EL ESPÍRTU DE LA TRANSICIÓN: La «Generación del Consenso»
LA «GENERACIÓN
DEL CONSENSO»
Mi nuevo
conversador, Alejandro Tabernero Santiago, es un hombre de mundo, es decir,
viajado, cosmopolita, interesante y con un gran bagaje cultural. En El Quijote leemos: «El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho». Así que, ya
pueden irse imaginando con quién me voy a jugar los cuartos durante este nuevo
episodio de EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN.
Alejandro
Tabernero se define a sí mismo como hijo de un padre salmantino y una madre
vallisoletana, por lo tanto, castellano viejo. Pero les ruego que no caigan en
este punto en apriorismos llegando a la misma conclusión que Fígaro, el
narrador en la obra de Mariano José de Larra, El castellano viejo, de que aquella casta conocida como castellanos
viejos estaba integrada por personas que no respetaban al prójimo; tampoco en
el sentido antiguo de carecer de ascendencia judía, ni en el moderno de haber
nacido en Castilla y tener muchos años. Quédense, pues, con que ha nacido en
una de las antiguas regiones en que se subdividía España antes del régimen
autonómico actual, condicionándolo a ser y actuar de un determinado modo en el
mundo.
Su padre,
como consecuencia de la durísima posguerra que determinó la migración
castellano-leonesa hacia países como Argentina, Venezuela, Francia, Alemania y
Suiza, así como a ciertas zonas periféricas del Estado y a Madrid, siguió esta
oleada migratoria en busca en un futuro prometedor. Esto hizo que mi
conversador naciera en Madrid. Un Madrid de los 60, en pleno desarrollismo. Y
es que, con el “Plan de Estabilización” de 1959, creado con el propósito de
normalizar la economía española, sometida desde el final de la guerra civil a
una política económica férreamente autárquica y malthusiana —producción sólo
nacional para un mercado exclusivamente interior—, España se sube al barco de
la ortodoxia financiera, monetaria y comercial del mundo occidental.
Estudió con
curas —los agustinos—, al lado del campo de fútbol del Santiago Bernabéu antes
de ser instalada la cubierta, lo que le permitió disfrutar gratuitamente de
algunos partidos del Madrid y sus gestas. Sigue recordando el “Anima una et cor
unum in Deum” (Un solo corazón y una sola alma en Dios), el lema de esta Orden
Religiosa, la práctica deportiva —eran cantera de baloncesto del Real Madrid— y
reconoce que tuvo una infancia feliz.
Su primera
toma de contacto con la Transición se remonta al 20 de diciembre de 1973, con
la llamada “Operación Ogro”, un atentado —ahora calificado como crimen de lesa
humanidad por el Parlamento Europeo— perpetrado por la organización terrorista
Euskadi Ta Askatasuna (ETA) contra Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno
español durante la dictadura franquista.
Aquel
atentado —el mayor ataque contra el régimen franquista desde el final de la
Guerra Civil en 1939— lo relaciona con el recuerdo de que se encontraba en el
colegio, que a mitad de la mañana empiezan a aparecer padres que se llevaban a
sus hijos a sus casas, que había miedo y confusión, y que hasta la noche no se
supo realmente qué es lo que había ocurrido. Así que la primera impresión que tuvo
sobre la Transición fue la de que estaba en el colegio a la edad de 12 años y
le mandaron para casa.
Con la
adolescencia, el bachillerato y luego en la universidad empezó a darse cuenta
de que hay otras formas de pensar y de entender el mundo.
La calle —vivió
en el barrio de Chamberí— le hizo tomar una conciencia política de cambio, al
observar desde la terraza de su casa cómo corrían “los grises” detrás de los
manifestantes universitarios. Más tarde, con la madurez y la reflexión, ha
comprendido que la universidad ha sido uno de los lugares más contestatarios
con el Estado e implicado en la protesta social, algo que evidentemente
conllevaba la represión policial; que, efectivamente, los estudiantes fueron,
con su actitud crítica, una de las puntas de lanza de la oposición al régimen
franquista; y que fue en la Universidad Complutense de Madrid —Universidad
Central por aquella época— donde se fraguaron los movimientos de lucha más
contundentes contra el régimen de Franco.
La muerte de
Franco —el 20 de noviembre de 1975— le pilló con 14 años. Recuerda
perfectamente que se encontraba en casa. También que durante ese mes no se
hablaba de otra cosa que del estado de máxima gravedad del general Franco. Fue
el mes de “los partes”. Unos partes médicos ilustrados con las fotos de las
visitas de personajes destacados como la de los príncipes, don Juan Carlos y
doña Sofía, Manuel Fraga o el presidente del Gobierno Carlos Arias Navarro. En
fin, el recuerdo adolescente de un Franco que agonizaba, al mismo tiempo que su
régimen.
Con el cambio
de Régimen llegaron otros muchos cambios en todos los órdenes de la vida. Él
los observó especialmente en el campo de la música. Aunque en 1966 el Ministro
de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, trajo aires liberalizadores al
país, con la Ley de Prensa e Imprenta, más conocida como “Ley Fraga”, los
centinelas musicales habían sido implacables y asombrosamente activos. Y, así,
por ejemplo, en 1972 la censura obligó a los Rolling Stones a elaborar una
portada alternativa para su elepé “Sticky fingers” (Dedos pegajosos); e,
incluso, en 1973, exigieron que se cambiara la letra de “Black licorice”, una
historia de amor interracial de Grand Funk Railroad.
Y es que no
se libraba nadie, ni siquiera el grupo modélico de Los Brincos, a los que se les censuraron dos portadas porque
estaban desnudos de cintura para arriba.
Los
adolescentes y jóvenes como Alejandro Tabernero empezaron a ver cosas muy
modernas con este cambio de régimen. Tendencias y gustos musicales procedentes
de Europa y América como el punk, la música disco, el pop personal, el heavy
metal, el rock latino, el reggae, el rock urbano, el tecno pop, el glam rock o
el rock sinfónico.
Por aquellas
épocas “estar en la honda” era escuchar un disco de “Trust”, un grupo musical
de hard rock originario de Francia, formado en el año 1977, con un estilo los
llevó a ser llamados los AC/DC franceses; y, por supuesto, Pink Floyd, la
famosa banda de rock británica, ícono cultural del siglo XX y una de las más
influyentes y exitosas de la historia de la música popular, entresacada del
circuito “underground” gracias a su música psicodélica y espacial. Para todos
ellos, en fin, “The Beatles” ya eran más viejos que las maracas de Machín.
Considera que
la Transición política española es un periodo vertiginoso de la Historia de
España comprendido entre el 20 de diciembre de 1973 —atentado del Almirante
Carrero Blanco— y el 28 de octubre de 1982 —histórica victoria electoral del
PSOE—.
Durante este
periodo aprendió a limpiar los discos de vinilo para que no hicieran el “cric,
cric, cric”; a reunirse con sus amigos para escuchar canciones superlargas de
grupos “underground”; a viajar a Irlanda para perfeccionar el inglés,
comprendiendo que existen otros modos de ser y estar en el mundo; a intuir que
existe el peligroso mundo alternativo de las drogas; a descubrir el sexo e
interesarse por la política.
Durante el
golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 se encontraba estudiando un examen de
Teoría Económica, con la radio puesta. Es que, como todos recordamos,
Televisión Española había decidido grabar el Pleno con el fin de ofrecer
después un resumen en el Telediario. Era una tarde de lo más normal, todo
estaba previsto y el candidato, Leopoldo Calvo-Sotelo, iba a ser investido
presidente del Gobierno.
Mi
conversador, Alejandro Tabernero, como cualquier ciudadano de a pie, no podía
presagiar el inaudito acontecimiento histórico que se estaba gestando en el
Congreso de los Diputados esa histórica tarde. Pero, tras una sucesión
interminable de nombres, algo llamó poderosamente su atención minutos antes de
las 18:30 horas, al llegar el turno de votación del diputado soriano Manuel
Núñez Encabo.
Tras unos
extraños disparos y la interrupción de esta votación, comprende que la radio
vive momentos de tensión e incertidumbre, dando paso a la música y la
publicidad. Por la radio se enteró de que se trataba de un golpe de Estado
perpetrado por mandos militares dirigidos por el teniente coronel Antonio
Tejero, que había irrumpido pistola en mano en el hemiciclo del Congreso de los
Diputados; que el vicepresidente del Gobierno, el general Gutiérrez Mellado,
había sido zarandeado; que Fraga se había levantado pidiendo a gritos la
liberación de los diputados, y que no se habían producido muertos tras el
asalto.
Hoy, habiendo
iniciado ya la cota 60 de la montaña de su vida, formado en químicas y
económicas, y con más de 30 años de experiencia profesional en una
multinacional petroquímica, permitiéndole viajar por el mundo y extraer la
quintaesencia de la vida del que anda y lee mucho, desea compartir sus
impresiones conmigo sobre el llamado ESPÍRITU
DE LA TRANSICIÓN. Y qué mejor que hacerlo en Ávila, la ciudad de Adolfo
Suárez, una de las principales encarnaciones de este espíritu.
—¿Puedo darle
un abrazo y hacerme una foto con él? —me pregunta, una vez situado junto a la
estatua de Adolfo Suárez—.
—Esto debes
preguntárselo a él directamente —le respondo irónicamente—. No creo que tenga
inconveniente. Es más, observo que se ha adelantado a tus deseos y ya te lo
está dando él a ti. ¿Quieres que te haga una foto de recuerdo como la que se
hacen la mayoría de los turistas?
—¡Claro! Será
para mí un grato recuerdo.
—Esta estatua
de bronce —le explico— levantada a pie de calle en su honor en el año 2015, en
la plaza que lleva su nombre, un año después de su fallecimiento, es de tamaño
natural de sus años de presidente del Gobierno. Como puedes comprobar no está
colocada en un pedestal.
—Es verdad
—me responde— Y mira que hay personajes sobre pedestales e, incluso, sobre
caballos con menos méritos que él y, ahí los tienes, mirándonos con ostentación
y desde las alturas.
—Es que lo
que se ha pretendido es mostrarle como lo que fue y lo recuerdan los abulenses
que le llegaron a conocer personalmente o le vieron por las calles de Ávila:
sencillo, asequible, simpático y empático.
—Y cómo un
icono de nuestra convivencia —me apostilla—.
—Sí,
efectivamente. Esencialmente esta escultura es un homenaje a su persona en su
más querido rincón de España y al principal de sus logros: la concordia entre
todos los españoles.
Fíjate en la
leyenda que acompaña a esta estatua. Dice:
«Adolfo Suárez González (1932-2014),
presidente del Gobierno de España (1976-1981), hijo adoptivo y medalla de oro
de Ávila, con el epitafio: “La concordia fue posible».
Mi
conversador vive actualmente en un pueblecito de la sierra de Madrid. Un lugar
idílico para huir del mundanal ruido, siguiendo el sabio consejo del teólogo,
poeta, astrónomo, humanista y religioso agustino español de la escuela salmantina,
Fray Luis de León.
Al
preguntarle por el lugar donde le gustaría mantener nuestro encuentro me
respondió —sin dudarlo— que en Ávila. Si vamos a conversar sobre la Transición
—me comenta— qué mejor que hacerlo que en Ávila, la ciudad que vio transitar
por sus calles a uno de sus grandes protagonistas: Adolfo Suárez.
Así que,
dicho y hecho. Procedí a la reserva de una mesa para dos del jueves 11 de
agosto del “Annus Domini” de 2022, en la terraza del restaurante Casa de
Postas, un conocido asador en pleno centro de Ávila para degustar —como no
podía ser de otra manera— el típico chuletón de ternera avileña.
Aunque mi
conversador mantiene casi a rajatabla la costumbre europea del desayuno
contundente y el almuerzo ligero, por la ocasión flexibilizó su disciplina
culinaria, compartiendo conmigo el famoso chuletón de ternera avileña. Eso sí,
con la exigencia de que fuera “al punto argentino”. Entretanto, mientras
llegaba la comanda, sabedor de que el tiempo es oro y que su pérdida es la peor
de las prodigalidades, me afirma:
—¡Somos hijos
de la Transición! Los que hoy rondamos los 60 vivimos la Transición en plena
adolescencia, donde se forma básicamente el carácter y tu forma de ser y
entender el mundo. Una Transición que nos ha dado un “training” flexible. La
palabra de moda entonces era el “consenso”.
—¿El
consenso? —preguntó con la intención de que me desarrolle el concepto.
—Sí, “el
consenso” es el alma de la Transición. Una palabra que alude a aquello en lo
que todos estaban de acuerdo, incluyendo aspectos que muchos de sus
protagonistas no abrazaban. Dicho de otro modo, a mi juicio el “consenso”
consistió en un acuerdo de mínimos en el que cada parte cedía en algo para hacer
posible la vida en común.
—¿Y cómo
vivió un adolescente y un joven ese momento del “consenso”?
—Yo creo que
no ha habido en España mayor ruptura generacional que la que se produjo en
aquella época. Mientras que nuestros padres habían sido educados en una serie
de valores promovidos por el Régimen, las nuevas generaciones reclamaban otros
muy distintos.
—¿Cuáles?
—Esencialmente
los basados en la libertad. Madrid, por entonces, nos resultaba algo tristón,
plagado de organismos públicos. Los adolescentes y jóvenes de nuestra
generación reclamábamos marcha y diversión. Los guateques, es decir, aquellos
encuentros a media tarde los fines de semana en la casa particular de uno del
grupo de amigos para bailar lo que sonaba en un tocadiscos y las salas de baile
con orquesta a la que asistían gente de cierta edad eran para nosotros algo muy
viejuno. Los grupos de barrio como Rosendo, Mermelada, Asfalto o Leño y las
discotecas con dos horarios (para menores y mayores de edad) eran los nuevos
catalizadores de nuestra efervescencia juvenil. También El Rastro madrileño,
todo un símbolo de esa libertad que nuestra juventud reclamaba a gritos.
—¿Y en esta
ruptura generacional quienes eran vuestros aliados? —pregunté de un modo
indagatorio—.
—Te
sorprenderá si te digo que uno de ellos fue la Iglesia Católica.
—¿Cómo? ¿La
Iglesia Católica? —pregunté ahora muy sorprendido.
—Sí. Te
explico. Con el Concilio Vaticano II (desarrollado entre 1963 y 1965), llegó
para la Iglesia el triunfo del ecumenismo o intento de restauración de la
unidad de todas las iglesias cristianas. Con él se rompe la ortodoxia católica
defendida a ultranza por el Régimen de Franco. La práctica de la solidaridad y
la filantropía —conceptos procedentes de la izquierda— van sustituyendo al de
la tradicional caridad cristiana. El acercamiento al marxismo-leninismo en
cualquiera de sus múltiples formas. La apertura al liberalismo y la democracia
“inorgánica” en lo político. La preferencia de “lo social” por encima de “lo
espiritual”. La asunción del pacifismo, la no-violencia y el diálogo. La
flexibilidad en los rituales eclesiásticos. Cierta permisividad con respecto a
las costumbres, incluidas las prácticas sexuales. El abandono de la sotana y
del clériman, sorprendiendo a los fieles viendo a su cura de siempre vestido de
paisano. La secularización de sacerdotes y religiosos: unos optando por el
casamiento y otros por el amancebamiento. E, incluso, poniendo en cuestión
algunos textos bíblicos o el Credo.
—Entiendo que
todo esto fue muy impactante para la sociedad española.
—Lo fue, sin
duda. En la España, aún católica y practicante, el impacto fue aún mayor que en
otras partes del mundo. Incluso se podría afirmar que el estupor llegó a ser
descomunal cuando se empezó a ver que el separatismo vasco y el terrorismo de
ETA nacían en las sacristías. También cuando ciertos obispos, curas y
religiosos renegaban de la “cruzada” o “guerra santa” en defensa de la religión
y otorgando, como había sido hasta ese momento, al bando sublevado la
legitimidad religiosa.
—¿Algún otro
aliado de vuestra “cruzada o guerra juvenil”?
—Tierno
Galván y la llamada “Movida Madrileña”. ¿Te acuerdas de su famosa arenga: «Rockeros: el que no esté colocado, que se
coloque… y ¿al loro?»
—¡Sí, claro!
¿Cómo no? Esta frase constituyó en su día toda una declaración de intenciones
por parte del carismático profesor Tierno Galván. Creo que llegó a definirse a
sí mismo como «un escéptico con
entusiasmo, es decir, una pura contradicción».
—Enrique
Tierno Galván fue una de las figuras de referencia para la juventud de esa
época —me explica—. Era académico conocido como “el viejo profesor”, prolífico
ensayista y finalmente alcalde de Madrid entre 1979 y 1986. Decía ser:
«Un escéptico que tiene una gran dosis de
pragmatismo; “que ve la realidad como es; que no quiere exagerar; que no quiere
ponerse al lado de los radicalismos ingenuos e infantiles o los sarampiones
revolucionarios; pero que, al mismo tiempo, presumía de un gran entusiasmo
juvenil por la revolución y por el cambio».
─Y que, por
cierto —apostillé— tenía en su despacho, según ha contado José Bono, dos
retratos —el de Juan XXIII y el de Pablo Iglesias—, que iba alternando en
función de las circunstancias, según viniera la Policía o sus compañeros de
partido. Ya sabes, Alejandro, un hombre prevenido vale por dos.
—Pues sí.
Tierno Galván tenía por entonces un largo recorrido político —me sigue
comentando—. Fundó primero el Partido Socialista del Interior (PSI), en
contraposición al PSOE, cuyos miembros estaban en su mayoría en el exilio.
Luego, en 1974, el año en que empieza a despuntar la figura de Felipe González
abandona el marxismo fundando el Partido Socialista Popular (PSP), en el que se
integrarían Raúl Morodo, José Bono, Francisco Sosa Wagner, Miquel Iceta, José
Blanco o Javier Nart.
—Políticos,
por cierto, que luego tendrían una gran relevancia en la vida política y
social.
—Efectivamente.
Raúl Morodo, como sabes, terminó en el CDS como Diputado Nacional; José Bono en
el PSOE como Presidente de Castilla-La Mancha; Sosa Wagner en el Parlamento
Europeo por UPyD; Miguel Iceta y José Blanco ministros con el PSOE; y Javier
Nart, como Europarlamentario por Ciudadanos.
—Ya veo que
“El viejo profesor” generó toda una cantera de políticos muy relevantes. Y ya
nadie le quitará el gran mérito de haber promovido activamente la llamada
“Movida Madrileña”. ¿Cómo viviste tú esta famosa y apasionante “Movida
Madrileña”?
—Te lo cuento
encantado, pero antes permíteme un breve apunte histórico.
Es importante
porque la mayoría de la gente de nuestra generación piensa que esta “Movida”
fue algo espontáneo; sin embargo, esta “Movida” encuentra sus raíces en “La
noche madrileña”, siempre muy activa.
Su primer
cronista fue a principios del siglo XX Ramón Gómez de la Serna, un devoto, por
cierto, de El Rastro. Así que, ya desde entonces existía un gran interés por
las llamadas culturas alternativas, contraculturas o “underground”. Luego, esta
“noche madrileña” se fue consolidando con diversos movimientos culturales
juveniles de los años 60 y 70 procedentes del resto de Europa, a través del
boom turístico, terminando por germinar con el cambio de régimen.
—Te agradezco
este apunte porque debo reconocerte que yo estaba entre los que creía que la
“Movida Madrileña” era una exclusividad de la época de la Transición.
—Pues ya ves
que no es del todo así. Mi opinión es que la “Movida Madrileña” surgió en un
terreno abonado, propiciando, eso sí, el cambio y la liberalización cultural e
ideológica a la que se estaba abriendo ya la gran mayoría de la sociedad
española.
—Y, oye, ya
metidos en harina: ¿Cómo fue esa germinación?
—Sus
comienzos hay que situarlos entre 1977 y 1978 alrededor de los grupos musicales
de la “Nueva Ola Madrileña”, primera hornada punk en Madrid a imitación de lo
que sucedía en varias ciudades anglosajonas como Londres, Nueva York o Los
Ángeles en ese tiempo. Sus canciones sonaban por medio de maquetas (entonces no
había sellos independientes y grabar un disco era muy difícil) en los programas
musicales de “Onda 2” (Radio España), “Dominó” de Gonzalo Garrido, ¨Dinamita¨
de Rafael Abitbol, Jesús Ordovás, Mario Armero, Patricia Godes…; Julio Ruiz
terminó programando estos grupos en su “Disco Grande”, de Radio Popular. Paco
Pérez Bryan, apoyó a Ramoncín. “El Búho” (Radio Juventud) se inclinó por Chapa,
Rosendo, Miguel Ríos…
—¿Y la chispa
que encendió el fuego de “La Movida”?
—El
pistoletazo de “La Movida” lo da el “Concierto homenaje a Canito “, organizado
por Onda 2 el 9 de febrero de 1980 en la Escuela de Caminos de Madrid, en
memoria de José Enrique Cano Leal, difunto batería de Tos (luego Los Secretos),
que había muerto a consecuencia de un accidente de tráfico ocurrido en la
Nochevieja de 1979.
—¿Y quienes
actuaron?
—Tos,
Mermelada, Nacha Pop, Mamá, Paraíso, Alaska y los Pegamoides, Trastos, Mario
Tenia y los Solitarios y Los Rebeldes (luego Los Bólidos).
—Entiendo que
esta “Movida”, como cualquier “ser vivo” que tiene su periodo de gestación,
crecimiento, culmen y descenso, tuvo su gran momento de gloria.
—Sí, por
supuesto. El momento cumbre de “La Movida Madrileña” se produjo el 23 de mayo
de 1981, con “El Concierto de Primavera”, organizado por alumnos de la Escuela
Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, de la Universidad Politécnica de Madrid.
Hoy se puede
afirmar que aquel concierto fue todo un acontecimiento histórico que congregó a
más de 15.000 personas, deleitándose durante unas ocho horas con las músicas de
Fahrenheit 451, Alaska y los Pegamoides, Flash Strato, Los Modelos, Tótem, Rubi
y los Casinos, Mamá, Los Secretos y Nacha Pop.
—Grupos que
yo tuve el privilegio de conocer de cerca en mi etapa como profesional de TVE
en el departamento de producción en el programa “La Tarde”, presentado por el
popular Pepe Navarro.
—No me digas
que trabajaste en el emblemático programa “La Tarde”, permitiéndote conocer al
famoso Pepe Navarro.
—Pues sí. Con
la perspectiva que nos da el tiempo, podemos considerar que “La Tarde” fue un
programa histórico que cambió el modo de ver la televisión, así como un
precursor de lo que vendría después desde un punto de vista televisivo; por lo
tanto, influenciador de cambios sociales.
Yo suelo
decir que “La Tarde” consiguió sacrificar la ancestral “siesta española” de la
tarde por interés televisivo basado en la frescura, la espontaneidad y la
novedad. Posteriormente, ya en Telecinco, Pepe Navarro, como productor y
presentador, trataría de alargar la hora de irse a dormir de los españoles con
su “Esta noche cruzamos el Mississippi”.
—Y, oye,
Alejandro, retomando lo de “La Movida Madrileña”. ¿Cómo crees que influyó desde
un punto de vista sociológico en la vida de los españoles?
—El
movimiento de “La Movida Madrileña”, nacida, como te vengo comentando, en
Madrid, tomó muy pronto un desarrollo sociológico y nacional, extendiéndose
miméticamente a otras capitales españolas, con el apoyo de políticos del
carisma de Enrique Tierno Galván. Indudablemente, el apoyo político a esta
cultura alternativa pretendía descolgarse de la sociológica sociedad
franquista, apostando por la de la democracia.
Llegados a
este punto y concluida la degustación —con sumo placer— del espléndido chuletón
de Ávila, propuse a mi contertulio Alejandro que nos tomáramos el café o la
infusión en el Parador de Ávila, un entorno ideal para continuar con su
interesante y contundente reflexión sobre la Transición. Al entregarnos la
cuenta, el camarero nos recordó que, idealmente, el chuletón de Ávila de debe
comer cocinado en vuelta y vuelta, más que al punto argentino, pero —convino
con nosotros— en esto como en todo, siempre ha de hacerse al gusto del
consumidor.
Tras abonar
la cuenta, nos dispusimos rumbo al Parador con el pensamiento hipocrático de
que el caminar es la mejor medicina del hombre.
Con este fin,
atravesamos la Puerta de la Catedral, de los Leales o del Peso de la Harina,
abierta en el siglo XVI, una de los nueve arcos o puertas de la ciudad mejor
amurallada del mundo. Inmediatamente descubrimos la gloriosa catedral, donde
actualmente reposan los restos mortales de don Claudio Sánchez-Albornoz, Adolfo
Suárez y su esposa Amparo Illana. Luego, en la plaza de la catedral nos topamos
con el famoso Palacio de los Velada, convertido en hotel, con un precioso patio
interior acristalado.
Desde esta
plaza caminamos hacia la Plaza del Mercado Chico, pasando antes por delante del
Palacio de los Verdugo, que llama la atención por un verraco de piedra en uno
de los laterales. Al llegar a la Plaza del Ayuntamiento o Plaza Mayor, le
expliqué a Alejandro, mi compañero caminante, que aquí tiene su sede el
Ayuntamiento de la capital; que es de estilo medieval y con tres laterales
porticados; y que la Iglesia de San Juan Bautista, es uno de sus edificios más
destacados.
Una vez en el
Parador, un antiguo palacio del siglo XVI, bellamente restaurado y rodeado de
jardines, en el casco antiguo de la ciudad, reanudamos nuestra conversación en
torno al ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN.
—Al final,
cualquier transición es un cambio —me afirma con contundencia—. Los cambios
pueden ser más o menos bruscos. La Transición política española lo fue de un
modo pacífico y ordenado. Y lo fue porque: ¿Qué deseaba esencialmente la
sociedad española? Pues, básicamente, lo que cantaba el grupo Jarcha en su
emblemática canción Libertad sin ira:
“El pan, la hembra y la fiesta en paz”.
—Dicho así,
parece fácil, sin embargo, no lo fue —comenté algo dubitativo—.
—Efectivamente,
no lo fue porque todo cambio supone una ruptura con todo lo anterior,
conllevando cambios de caras y modos de hacer las cosas. Los cambios que hemos
comentado que se produjeron en la televisión pública de entonces no fue más que
una de tantas maneras de hacer visibles estos cambios. Y en esto, el “modus
operandi” es siempre el mismo: Las oligarquías utilizan todos los medios a su
alcance para dominar o dirigir a lo que el filósofo español José Ortega y
Gasset llamó “El hombre masa”, que no es la clase obrera del marxismo, sino el
grupo social protagonista del cambio social. Esto lo sabe muy bien cualquier
pastor de ovejas. Para controlar cualquier gran rebaño no hace falta mucha
gente. Solamente hace falta que los grupos activos, sean muy activos.
—Acabas de
citar a Ortega y Gasset, uno de mis filósofos de cabecera. Creo que supo
vislumbrar perfectamente que, desde el siglo XIX, los cambios históricos,
científicos y tecnológicos se comienzan a producir con gran rapidez y que el
ritmo de vida se acelera mucho más que en épocas anteriores; y, además, la
época moderna —y esto a mí me sobrecoge— es el enemigo más grande del hombre
actual porque son tiempos de retórica y mucha confusión.
—Y más aún
—me apostilla—: el poder espiritual fue aplastado por el poder material,
canalizando ese sentimiento hacia la política. Y, como bien sabemos, José
Antonio, hay poca diferencia entre el fanático religioso y el fanático
político.
—La
Transición para ti comienza con el atentado terrorista del Almirante Carrero
Blanco. ¿Y cuando finaliza?
—En el año
82. Exactamente el 28 de octubre de ese año, con la victoria electoral del
PSOE.
—¿Por qué?
—Porque ya no
hay necesidad de ningún tipo de consenso. El Partido Socialista ganó con tan
abrumadora mayoría que para qué quería ya la fórmula del consenso. La etapa
anterior se caracterizó por la voluntad de contar con todas las fuerzas
políticas. Esto se acaba en el 82. Aunque los resultados fueron previsibles, la
contundencia de la victoria del PSOE de Felipe González resultó ser más
abultada de lo esperada.
Bajo el lema Por el cambio, el PSOE cosechó un
resonante triunfo al obtener más de diez millones de votos, lo que suponía
cerca del 50 % de los votantes, y la mayoría absoluta en el Congreso de
Diputados (202 diputados) y en el Senado (134 senadores). Con estos datos:
¿para qué necesitas el consenso?
—Para seguir
construyendo —comenté de un modo automático.
—Bueno, esto
es lo ideal, pero el mundo de la política se mueve con otros principios y
motivaciones. Verás.
Durante la
etapa anterior nadie podía ganar a nadie. La derecha, por su gran fragmentación
era débil. La izquierda también. El PCE había sido el partido más potente de la
oposición antifranquista. Contaban con una militancia numerosa, una serie de
cuadros experimentados y una dirección cohesionada. En fin, la fortaleza del
PCE generaba temores en el resto de la izquierda. Luego, con la caída de Arias
Navarro y la llegada de Adolfo Suárez, fortalecido al obtener la aprobación de
la Ley para la Reforma Política, obliga al PCE a cambiar de discurso, renunciando
a la ruptura democrática para enfocarse en el eurocomunismo.
La crisis o
debilitamiento del PCE se produce durante los primeros años de la consolidación
democrática, al tiempo que va emergiendo con fuerza y consistencia el PSOE en
su figura de Felipe González.
Al pronunciar
el nombre de Felipe González, otro de los grandes artífices de la Transición
política española, vino inmediatamente a mi memoria al tomar un sorbo de mi
infusión digestiva de poleo-menta, su último mitin celebrado en la esplanada de
la Universidad Complutense de Madrid, antes de las históricas elecciones del 28
de octubre de 1982. Yo acababa de cumplir 20 años, estaba estudiando Derecho y
sentía cierto interés por la política.
El mitin,
mejor dicho, el mitin-fiesta, que llegó a congregar a más de medio millón de
personas, comenzó a las 6 de la tarde del martes 26 de octubre, con la
actuación del grupo Suburbano. Luego siguieron las canciones de Luis Eduardo
Aute y la Orquesta Platería. La nota de humor la pusieron José Luis Coll y el
cómico andaluz Josele.
Felipe
González —esto lo recuerdo bien— iba vestido con traje gris y una corbata
discretamente roja, a las 20.30 horas, y fue recibido por los asistentes con
gritos de “presidente, presidente, presidente”. Antes habían intervenido
Enrique Tierno Galván, en su condición de alcalde de Madrid, aclamado entre
fuertes y prolongados aplausos y gritos de “Tierno, Tierno, Tierno”, y Joaquín
Leguina.
Recuerdo
también que en todo el extenso recinto universitario reinaba en el ambiente un claro
y rotundo convencimiento del triunfo. En este caso, y eso puedo asegurarlo
porque yo estuve allí, no se mascaba la tragedia sino la victoria. Recuerdo
también algunos mensajes-fuerza de Felipe González como el de «El futuro es nuestro, de la mayoría que
quiere el cambio» o «Adelante y a
ganar. España y el futuro es nuestro».
Al retomar la
conversación comenté:
—Felipe
González, otro de los grandes artífices de la Transición.
—Lo es
claramente. Como te vengo diciendo, para mí la Transición finaliza tras obtener
el PSOE la mayoría absoluta en las elecciones de 1982. Una vez investido como
presidente, González fue capaz de mantenerse trece años y medio en el poder, el
período más largo de un jefe de Gobierno de la democracia en España hasta
ahora.
—Además,
Felipe González ha sido el gran líder de la izquierda española. De esto no cabe
ninguna duda —comenté. Bajo su dirección, el PSOE logró dos mayorías absolutas
consecutivas: la de 1982, con 202 diputados en el Congreso y la de 1986, con
184. Su declive se produjo en las elecciones de 1996, al ser derrotado por el
Partido Popular de José María Aznar, el tercer gran líder de la historia de la
democracia española reciente.
—Sobre el
nuevo periodo que surgió a partir de la Transición podríamos seguir hablando
largo y tendido, pero ello excedería —creo yo— del propósito de estas
conversaciones para tiempos de hoy sobre la Transición.
Por cierto,
antes de ir cerrando nuestra conversación me gustaría dejarte aclarado que los
que hoy estamos en la edad de los 60 somos los hijos de la Transición, pero
también cómo nos la han contado.
—¿En qué
sentido?
—Para mí la
generación de la Transición, o como yo suelo decir, “del consenso”, está
formada por personas de más de 70 años. Nosotros, los sesentañeros, somos los
hijos de aquella generación que hizo posible la concordia entre españoles y los
profundos cambios políticos, sociales, económicos y culturales que vinieron
después. La Transición, nosotros la vivimos desde una óptica adolescente y
juvenil, digiriéndola después por medio de lecturas, reflexiones y el
didactismo del tipo de la periodista Victoria Prego.
—¡Victoria
Prego, gran periodista! —exclamé—. Compañera mía, por cierto, en Televisión
Española, con una trayectoria profesional repleta de reconocimientos y de
éxitos. Generalmente, la gente la suele relacionar con la Transición por sus
documentales emitidos desde 1995 sobre la historia reciente de España, con el
título de La Transición.
Para ir
finalizando nuestra conversación, me gustaría preguntarte por tu opinión sobre
la juventud actual. Los hijos de la «Generación del C
onsenso»
mostraron un gran interés por la “cosa pública” y la política; hoy, sin
embargo, parece que abunda un cierto “pasotismo político”. ¿Qué opinas al
respecto?
—Es obvio que
la sensibilidad democrática de la juventud actual es muy distinta a la de los
hijos de la «Generación del Consenso».
Un
veinteañero que ha crecido apretando en Facebook el botón de “me gusta”,
votando en televisión por su cantante favorito, pudiendo elegir entre una
variada oferta televisiva, más Netflix y Youtube, y habiendo madurado
alimentado por móviles con Internet, nada tiene que ver con el que nació como
nosotros viendo las dos cadenas de TVE, asistiendo a conciertos de Mecano y
bailando en las discotecas emulando a John Travolta.
Entonces se
decía que el abstencionismo juvenil era espontáneo y que se pasaba con la edad;
el de hoy es consciente y razonado. Hoy —a partir sobre todo del histórico
movimiento juvenil del 15-M— la desafección por la “cosa pública” y la política
no es una actitud pasajera, sino un conjunto de razones argumentadas y
contrastadas que la inmensa mayoría de la juventud comparte.
—Si bien
—comento con el fin de hacer cierta salvedad—, al mismo tiempo están surgiendo
iniciativas universitarias como la de “Juventud Despierta”, para superar la
manipulación política, la tergiversación histórica y la polarización social;
una asociación juvenil alejada de ideologías y con una visión crítica,
transversal y renovadora de nuestra sociedad; un movimiento que pretende que
los espacios políticos sean ocupados por la razón, sofocando los incendios
provocados por las ideologías políticas que, en lugar de centrar sus esfuerzos
en la búsqueda de puntos que unen, lo hacen en los que desunen.
—Pues,
bienvenidas sean este tipo de iniciativas porque hoy, más que nunca,
necesitamos revivir la cultura del pacto y el acuerdo al modo en que lo hizo EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN. Y con ello
no pretendo decir que haya que beatificar la Transición ─tampoco demonizarla─,
sino de traer al presente las mejores experiencias del pasado.
El mejor modo
—a mi juicio— de que los jóvenes se interesen por la política es con una
política que se interese por los jóvenes.
Esto
requiere, evidentemente, una adaptación completa de los políticos actuales al
nuevo paradigma de los jóvenes de la presente generación.

Comentarios
Publicar un comentario