos. Ese detalle —profundamente simbólico— resume su existencia: un hombre que creyó en la razón hasta el final, que confió en la palabra como herramienta de concordia y que entendió la ley no como arma arrojadiza, sino como puente entre ciudadanos libres.
En tiempos donde la crispación parece imponerse al diálogo y la inmediatez desplaza a la reflexión, la figura de Francisco Tomás y Valiente se alza como una conciencia serena. Nos recuerda que la democracia no se sostiene solo en normas escritas, sino en hábitos morales: respeto, mesura, valentía cívica.
Quizá su legado pueda condensarse en una convicción serena que atraviesa toda su vida: que la libertad no se grita, se construye; que la justicia no se improvisa, se cultiva; y que la concordia no es un signo de debilidad, sino la expresión más alta de la fortaleza humana.

Como reconoció el Rey Felipe VI al recordar a su maestro, la memoria es un deber cívico. Por ello, hoy, al evocar su figura, bien podríamos hacer nuestra esta reflexión:
Que la verdadera maestría de Tomás y Valiente no terminó en el aula, sino que perdura en cada ciudadano que decide convertir la convivencia en su norma suprema.
En fin, Francisco Tomás y Valiente no es solo un nombre inscrito en una placa o en una calle universitaria; es el recordatorio de que la libertad se defiende con argumentos y que la civilización debe prevalecer siempre sobre la fuerza. Porque mientras haya quienes crean en la fuerza civilizadora del Derecho, mientras haya ciudadanos dispuestos a sustituir el odio por la palabra, la vida de Francisco Tomás y Valiente seguirá siendo una luz encendida en el templo de la inteligencia, de la razón y de la libertad.



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