EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: Siete caras de la Transición
SIETE
CARAS DE LA TRANSICIÓN
“La leyenda
de la Inmaculada Transición” puede y debe analizarse desde innumerables puntos
de vista. Mi compañero de RTVE, Juan Antonio Tirado Ruiz que, desde el año 1998
presta sus servicios como informador en el emblemático programa Informe
Semanal, para el que ha elaborado incontables reportajes, y por los que ha
obtenidos diversos premios y reconocimientos, lo ha hecho a través de siete
figuras: siete naipes flamantes que compusieron y bailaron la música del cambio
desde el alféizar del barroco.
Como si de un
duelo de honor se tratase le pido —en mi calidad de desafiante— que me diga el
lugar donde desea que mantengamos el duelo para lavar la afrenta, el insulto o
la ofensa. Me indica —sin dudarlo— que, por su parte, no tiene ningún
inconveniente en que se desarrolle en Toledo, en mis dominios y lo antes
posible. En cuanto al arma para llevarlo a efecto ambos convinimos sin
rechistar, y como no podía ser de otra manera, que este singular combate fuera
con espada toledana y sin padrinos. Es que mi contrincante, que nació en la
localidad malagueña de Archidona, muy leído y de vocación periodística temprana
—empezó a escribir en los periódicos a los 16 años—, desarrollando su
trayectoria profesional especialmente en la radio y la televisión, sabe
perfectamente que hasta los samuráis japoneses la han reclamado, sabedores de
que la composición, el temple y el diseño de la espada toledana ha sido un gran
secreto transmitido de padres a hijos por los artesanos herreros.
En honor a la
verdad he de decirles que pude comprender al instante que su sugerencia de
entablar nuestro duelo dialéctico sobre la Transición —un convulso, apasionante
y significativo período de la Historia de España— dentro de “mis dominios”, no
tenía tanto que ver con su natural actitud caballeresca ante la vida —que la
tiene a todas luces— sino con su necesidad —comprensible— de abandonar por unas
horas el mundanal ruido que genera el estresante “modus vivendi” la de Real
Villa de Madrid. Bueno, también —y esto no deberíamos descartarlo tampoco— el
que la ciudad de Toledo tiene, entre otras grandes ventajas, su especial
proximidad con la capital de España y su excelente comunicación mediante
transporte público.
Tras los
saludos de rigor y las clásicas preguntas de situación (el trabajo, el tiempo,
si te ha resultado fácil llegar hasta aquí, etc), me sitúo en modo atacante con
un primer “Strike of the sword” (golpe de espada), comentando sibilinamente que
algunos revisionistas entienden que la Transición ha sido un mito construido en
los pasillos de cierta Facultad de Ciencias Políticas, donde se forjó la
leyenda de la Inmaculada Transición. Pero, lejos de achantarse, me responde
—sin ira— con el aplomo de un espadachín consumado y curtido en mil batallas
que:
—” La leyenda
de la Inmaculada Transición” se pareció a un barranco en el que los ciudadanos
no sabíamos si gateábamos hacia la salida o hacia el fondo.
Mantenemos
este inicial duelo con espadas en la Puerta de Bisagra, la mejor puerta de
entrada a Toledo. Se trata de una torre medieval construida a modo de arco
triunfal donde se puede contemplar como sello de identidad el escudo imperial
de Carlos V. Mientras medimos nuestras fuerzas en la primera estación de
nuestro particular vía crucis, comento con mi duelista que, tras la muerte del
Caudillo, una España lloró a Franco, otra brindó con champán y la tercera soñó
con libertad sin ira. Así que, amigo, si aún le queda algo de valor, dígame:
¿En qué grupo de insurrectos debo encuadrarlo?
—Ni tengo
miedo a este duelo ni tampoco a mi pasado. Al respecto he dejado escrito —y lo
escrito, escrito está según sentencia del gobernador de Judea del año de
Nuestro Señor Jesucristo— que aquella noche —la noche de la muerte del
dictador— me acosté de niño franquista y por la mañana me levanté adolescente
demócrata y rebelde, sin llegar a irado. Sí, amigo, a mis 14 años, con una
infancia rural andaluza iluminada con un candil, bajo cuya luz titubeante
aprendí a leer, creía que Franco era un hombre bueno, el mejor y más ejemplar
de los españoles.
—¿Y qué le
hizo tener que abandonar —si se puede saber— su opinión positiva sobre el
hombre que dirigió los destinos de España durante casi cuarenta años?
—Empecé a
dudar de mi opinión positiva sobre él cuando muchos de mis compañeros del instituto,
sobre todo los de cursos superiores, festejaban con espíritu festivo su final.
Así que, en pocas semanas me convertí en un sincero antifranquista. Eso sí, en
honor a la verdad, el día de su entierro, en la solemnidad del hecho histórico
que seguí a través de Radio Nacional, lloré sinceramente.
—¿Y alguien
le ha censurado por este cambio repentino de parecer?
—Lo hizo en
su día mi padre. Y de vez en cuando, con la diligencia propia de un buen padre
de familia, me lo recuerda como un pecadillo de juventud. En mi descargo —y lo
hago ante esta majestuosa e imperial Puerta de Bisagra— mi llanto sereno por
aquel hombre de la “España Una, Grande y Libre” tenía que ver sobre todo con la
pasión por el gran acontecimiento social e informativo que tuvo lugar.
Mientras
escuchaba con atención las explicaciones de mi duelista, Juan Antonio Tirado,
acerca de su visión adolescente del hombre que dirigió los destinos de la
Nación que un día llegó a ser el Imperio donde no se ponía el Sol, observaba su
destreza con la espada. La sostenía hábilmente con su mano derecha, agarrando
el extremo superior de la empuñadura, y la izquierda para sujetar la inferior, más
cerca del pomo, con sus codos doblados, cerca del cuerpo. Esto le permitía
realizar una gama más amplia de movimientos del brazo con la espada. Yo, sin
embargo, lo hacía a mi buen saber y entender, es decir, con poca técnica. Esto
me llevó a envalentonarme, a fin de que sintiera que estaba dispuesto a dar el
todo por el todo en este singular duelo con espadas. Así que mi siguiente golpe
fue:
—¿Qué puede
ofrecerme sobre la Transición, un periodo apasionante y convulso de la Historia
de España, sobre la que ya se ha escrito y dicho todo?
—¿Todo?
¿Usted considera que ya está todo dicho o escrito sobre la Transición? De
ninguna manera. Yo estoy dispuesto, aquí y ahora, a mostrarle un nuevo sendero,
una nueva ruta: el de los recuerdos de un niño de la Alta Andalucía, entre
olivares y algún gobernador, siguiendo los perfiles de los más importantes
paladines que llevaron a cabo esta gesta que asombró al mundo.
—¿Gesta? ¿De
qué gesta me habláis?
—De la gesta
de la libertad, la igualdad, y el pluralismo político. Y esto en medio de una
impresionante crisis económica, incontables huelgas, el brutal terrorismo tanto
de extrema izquierda como de extrema derecha, así como el constante y
amenazante ruido de sables.
—Me parece
interesante. Y, ahora, ¿sabría darme los nombres de esos paladines o
legendarios caballeros que llevaron a buen término esta gesta que asombró al
mundo?
—No tengo
ningún inconveniente. Todos ellos pertenecen ya por derecho propio al Olimpo de
la Historia. Son siete caras. Éstas: La de Carlos Arias Navarro con sus
lágrimas; la de Don Juan Carlos de Borbón y Borbón, el Príncipe infeliz; la de
Torcuato Fernández-Miranda y los saduceos; la de Adolfo Suárez, el héroe
trágico; Santiago Carrillo o la peluca del diablo; Fraga Iribarne o el hombre
que vivía a borbotones; y Carmen Díaz de Rivera, más conocida como “la rubia
misteriosa”.
—¿Una rubia
misteriosa también participó en esta gesta? ¿Cómo es posible? ¿Es que no en
verdad que por aquellos tiempos las mujeres no tenían capacidad para prestar
consentimiento, lo que las situaba en el mismo nivel que los menores, los
enfermos mentales y los sordomudos que no sabían escribir?
—Sí, en
efecto. Pero esta mujer —la rubia misteriosa— fue capaz de vencer, con su
inteligencia y valentía, a este monstruo de la desigualdad, contribuyendo, con
su poder e influencia, a que las mujeres del Reino de España pudieran situarse
en el mismo plano de igualdad que la de los hombres.
Al escuchar
de mi duelista que la “rubia misteriosa” había contribuido, con su poder e
influencia, a situar a las mujeres en el mismo plano de igualdad que los
hombres, sentí que este duelo no podía resolverse de este modo y en un solo
acto. Que había mucha tela que cortar; y, que, por lo tanto, habría que armarse
de paciencia —y esto nunca mejor dicho— para ir desatando el nudo gordiano de
“la leyenda de la Inmaculada Transición” con paciencia y delicadeza, poco a
poco, golpe a golpe; y aún mejor, verso a verso.
Así que, tomé
mi espada de acero por su hoja, con el mismo simbolismo que el de la estatua
ecuestre de Alfonso VI, colocada en la entrada principal de Toledo. Una obra
escultórica, donada por el escultor Luis Martín de Vidales que, por cierto,
representa la toma de la ciudad por este rey cristiano —el mejor amigo de los
árabes— en el siglo XII, con un espíritu de concordia entre las tres culturas:
la cristiana, la judía y la musulmana.
—¿Es que
deseáis desistir de este duelo a vida o muerte? —me preguntó mi duelista al
notar mi deseo de no continuar nuestro duelo a golpes de espada.
—No. Deseo
continuarlo, pero no a vida o muerte, como ambos habíamos acordado por
anticipado, sino paso a paso y verso a verso.
Yo nunca he
perseguido la gloria —le aclaré— ni dejar en la memoria de los hombres mi
canción. Es que yo —como el poeta— amo los mundos sutiles, ingrávidos y
gentiles, como pompas de jabón.
—Por lo que
infiero que deseáis que apartemos nuestras espadas, bien por cobardía, o bien
porque habéis llegado a la conclusión que la espada es siempre un arma
destructiva.
—No desisto
de empuñar mi espada por cobardía, ni tampoco porque crea que es destructiva.
La espada es un símbolo, el símbolo de la virtud, la valentía y el poder. Puede
ser destructiva, pero también puede utilizarse para establecer y mantener la
paz. Asociada a la balanza representa la lucha del bien y el mal; la verdad y
la mentira.
—Entonces,
¿por qué lo hacéis? —me preguntó de un modo retador.
—Porque he
comprendido que la “leyenda de la Inmaculada Transición” no podía ser
desentrañada en feroz contienda con vos, sino con el mismo espíritu de diálogo
y concordia con la que se fraguó. Así que, definitivamente, deseo deshacer este
entuerto caminando junto a vos por las gloriosas calles, plazas, monumentos y
rincones de esta imperial ciudad de Toledo.
—Por mi
parte, que sea como decís. Pero antes, debéis aceptar sin reservas la premisa
mayor. A saber: Que la Transición no estaba escrita. Que el proceso que condujo
desde la segunda mitad de los años sesenta a España a la democracia no fue obra
de un único autor, ni un solitario jugado desde el poder para que todo siguiera
igual al “lampedusiano” modo.
—Acepto la
mayor sin reservas, como me pedís. Y ahora, si no halláis inconveniente,
fijadas de mutuo acuerdo nuestras reglas del juego, demos un primer paso con
fe, con la misma convicción del poeta:
«Caminante
no hay camino, se hace camino al andar; al andar se hace camino y al volver la
vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar; pues todo pasa y
todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la
mar».
—Me parece
bien. Hagámoslo como proponéis.
Y así lo
hicimos. Mi duelista me tomó por la espalda con su brazo derecho en son de paz
y sincera amistad. Prestos, comenzamos a caminar por la vía pública que va
desde la Puerta de Bisagra —una de las puertas más impresionantes y
monumentales de Toledo— hasta la histórica y concurrida Plaza de Zocodover; una
emblemática vía con nombre de tres calles: la Real del Arrabal, Venancio
González y Armas.
—Esta Puerta
de Bisagra —le explico a mi duelista, reconvertido a conversador por acuerdo de
ambas partes, haciendo un alto en el camino y mirando hacia ella— fue mandada
construir por el emperador Carlos V. Como podéis observar, se trata de una
torre medieval construida a modo de arco triunfal. En su parte central no pasa
desapercibida el escudo personal que Carlos V cedió a la ciudad de Toledo: el
águila bicéfala.
—Ya lo creo
que no pasa desapercibido. Como seguramente recordaréis, esta águila bicéfala,
junto con las columnas de Hércules, estuvieron muy presentes en la bandera de
la España de Franco.
—Sí, es verdad,
pero desconozco por qué.
—El águila en
sable de dos cabezas o águila bicéfala española con alas extendidas —me
explica— es un símbolo heráldico que representa la unión del Sacro Imperio
Romano Germánico con la monarquía española bajo la dinastía de los Habsburgo
(la Casa de Austria en España).
—¿Con algún
significado concreto?
—Sí. El
águila de dos cabezas española significa el progreso y el orden. Mientras que
una de las cabezas mira hacia el infinito del pasado, la otra observa el
infinito del futuro. El presente es una fina línea de contacto entre las dos
eternidades. Ahora bien, he de hacerte una precisión. En puridad, hablar del
águila bicéfala en la España de Franco no es del todo correcto. El águila en la
bandera de España es un águila negra, inspirada en el de San Juan Evangelista.
—Cierto. Por
lo que he leído, Franco recuperó la bandera rojigualda en detrimento de la
tricolor de la República en 1936. A esta bandera se le añadió el emblemático
escudo franquista, de acuerdo con lo establecido por decreto de 13 de
septiembre, firmado por el propio Franco y su ministro del Interior, Ramón
Serrano Suñer.
En la
definición del escudo quedaba patente que lo hacía “sobre el águila de San Juan
—que ya había sido utilizada en época de los reyes católicos—, pasmada, de
sable, nimbada de oro, con el pico y las garras de gules: éstas armadas de oro.
A la derecha de la cola del águila, un yugo de gules, con sus cintas de lo
mismo, y a la izquierda un haz de flechas, de gules, con sus cintas de lo
mismo. Y en la divisa, las palabras: “Una, Grande, Libre”.
—En fin, todo
un símbolo que se ha mantenido hasta el fallecimiento del dictador, el 20 de
noviembre de 1975, en la cama de un hospital y no víctima de una emboscada
revolucionaria. Tengo que hacer esta puntualización para salir al paso de los
que, de un lado, creen que la Transición fue un milagro español, y del
contrario que de una chapuza e, incluso, de una traición a los vencidos de la
Guerra Civil.
—Sin embargo,
la Transición se vivió como una gesta, y exportada como tal a algunos países
latinoamericanos. E, incluso, los europeos, que suponían que volveríamos por
nuestros fueros guerra civilistas, nos observaron, primero con curiosidad y
después con admiración.
¿Qué opináis
vos, al respecto?
—Siempre he
defendido que la Transición ha sido el logro más importante, atendiendo a su
desarrollo y a lo perdurable del sistema engendrado a partir de él de la España
del siglo XX. Un siglo convulso, con más sombras que luces, con dos dictaduras,
con una guerra que sembró el país de muertos y odio para décadas y una
república que fue la gran apuesta en busca de una España mejor y más justa,
pero que quedó frustrada por la fiereza y resentimiento de las derechas y
también por los errores y ceguera de las izquierdas.
Según íbamos
ascendiendo y platicando sobre la Transición hasta nuestro siguiente
emplazamiento —la plaza de Zododover— imaginé el Toledo de una época repleta de
cobertizos, pasadizos, callejones inviables, adarves y un sin fin de recovecos
que hacían de esta ciudad insalubre y peligrosa.
En la época
de Santa Teresa de Ávila, Toledo era una ciudad muy bulliciosa y con gran
población hasta el punto de no pudo obtener en primeras instancias los permisos
oportunos para fundar aquí sus conventos.
En fin, imaginaba
a multitud de gente en la calle día y noche, hacinados en cuevas, subterráneos
y otros tantos escondites. En esto que, un poco antes de iniciar el último
tramo de esta empinada vía —el tramo de la calle Armas— observé que a mi
conversador y caminante le llamó poderosamente la escultura que representa a un
ciclista escalador en un momento de máximo esfuerzo.
—“Ecce homo”.
“He aquí el hombre”. Te presento al legendario “Águila de Toledo”, uno de los
mayores escaladores de todos los tiempos. El primer ciclista español en ganar
un Tour de Francia. Bueno, ya sabes a quién me refiero: Federico Martín
Bahamontes.
—Sí, sin
duda. Estamos ante una de las grandes leyendas del deporte español. Su palmarés
deportivo es digno de mención. Durante sus 12 temporadas de profesional, cuenta
con once victorias de etapa en Grandes Vueltas: siete en el Tour de Francia,
tres en la Vuelta a España y una en el Giro de Italia. Además, no podemos pasar
por alto el Campeonato de España de Ciclismo en Ruta de 1958.
—Según el escultor
de esta obra —Javier Molina— la estatua intenta captar a este gran ciclista
escalador que era “Fede” en un momento de máximo esfuerzo. Por cierto, ¿te has
fijado que el águila bicéfala —símbolo de la ciudad de Toledo— aparece
troquelada en la rampa de esta escultura?
—¡Vaya, no me
había fijado! Me resulta curioso.
—Pues te
puedo ofrecer otras dos curiosidades más: La reproducción del ciclista está
realizada a tamaño casi real y su bicicleta la de aquella con la que ganó el
Tour en 1959, al máximo detalle. En fin, como el propio Federico Martín
Bahamontes ha declarado, se trata de una escultura que ha sabido resumir a la
perfección su manera de escalar.
¿Una
metáfora, quizás, del gran esfuerzo con el que se fraguó la “leyenda de la
Inmaculada Transición”?
—Podría ser.
No cabe duda de que la puesta en marcha de los mecanismos de reforma del
sistema franquista estuvo protagonizada por personalidades del régimen
anterior, que tuvieron que poner toda la “carne en el asador”, es decir, con el
máximo esfuerzo. Es innegable que los actores iniciales del cambio, empezando
por el monarca —depositario de todos los poderes del Régimen— eran franquistas
que tuvieron que esforzarse al máximo para alcanzar la meta de la democracia;
pero, al mismo tiempo, no es menos cierto que estos cambios no hubieran
resultado factibles sin la presión constante de la oposición, organizada
sindicalmente a través de CCOO y articulada desde fuera por el PCE de Santiago
Carrillo.
—… también
con el máximo esfuerzo —apuntillé.
—Sí, también
con el máximo esfuerzo. Un esfuerzo titánico, no sólo procedente de los
dirigentes políticos de la época y de los opositores al régimen, sino también
del conjunto del pueblo español.
La Transición
fue, sin duda, el resultado de un gran esfuerzo colectivo. No fue, como algunos
han afirmado, pacífica. Hay números que refutan cualquier ensoñación de proceso
pacífico hacia la democracia. Entre 1975 y 1983 fueron asesinadas 591 personas,
de los que 334 procedían de ETA, 51 del GRAPO, 49 de grupos de extrema derecha,
16 de paramilitares y 54 fruto de la represión policial. Otras 8 fueron
asesinadas en la cárcel o en comisarías, y 51 por enfrentamientos entre la
policía y grupos terroristas. En fin, no fue una Transición perfecta, pero aún
así…
—¿Aún así…?
—Aun así, a
partir de ella los españoles hemos podido vivir los mejores 40 años de los
últimos cien. De otros impulsos colectivos salimos peor parados.
—Sí, claro.
Esto es verdad. Por ello, es menester que prosigamos nuestro diálogo
peripatético en torno a esta “leyenda de la Inmaculada Transición” con el fin
de profundizar en las claves que hicieron posible el que los españoles hayamos
podido vivir nuestros mejores 40 años de los últimos cien.
Le adelanto
que la siguiente “estación” de nuestro particular vía crucis será la Plaza de
Zocodover, el centro neurálgico de esta ciudad de Toledo.
—¡Ea!
Prosigamos, pues, nuestro diálogo al modo en que lo hacía el gran Aristóteles
con sus discípulos en un jardín situado junto a un templo dedicado a Apolo
Licio.
—Por cierto,
que en la actualidad algunos de los innovadores más brillantes de Silicon
Valley como el creador de Facebook, Mark Zuckerberg, continúan usando esta
antigua técnica, reformulada con el nombre de “walking meeting” (caminar y
hablar) para la toma de decisiones, convirtiendo algunas de sus más tediosas
reuniones en una conversación peripatética, inspiracional y revitalizante.
Tengo
entendido que Adolfo Suárez —el héroe trágico—, una de las claves o caras de la
Transición también practicaba el “walking meeting” con resultados asombrosos
como el de ser capaz de convencer a Santiago Carrillo —la peluca del diablo— de
su voluntad democratizadora. Pero no adelantemos acontecimientos. A mí —como a
la mayoría de los españoles— me sobrecogió la imagen lacrimógena, en blanco y
negro y luto riguroso de Carlos Arias Navarro y su «españoles, Franco ha muerto», el jueves 20 de noviembre de 1975.
Yo tenía
entonces trece años y estudiaba en el colegio de los Escolapios de Salamanca.
Tuve ocasión de ver en directo la alocución del presidente del Gobierno, Carlos
Arias, a través de un televisor situado en el hall de entrada al edificio del
colegio. Oficialmente Franco falleció a las 5:25 de la mañana, pero
oficiosamente antes de las dos de la madrugada. El director general de entonces
era Jesús Sancho Rof. El mensaje del presidente del Gobierno a todos los
españoles para comunicar el fallecimiento del Jefe del Estado, Francisco
Franco, fue precedido por el brevísimo anuncio “Atención españoles: habla el
presidente del Gobierno, don Carlos Arias Navarro”, del locutor de continuidad
de TVE Florencio Solchaga Pernaut.
—Aquel
histórico jueves 20 de noviembre de 1975 temblaron los teletipos y se
sobrecogió el país. Yo por entonces tenía 14 años. Por fin, se había producido
el “hecho biológico” tan temido y tan deseado a la vez.
Treinta y
seis años antes, el general más joven de Europa había entrado triunfalmente en
Madrid, a guerra terminada, a mantel de dictadura puesto. Los casi 40 años que
duró su caudillaje dan para mucho, si bien en el momento en que se produjo este
“hecho biológico” España había despertado con la llegada de las primeras suecas
y, sobre todo, con los aires nuevos y limpios de unas generaciones para las que
la guerra quedaba ya muy lejos. La universidad, con sus jóvenes rebeldes y
comprometidos, fue también un motor esencial del cambio.
—¡Qué tiempos
aquellos! ¿Te imaginas cómo hubiera anunciado Arias Navarro hoy la muerte de
Franco?
—Me imagino
que con un tuit de cuatro palabras en Twitter con su: «españoles, Franco ha muerto».
—Exactamente.
Muy probablemente hubiera utilizado también esta red social. Entonces, como
bien has comentado, temblaron los teletipos. El teletipista de la Agencia
Europa Press, José Luis Blanco Mascarillas, apretó el botón a las 4:58 con el
siguiente mensaje de nueve palabras, pensado de antemano:
«Franco ha
muerto. Franco ha muerto. Franco ha muerto».
A partir de
ese instante la noticia fue difundida en todo el mundo por las agencias
internacionales, citando como fuente informativa a Europa Press.
—Pues sí,
Franco había muerto y con él toda una época.
—… pero que
aun así seguía proyectando su fulgor con el mismo entusiasmo —apostillé— con
que el Sol proyecta en su ocaso sus últimos rayos en el horizonte, sin darse
cuenta de que, como escribió el filósofo norteamericano, Ralph Waldo Emerson:
«Todo atardecer trae consigo la promesa de un nuevo
amanecer».
—En efecto: todo
atardecer trae consigo la promesa de un nuevo amanecer. De tal modo que el
“nuevo amanecer democrático” que ya estaba surgiendo con gran ímpetu disparó
todas las alarmas en los sectores más reaccionarios.
Por ejemplo,
el período “El Alcázar”, órgano de los excombatientes, publicó la siguiente
reflexión:
«Se quiere enterrar la época más gloriosa de nuestra
historia, la que empezó un 18 de julio, cuando el pueblo español se alzó en
armas para reconquistar la patria destruida por marxismos y separatismos».
—Es que los
amos del mundo siempre han querido sustraerse al principio hermético de “El
ritmo” que prescribe que:
«Todo fluye y refluye, todo tiene su avance y su
retroceso, todo asciende y desciende, todo se mueve como un péndulo; la medida
de su movimiento hacia la derecha es la misma que la de su movimiento hacia la
izquierda. El ritmo es su compensación».
Yo añadiría
que así ha sido y así será. Mira, Juan Antonio, nos encontramos en esta
maravillosa e histórica Plaza de Zocodover. Esta joya arquitectónica fue
diseñada en parte por Juan Herrera, el arquitecto del emperador Felipe II quien
afirmó, como bien sabes, que en su Imperio nunca se ponía el Sol. Y, hoy, ya
ves…
—Sí, ya veo.
Aquél mundo de la “España, Una, Grande y Libre”, encarnado en figuras políticas
como la de Carlos Arias Navarro, se agarraba fuertemente a un clavo ardiendo,
incapaz de comprender que su tiempo estaba ya consumado.
—Por cierto,
ya que lo has citado: ¿Quién era Carlos Arias Navarro?
—Carlos Arias
podría haber ilustrado perfectamente el siguiente titular de un periódico
inglés de finales de noviembre de 1975:
«Nada ha cambiado, pero ya todo será diferente».
Era el
prohombre del Régimen que había sustituido a Carrero Blanco como presidente del
Gobierno. En 1974 sacó al debate político el llamado “espíritu del doce de
febrero”, una pequeña apuesta por la apertura. Luego sería confirmado en este
puesto por el Rey Don Juan Carlos.
He escrito que Arias Navarro tenía un perfil
hamletiano. Sabía muy bien que las cosas, tras la muerte de Franco, no podían
seguir igual, por lo que durante los seis meses que duró su mandato a las
órdenes de su nuevo Jefe del Estado, S.M. El Rey Don Juan Carlos, se empeñó en
el imposible metafísico de una Transición sin Franco, pero franquista.
Continuamos
nuestro peripatético diálogo sobre la Transición por la histórica vía que
comprende la calle Comercio, las Cuatro Calles y Hombre de Palo. Las primeras
imágenes fotográficas datan del año 1864. Su empedrado se realizó en el año
1502 y se ha mantenido hasta el siglo XX. Y lo hicimos sin mirar hacia atrás,
no fuera que nos ocurriera como a la mujer de Lot que se convirtió en una
estatua de sal después de mirar hacia atrás cuando escapaba de Sodoma con su
familia. Nuestra mirada, pues, tenía que ser hacia el futuro, y el futuro de
esta gran “leyenda de la Inmaculada Transición” estaba en la mano de un
príncipe, un príncipe infeliz.
—¿Un príncipe
infeliz? ¿Por qué? —pregunté algo confuso—
—El
historiador Javier Tusell nos lo explica así:
«Era muy simpático, pero eso escondía su interior
brumoso, su amargura de exiliado casi niño, en un país donde tenía problemas
con el idioma e, incluso, económicos».
Don Juan
Carlos de Borbón y Borbón, el hombre que el 22 de noviembre de 1975 se hizo
cargo de la Jefatura del Estado, no era un tipo tocado por la fortuna y
ensalzado por la clase política, sino más bien una incógnita encerrada en un
mar de dudas.
—Pero tenía
todo el apoyo de Franco y del Ejército.
—Sí, esto es
verdad, pero el Régimen lo aceptaba por ser el heredero del dictador, pero no
levantaba entusiasmos. El sostén castrense mantenía su lealtad siempre y cuando
el joven Rey no se desviara del camino trazado por el Generalísimo.
Fue una de
las familias de este Régimen, la de Carrero Blanco y la de López Rodó, la que
promocionó al Príncipe como sucesor a través de la llamada “Operación Salmón”.
Luego sería el propio Franco el que consiguiera el asentimiento de las demás
familias para que Juan Carlos fuera aceptado.
—Y del
entusiasmo que suscitó entre la oposición ni hablamos… ¿verdad?
—Podemos
hablar para afirmar que ni socialistas, ni comunistas, ni ninguna de las siglas
que con nombres diversos conformaban la izquierda aceptaron al hombre que había
sido impuesto por el dictador. El más beligerante fue Santiago Carrillo quien,
un año antes de morir Franco, desde su exilio en París, en su condición de
líder del PCE, en una entrevista de la italiana Oriana Fallaci para su libro
“Entrevistas con la historia” declaró:
«¿Qué
quiere que le diga de Juan Carlos? Es una marioneta que Franco manipula como
quiere, un pobrecito incapaz de cualquier dignidad y sentido político».
—Ahora bien,
en honor de la verdad, Santiago Carrillo iría cambiando de opinión con el paso
de los meses, llegando a aceptar incluso la monarquía y la bandera de España.
—Sí, esto es
verdad. En sus Memorias recuerda que
en 1977 Suárez le comentó que don Juan Carlos deseaba invitarle a la Zarzuela.
Después de pensarlo, Carrillo le contestó que no le agradaba esa visita dado
que el monarca, llevado por la acostumbrada campechanía de los Borbones, quería
tutearlo y, en este caso, —le dijo a Suárez— él también le hablaría de tú.
Además, se negaba a ponerse frac, una prenda que no había usado en su vida.
Finalmente, Carrillo aceptó la invitación y así pudieron conocerse estos dos
protagonistas de la Historia de España del siglo XX.
—Esta misma
evolución la podemos constatar en otro de los grandes líderes de la oposición
democrática: Felipe González. También, como Carrillo, no creía que la reforma
que se deseaba realizar fuera posible desde el poder.
—Felipe
González apostaba por la ruptura, aunque con matices. En una conferencia
multitudinaria en un teatro de Palma de Mallorca, el 28 de mayo de 1976, se
posiciona sobre el momento histórico de España de este modo:
«Creo
que la ruptura es inevitable. Ahora bien, el concepto de ruptura me parece
dialéctico. No se puede creer en una ruptura violenta, a partir de cero, para
la construcción de todo un edificio democrático».
—Pues blanco
y en botella, como solemos decir…
—Bueno, las
palabras tácticamente moderadas de Felipe González no deberían llevarnos a
engaño. Hasta 1978, el PSOE mantuvo posiciones radicales en temas como la
defensa de la república. El PCE aceptó la monarquía tras su legalización en
abril de 1977; el PSOE oficializó su aceptación un año después.
—¿Cómo fueron
las relaciones de Felipe González con el Rey?
—Complicadas.
A este asunto precisamente se ha referido Charles T. Powell en su libro Juan Carlos. Un rey para la democracia.
En esta obra
cuenta que, a mediados de octubre de 1977, durante una recepción celebrada en
honor del presidente mexicano López Portillo, Felipe González se acercó a
Suárez y le preguntó:
─ ¿Y tu jefe,
¿cómo está?
A lo que Suárez
contestó:
─ Bueno, jefe
tuyo y mío.
Cuando llegó
el Rey, Suárez le preguntó:
─Señor,
¿verdad que también es jefe de Felipe?
A lo que don
Juan Carlos respondió:
─Naturalmente.
Azorado, el
dirigente socialista asintió y dijo:
─Sí, también
es mi jefe.
—Los dos
pilares básicos de la Transición —la reconciliación nacional y la concordia—
llevaron a recortar considerablemente los poderes que Don Juan Carlos había
heredado de su antecesor en el cargo de jefe del Estado. Según Miguel Herrero
de Miñón —uno de los siete padres de la Constitución— la excesiva limitación de
las competencias del jefe del Estado ante la omnipotencia anterior fue uno —a
su juicio— de los graves defectos de los que adoleció nuestra Constitución.
En su libro Memorias de estío indica que el carácter
reactivo frente a la situación anterior y la hipertrofia de las declaraciones
dogmáticas como respuesta ante el menosprecio de los derechos humanos que se
imputaban al franquismo condicionaron decisivamente las competencias del jefe
del Estado.
—Algo que,
por cierto, fue adaptado de buena gana por Don Juan Carlos en aras a que los
partidos aceptaran la monarquía constitucional. En enero de 1978 comentó al
periodista José Oneto lo siguiente:
«Tal como se están desarrollando las cosas voy a
tener menos poderes que el rey de Suecia, pero si eso sirve para que todos los
partidos políticos acepten la forma monárquica del Estado, estoy dispuesto a
aceptarlo».
Con estas
reflexiones sobre la figura decisiva de Don Juan Carlos en el cambio de la
dictadura a la democracia en España nos plantamos en la también histórica Plaza
del Ayuntamiento. Los toledanos la conocen también por la plaza de “Los tres
poderes”.
Y es que con
una mirada de 360 grados observamos el “Poder Judicial”, con el Palacio de
Justicia, el “Poder Político” con el Ayuntamiento de Toledo y el “Poder
Eclesiástico” —no menos importante en Toledo que los anteriores— representado
por el Palacio Arzobispal y la Catedral de Toledo.
En este
imponente contexto pregunto a mi conversador por Torcuato Fernández-Miranda,
una persona clave en el proceso de la dictadura a la democracia. Jurista de
reconocido prestigio y el más enigmático de quienes a mediados de los setenta
protagonizaron la reforma política.
—Torcuato
Fernández-Miranda —me comenta— cultivaba con esmero su condición de sofista, un
regusto por el arcano de quien parecía licenciado en Delfos. Y es que este
político de gran recorrido dentro del Régimen jugaba con las palabras con
maestría, lo que contribuyó a que no tuviera amigos en el entorno de la
dictadura, más dado a la facundia y a la franqueza que a la ambigüedad
calculada. En lenguaje futbolero —ya sabes que yo soy del Atlético de Madrid—
se puede decir que Torcuato era ese tipo que se movía en medio de una frase
como un Amancio de la política, que siempre intentaba el mismo regate y casi
siempre le salía.
—¿Estás de
acuerdo con que don Torcuato tenía un olfato especial para el manejo de los
tiempos?
—Sí. De esto
no cabe ninguna duda. Cuando el Rey le pregunta si quería ser presidente del
Gobierno o presidente de la Cortes, Torcuato le contesta que lo que más
ambicionaba era ser presidente del Gobierno, pero que desde las Cortes podía
serle más útil. Sabía muy bien que, en ese preciso momento, las Cortes y el
Consejo del Reino —instituciones en las que él se desenvolvía con gran
maestría— eran cruciales para la puesta en marcha del proceso de
desmantelamiento del Régimen y la llegada de la democracia.
—La
periodista y cronista de la Transición, Pilar Urbano, ha escrito que muerto
Franco se abrían dos caminos: ruptura o reforma. Los rupturistas querían
liquidar el armatoste estatal de inmediato, la dictadura al basurero, y
edificar con una nueva planta. Podía ser rápido, como una demolición, aunque
con riesgos imprevisibles. El rey, en cambio, prefería una reforma serena, un
paso a paso atemperado, sin acrobacias temerarias. Torcuato se lo había
explicado cien veces. Las Leyes Fundamentales no solo eran modificables, sino
derogables. En este sentido: ¿Supo leer la voluntad del Rey de hacer un cambio
tranquilo hacia la democracia?
—Indudablemente.
La Ley para la Reforma Política fue, a mi juicio, el mayor éxito de Torcuato
Fernández-Miranda y, al mismo tiempo, el inicio de su declive. Se cuenta que, a
instancias del presidente Adolfo Suárez redactó en un fin de semana la
propuesta de reforma. Se trataba de una ley —la octava de las leyes
fundamentales del Reino— muy simple, que derogaba las otras leyes, permitiendo
el paso de un régimen autoritario a otro democrático, a través de la elección
del Congreso y el Senado por sufragio universal, con el encargo de hacer una
Constitución.
—Pero antes
tuvo que llevar a cabo una gran misión: presentar ante el rey don Juan Carlos
una terna de nombres para la elección del futuro presidente del Gobierno que
podría en marcha el proceso de la Transición Política.
El Consejo
del Reino —una institución que venía operando desde el año 1948— reunido el 2
de julio de 1976 eligió a Adolfo Suárez González, junto a Federico Silva Muñoz
y Gregorio López Bravo, tras siete largas horas de deliberaciones que se
prolongaron hasta la mañana siguiente.
Torcuato
comunicó el resultado de la deliberación con una enigmática e histórica frase: «Estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo
que el Rey me ha pedido». Uno de los aspirantes, Manuel Fraga Iribarne,
consideró entonces que la decisión de nombrar a Adolfo Suárez como presidente
del Gobierno había sido un gran error del Rey.
¿Lo fue
también de Torcuato Fernández-Miranda?
—Fue, sin
duda, una decisión muy difícil. Tanto el monarca como Fernández-Miranda querían
que en esta terna estuviese Adolfo Suárez, pero lograrlo no era fácil. El
Consejo del Reino, presidido por el propio Fernández-Miranda, era un órgano del
que formaban parte las personalidades más retrógradas de la vida política. En
este terreno de juego Torcuato debía moverse con sigilo para que no se notara
que tenía alguna preferencia, pues su candidato hubiera quedado eliminado de
inmediato. En una primera criba quedaron eliminados Fraga y Areilza, dos
gigantes de la política de aquel momento. En la penúltima votación logró que se
escogiera un candidato de cada una de las familias representativas del
franquismo, y ahí entró Suárez que, en última votación fue, por cierto, el
menos votado.
—¡Suárez!
—exclamé— Tú lo has calificado en tu obra Siete
caras de la Transición como “El héroe trágico”. ¿Por qué?
—Adolfo
Suárez era el hombre al que supuestamente el productor de la Transición y su
guionista habían escogido para interpretar la obra de desmontaje del sistema
franquista. Es cierto que Adolfo Suárez tenía dotes de actor genial, pero
estaba hecho para forjar su propio destino, no para poner voz y gestos a las
ideas de otros.
Siempre he
pensado que la ocurrencia atribuida a Torcuato Fernández-Miranda según la cual
él sería el guionista de la Transición, el rey el productor y Suárez el actor
es erróneo. Tanto Fraga como Areilza respondían al espécimen político
franquista, en su versión más reformista. Suárez no. Suárez —a mi juicio— no
era exactamente franquista sino adolfista. Su trágico final político y personal
—perdedor de un gran éxito, fracasado de un triunfo formidable, muerto antes de
morir y juguete roto de la política— le convierte en un héroe de tragedia
griega.
—¿Y cómo lo
describirías?
—Creo que
Adolfo Suárez era un animal político salvaje, dotado de un olfato
extraordinario que le permitía vivir el pálpito de la calle y desde ella
interpretar lo que pasaba y actuar en consecuencia. Suárez —esencialmente— era
un hombre convencido de que tenía una misión, un valiente al que la suerte
histórica le permitió vivir su sueño: el de alcanzar la presidencia del
Gobierno de España. Diversos testimonios coinciden en que desde muy joven
Adolfo Suárez expresaba su seguridad de que algún día sería presidente
—A mí siempre
me ha parecido que su famosa frase de «Vamos
a elevar a categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente
normal», pronunciada durante la defensa de la Ley para la Reforma Política,
conocida también popularmente como el “harakiri de las Cortes franquistas”, fue
un claro ejemplo de ese pálpito de la calle al que te acabas de referir.
—Sí. Adolfo
Suárez, era un animal político salvaje que comenzó su carrera hacia la gloria y
el abismo —de ahí mi calificativo de “héroe trágico”— en 1955, tras conocer a
Fernando Herrero Tejedor, gobernador civil de Ávila; un político falangista que
supo ver las cualidades del joven de Cebreros, colocándolo como secretario.
Luego, tutelado por el propio Herrero Tejedor desempeñó diversas funciones
políticas hasta que en 1968 fue nombrado gobernador civil de Segovia, un puesto
que le permitiría conocer y trabar buena relación con el príncipe Don Juan
Carlos.
—… un peldaño
que le aupó al siguiente: el nombramiento como director general de Radio
Televisión Española en 1969, contribuyendo desde esta plataforma audiovisual a
que los españoles conocieran mejor al Príncipe, un personaje entonces oculto en
la maraña franquista. Luego vendrían otros peldaños de la escalera del éxito
hasta que los españoles conocimos su nombramiento como presidente del Gobierno
durante la tarde del 3 de julio de 1976. ¡Una gran sorpresa al parecer!
—¡Ya lo creo!
A la sorpresa y conmoción en los círculos políticos se sumó el de los
periodísticos. Ricardo de la Cierva, en un artículo publicado en El País con el título de ¡Qué error, qué inmenso error! escribió
que se trataba de un nuevo Gobierno de Franco.
—… una
percepción errónea de Ricardo de la Cierva, vista con la perspectiva que nos da
el tiempo.
—Bueno, en
esta misma idea de que se trataba de un error se movieron también los medios
democráticos. Para ellos con Suárez no llegaba un adelanto de la democracia
sino un Franco joven.
La falta de
experiencia política fue resaltada por muchos medios nacionales e
internacionales. El País subrayó sus
cualidades de buen político, brillantez, inteligencia y discreción; pero, a
continuación, matizaba que no era hora de políticos sino de estadistas.
—… otra
percepción quizás errónea porque el tiempo nos pone, como dictamina el dicho
popular, a todos en nuestro sitio. Y a Adolfo Suárez el tiempo le ha puesto —a
mi juicio— en un gran lugar: en el Olimpo de la Historia, desde donde su luz
seguirá iluminando la Historia de España para siempre.
—Sí, así lo
creo yo también. Cuando llegó la muerte a visitarlo, el 23 de marzo de 2014,
fue despedido como un héroe, como el Ulises de la Democracia.
Antes de
continuar nuestras andanzas en torno a la Transición con sus caras más
representativas mantuvimos un tiempo de silencio, fijando simultáneamente
nuestras miradas en la imponente fachada principal de la Catedral de Toledo
Primada de España, ópera prima del gótico español, joya del patrimonio mundial
y una de las mejores galerías de arte gótico del mundo.
Absortos ante
la belleza y magnificencia de esta “opus magnum”, cuya construcción comenzó en
el siglo XIII con Fernando III el Santo, siendo finalizada con las últimas
aportaciones en el XV con los Reyes Católicos, seguíamos manteniendo un tiempo
de silencio.
Sí, un tiempo
de silencio para rememorar interiormente una época fulgurante de la Historia de
España parecida —según expresión de mi conversador— a un barranco donde los
ciudadanos no sabíamos si gateábamos hacia la salida o hacia el fondo. Pero
también como un punto de inflexión parecido al que supuso la novela barojiana
escrita en el año 1962, Tiempo de
silencio, por el psiquiatra y escritor Luis Martín Santos, elemento clave
de la evolución de la literatura española del siglo XX.
Como esta
obra de estructura clásica de principio, nudo y desenlace, la Transición se
inicia para algunos en los años sesenta con el nuevo rumbo económico del país;
para otros con el asesinato de Carrero Blanco en 1973; y para los más puristas
con la muerte de Franco, el 20 de noviembre de 1975. El desenlace suele
situarse en 1981, con el golpe de Estado de Tejero, en 1982 con la llegada del
poder del PSOE o en 1985, con la entrada de España en la Comunidad Económica
Europea. Y en cuanto al nudo de esta “leyenda de la Inmaculada Transición”
podría quedar resumido en que se trató de una gesta de la libertad, la
igualdad, y el pluralismo político. Y esto en medio de una impresionante crisis
económica, incontables huelgas, el brutal terrorismo tanto de extrema izquierda
como de extrema derecha, así como el constante y amenazante ruido de sables.
—¿Te parece
que prosigamos nuestro camino? —comenté rompiendo nuestro largo silencio.
—Sí, claro,
prosigamos. La Transición, además de El Rey, Arias Navarro, Torcuato y Suárez,
tuvo otros importantes protagonistas como Carrillo, Fraga o Carmen Díaz de
Rivera.
Proseguimos
nuestro camino desde la Plaza del Ayuntamiento o de los Tres Poderes. Mientras
la dejábamos atrás con la intención de llegar hasta el Palacio de Fuensalida ─
nuestra última estación─, le expliqué a mi conversador que esta plaza nació por
una necesidad de crear espacio libre ante la Catedral de Toledo, una decisión
tomada por el Cardenal Gil Álvarez de Albornoz en 1339; y que para tal cometido
se tuvieron que derribar casas pertenecientes al Cabildo e, incluso, un granero
adscrito a la Catedral. De un modo irónico comenté:
—Me imagino
que Carrillo, otra de las caras de la Transición, esta decisión de cesión de la
propiedad eclesiástica en favor de la civil la aplaudiría con el fervor de un
hombre de izquierdas.
—Claro,
seguramente. El franquismo creó y alimentó a un ser diabólico llamado Santiago
Carrillo. Era comunista, lo que significaba la peor expresión del mal. También
vivía en el castillo aterrador una bruja, una madrastra conocida con el
sobrenombre de “Pasionaria”, Dolores Ibarruri para los devotos.
Carrillo llegó
al bosque hispano en febrero de 1976 disfrazado con una peluca. No había pisado
suelo español desde 1939. Tras un breve paso por la cárcel se quedó en España,
ya sin peluca, con un objetivo innegociable: la legalización del PCE. Durante
este tiempo le tocó lidiar con el espeluznante toro del terror. El 24 de enero
de 1977, el asesinato de cinco abogados laboralistas de CCOO en la calle Atocha
de Madrid amenazó con tumbar el débil edificio democrático.
—Tengo
entendido que a Adolfo Suárez le impresionó la actitud de los comunistas tras
el atentado de Atocha. El periodista Luis Herrero ha escrito que Adolfo siempre
creyó que Carrillo era un lobo disfrazado de cordero y que su actitud cambió
tras esta terrible matanza.
—Sí. Suárez
había mantenido diversas reuniones con Carrillo. Sesiones prolongadas durante
horas, envueltas en el humo de dos adictos al cigarrillo, que se cayeron
enseguida muy bien. Una vez conseguido el feeling de lo que se trataba era de
formalizar un gran acuerdo.
El
historiador, Santos Juliá, ha escrito:
«Ahora de lo que se trataba era de que el secretario
general del partido comunista, responsable del orden público en el Madrid
sitiado de noviembre del 36 se viera y se entendiera con el último secretario
general del Movimiento Nacional, que cuarenta años después recién venía de
colgar en el trastero la camisa azul».
—¡Qué
curioso! Pareciera como si este encuentro entre dos hombres procedentes de
mundos tan diferentes fuera obra del destino, de la causalidad y no de la
casualidad.
—Pues no es
la única. Pocos conocen que la apuesta por la reconciliación nacional arranca
en junio de 1956 con la llamada Declaración
del Partido Comunista de España, por la reconciliación nacional, por una
solución democrática y pacífica del problema español. Este documento de 30
páginas, por el que el PCE analizaba la situación política, económica y social de
España, y aportaba ideas para reconstruir el país entre todas las fuerzas
políticas, fue suscrito veinte años después de iniciada la guerra civil.
Pues bien —y
aquí viene el dato curioso— otros veinte años después de la firma de este
documento, el PCE se convertiría en protagonista central de la Transición.
—Y luego
vendría la tan ansiada legalización: el histórico 9 de abril de 1977 más
conocido como “Sábado Santo Rojo”. En este caso fue RNE y un compañero nuestro,
el legendario periodista Alejo García, quien comunicó a los oyentes la
trascendental legalización del PCE. Lo hizo durante un eterno minuto, como
sabes, con voz entrecortada, ahogada, sin resuello, de manera dubitativa, y
hasta pidiendo perdón por su torpeza.
—Pues sí. Un
anuncio que hizo historia, tanto por la forma como por el contenido. Nuestro
compañero Alejo García explicó después que en aquel momento la redacción de RNE
estaba en un piso inferior a los estudios y que el esfuerzo de subir a toda
velocidad para comunicar la noticia le vació de aire los pulmones, lo que le
llevó a leerla a trompicones.
—¿Qué papel
tuvo Carmen Díaz de Rivera —“la rubia misteriosa”— en esta legalización?
—Carmen Díaz
de Rivera no sólo tuvo un papel relevante en esta legalización sino también en
el proceso inicial de la Transición. Fue, como se ha dicho, una mujer
extraordinaria en un tiempo irrepetible. Hablaba cuatro idiomas y estaba
licenciada en Ciencias Políticas por la Complutense. Fue la persona de
confianza de Adolfo Suárez en su época de Director General de Radio Televisión
Española. Luego lo sería también cuando fue nombrado Ministro Secretario General
del Movimiento; y, en julio de 1976, ya como presidente del Gobierno, con el
nombramiento de directora del Gabinete de la Presidencia, puesto desde el que
abogó por la legalización de los partidos políticos, especialmente el PCE.
—Tengo
entendido que era una mujer con carácter, de las de “armas tomar”.
—Sí. Ya lo
creo que lo era. Díaz de Rivera contó a su biógrafa, Ana Romero, que la primera
entrevista con Suárez fue muy tensa.
Apenas llegó
a su despacho le hizo esta pregunta hiriente:
─ ¿Cómo usted,
tan joven, puede ser tan fascista?
Adolfo
Suárez, por su parte, le aclaró que no era fascista.
Díaz de
Rivera, sin embargo, le replicó, mientras miraba con fijeza un retrato de Franco:
─Pues todo lo
que veo aquí me parece fascista, añadiendo a continuación:
─Quiero que
sepa que yo necesito dinero, pero no estoy dispuesta a ganarlo ayudando a la
dictadura.
—Ciertamente,
Díaz de Rivera, era una mujer de “armas tomar”. El gran Francisco Umbral
escribió que Carmen Díaz de Rivera era la musa de la reforma, la Pasionaria de
la calle de Serrano, la Victoria Kent del Barrio de Salamanca ─comenté.
—Sí, fue una
mujer con una gran personalidad. He escrito que La Transición fue un momento irrepetible, casi inverosímil de
nuestra historia contemporánea, en la que brilló esta mujer hermosa y
enigmática, que conducía un Renault 5 naranja y gastaba chubasqueros de colores
vivos. Llevó un diario en el que anotó datos, impresiones y opiniones sobre el
proceso político en marcha. Diario que entregó a la periodista Ana Romero con
el ruego de que lo destruyera después de haber entresacado un centenar de
entradas escogidas por la propia Díez de Rivera.
Embelesados
con Carmen Díaz de Rivera, la figura femenina de la Transición ─ “la rubia misteriosa”
─, la que brilló por derecho propio en aquel vasto imperio varonil del
franquismo, llegamos a nuestra siguiente y última estación de nuestro
particular vía crucis: el Palacio de Fuensalida, un imponente edificio
construido a finales de la primera mitad del siglo XV por encargo de don Pedro
López de Ayala, primer señor de Fuensalida.
Está
considerado como el mejor exponente palaciego del mudéjar toledano, una
tipología histórica escasa en nuestro patrimonio edificado, donde se fusionan
tres estilos: gótico, plateresco y mudéjar. Actualmente se celebran en él las
sesiones plenarias del Consejo de Gobierno de la Junta de Comunidades de
Castilla-La Mancha. Un símbolo del poder político, como en su día lo fue otra
de las caras de la Transición: Manuel Fraga Iribarne.
—¡Don Manuel
Fraga! ¿Quién fue Manuel Fraga?
—Uno de los
hombres que estaba en la mayoría de las quinielas de los aspirantes a pilotar
el tránsito de la dictadura a la democracia. Era un temperamento hecho de
inteligencia, furia y testosterona. Un hombre nacido para la gesta o para el
naufragio. Un político del franquismo perteneciente al ala abierta de aquella
cerrada y cerril España.
—¿Alguna
descripción más sobre don Manuel? —Dígala, o calle para siempre— pregunté y
comenté con cierta retranca.
—Sí. Me
gustaría aclarar que Fraga, como cualquier político franquista, era un
prototipo de la España reaccionaria forjada en la dictadura: un servidor del
Régimen y admirador de Franco, al que, como es natural, nunca le cuestionó
nada.
—Esto es
verdad, pero, al mismo tiempo, gracias a políticos como Fraga se sentaron desde
dentro las bases del cambio a la democracia. Cuando en 1962 fue nombrado
ministro de Información y Turismo, fue muy bien acogido por la prensa
internacional.
—Sí. Aunque
esto le llevó a Franco a pronunciar una de sus frases de laconismo irónico: «Algo habremos hecho mal».
No cabe duda
que sus mayores logros de gestión estuvieron en el ámbito del turismo. A él le
debemos la red de paradores de turismo que hoy disfrutamos, una iniciativa
continuadora surgida durante la dictadura del general Miguel Primo de Rivera.
También debemos destacar sus esfuerzos por relajar la censura de prensa. Con la
conocida “Ley Fraga” —que vino a sustituir la legislación sobre la materia de
1938, en plena Guerra Civil— consiguió que desapareciera la censura previa, si
bien, después de editados los periódicos o las revistas debían de responder por
lo publicado.
—Los que ya
pintamos canas seguimos recordando al Fraga de aquella época dándose un baño
junto al embajador de Estados Unidos, Angier Biddle Duke, en la playa de
Palomares (Almería), el 7 de marzo de 1966 era su forma de decir al mundo que
las aguas del Mediterráneo eran seguras, que el riesgo de contaminación
radioactiva era nulo.
—Pero hay
otra anécdota, sin foto, que resulta muy divertida. Verás. Su paisano Pío
Cabanillas era su Subsecretario en el Ministerio y ambos habían acudido a
Cambados a un acto oficial. Era un día muy caluroso de agosto y a Pio se le
ocurrió, acabado el acto, que podían irse a darse un chapuzón.
─No tenemos
bañador─ repuso Fraga.
─No importa,
conozco una cala donde no va nadie─ respondió Cabanillas.
Desnudos
ambos, se zambulleron en el agua y nadaban muy a gusto cuando descubrieron a un
grupo de niñas de un colegio de monjas, que se habían bajado de un autobús con
la intención de bañarse.
Los dos
—lógicamente— a escape. Fraga iba tapándose sus partes, mientras Pío Cabanillas
le gritaba:
─ Manolo, la
cara; la cara, Manolo.
—Ja, ja, ja,
¡Qué bochorno! Seguro que pensaron, ¡tierra, trágame!
—Seguramente.
Luego, en 1969, tras el estallido del caso Matesa, —uno de los escándalos
político-económicos más importantes de España, durante la última etapa del
franquismo— Fraga es relevado en el ministerio y, por iniciativa propia y con
notables apoyos, comienza a centrar sus esfuerzos en la preparación de las
reformas que sería preciso emprender tras la muerte de Franco.
—Tengo
entendido que él fue uno de los que impulsó la creación del periódico El País.
—Cierto. En
1971 firmó un acuerdo con José Ortega Spottorno para la creación del diario El País, con la idea de que le sirviera
como plataforma para liderar la futura Transición.
Unos meses
después, el 20% del capital fundacional corresponde a Fraga y personas
allegadas. El director iba a ser Carlos Mendo; después se le ofreció al
escritor Miguel Delibes, que no aceptó.
El de El País, como otros tantos proyectos,
fueron creciendo durante la estancia de Fraga en Londres como embajador. Al
parecer, la sede diplomática en la capital británica se transformó en lugar de
paso e intrigas. La salida de este rotativo se produjo en mayo de 1976, siendo
Fraga ministro de la Gobernación en el Gabinete de Arias Navarro.
—Por cierto:
¿dónde se encontraba don Manuel el 20 de noviembre de 1975?
—El 18 de
noviembre de 1975, con Franco técnicamente muerto, Fraga —en su calidad de
embajador en Londres— se presentó en Madrid, siendo recibido con honores de
estrella en el aeropuerto. Dos días después —el 20 de noviembre— recien
conocida la muerte del dictador, se entrevistó con don Juan Carlos, a quien
entregó un escrito en el que se recogía las líneas que deberían articular la Transición.
Fraga no
concebía que pudiera haber nadie tan cualificado como él para ponerse al frente
de este importante proyecto de cambio; sin embargo, el rey don Juan Carlos
tenía puesta su mirada en otro candidato: Adolfo Suárez.
Luego, tras
la muerte de Franco, el primer ministro del Gobierno, tras la dictadura, Carlos
Arias Navarro, nombra a Fraga ministro de la Gobernación.
—Todo lo que
viene a continuación sobre Fraga forma parte relevante del convulso periodo de
la Transición y en la formación de la derecha política democrática.
—Un periodo
durante el que Fraga se matriculó en la “Escuela de la Adversidad” por las
sonoras derrotas que cosechó, pero también con logros y victorias importantes.
Además de diputado y senador fue uno de los siete padres de la Constitución de
1978; fundador del partido Reforma Democrática ─embrión de Alianza Popular y, a
su vez, del actual Partido Popular─ y candidato a la presidencia del Gobierno
de España en cuatro ocasiones entre 1977 y 1986.
Fue
presidente de la Junta de Galicia entre 1990 y 2005. Se retiró de la política
el 2 de septiembre de 2011. El 15 de enero de 2012 se paró el corazón del
hombre al que le cabía el Estado en la cabeza.
Con esta
última reflexión ambos comprendimos que había llegado el momento del silencio,
el gran arte de la conversación. Entonces vino a nuestra memoria la reflexión
del dramaturgo y ensayista belga, Maurice Maeterlinck:
«Los grandes hombres y mujeres tienen confianza en
el destino. Conocen parte del porvenir, porque son parte del porvenir ellos
mismos».
Al caer en la
cuenta de que las siete caras de la Transición —esas que tuvieron confianza en
el destino y conocían el porvenir— ya no estaban entre nosotros —salvo una—;
sentimos el consuelo celestial de la verdad bíblica revelada:
«Los hombres pasan, pero sus obras continúan».

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