EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: Libertad sin ira
LIBERTAD
SIN IRA
Don Quijote
de la Mancha afirmó que, «La libertad,
Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos;
con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar; por
la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida»; y,
Adolfo Suárez, primer presidente del Gobierno de España tras la dictadura,
sentenció que, «Hay algo que ni siquiera
Dios pudo negar a los hombres: la libertad».
Y es que la
libertad que, etimológicamente deriva del latín “libertas” y “libertatis” (“El
que jurídica y políticamente es libre”), hoy considerada como uno de los
valores superiores de nuestro ordenamiento jurídico y consagrada en la
Declaración de los Derechos Humanos, está reñida con la coacción y la opresión
por parte de otros.
De manera
generalizada existe un amplio consenso en que nuestra Transición de la
dictadura a la democracia se realizó de manera modélica, dando como resultado
un Estado Social y Democrático de Derecho homologable a cualquier otro Estado
de la Unión Europea.
En líneas
generales, se considera que la Transición política española fue una operación
de éxito: «De la Ley a la Ley, a través
de la Ley» en expresión de Torcuato Fernández-Miranda, uno de los actores
principales de este complejo proceso de desmantelamiento del régimen anterior.
Una Transición que propició cambios de gran envergadura, que dieron como
resultado grandes conquistas políticas, económicas y sociales.
Sí,
ciertamente, la Transición política española fue, con avances y retrocesos,
dudas y reticencias, quebrantos y sustos, luces y sombras, con dificultades de
todo orden y con el espíritu del “caminante no hay camino, se hace camino al
andar”, del poeta Antonio Machado, una operación quirúrgica de carácter
político admirable o, si se prefiere, con palabras del eminente jurista,
Francisco Tomás y Valiente, coreando aquello de Libertad:
«Un
proceso único e irrepetible. Una sinfonía coral sin partitura, que se
interpretó en un concierto sin espectadores, porque nadie se quedó fuera del
escenario, sino que cada cual, o tocaba un instrumento o coreaba aquello de
Libertad».
Sí,
efectivamente, la Transición se fue desarrollando sin un claro sendero que
recorrer, coreando aquello de Libertad; pero, ¡Atención! Porque como cantó el
grupo musical folklórico Jarcha:
«No hay libertad sin cadenas. Puede que la tenga
Dios. Puedes tú mismo tenerla. Puede tenerla el tirano. Da lo mismo. A fin de
cuentas, es la libertad rodeo, que va dando la cadena».
Recordemos
que el general Franco falleció el 20 de noviembre de 1975 y con él un régimen
dictatorial de casi 40 años. Es verdad que las llamadas “Leyes Fundamentales” e
instituciones como el Consejo Nacional del Movimiento o el Consejo del Reino no
desaparecieran hasta el año siguiente tras la entrada en vigor de la
Constitución, pero, con la supresión del Tribunal de Orden Público, la
legalización de los partidos y los sindicatos, las elecciones libres y la ley
de amnistía, se dio por concluido este régimen.
El anuncio de
la legalización del Partido Comunista de España (PCE), un 9 de abril de 1977,
la celebración el 15 de junio de ese mismo año de las primeras elecciones
democráticas tras la dictadura, la
aprobación el 6 de diciembre de 1978 de la Constitución Española y la llegada
al poder, un 28 de octubre de 1982 del Partido Socialista Obrero Español (PSOE)
son algunos de los hitos más relevantes del
fin de un sistema político no democrático asentado sobre tres pilares:
el Ejército, la Iglesia y el partido único.
Así que, el
paso de la dictadura a la democracia, conocido como “La Transición política
española”, quedaría ligada instintiva y definitivamente a la libertad.
¡Libertad!
¡Sí, libertad! ¡Qué gran palabra! Una grandiosa
palabra de profundos significados: de dejar atrás lo viejo para abrazar lo nuevo;
impulsora de un nuevo estado de conciencia social de superación de “las dos
Españas”; descriptiva de un tiempo convulso y apasionante en la que un joven y prometedor grupo
folklórico llamado Jarcha circulaba esperanzado
por carreteras estrechas de una sola dirección, en los que había que ir
sorteando los baches de aquella Andalucía de los años 70; una Andalucía en la
que, como dice la introducción al documental Generación Jarcha dirigido por Inés Romero y Pablo Coca, las madres
se empeñaban en que sus hijos estudiaran para que no fueran emigrantes.
Una Andalucía
donde los más viejos del lugar recordaban que en este país hubo una guerra
y que
había “dos Españas” que guardaban aún el rencor de viejas deudas; y
también que se necesitaba palo largo y
mano dura para evitar lo peor; una Andalucía que iba saliendo poco a poco de un
largo letargo político y social, abierta
al cambio, donde la gente comenzaba a
fijar su mirada ─sin miedo─ en lejanos horizontes donde se podían respirar
aires de libertad sin ira; gente, por cierto,
que sólo deseaba su pan, su familia y la fiesta en paz.
Hablar de Jarcha ─un grupo musical onubense creado
en el año 1972 por Maribel Martín, Lola Bon, Antonio Angel Ligero, Ángel Corpa,
Crisanto Martín, Gabriel Travé y Rafael Castizo─ es hablar también del llamado ESPIRITU DE LA TRANSICIÓN, pues Jarcha ─a
juicio de muchos─ es el grupo musical español que, por antonomasia, representa
este espíritu de la Transición, de la Concordia y la Reconciliación.
Un año
después, con su primer disco Nuestra
Andalucía ─toda una declaración de intenciones, por cierto─ echaba a volar
un nombre musical que, sin pretenderlo, marcaría a toda una “generación de
pantalones estrechos y anchos deseos”. Andalucía como su fuente y su motivo, y
en su voz la memoria de siglos de silencio, utilizando la música para quitarle
el freno a los sueños, dentro de un contexto histórico de un país que se abría
a la democracia.
En 1976 llega
el emblemático tema Libertad sin ira.
Con este trabajo musical la proyección de Jarcha
se abre a toda España, a Europa y a la mayoría de los países latinoamericanos.
Desde
aquellos inolvidables años, por Jarcha han pasado varias formaciones y una
veintena de cantantes, sin perder nunca su esencia; esa que le llevó a rescatar
el folklore, a poner en la paleta de voces la Andalucía menos tópica y a
interpretar musicalmente a poetas de la talla de Salvador Tábora, Miguel
Hernández, Bertol Brech, Alberti, Blas de Otero, Pedro Rivera, Federico García
Lorca, Nicolás Guillén, Juan Antonio Guzmán o Eduardo Álvarez Heyer.
—Yo, a
Jarcha, lo definiría como Andalucía ─ha comentado Jesús Bola, Director musical
de Jarcha. Para mí representa Andalucía por los cuatro costados.
—Lo
importante en la música o en el arte en general ─apostilla Rafael Castizo
(bajo)─, es ser capaz de comunicar ideas y sentimientos, moviendo la fibra
sensible. En este sentido, Jarcha podría
cantar cualquier texto que sea bello, que hable de los sentimientos humanos y
sus relaciones entre ellos.
Jarcha, sin ninguna duda, fue un hijo querido de su tiempo, que fue capaz de
mover la fibra sensible de un país que deseaba dejar atrás un pasado de
desencuentros y profundas heridas. Una España determinada a «Elevar a categoría política de normal lo que a nivel de calle es
simplemente normal», en expresión
de Adolfo Suárez.
Y es que,
como apunta Maribel Martín (Triple primera), la generación Jarcha era gente
luchadora, con ilusiones muy potentes, grandes inquietudes y muchas ganas de
cambiar las cosas.
Sí, así fue.
La llamada «Generación del Consenso» era como Jarcha: luchadora, ilusionada,
con grandes inquietudes y enormes ganas de cambiar las cosas.
De ahí que,
como nos aclara Juan José Oña (Tenor), por aquellos tiempos de aires de cambio,
había mucha otra gente con su mirada puesta en los innumerables problemas que
tenía la sociedad; unos problemas que, con la perspectiva que nos da el tiempo,
hoy sabemos que eran de gran calado.
En efecto, la
Transición política española tuvo que vérselas esencialmente con tres problemas
de gran calado.
El primero de
ellos relacionado con las “cosas de comer”, es decir, con la economía. Así que,
tras las elecciones generales del 15 de junio de 1977, tuvieron que adoptarse
medidas drásticas fijadas en los llamados “Pactos de la Moncloa”, mediante un
amplio acuerdo entre las fuerzas políticas con representación parlamentaria, a
fin de conseguir el control de la balanza de pagos y los desequilibrios
internos de la economía, con políticas monetarias, presupuestaria y de precios
y salarios.
El segundo,
el de los nacionalismos periféricos que condicionó a la UCD a generalizar el
proceso autonómico al conjunto de España.
Y, el
tercero, con el terrorismo que, incomprensiblemente, siguió creciendo, a pesar
del proceso de cambio que dio lugar al establecimiento de un régimen democrático en España,
permitiendo canalizar casi todas las demandas colectivas, regular pacíficamente
los eventuales conflictos de intereses y proteger los derechos de las minorías.
Jarcha era un
cúmulo de reivindicaciones —según Pepe Roca (cantante). Su propio nombre,
Jarcha (canción tradicional en mozárabe o en árabe coloquial con que cerraban
las moaxajas los poetas andalusíes árabes o hebreos) representaba esta actitud.
Pero, al mismo tiempo, Jarcha era música y folklore. Y para Toñy García (Tiple
segunda) a Jarcha le seguía un público reivindicativo que luchaba por las
libertades.
Conforme.
Pero, ¿Ahora, ¿dónde está este público reivindicativo, ilusionado, inquieto y
con tantas ganas de cambiar las cosas? ¡Sí, dónde está! Esta es la cuestión.
Antonio Ángel
Ligero (Tenor) se ha hecho también esta misma pregunta. Antes de responder nos
canturrea las dos famosas estrofas de la emblemática canción Libertad sin ira, para recordarnos de
dónde venimos; unas estrofas inolvidables, grabadas a fuego dentro del
imaginario colectivo de una generación de españoles que vivió uno de los
periodos más convulsos y apasionantes de la Historia de España.
«Dicen los viejos que este país necesita, palo largo
y mano dura para evitar lo peor, pero yo sólo he visto gente que sufre y calla,
dolor y miedo. Gente que solo desea su pan, su hembra y la fiesta en paz».
Al finalizar
este cántico se pregunta:
─Sí… ¿dónde
estáis?
Luego, a modo
de reflexión, comenta:
«Porque, por entonces, todos pensábamos de similar
manera y queríamos lo mismo, pero ahora parecéis acomodados en la casita en la
playa, al mejor coche y a viajes inolvidables».
─Sí, ¿dónde
estáis? ─me pregunto yo también.
A
continuación, viene a mi memoria lo de «¡Vamos
a poner a España que no la va a conocer ni la madre que la parió!»
¿Una
declaración de intenciones? ¿Una profecía auto cumplida?
De este modo
lo pensó, lo dijo y lo profetizó Alfonso Guerra el 28 de octubre de 1982, tras
conocerse los asombrosos resultados ─más de 10 millones de votos─ que obtuvo el
Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en esas elecciones generales. Un hito
que, para algunos estudiosos, representa el fin del periodo de la Transición
política española.
No cabe duda
de que hoy España ya no es la misma que la de la generación de Jarcha. La
Transición puso la primera piedra para un nuevo edificio político y social que
promovió con determinación la consolidación del Estado de bienestar. Sus logros
más señeros ─en cumplimiento del precepto constitucional del Estado Social y
Democrático de Derecho en el que se constituyó el Estado Español─ han sido la
universalización de la atención sanitaria, garantizar el sistema de pensiones,
el aumento de la edad de la enseñanza obligatoria, el crecimiento económico y
la ayuda a los desempleados y a los más desfavorecidos.
Evidentemente,
todo no ha sido de color de rosa, pero el balance final—y en esto existe un
amplio consenso— ha sido francamente positivo.
Se afirma
también de una forma generalizada que una de las claves principales de estos
importantes logros la podemos hallar en una sociedad civil dinámica y
reivindicativa de los últimos años del franquismo y los primeros de la
Transición, impulsora de estos cambios políticos y sociales.
Una sociedad
civil que fue capaz de modelar el discurso político, lo que posibilitó el
retorno de la democracia y el Estado de bienestar, de forma ordenada y por la
vía reformista. Una sociedad civil que, aunque ahora nos parezca adormecida por
los cantos de sirenas del placentero estado del bienestar, aún sigue viva
esperando ─según Antonio Ángel Ligero─, que se den las circunstancias adecuadas
para saltar a la palestra.
La famosa
expresión «Yo soy yo y mis circunstancias»,
del filósofo español José Ortega y Gasset, que explica acertadamente que “mi
yo” no puede separarse del medio en el que vivo es, como la Ley de la
gravitación universal ─aplicable en todas las circunstancias─, de aplicación
también al modo de ser y estar en el mundo de Jarcha.
Es verdad
que, como ha comentado el conquense Ángel Corpa (Tenor), Jarcha nunca ha tenido
un posicionamiento político concreto, si bien, desde sus orígenes ha estado
vinculado a un pensamiento, una forma de vivir o ver las cosas del lado de la
izquierda. Es que las inclinaciones ─reflexiono yo para mis adentros─ tienen
que ver con las circunstancias o el terreno donde se asientan las estructuras
que hacen, por ejemplo, que la torre de Pisa haya quedado inclinada hacia un
lado por estar asentada sobre un suelo blando que no ha podido soportar el peso
de su estructura.
—En el
entorno en el que yo viví había muchos marineros, gente que se dedicaba al mar.
—confiesa Maribel Martín. Afortunadamente, en mi casa no había
necesidades Las necesidades que yo tenía eran las que yo misma me creaba por
mis inquietudes y por mi rebeldía contra aquella disciplina tan autoritaria de
mi padre. Mi madre, sin embargo, era todo lo contrario. Era una mujer abierta.
De ideas políticas claramente de izquierdas. Aunque ella era muy pequeña en la
época de la República, tenía sentimientos claramente republicanos. Sus
recuerdos de aquella época, que compartía a menudo conmigo, quedaron
impregnados en mi cabeza y en mi corazón.
—Mi padre era
un trabajador del campo. No había muchos recursos económicos —comenta Rafael
Castizo (Bajo). Mi casa era pobre con el retrete fuera, como decía Gloria
Fuertes, así que había que buscar las habichuelas. Yo me fui a estudiar a
Sevilla; de Sevilla pasé a Huelva y, aquí, a través del deporte y la música,
entré en contacto con los inicios del grupo Jarcha.
—De mi
infancia y adolescencia en Puertollano (Ciudad Real) sólo tengo recuerdos
excelentes y de buenos amigos— explica Juan José Oña (Tenor). Como casi todos
los pueblos mineros e industriales era una zona bastante convulsa, con muchas
inquietudes, donde el movimiento obrero tenía bastante fuerza. Hay que recordar
que ya en el 62 se produce una huelga general. Pues bien, de Puertollano me
mudé a Huelva donde puse en marcha un grupo de teatro, al que se incorporó
Ángel Corpa que, a su vez, estaba inmerso en la creación de un grupo de música
folk en el colegio menor.
Aunque deseo
conocer ansiosamente —como quienes seguramente estáis leyendo ahora esta
especie de hagiografía sobre Jarcha— la parte final del relato que condujo a la
formación del emblemático grupo musical folk español, no puedo por menos de
hacer un alto en el camino para hacer referencia a la importancia del
movimiento obrero dentro del franquismo a partir de los años 60.
Recordemos
que el franquismo suprimió la libertad sindical. En su lugar creó la Central
Nacional Sindicalista (CNS), más conocida como “Sindicato Vertical”.
En teoría el
“Sindicato Vertical” era una agrupación para la defensa de los derechos de los
trabajadores; sin embargo, en la práctica, estaba sometida a la jerarquía de
las autoridades gubernativas, que lógicamente tenían siempre la última palabra.
Por este motivo, no nos debe resultar extraño que, pese a los peligros que
conllevaban las protestas, manifestaciones e, incluso, huelgas de los obreros
para mejorar su situación, estas se produjeran. Es que, como bien dice el dicho
popular, “no se pueden poner puertas al campo”.
Un claro
ejemplo de este espíritu reivindicativo de carácter laboral fue La huelga minera de Asturias de 1962
—también conocida como “La huelgona” o “La huelga del silencio” ─, a la que se
ha referido Juan José Oña.
Fue una
huelga obrera que tuvo lugar en la primavera de 1962, terminando dos meses
después de haber comenzado, con numerosos mineros deportados, una dura
represión y algunas reivindicaciones.
Y, ahora,
reemprendiendo el camino trazado del relato de la creación de Jarcha, Rafael
Castizo, nos explica que:
«Hubo un
contacto con un primer grupo que no cuajó. Sin embargo, el inicio de Jarcha
sería con un segundo grupo, más sólido y ensayado, en casa de Juan Manuel
Seguero. Es que, al parecer, por encima de aquellas jóvenes cabezas musicales
revoloteaban las canciones de un grupo de referencia de aquella época, llamado
“Nuestro pequeño mundo”».
Se trataba de
un grupo de folk con formación de voces mixtas —chicos y chicas— y una visión muy amplia que abarcaba también
el norteamericano. Por lo tanto, con estos mimbres comenzaron a verse los fines
de semana, ensayando en el colegio menor donde Ángel Corpa trabajaba como
educador. Al acabar el curso, sin sitio donde ensayar, se vieron obligados a
hacerlo en los pinos de Aljaraque o a la playa de Mazagón en un sitio tranquilito
que les permitía ensayar.
“El bautismo”
a la vida musical de Jarcha se produciría tras ganar un concurso nacional
organizado por La Cope y la compañía discográfica Zafiro; un acontecimiento que
les arrastraría hasta donde finalmente terminaron llegando: una vida musical
plagada de éxitos y reconocimientos.
Evidentemente,
llegar hasta donde llegó Jarcha, no fue fácil. Es verdad que, como ha comentado
el historiador de la Universidad de Sevilla, Alberto Carrillo, Jarcha contactó
muy bien con la gente de aquella época por diversas razones, como: tocar temas que fueron claves en la Historia de
España y la Transición; también de
carácter social, del campo, cuestiones vinculadas con la reforma
agraria, con los problemas identitarios, con la libertad o con el pasado, pero, al mismo tiempo, tuvo
que vérselas ─como la mayoría de los grupos de entonces─ con la dichosa
censura.
─ ¿Te
acuerdas, Juanjo ─recuerda con nostalgia un compañero del grupo─ cuando
estuvimos en tu pueblo de Puertollano que nos prohibió el gobernador la canción
Nuestra Andalucía y tuvimos que
cantarla sin letra, tarareándola con la, la, la, la, la…?
¡Ay, la
censura! ¡La tan denostada censura! ¡Con la censura hemos topado!, hubiera
dicho hoy don Quijote de la Mancha. Una
censura instaurada de forma provisional durante la Guerra Civil por el bando
nacional, y aplicada de manera inexorable
durante 40 años a todos los ámbitos de la cultura y a los medios de
comunicación.
Afortunadamente,
el punto de inflexión para este sistema de censura vino tras la aprobación de
la famosa Ley de Prensa e Imprenta de
1966, un soplo de aire fresco para la libertad.
Ciertamente,
esta ley, popularmente conocida como “Ley Fraga”, que proclamaba que «La libertad de expresión y el derecho a la
difusión de información, reconocidas en el artículo primero, no tendrán más
limitaciones que las impuestas por las leyes», se convirtió en una de las
medidas más relevantes en relación con la liberación del país resultando, a la
postre, especialmente eficaz para acelerar la descomposición del régimen
franquista.
─Nuestros
conciertos estaban petados de gente —recuerda Ángel Corpa. Gente que coincidía
con nosotros en las aspiraciones de tener un país democrático, donde las libertades
estuviesen presentes. En torno a Jarcha se generó una corriente de hermandad
muy grande, debido a que fuimos capaces de canalizar sentimientos muy profundos
de libertad. En fin, Jarcha hizo lo que hizo porque nació en un momento
determinado, y porque cantamos una serie de cosas concretas.
Unas cosas
concretas que, como comenta Rafael Castizo, no sólo consistía en temas
reivindicativos relacionadas con las restricciones de la libertad impuestas por
aquel Régimen, sino también en aventar injusticias y demandas que nosotros
mismos veíamos a nuestro alrededor. Además—añade— hemos trabajado por difundir
una imagen distinta de lo que es ser andaluz, con todo lo que esto conlleva: su
forma de ser, su identidad o su lengua.
Un eminente
ejemplo de esta línea de trabajo musical de Jarcha centrada en poner a
Andalucía en el lugar que le corresponde en el mundo, fuera de los estereotipos
tan manidos, es el emblemático Andaluces
de Jaén. Un tema grabado a fuego ya en el imaginario colectivo y, por
cierto, himno oficial de la provincia de Jaén, que nos lleva, como si de un
resorte se tratara, a cantar a capela, mental o verbalmente, en público o en
privado, la primera estrofa del poema de Miguel Hernández
«Aceituneros: Andaluces de Jaén, aceituneros
altivos, decidme en el alma: ¿quién, ¿quién levantó los olivos?».
—El primer
concierto que dimos en Jaén ─recuerda Juan José Oña─ fue en un parque en el que
había unas 4000 personas. De repente, alguien se subió con una bandera
andaluza, poniéndose a ondearla en el escenario. Y, yo, que era el que estaba
más cerca del escenario, escucho: ¡Hay que echarlo! ¡échenlo, échenlo! A lo que
yo respondí: Oiga, miré usted, a mí no me estorba este señor. Así que, pase y
¡Échele usted!, si así lo desea.
¡Uff! Fue tal
la repercusión que tuvo este tema en ese momento que, al finalizar el concierto
el público nos pidió que cantáramos de nuevo Andaluces de Jaén. Yo, desde el escenario veía que la gente se
había subido de pie en las sillas, con periódicos ardiendo. Desde allí lo que
se contemplaba era como una gran antorcha que nos impidió —porque no nos salía
la voz por la fuerte emoción—cantar Andalucía,
levántate, brava.
Cinco meses
después de que los diarios Avui y El País salieran a la calle, Diario 16 — un
periódico de información general— apoya su lanzamiento con una canción que
haría furor inmediatamente. ¿Cuál? Pues nada menos que Libertad sin ira.
—Paradójicamente
Libertad sin ira llegó de la mano del
músico y compositor Pablo Herrero Ibart ─nos aclara Ángel Corpa. Simplemente
nos visita un día en Huelva y nos plantea cantar esta canción. Una canción
creada para vertebrar la campaña de lanzamiento del Diario 16. Así que, se
podría decir que Libertad sin ira fue
un producto de Cambio 16.
—En principio
—aclara Antonio Ángel Ligero─ no estábamos muy de acuerdo en cantarla porque…
¡Claro!, eso de anunciar un producto publicitario no iba con nuestro estilo.
Luego, tras algunas reflexiones llegamos a la conclusión de que no se trataba
de un jabón sino de un periódico, es decir, un vehículo de la cultura. Por lo
tanto, decidimos tirar hacia adelante
con este nuevo proyecto.
—Pero fue un
publicista, Rafael Baladés, —explica Inés Romero (Tiple segunda)—quien escribió
este tema, tratando de plasmar la razón de ser de este periódico. La música fue
compuesta por Pablo Herrero, un gran músico y compositor con ya importantes
éxitos interpretados por Nino Bravo o Rocío Jurado.
—Yo recuerdo
que, antes de grabar este tema, circulando por las calles de Madrid ─recuerda
Angel Corpa─ contemplamos muchas vallas publicitarias con el slogan de Libertad sin ira e, intrigados, porque
no sabíamos de qué iba todo aquel montaje publicitario, nos preguntábamos: Oye…
¿Y esto? ¿De qué va?
—Cuando
lanzamos Diario 16 nos prohibieron
emitir Libertad sin ira en las radios
del país —explica Juan Tomás de Salas, editor de la revista. Es que, por
entonces, las reglas seguían funcionando. Seguían las reglas y seguían las
gentes. Creo que en lugar de ir de puntillas lo hicimos deprisa, con pasos de
gigante.
Unos pasos de
gigante dentro de un terreno desconocido y lleno de peligros. Es que
debemos reconocer que, aunque en el
imaginario colectivo, configurado a partir de la mayoría de los discursos políticos, mediáticos y académicos, la Transición española ha quedado fijada como “inmaculada”, es decir, como un
proceso negociado, reformista y pacífico que consiguió poner fin a
décadas de enfrentamientos sangrientos entre grupos políticos y sociales
opuestos, logrando reconciliar a las
“dos Españas”, —esas a las que, por cierto,
se refieren los viejos de Libertad sin ira, de Jarcha— los
reformistas que la lideraron, así como el conjunto del país, tuvieron que
enfrentarse a serios obstáculos en el
camino de España hacia la democratización.
Ciertamente, como
afirma Juan Tomás de Salas, seguían las reglas y seguían las gentes. Y esto fue
así porque, una de las características principales de la Transición política
española fue la de la continuidad del Estado: «De la Ley a la Ley, a través de la Ley», en expresión de Torcuato
Fernández-Miranda. Una especificidad que propició el que, aunque el marco
institucional y normativo iba cambiando radicalmente, paradójicamente tenía que
convivir con una fuerte continuidad
funcional y orgánica entre el Estado franquista y el Estado de la nueva
democracia.
Y en este
contexto político y social ─cuasi esquizofrénico─, surge, como soplo de aire
fresco o agua de mayo, Libertad sin ira.
Un tema sumamente pegadizo, compuesto por Pablo Herrero y José Luis Armenteros,
con letra de Rafael Baladés, interpretado por el grupo onubense, Jarcha, en
1976; una canción para la Transición; un foro privilegiado para la
argumentación política.
Por cierto, que, el 9 de octubre de 1976,
pocos días después de su lanzamiento, el director general de Radiodifusión y
Televisión, dependiente del Ministerio de Información y Turismo, catalogaba
esta canción como “no radiable”. Afortunadamente, una semana después,
concretamente, el 18 de octubre, desde la misma instancia ministerial —y
también desde Televisión Española (TVE)— se informó que se trataba de un “error
administrativo”.
El tsunami musical y mediático que sobrevino a
continuación es de sobra conocido. La canción alcanzó una aceptación increíble
en torno al referéndum sobre el Proyecto
de Ley para la Reforma Política, celebrado el 15 de diciembre de 1976; y,
luego, también durante los días previos a las elecciones generales de 1977,
celebradas el inolvidable miércoles 15 de junio, para elegir a los miembros que
iban a constituir las Cortes Generales: El Congreso de los Diputados y el
Senado. Unos comicios considerados históricos, al tratarse de las primeras
elecciones libres que se celebraban en España desde los tiempos de la Segunda
República.
El éxito
rotundo de este tema traspasó también nuestras fronteras. Libertad sin ira consiguió alcanzar el nº 1 en Holanda; y, durante
mucho tiempo, fue difundido masivamente en las listas de Grecia, Alemania,
Francia y, por supuesto, en Sudamérica. Aquí, en nuestras hermanadas tierras
sudamericanas, Libertad sin ira fue
mucho más que una canción de enorme éxito. Constituyó ─y sigue constituyendo─
un icono, un emblema para el noble propósito de la liberación de los pueblos.
En fin, Libertad sin ira es, por derecho propio,
el himno de la Transición. La conocida y evocadora afirmación del filósofo,
ensayista, poeta y novelista español, Jorge Ruiz de Santayana, de que «Quien olvida su historia está condenado a
repetirla» entronca con la convicción de que Libertad sin ira llegó a ser el mensaje esencial que necesitaba la
Transición.
Un mensaje
profundo de esperanza y reconciliación nacional; de mirar hacia el pasado a los
solos efectos de poder comprenderlo; de mirar hacia el futuro para construir un
país mejor y más próspero. Una visión que, a mi juicio, que entronca con la
sentencia del filósofo y teólogo danés, Soren Kierkegaard de que:
«La vida
sólo puede ser entendida mirando hacia el pasado, pero sólo puede ser vivida
mirando hacia el futuro».
Y, ahora,
siguiendo este profundo pensamiento filosófico de Kierkegaard por el que la
vida sólo se puede ser entendida mirando hacia el pasado, pero vivida —
plenamente— mirando hacia el futuro, les propongo, amigos lectores, que se
hagan esta sencilla pregunta:
¿Qué sentimientos,
emociones y recuerdos nos trae hoy Libertad
sin ira, el considerado himno de la Transición, una etapa trascendental,
única e irrepetible de la Historia de España?
Los recuerdos
de Jarcha los guardo —nos confiesa Antonio Ángel Ligero, uno de los fundadores
del grupo Jarcha─ bajo sábanas blancas de hilo, igual que se guardan los
muebles de la casa de nuestros abuelos en el pueblo.
Aprendí que
mi amigo podía pensar de forma distinta a mí, y no por eso iba a dejar de
serlo. Aprendí que tenía que buscar la belleza, la armonía y la elegancia, y
aplicarlas en “mi yo diario” y cotidiano.
Que la
honestidad debía ser el pan mío de cada día. Que la cultura, la educación y la
formación eran las únicas armas con que contábamos para hacer que la sociedad y
el mundo mejorasen.
Y hoy sigo
luchando por todo aquello en lo que creía y sigo creyendo. Mi gran lema de vida
sigue siendo: la tolerancia, el deseo de aprender y la música.
¡Bien dicho!
En realidad, como afirmó el abogado, político, activista, pacifista, y líder
del Movimiento de Liberación de la India, Gandhi, practicante de la
desobediencia civil no violenta:
«La satisfacción radica en el esfuerzo, no en el
logro, pues el esfuerzo total es la victoria total»·

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