DONALD TRUMP: ¿ÁNGEL O DIABLO?




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Trump no es un ángel ni un diablo, sino el síntoma y catalizador del fin del orden liberal nacido en 1945; más que un hombre, es el símbolo de un cambio de era: el paso del idealismo globalista a un mundo soberanista, transaccional y multipolar.


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Debo confesarles que este artículo nace de una necesidad personal: explicar a mi entorno más cercano por qué mi relación con el personaje Donald Trump” es radicalmente distinta a la que proyectan la mayoría de los medios de comunicación españoles —y europeos— y, en consecuencia, buena parte de la sociedad.

En más de una conversación, en tono entre provocador y didáctico, me he definido como “trumpista de reconocido prestigio”. Y ello, no por militancia política sino por una convicción más profunda: Donald Trump es, probablemente, el ejemplo contemporáneo más claro de manipulación y construcción mediática de un personaje político.

Pero la cuestión de fondo no es Trump.  La cuestión es lo que su figura revela sobre nuestro tiempo. Cuando una figura política deja de ser un nombre propio y se convierte en adjetivo, estamos ante algo más grande que un dirigente: estamos ante un símbolo de época.

El hombre de los mil adjetivos

Pocas figuras públicas han sido descritas con tal abundancia de calificativos. Gran parte de los medios generalistas y las cadenas de televisión suelen emplear términos que ponen el foco en su estilo político y retórica, con los calificativos de: Populista: utilizado para definir su estrategia de comunicación y su relación con las masas; Imprevisible / Errático: para describir su política exterior y sus cambios de opinión o de gabinete; Xenófobo / Racista: utilizado  cuando los medios analizan sus políticas migratorias o comentarios sobre minorías); Narcisista / Egocéntrico: utilizados con frecuencia en columnas de opinión para analizar su personalidad y su necesidad de protagonismo; Negacionista: muy habitual en el contexto del cambio climático o, anteriormente, con respecto a los resultados electorales de 2020; Histriónico: para referirse a su puesta en escena en mítines y apariciones públicas.

Los medios con líneas editoriales de tinte conservador suelen alternar la crítica con términos que reconocen su fuerza política o su carácter disruptivo, con calificativos de: Disruptivo: para describir su capacidad de romper con el establishment y las normas diplomáticas tradicionales; Pragmático: utilizado a veces para referirse a sus decisiones económicas o acuerdos comerciales ("America First"); Controvertido / Polémico: adjetivos comodín que permiten describir su figura sin entrar necesariamente en una valoración negativa directa; Líder fuerte: Un término que suele aparecer para explicar su capacidad de mantener una base de votantes extremadamente leal.

Más allá de los adjetivos simples, la prensa española utiliza términos compuestos para definir el fenómeno: Trumpista: utilizado tanto para sus seguidores como para las políticas que imitan su estilo; Fake news (Noticias falsas): aunque es un término inglés, la prensa española lo ha adoptado casi como un adjetivo calificativo de su relación con la verdad; Polarizador: para describir el efecto que su figura tiene tanto en la sociedad estadounidense como en la política global. 

En fin, la evolución del lenguaje en la prensa española sobre el “personaje Donald Trump” ha pasado de la estupefacción y el humor en 2016 a una sensación de normalización institucional y, finalmente, a una visión de inevitabilidad y control en 2025. Veamos.

La evolución del relato mediático

El lenguaje de la prensa española sobre Trump ha recorrido el siguiente camino:

2016: El outsider extravagante

Se le trataba como un accidente del sistema.  Era el magnate inmobiliario, no el político. Adjetivos como pintoresco, grotesco, intruso dominaban la escena.  Su presidencia se veía como un “incendio” pasajero. Trump era un espectáculo.

2020–2021: El líder peligroso

Tras cuatro años de gobierno y el asalto al Capitolio, el tono cambió drásticamente. Aparecieron palabras como: insurreccional, tóxico, autoritario, amenaza para Occidente. Dejó de ser una excentricidad para convertirse en un riesgo sistémico. Trump pasó de caricatura a peligro.

2024–2025: El regreso del poder

Con su vuelta al centro del poder, el lenguaje se ha vuelto más pragmático y resignado: imbatible, hegemónico, mesiánico, revanchista. Ya no es el novato caótico, sino un dirigente con experiencia, rodeado de equipos más leales y disciplinados. El tono ya no es burla ni sorpresa: es reconocimiento de poder. Trump ha pasado de anomalía a estructura.

El “post-trumpismo”

La señal más clara del cambio es esta: “trumpista” ya no se aplica sólo a Estados Unidos. En España, el término se usa para etiquetar principalmente a líderes de VOX y a actitudes políticas concretas. Trump ha pasado de ser un actor externo a convertirse en una referencia política interna, algo que solo sucede cuando una figura refleja corrientes históricas profundas que atraviesan sociedades distintas.

¿Ángel o diablo? Trump y el ocaso del idealismo occidental

El debate moral —si es bueno o malo, ángel o diablo— es, en el fondo, superficial.  Trump no es una causa aislada: es, a mi juicio,  un síntoma y un catalizador. Simboliza el final de un orden mundial que nació en 1945. 

La irrupción de Donald Trump en la escena global no debe entenderse como un mero accidente electoral, sino como la manifestación política de una mutación profunda en la estructura del poder mundial. Su figura simboliza la transición desde el orden liberal surgido tras 1945 hacia un entorno internacional más cercano al realismo clásico, donde la diplomacia se orienta menos por marcos normativos universales y más por cálculos de interés, equilibrio de poder y negociación entre Estados.

La fractura interna: Una guerra de cosmovisiones

Pero Trump no solo refleja cambios en el equilibrio internacional; también pone de manifiesto una fractura profunda dentro de las propias sociedades occidentales. Su ascenso evidencia la coexistencia de visiones divergentes sobre economía, identidad, globalización y autoridad política, que estructuran el debate público en líneas de tensión cada vez más visibles.

A mí me parece que no estamos ante una simple disputa ideológica entre izquierda y derecha, sino ante la competencia entre dos enfoques distintos sobre cómo debe organizarse el sistema internacional en el siglo XXI. Trump encarna una visión que prioriza la soberanía nacional, la autonomía estratégica y la negociación bilateral, frente a los esquemas multilaterales que dominaron la posguerra. En este marco, el orden liberal surgido en 1945 no desaparece, pero sí pierde centralidad, dando paso a un entorno más transaccional, donde los Estados actúan principalmente en función de intereses nacionales definidos en términos de seguridad, economía y equilibrio de poder.

¿Hacia dónde vamos? El síntoma de un nuevo mundo

El significado histórico de Donald Trump trasciende su figura política; apunta directamente a la arquitectura de un mundo nuevo. Estamos asistiendo al nacimiento de un orden más multipolar y fragmentado, donde las reglas compartidas que rigieron el último siglo se desvanecen. La pregunta ya no es qué pensamos de Trump, sino qué somos nosotros cuando el poder que nos sostuvo durante décadas deja de sentirse responsable de nuestro destino.

En mis debates sobre la figura de Trump suelo insistir en que no conviene interpretarlo en términos morales simplificados. Más que como una figura a juzgar en categorías éticas, resulta más útil entenderlo como un indicador de transformaciones estructurales. Su irrupción refleja el desgaste de un modelo que durante décadas pareció estable, así como el malestar de sectores sociales que perciben haber quedado al margen de los beneficios de la globalización. También señala la transición hacia un entorno internacional menos normativo y más orientado al cálculo estratégico. Mientras buena parte del debate mediático se concentra en su personalidad, su relevancia histórica radica, sobre todo, en que simboliza el final de una etapa de hegemonía relativamente incuestionada y la entrada en un escenario más plural en términos de poder.

Los medios de comunicación y los analistas políticos nos presentan diariamente a Trump como un factor de incertidumbre y desestabilización.  Sin embargo, yo creo que en esta incertidumbre yace también nuestra mayor fortaleza. El devenir histórico no es una caída al abismo, sino un cambio de piel necesario. Estamos dejando atrás la tutela de la posguerra para entrar en una mayoría de edad geopolítica.

Este nuevo orden nos obliga a despertar, a redescubrir nuestra propia soberanía y a forjar una identidad europea basada en la autonomía, no en la dependencia. Lo que viene es inevitable, pero no tiene por qué ser oscuro; es el pulso de la historia moviéndose de nuevo. Es el momento de dejar de mirarnos al espejo con temor y empezar a escribir, con voz propia, el siguiente capítulo de nuestra historia. La vieja guardia se retira para que una Europa más consciente, resiliente y valiente pueda, por fin, tomar las riendas de su propio destino.

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Comentarios

  1. Estimado José Antonio, con lo que estás viendo con su proceder, ¿aún te haces esta pregunta?

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