EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: La magia de la radio
LA MAGIA DE LA
RADIO
En cierta
ocasión, Luis del Olmo, uno de los grandes protagonistas de la radio española y
referencia periodística de todos los tiempos, afirmó, «Esto es lo que me gusta de la radio: el no saber qué va a ocurrir».
Yo mismo he
podido comprobar la veracidad de esta afirmación, procedente del hombre que
dirigió durante más de 40 años el programa radiofónico Protagonistas, el más longevo de la historia de la radio española.
A mi estilo, y desde mi humilde estrado, yo también puedo corroborarles que,
esencialmente, la magia de la radio consiste siempre en que nunca sabes lo que
va a ocurrir; por lo que les sugiero, si no les parece mal que, como botón de
muestra, escuchen mi propio testimonio.
Una mañana
otoñal de septiembre del 2014, tras la emisión de mi programa radiofónico
especial Adolfo Suárez: seis meses después,
elaborado para “Radio 5, Todo Noticias”, de RNE, concebido para seguir
recordando la figura política y humana del primer presidente de la democracia
actual, seis meses después de su fallecimiento, recibí varias llamadas
telefónicas de felicitación de familiares, compañeros y amigos por este trabajo
periodístico. En fin, lo habitual en estos casos. La gente que te conoce y te
quiere, desea darte un abrazo virtual de ánimo y valoración por lo que has
hecho.
Como pueden
suponer, para este proyecto me había empleado a fondo desde el mismo instante
en que me fue encomendado. El tema lo requería sobradamente. Se trataba de
abordar, con la máxima precisión de un gran cirujano, la impronta dejada en la
sociedad española por uno de los hombres más relevantes del siglo XX, querido y
respetado por la gran mayoría del pueblo español. Era plenamente consciente de
que, para este empeño, no se trataba de salir del paso, sino de poner en ello
toda la carne en el asador, buscando la excelencia. Así que, traté de estar a
la altura requerida: bebiendo en las mejores fuentes de la información,
elaborando con mimo el guión, contactando con los mejores analistas y
supervisando toda la posproducción hasta conseguir que este producto
radiofónico quedara niquelado.
Aún así,
aquel día, cual torero que se tiene que enfrentar cada tarde al toro, o el
actor de teatro a la crítica de su público cada noche, sentí temor por lo
incierto de los resultados. Los que ya peinamos canas en este apasionante mundo
de lo audiovisual sabemos por experiencia que cualquier mínimo error en estos
casos puede llegar a ser letal para tu reputación profesional y, lo que es
peor, para un medio informativo del prestigio de RNE. Por lo tanto, no queda
otra que hacerlo bien, sí o sí. Para mí, además, este programa era mucho más
que un reto profesional: lo había concebido para mis adentros como aportación
personal —como español y abulense— al merecido reconocimiento del hombre que
había contribuido decisivamente a que la concordia entre todos los españoles
fuera posible.
Entre todas
las llamadas que recibí, dentro de la media hora siguiente a la conclusión del
programa, recuerdo una que me sorprendió especialmente. El número que aparecía
en la pantalla de mi móvil no la tenía registrada en la base de datos del
teléfono, por lo que pensé que podría tratarse de un error, o de alguien que
deseaba solicitarme algún tipo de información. Para mi sorpresa, no se trataba
ni de lo uno ni de lo otro. La voz de mi comunicante era cálida, dinámica y
vigorosa; una voz que reflejaba el espíritu de un hombre de mundo y con gran
seguridad en sí mismo. Mi imaginación recreó instantáneamente la figura de un
hombre que no sobrepasaba los sesenta años de edad. También, por su acento, el
prototipo de hombre descrito por Mercedes Sosa y Lolita Torres en su canción
“Es Sudamérica mi voz”.
—Hola, buenos
días, ¿hablo con José Antonio Hernández? —me preguntó.
—Sí, yo soy.
¿En qué puedo ayudarle? —le respondí.
—Verá, es que
acabo de escuchar su programa sobre Adolfo Suárez y me ha emocionado. He
llamado a Radio 5, Todo Noticias y me han comentado que este programa ha sido
realizado desde el Centro Territorial de Castilla-La Mancha, del que usted es
su director. Ellos son los que me han facilitado su número de teléfono.
—¡Ah!, pues
muchas gracias, caballero. Entiendo que es usted un admirador de don Adolfo
Suárez —le interrogué.
—Sí, por
supuesto, pero también fui compañero suyo, en la época del régimen anterior —me
respondió.
—Pero ¿cómo
es posible? —le pregunté algo perplejo,
pensando que este buen hombre me estaba tomando el pelo. Adolfo Suárez falleció
hace seis meses, con 81 años de edad, y usted rondará los sesenta —rematé.
—Gracias,
pero no es lo que parece. Yo tengo en estos momentos ya 80 años, aunque no se
reflejen en mi voz —me aclaró.
—Pues en ese
caso le doy mi enhorabuena por haber sido capaz de llegar a esta cota de edad
con tanta plenitud física y mental.
—Bueno, no
crea, uno tiene lo suyo. Eso sí, sigo con el espíritu dinámico de siempre a
pesar de que pertenezco a una generación que pasó hambre en la posguerra y que
vio cómo muchos de nuestros familiares y amigos emigraban con destino a América
y Europa.
—Pero,
perdone —le interrumpí —¿es usted sudamericano?
—No, que va.
Soy canario. Nací en el 34, en el barrio de Salamanca Chica, en Santa Cruz de
Tenerife. Me llamo Andrés Agustín Miranda Hernández, pero todo el mundo me
conoce como “Chicho Miranda”. He tenido una vida pública muy intensa. En 1971
fui nombrado presidente del Cabildo de Tenerife. Ahora estoy pasando unos días
en Ciudad Real, donde tengo familiares.
—Pues qué
bien. Le quedo muy agradecido por su llamada. Muchas gracias, Sr. Miranda, por
su positiva valoración del programa —le comenté tratando de finalizar esta comunicación.
Creo que a ambos nos une el afecto por Adolfo Suárez, a pesar de no pertenecer
a la misma generación.
—Si le
parece, me gustaría conocerlo personalmente —insistió. Tengo la intención de
pasar unos días más en Ciudad Real. Iré muy pronto a Toledo, para resolver
ciertos asuntos. Así que cuando me disponga a ir, le llamaré para concretar una
cita.
—Por mí,
perfecto. Creo que será un placer mutuo poder conversar con tranquilidad sobre
Adolfo Suárez, que tan buen legado político y humano ha dejado para todos
nosotros.
Poco tiempo
después de esta entrañable conversación telefónica, mi deformación profesional
me llevó a investigar sobre la trayectoria vital de este hombre que aseguraba
haber sido compañero y amigo de Adolfo Suárez. Pude saber que había nacido el
14 de noviembre de 1934 en Santa Cruz de Tenerife; que era Licenciado en
Farmacia por la Universidad de Granada; que había ocupado los principales
puestos de responsabilidad política en la administración local, insular y
nacional entre la primera mitad de los años 60 y los años 80; y que, años más
tarde, con el proceso de transición a la democracia, fue elegido diputado
autonómico canario.
El compromiso
que ambos asumimos para vernos no se quedó en agua de borrajas o, más
propiamente, en agua de cerrajas. Y es que don Andrés Miranda o, mejor aún,
Chicho Miranda, es de una generación —la misma a la que perteneció Adolfo
Suárez— en que la palabra dada es como si fuera ley y ello, como cantaba
Vicente Fernández, con dinero o sin dinero.
De sus
padres, don Agustín y doña Concepción, mamó los valores de la laboriosidad e
integridad. Todavía recuerda perfectamente que su padre se levantaba todos los
días a las cinco de la mañana para dar las directrices correspondientes a los
obreros de una finca dedicada al cultivo y comercialización de frutas y
verduras, mientras que, durante el resto del día, lo empleaba en su agencia de
automóviles, un negocio que conocía muy bien de su época de emigrante en
Uruguay. En el dato de profesión del carnet de identidad de su madre figuraba
el genérico de aquella época: sus labores. Al parecer, doña Concepción se había
dedicado fundamentalmente a las labores de la casa y atención a la familia,
pero también a dirigir la producción y venta —¡ahí es nada! — del negocio de
las frutas y verduras de la finca, un importante complemento económico para la
economía familiar.
Así que,
siguiendo el orteguiano principio filosófico del “yo soy yo y mis
circunstancias”, Chicho Miranda, que heredó de sus padres el amor por el
trabajo y el cumplimiento del deber hasta el mínimo detalle, no podía pasar por
alto nuestro compromiso de quedar para vernos y charlar sobre un hombre
singular, dedicado casi íntegramente durante toda su vida al servicio público.
Pueden
ustedes adivinar fácilmente, a partir de la breve referencia biográfica que
acabo de exponer de Don Andrés Miranda (Chicho Miranda), que la cita a la que
nos comprometimos se llevó finalmente a cabo. Se celebró muy pronto, en cuanto
que él se vio en la obligación de tener que viajar hasta Toledo para realizar
determinadas gestiones.
De ese
encuentro, y de nuestras numerosas conversaciones telefónicas mantenidas desde
entonces por diferentes razones, creo haber podido extraer un perfil político y
humano bastante exacto del primer presidente de la democracia española tras la
dictadura.
Chicho
Miranda conoció a Adolfo Suárez en las Cortes Españolas en 1967, ambos como
procuradores en Cortes: un órgano superior de participación del pueblo español
en las tareas del Estado, que pretendía dar continuidad a la tradición
parlamentaria española, cuya función principal era la elaboración y aprobación
de las leyes.
Chicho
Miranda lo sería en su condición de procurador elegible en representación del
Tercio Familiar, junto con Rafael Arteaga Padrón, por la provincia de Santa
Cruz de Tenerife; Adolfo Suárez en su condición de procurador designado por
Ávila, hasta ser nombrado Gobernador Civil de Segovia al año siguiente. El
primero se centró en aspectos de gestión relacionados con lograr para las Islas
Canarias la consecución de un gran número de acciones y proyectos; el segundo
en cuestiones de índole política, relacionado con el Movimiento Nacional.
Al preguntar
a Chicho Miranda qué era lo que más le impactó del Adolfo Suárez de aquella
época, me respondió sin dudarlo:
—Tenía un
carácter humano muy interesante. Me llamó mucho la atención entonces su
capacidad para el diálogo y la escucha activa. En algún encuentro que
mantuvimos me mostró un gran interés por Canarias. Me dijo que deseaba viajar a
nuestras islas para mantener un contacto directo con los canarios, con el fin
principal de conocer su día a día. Nos veíamos con frecuencia —me recuerda con
nostalgia— en la cafetería de las Cortes, gestionada entonces por Chicote
donde, como todos nosotros, se tomaba un cortadito.
—Bien, ¿y
cómo se comportaba en ese entorno? ¿Era hablador? ¿Contaba chismes? —pregunté
con cierta curiosidad.
—Escuchaba
mucho, diría yo —me respondió sin dudarlo. Esto es lo que yo destacaría de mi
observación desde la barrera de toriles.
—¿Pensabas en
algún momento que Adolfo Suárez podría llegar a ser algún día el Presidente del
Gobierno de España?
—No, en
absoluto. Yo nunca pensé que un compañero nuestro que, como yo, había llegado a
ser procurador en Cortes, pudiera acceder a tan alta magistratura del Estado.
Vamos, que por mi cabeza nunca pasó que un muchacho de mi época pudiera llegar
—como llegó finalmente— tan lejos. Nosotros siempre pensábamos que la
presidencia del Gobierno estaba reservada para políticos de la talla de Alejandro
Rodríguez de Valcárcel, Torcuato Fernández Miranda, Fernando Herrero Tejedor,
Carlos Arias Navarro o Carrero Blanco.
—Ya sabes,
Chicho, mejor que yo, por tu larga experiencia personal, política y profesional
que, en la vida, aun teniéndolo todo en contra, el poder de la voluntad de un
hombre es capaz siempre de conseguir lo que se proponga —razoné.
En este sentido, siempre me gusta citar al
gran poeta y escritor mexicano, Amado Nervo que, con su pluma sublime, escribió: «No te resignes antes de perder
definitiva, irrevocablemente la batalla que libras. Lucha erguido, y sin contar
las enemigas huestes. Mientras veas resquicios de esperanza no te rindas. La
suerte gusta de acumular los imposibles para vencerlos en conjunto con el fatal
y misterioso golpe de su maza de Hércules».
Y así fue. La
carrera política de Adolfo Suárez, desde aquella escena como procurador en
Cortes fue fulgurante. En 1968 fue nombrado Gobernador Civil de Segovia y a
petición del príncipe Don Juan Carlos, el 6 de noviembre de 1969 Director
General de Televisión Española, permaneciendo en este cargo hasta 1973. Se
considera que fue el precursor de una política administrativa bendecida por sus
sucesores que abrió el camino de la creación del ente público que hoy
conocemos. Luego, sin dejar su vinculación con el Movimiento Nacional es
nombrado Ministro Secretario General del Movimiento el 11 de septiembre de
1975, tras el trágico fallecimiento de su mentor, Fernando Herrero Tejedor. Su
camino ascendente continuó, llevándolo a situarse en la famosa terna de
candidatos, junto con Federico Silva y Gregorio López Bravo, a la Presidencia
del Gobierno de España. Al parecer, tras siete horas de deliberación y varias
votaciones se produjo la “fumata blanca”, que el presidente de la Cortes de
aquel momento, Torcuato Fernandez Miranda, comunicó públicamente con su ya
histórica frase: «Estoy en condiciones de
ofrecer al Rey lo que me ha pedido». De este modo, Adolfo Suárez fue
nombrado Presidente del Gobierno el 3 de julio de 1976, para encargarse de
pilotar la transición política hacia un régimen democrático.
Andrés
Miranda Hernández —Chicho Miranda—, otro muchacho de la misma generación e
inquietudes que las de Adolfo Adolfo Suárez tuvo también una carrera política
notable que superó el marco insular, convirtiéndose en uno de los de mayor
relevancia pública en Canarias en los últimos cincuenta años. Un hombre y un
político que, como su compañero de fatigas Adolfo Suárez, ha concebido siempre
la política como un servicio a los demás; un principio este —el del servicio a
los demás— que en el caso de Chicho fue inoculado directamente en sus células
durante sus años de formación en el colegio de los Escolapios Quisisana de
Santa Cruz de Tenerife; y en el Adolfo por su mentor Fernando Herrero, al lado
del cual aprendió que las creencias y las convicciones hay que traducirlas en
actos; que el hombre vale por lo que hace; que la vida y el quehacer público
alcanzan su sentido más pleno cuando se desarrollan en servicio a los demás; y
que uno de los valores más importantes que un hombre puede cultivar a lo largo
de su vida es el de la conciencia recta y la coherencia personal.
Afortunadamente,
la trayectoria humana y política de Andrés Miranda, siempre presidida por este
espíritu de servicio a los demás, no ha pasado desapercibida para todos
aquellos a los que sirvió. Y, aunque no se considera amante de homenajes y
reconocimientos, rehuyéndolos incluso cada vez que le ha sido posible, se
siente orgulloso de que una calle del municipio tinerfeño de El Tanque lleve su
nombre, un justo reconocimiento en consideración por su esfuerzo y dedicación
del bienestar de los canarios. No ha sido el único reconocimiento, pues muchos
otros le han llegado, desde diferentes instancias.
—Pero, José
Antonio, la vida sigue —me afirma con un enorme entusiasmo, muy característico
en él. Sí, querido amigo, la vida continúa siempre. Es verdad que a nadie le
amarga un dulce, pero uno no puede quedarse apoltronado, pegado al asiento,
recordando sus viejas hazañas del pasado, así como tocando la lira, cual
emperador romano. Es que yo pertenezco a una generación de políticos —me
aclara— que no llegaron a la política para quedarse. En nuestra época,
concebíamos la política como un servicio, por lo que accedíamos a ella repletos
de ideales y respaldados generalmente por una vida profesional más o menos asentada.
Chicho
Miranda, tras su jubilación —de la vida política y profesional, se entiende, ya
que este hombre, pertenece a una generación concienciada para partir de este
mundo con las botas puestas─se ha interesado con pasión por el mundo del
automóvil: una afición heredada directamente de su padre, un exitoso vendedor
de automóviles. Y hoy, próximo a la cota noventa de su vida, continúa
participando con el mismo entusiasmo que ayer en diversas áreas públicas de
influencia, tratando de compartir su experiencia con las nuevas generaciones.
—Por cierto,
Chicho. Si te preguntaran los jóvenes actuales quién fue Adolfo Suárez ¿Qué les
dirías?
—Pues,
sencillamente, que fue un hombre que, en un contexto muy difícil y hostil, fue
capaz de llevar a España hacia un Estado Social y Democrático de Derecho —me
responde con un tono muy pausado y reflexivo.
Luego, tras
unos segundos de profundo silencio, y con la intención de completar su
reflexión, exclamó:
—… ¡Y que amó
profundamente España y a todos los españoles en todo momento!
—Bien. Y,
ahora, imaginemos que Adolfo Suárez se encuentra en un foro de debate con
jóvenes, y que alguno de ellos le solicitara un consejo para la vida. ¿Qué
crees que le respondería?
—Yo creo que
le respondería con una cita suya muy inspirativa. Dice así:
«La vida te ofrece siempre dos caminos: el fácil y
el difícil; elige siempre el difícil porque, de este modo, tendrás la seguridad
de que no ha sido la facilidad la que ha elegido por tí»
También, creo
que le diría que esté siempre dispuesto a escuchar a los demás sin ningún tipo
de apriorismos, que sea decidido y valiente, y que apunte siempre alto, con
nobles ideales y la firme voluntad de querer alcanzarlos.

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