EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: La deseada entrevista
LA
DESEADA ENTREVISTA
Cruzaba por
la puerta del Palacio de Piedras Albas —el Parador de Ávila—, situado dentro
del casco antiguo de la ciudad, a las diez y dos minutos de la mañana de un
sábado de finales del mes de abril de un año cualquiera. Había quedado a las
diez de la mañana con un ilustre personaje, un abulense de pro para desayunar y
hablar de Adolfo Suárez y analizar la importancia que su figura política había
alcanzado en el devenir de nuestra historia reciente, por lo que
irremediablemente llegaba tarde a la cita.
No es que yo
crea que la impuntualidad sea un delito penado por la ley; pero sí que la
puntualidad es honradez y que presentarse tarde a una cita es hurtar un tiempo
a otros y una falta de respeto intolerable. A mi padre, Eugenio Hernández,
labrador y ganadero de profesión, aunque comercial de vocación, siempre le
escuché decir que era preferible llegar diez minutos antes a una reunión,
aunque tengas que esperar, que dos minutos más tarde y que te tengan que
esperar a ti.
En ese
instante, su consejo paternal resonaba en mí memoria tan vivamente que parecía
que había vuelto del Más Allá para enmendarme la plana. Y es que esta no era
una cita cualquiera. Era el encuentro con un ilustre personaje de la ciudad
mejor amurallada del mundo y en la que todavía se pueden escuchar los
silencios. Una urbe Patrimonio de la Humanidad, donde se conjuga la mística, la
historia, el patrimonio, la cultura y el arte, las fiestas y la naturaleza.
Con estos
pensamientos de auto-reproche por mi inaceptable tardanza llegué de forma
apresurada hasta la recepción de este majestuoso Parador, preguntando a
bocajarro a los recepcionistas (un chico y una chica) dónde se encontraba el
comedor, lugar donde había quedado con mi interlocutor.
—Le acompaño
yo hasta allí —me comentó amablemente la recepcionista.
Mientras
caminaba hasta el comedor, guiado por la recepcionista de este Parador,
observando su interior intimista y acogedor, me seguía angustiando la idea de
llegar tarde al encuentro con mi interlocutor. Quizás —me dije— él también se retrase,
con lo que el entuerto será menor. Sin embargo, mi ilustre personaje se
encontraba en el punto de encuentro convenido con rigurosa puntualidad
británica a la entrevista, esperando mi llegada junto a la puerta del comedor.
La persona
con la que deseaba realizar esta entrevista —que, por cierto, había preparado a
conciencia, por “tierra, mar y aire” con la ayuda de algunos amigos— era un
prohombre de la Transición; un superviviente de una generación de luchadores
por la libertad, la igualdad, la fraternidad y la concordia; una encarnación de
todo este convulso periodo; un libro abierto; alguien que vivió intensamente
esta época crucial de nuestra historia reciente y que hoy, en el atardecer de
su vida, deseaba gustosamente compartir sus vivencias y conocimientos.
Mi
entrevistado era un hombre de porte elegante y pulcro; con el aspecto de un
perfecto galán de cine americano; ese de traje, corbata, sombrero y rostro
bronceado. Alto de estatura y de complexión fuerte. Bronceado de tez al aire
libre y un aspecto físico relajado y rejuvenecido. Me llamó la atención también
sus zapatos, que parecían recién pulidos por un limpiabotas. Caminaba de una
manera resuelta, denotando seguridad en sí mismo. Su voz era armoniosa y
calmada. Era una persona vital, tenaz, aguda, rápida siempre en sus reacciones
y sus ideas; de esas que atraen y arrastran por su viveza y actitud entregada,
desprendida y generosa. Todo un señor, provisto de una potestad natural, cierta
nobleza y connotaciones de heroicidad.
Cuando
hablaba lo hacía reposadamente, eligiendo cada palabra, cada frase y cada
pensamiento meticulosamente convencido, como Máximo Décimo Meridio
(“Gladiator”, leal servidor del emperador Marco Aurelio), de que lo que hacemos
y decimos en esta vida tiene su eco en la eternidad. Cuando me escuchaba lo
hacía activamente, singularizándome de tal manera que conseguía que me sintiera
la persona más importante de este mundo.
—Buenos días,
señor, disculpe mi retraso. Imperdonable por mi parte haber llegado tarde —le
comenté algo atropelladamente.
—Por favor,
José Antonio, nada que disculpar —me dijo con una franca sonrisa, tratando de
quitar importancia a mi retraso de algunos minutos que, aunque entraban dentro
de los convencionales diez minutos de cortesía, no dejaban de ser clamorosos
minutos de retraso.
Luego,
tratando de sellar nuestra amistad me dio un fuerte abrazo, un gesto muy
característico en él, que realiza de forma espontánea, sin ningún tipo de
afectación. En estos primeros instantes de las distancias cortas, donde
cualquiera se la juega, observé un detalle que no pasó desapercibido para mí:
en su mano derecha llevaba mi ópera prima literaria, “Apuntes de sabiduría”.
También examiné otro aspecto significativo: el libro que llevaba en su mano —mi
libro— llevaba consigo un separador de páginas, con lo que deduje que este
hombre había comenzado su lectura, es decir, se había interesado por mi obra.
—Pasamos, si
le parece, José Antonio, al comedor para desayunar y hablar de Adolfo Suárez y
la Transición, como me ha pedido.
—Me parece
muy bien. ¡Claro que sí! A esto es a lo que hemos venido. Le agradezco
enormemente el que me haya hecho un hueco dentro de su apretada agenda —le
comenté, tratando de ir calentando el ambiente de este deseado encuentro.
Nada más pasar
al comedor de este legendario castillo del siglo XVI nos atendió inmediatamente
un camarero. Mi entrevistado le explicó que veníamos a desayunar y a charlar un
ratito, interesándose por la demanda turística en las últimas fechas.
—Bien, vamos
bien —le respondió. No nos podemos quejar. Parece que, a pesar de la pandemia,
la situación se va animando. El turismo está empezando a responder. Hay buenas
perspectivas de cara al futuro. Gracias, señor, por su interés.
—Me alegro
mucho —comentó mi interlocutor. A ver si pasamos pronto página a esta situación
negativa para el turismo de la ciudad. Luego, exclamó: ¡Ávila os necesita!
Vosotros sois en realidad el motor de esta ciudad.
—Gracias,
señor, gracias por su apoyo —fue la respuesta de agradecimiento del camarero.
—En esta
ocasión vengo a desayunar con José Antonio Hernández, un productor y periodista
de RTVE. Él es de Muñana. Ha escrito este interesante libro, “Apuntes de sabiduría” —le explicó
mostrándole el libro—. ¿Dónde le parece que nos sentemos?
─Pueden
sentarse donde les parezca. Pero, en esa mesa de ahí, junto a los ventanales,
podrán disfrutar de unas vistas excepcionales —le respondió el camarero
señalando la mesa que, a su juicio, era la ideal para apreciar la belleza del
jardín con sus restos arqueológicos. Luego, nos ofreció la carta para que
solicitáramos la comanda.
—Yo no tengo
intención de desayunar —respondí sin mirar la oferta de la carta. Es que ya
vengo desayunado de casa. Así que me tomaré una infusión.
—¿Qué tipo de
infusión desea? —Podemos ofrecerle un té verde, rojo, de manzanilla…
—Suelo tomar
habitualmente té verde; pero hoy me tomaré uno rojo, que hace tiempo que no la
bebo. Gracias.
—Pues yo
tomaré una tosta de tomate y jamón serrano y un café con leche —fue la petición
de mi entrevistado.
—Gracias.
Ahora les traigo lo que me han pedido —resolvió el camarero tomando nota.
Una vez que
el camarero se dio la vuelta para gestionar nuestro pedido, mi interlocutor me
sugirió que nos tuteáramos porque —me comentó— si vamos a hablar largo y
tendido sobre alguien que llegó a decir que la libertad es algo que ni siquiera
Dios puede negar a los hombres, es mejor que lo hagamos sin corsés.
Tan sólo me
pidió que no desvelara su nombre pues deseaba seguir permaneciendo en el
anonimato. Es que, en este caso, lo importante no es el quién, sino el qué —me
aclaró. A continuación, me interrogó de un modo irónico, que yo interpreté como
un pequeño tirón de orejas.
—¿Pero,
bueno, José Antonio, no habíamos quedado para desayunar en el Parador?
—Sí, es
verdad, pero es que estoy tratando de adaptarme a la alimentación frugal, la
misma que llevó toda su vida Adolfo Suárez… ya sabes, la de la tortilla
francesa bien pasada.
—Ja, ja, ja…
Excelente ironía. Pero si es como dices, haces muy bien, que hay que cuidarse,
aunque de vez en cuanto es conveniente salirse de la norma para poder degustar
la rica oferta culinaria que ofrece nuestro país por cada uno de sus rincones.
Y, sí, Adolfo
Suárez comía de forma frugal —me puntualizó. Lo que poca gente sabe —ampliando
su puntualización— es que, además de la consabida tortilla francesa bien pasada
que comentaba, le gustaba mucho las patatas con carne o bacalao, las lentejas y
el cocido madrileño. Y, según el famoso cocinero de la Moncloa, Julio González
de Buitrago, una de sus cenas favoritas en su época de Presidente del Gobierno
eran los garbanzos sobrantes del cocido, que freían para él.
Este
comentario me alertó de que mi deseada entrevista iba a ser altamente jugosa
debido al sobrado conocimiento que mi interlocutor poseía sobre de la figura
política y humana de Adolfo Suárez y el convulso periodo de la Transición.
Intuí que solía venir muy a menudo por aquí, por el grado de familiaridad que
todo el equipo del Parador de Ávila le mostraba.
Mientras llegaba el desayuno me comentó que el
equipo de este Parador estaba llevando a cabo un trabajo impecable, poniendo de
relieve la riqueza de la cocina castellana, así como otros tantos detalles del
servicio que ofrecía este Parador.
—Si vienes a
comer algún día aquí —me explicó— no puedes perderte unas buenas patatas
revolconas para abrir boca. A continuación, debes catar los pucheretes
teresianos, el cochinillo asado o el chuletón de Avileña negra ibérica.
—Está claro,
que eres el mejor embajador de esta ciudad —le comenté interrumpiendo su
explicación.
—No lo creo
—me respondió. Los mejores embajadores de la ciudad son personas como este
camarero que cada día ponen la carne en el asador para que los turistas se
lleven las mejores impresiones de nuestra oferta turística, rica en historia,
patrimonio y encanto en cada plaza, en cada calle y en cada esquina.
De alguna manera
estaba esperando esta respuesta de mi amable entrevistado. Quienes le conocen
bien siempre destacan su gran humildad y disposición para ensalzar al otro,
destacando alguna virtud o algún logro. A continuación, como precalentamiento,
y antes de entrar en profundidad sobre el tema que nos había traído hasta aquí
—la huella de Adolfo Suárez y su participación en la gran obra política de la
Transición— le trasladé mi agradecimiento por su interés en la lectura de mi
libro.
El siguiente
“entrante” dialéctico versó sobre Ávila. El amor que sentía por esta ciudad que
le vio nacer no parecía conocer límites.
—Es verdad
que amo esta ciudad. Me hace sentir abulense por los cuatro costados —me
comentó con la máxima contundencia. Te confieso que, aquí, en mi querida Ávila,
nunca me he sentido agraviado por nada; tampoco me he tenido que ver en la
tesitura de “La Santa” que, según cuenta una leyenda, se quitó sus sandalias a
la altura de lo que hoy conocemos como “Los Cuatro Postes”, sacudiéndolas y
gritando que de esta ciudad no quería ni el polvo, enfadada por no poder
expresar su religiosidad como ella quería. Eso sí, años después volvería a esta
recogida y austera ciudad, ya convertida en una gran fundadora de conventos y
de orden religiosa.
Cuando sentí
que el clima interpersonal era óptimo con mi interlocutor, me animé a
dispararle —dialécticamente hablando, claro─, con una pregunta enjundiosa
relacionada con la situación política actual. Así que, ni corto ni perezoso, le
pregunté:
—¿Cómo ves la
actual situación política?
—Bueno,
verás… parece evidente que últimamente se está imponiendo un criterio de
corrección política bastante restringido. Se habla incluso de la tiranía de la
corrección política. Esto hace que algunos nos sentimos menos libres ahora que
entonces.
En alguna
parte he leído que, en general, Occidente ha sucumbido a la tiranía de la
ideología. Quizás esta afirmación tenga su fundamento. Con el paso de los años
venimos asistiendo perplejos a la consolidación de diversos grupos moralistas
que se han autoproclamado defensores de determinadas minorías —supuestamente
oprimidas de la sociedad— que nos dicen cómo tenemos que hablar, sobre qué
debemos debatir, qué debemos pensar y, quién sabe, si algún día, nos exigirán
de qué podemos reírnos y de qué no.
Y, de verdad,
yo me resisto. Los valores que representaba Adolfo Suárez y la época de la
Transición, que algunos tuvimos el privilegio de vivir eran, a mi juicio, otros
bien distintos a los actuales. Ciertamente, había posiciones políticas
irreconciliables en apariencia, pero, ya ves, al final, la concordia entre
todos los españoles fue posible; y a mí me parece que fue posible —valga la
redundancia— gracias a valores como la generosidad o la empatía.
—Por cierto,
a cierto representante político, estrechamente ligado a la figura de Adolfo
Suárez —asentí— le escuché decir en cierta ocasión que los llamados valores de
la Transición eran, realmente, los propios valores de Adolfo Suárez.
—Yo también
comparto esta misma opinión. Adolfo Suárez fue un personaje excepcional, en una
etapa excepcional. Creo que su personalidad y liderazgo fueron cruciales para
conseguir poner de acuerdo a todas las partes, con sensibilidades políticas
antagónicas. En este sentido me parece que no sería exagerado afirmar que los valores
de la Transición son los propios valores que Adolfo Suárez llevaba incorporados
en su ADN psicológico.
—¿Qué
valores? —pregunté.
Mira, en
cierta ocasión, con motivo de un acto de homenaje a la Constitución española,
Suárez afirmó que, a su juicio, la Transición fue, sobre todo, un proceso
político y social de reconocimiento y comprensión del distinto, del diferente,
del otro español que no piensa como yo, que no tiene mis mismas creencias
religiosas, que no ha nacido en mi comunidad, que no se mueve por los ideales
políticos que a mí mi impulsan y que, sin embargo, no es mi enemigo, sino mi
complementario, el que complementa mi propio yo como ciudadano y como español y
con el que tengo necesariamente que convivir porque solo en esa convivencia él
y yo podemos defender nuestros ideales, practicar nuestras creencias y realizar
nuestras propias ideas.
—¡Uff!
—exclamé. Se puede decir más alto, pero no más claro.
—Sin duda
—asintió mi interlocutor. Adolfo Suárez en generosidad, empatía y valentía para
decir lo que pensaba es y yo creo que sigue siendo un ejemplo a seguir.
—¿A sí?
—Pues sí.
Creo que esta anécdota te convencerá de las profundas convicciones democráticas
de Adolfo Suárez y de su anhelo de que España fuera una democracia plena, donde
la convivencia entre todos los españoles fuera posible. ¡Ah! Y de su valentía,
porque a veces dijo cosas que para decirlas hay que tener lo que hay que tener.
Verás. A los
pocos días de que Adolfo Suárez fuera nombrado presidente de la Asociación
política denominada Unión del Pueblo
Español (UDPE), impulsada desde la Secretaria General del Movimiento, se
produjo un encuentro en El Pardo con el jefe del Estado, el General Franco.
Previamente, el jefe de la Casa Civil, Fernando Fuentes de Villavicencio, como
era menester, le había solicitado una copia del discurso que iba a pronunciar
durante la audiencia; sin embargo, él obvió este requerimiento; digamos que se
hizo un poco el sueco y nunca llegó a dársela.
—Pero, ¿qué
dijo? —le interrumpí, impaciente por conocer qué había dicho Adolfo Suárez en
aquella audiencia ante el jefe del Estado.
—Pues dijo
algo que sorprendió mucho a los allí presentes con unas palabras que hay que
tener muchas agallas para decirlas. Dijo:
«Esta Asociación Política no es más que un embrión
imperfecto e insuficiente del pluralismo político que será inevitable cuando se
cumplan las previsiones sucesorias».
—¡Joder!
—exclamé sin poder refrenar mi sorpresa por unas palabras que debieron caer como
una bomba de relojería en aquel foro de elevada solemnidad.
¿Y cómo
reaccionó el General Franco ante este atrevimiento?
—Pues, mira,
el General Franco, al parecer, no se inmutó. Se despidió de los asistentes uno
a uno, estrechándoles la mano y cuando llegó el turno de Suárez, le dijo:
Suárez, quédese un momento.
Cuando
estuvieron solos, el jefe del Estado le preguntó por qué había mostrado tanto
empeño en hablar de la inevitabilidad de la democracia. Adolfo le respondió:
«Porque estoy convencido de que es así, Excelencia.
La llegada de la democracia será inevitable porque lo exige la situación
internacional. La gente respeta a Franco, pero no quiere esta situación. La
gente quiere homologarse con lo que hay fuera, y cuando Franco falte ese deseo
de un futuro democrático para España será inevitable».
—¡Me dejas
perplejo! —exclamé. Hay que echarle mucho valor para ser capaz de decirle al
mismísimo Franco que, una vez que él ya no estuviera, se tendría que abrir un
nuevo camino, basado en un sistema político homologable con las democracias
occidentales. ¿Y se sabe cómo vivió este momento el propio Adolfo Suárez?
—Pues sí.
Confesó a alguno de sus hombres de su círculo de máxima confianza que en aquel
momento sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. Afortunadamente, aquel
incidente no tuvo consecuencias negativas para su trayectoria política. Franco,
al parecer, después de su severa inspección visual, le dejó con la boca
abierta. En ese caso —le dijo— también habrá que ganar para España el futuro
democrático. ¿Te esperabas este desenlace, José Antonio?
—Pues
francamente no, no me lo esperaba. Es una anécdota que, te confieso, no
conocía. Sin duda constituye un embrión de su determinación inquebrantable para
realizar el cambio político que España estaba preparada para afrontar. Pero…
¡ufff! en aquel instante, Adolfo se la jugó. Su audacia pudo costarle muy caro.
—Sin duda. En
aquel momento Suárez era un político joven con gran ambición. El órdago que
echó en aquella difícil partida de mus político pudo acabar definitivamente con
toda su prometedora carrera política. Podría haber truncado el pronóstico que
le hizo a su suegro, don Ángel Illana, durante la pedida de la mano de su hija
Amparo:
«Seré gobernador civil, director general,
subsecretario, ministro y, antes de cumplir los cincuenta años, presidente del
Gobierno».
—Por cierto.
Se ha hablado mucho sobre la enorme ambición política de Adolfo Suárez. El
mismo dijo sin ningún tipo de rubor que desde muy joven había soñado con ser
presidente del Gobierno y que el poder le encantaba. ¿Crees que fue esta
ambición su principal talón de Aquiles?
—No, no lo
creo. La sana ambición es indispensable para un político. La tuvo Cánovas, no
le faltó a Sagasta y la poseyó Silvela. También la tuvo Abraham Lincoln. La
ambición de este hombre permitió, no sólo liberar a su pueblo de sí mismo, sino
que abrió un camino hacia la libertad del ser humano. Lincoln, no cabe duda,
iluminó en su tiempo y seguirá iluminando al mundo. Hoy le seguimos recordando
por su incomparable legado. El Monumento a Lincoln (“Lincoln Memorial”),
situado en uno de los extremos horizontales del National Mall de Washington D.
C. fue precisamente creado para honrar la memoria del presidente de este
“ambicioso” político. Y Suárez, hoy, en España, tiene el respeto general en
torno a su persona y su obra política.
Adolfo Suárez
nació en Cebreros, un pequeño pueblo abulense, sin privilegios de ninguna
clase; pero, gracias a su noble ambición y de servicio a España contribuyó de
forma decisiva a la reconciliación de todos los españoles. Obtuvo en vida el
premio Príncipe de Asturias de la Concordia por su ejemplar comportamiento
político en la fundación de nuestra democracia. Y. hoy. su nombre aparece en
innumerables centros cívicos, calles y plazas de España.
—Y en
Aeropuerto más importante de España y de referencia en Europa y en el Mundo por
tráfico de pasajeros, carga aérea y operaciones —comenté interrumpiendo su
argumentación y, probablemente, anticipándome a lo que él ya tenía pensado
decirme.
—¡Claro! El
Aeropuerto de Madrid-Barajas, hoy renombrado Adolfo Suárez Madrid-Barajas. Todo un “Suárez Memorial”.
—¡Bien
merecido! —exclamé apostillando su comentario.
—Pues sí,
bien merecido. Se podría decir que, además del bien merecido homenaje que tú bien
señalas, es un recuerdo permanente a la concordia entre todos los españoles.
Muchos creemos que Adolfo Suárez simboliza mejor que nadie la superación de las
dos Españas.
Al pronunciar
lo de las “dos Españas” se hizo un profundo silencio entre los dos. Noté que mi
interlocutor se había quedado absorto en sus pensamientos, recordando
probablemente momentos y hechos de un momento épico de la Historia de España;
reencontrándose mentalmente quizás con aquellos hombres y mujeres que apostaron
decididamente por la convivencia, la reconciliación, la concordia y el consenso
desde el respeto al pluralismo democrático en nuestro país. Traté de que mi
interlocutor volviera al momento presente con una pregunta abierta de fácil
respuesta.
—Indudablemente
esta magna obra de ingeniería política no se debe a un solo hombre. ¿Qué otros
actores crees que fueron relevantes para este profundo cambio de las
estructuras del Estado?
—Claramente
S.M. el Rey don Juan Carlos y Torcuato Fernández Miranda —fue su clara y
rotunda respuesta. También Santiago Carrillo y Felipe González. Y, por
supuesto, muchos otros, cada uno representando un papel fundamental que hizo
posible este milagro. Todos ellos —a mi juicio— fueron capaces de ayudar al
personaje central, una especie de director de orquesta encargado de hacer que
sonara con armonía todos los instrumentos musicales.
Adolfo
Suárez, este director de orquesta al que me acabo de referir, es un personaje
que hoy, con la perspectiva del tiempo, atrae de forma mayoritaria o, en todo
caso, no deja indiferente a nadie.
—Salta a la
vista tu fascinación por el hombre que hoy encarna por méritos propios el
llamado ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN.
—Sí. Así es.
Yo siempre he sentido fascinación por él. He visto en él a un hombre que se
hizo a sí mismo. Alguien que mantenía la convicción y el talante de pertenecer
a una mayoría de ciudadanos que deseaba hablar un lenguaje moderado, de
concordia y conciliación. Es verdad que no brilló en los estudios, pero esta
carencia la suplió sobradamente con su gran carisma personal basado en su
viveza, cercanía, capacidad de diálogo, escucha activa, empatía y sencillez.
¡Ah! y su plena convicción de que la actividad política debe ser siempre un
servicio a los demás.
—Sí, esto fue
así. Según he leído Adolfo Suárez sostenía que la vida y el quehacer público
alcanzan su sentido más pleno cuando se desarrollan en beneficio de los demás.
Un principio que fue capaz de llevar hasta sus máximas consecuencias. Porque,
efectivamente, toda su larga e intensa vida política fue presidida por este
principio de servicio a los demás, algo que, según él mismo reconoció, aprendió
junto a su padre político Fernando Herrero Tejedor. Hoy, sin embargo, la
política se ha convertido en una lucha cruenta de intereses en el que unos y
otros se lanzan acusaciones mutuas con un objetivo electoralista, amplificadas
por los medios de comunicación. Mientras tanto, el ciudadano, más informado que
nunca, queda al margen.
—Sí, esto en
gran medida es verdad. Es un hecho constatable que hoy, en casi todas las
democracias occidentales hay un gran descontento hacia los políticos y los
partidos. En fin, a pesar de ello, debemos seguir manteniendo la esperanza de
que la política con mayúsculas sea un medio de servicio a los demás, tal como
fue concebida por Adolfo Suárez.
Por cierto:
¿Le llegaste a conocer?
—Sí, tuve el
privilegio de conocerle en persona. Mi aprecio y valoración por Adolfo Suárez
me viene desde pequeño. Mi padre le llamaba “Adolfito”, en términos siempre
cariñosos y respetuosos. Tuve la ocasión de mostrarle mi aprecio y admiración
durante una cena de Navidad en Madrid del CDS, al que yo estaba afiliado. Le
pedí a un compañero de Televisión Española, que lo conocía personalmente y me
acompañaba ese día, que me lo presentara porque deseaba trasladarle el
agradecimiento de toda mi familia por haber sido tan decisivo en nuestras
vidas. Recuerdo vivamente que, tras su discurso de felicitación navideña a
todos los afiliados y simpatizantes del partido, y solicitarnos el tradicional
brindis, se situó en una mesa presidencial preparada para la ocasión, junto con
altos cargos del partido, para recibirnos y charlar con nosotros. Cuando llegó
nuestro turno, mi amigo me lo presentó diciéndole que yo trabajaba en TVE.
Inmediatamente me comentó que conocía perfectamente a nuestro actual Director
General de RTVE, José María Calviño, pues había sido el Jefe del Departamento
Jurídico del Ente Público durante su etapa en la que él lo dirigió.
—Claro,
claro, es que Adolfo Suárez fue el Director General de RTVE…
—Sí, el
nombramiento de Adolfo Suárez como Director General de RadioTelevisión Española
se produjo el 6 de noviembre de 1969. Durante esta etapa —le continué
explicando, Adolfo Suárez impulsó la autonomía presupuestaria de Radio
Televisión Española, dando origen a un servicio público centralizado. Así que,
se puede decir que fue el precursor de una política bendecida por sus sucesores
que abrió el camino para la creación del mayor grupo audiovisual de España.
—¡Qué
interesante! Un detalle de buen gestor poco conocido. ¿Oye, cuéntame,
aprovechaste, por fin, esta ocasión para trasladarle tu agradecimiento?
—En ese
momento no. Tras ese breve comentario sobre su relación con RTVE me firmó una
dedicatoria que, por cierto, aún conservo; luego me retiré para permitir que
otros afiliados y simpatizantes departieron con él. Tuve la ocasión de
mostrarle mi agradecimiento en representación de mi familia en un momento
posterior, cuando la gente empezaba a abandonar el restaurante. Cuando lo
consideré oportuno me acerqué hasta él con mi amigo y le dije: presidente deseo
trasmitirle, en nombre de mi familia, mi agradecimiento por lo que usted ha
hecho por nosotros.
—¿Y qué
respondió él?
—Mientras le
trasladaba este mensaje de agradecimiento notaba que su atención sobre lo que yo
le estaba diciendo era plena. Pero enseguida se escuchó por megafonía un aviso
que le reclamaba con urgencia para atender a un medio de comunicación. Así que
se despidió de mí dándome un fuerte abrazo, tan fuerte y con tanta humanidad
que no podré olvidarlo jamás.
—Emocionante,
José Antonio. Pero, dime, por favor: ¿por qué fue tan importante para vuestra
familia Adolfo Suárez?
—Verás, mi
hermana Pilar estaba trabajando en un ministerio por aquella época en que
Adolfo Suárez era Director General de Radio Televisión Española. Se enteró por
una amiga que en esta empresa pública se ganaba algo más que en el ministerio
donde trabajaba y que estaba prevista una próxima convocatoria de plazas para
diferentes categorías, por lo que le pidió a mi padre que recabara información
sobre estas convocatorias. Lo hizo encantado durante uno de los viajes de
negocios que solía hacer cada viernes a Ávila. El punto de encuentro era
generalmente la famosa cafetería “Pepillo”. Yo lo recuerdo como un local
oscuro, bajo los soportales del Mercado Grande (hoy Plaza de Santa Teresa); una
puerta con una escalera de escasos peldaños, acristalada y con grabados
esmerilados sobre el vidrio. Un interior de fin de siglo. Gran mostrador.
Divanes en las paredes; columnas con las clásicas bolas donde se guardaban
diversos utensilios. En fin, “Pepillo” era “Pepillo”: el principal punto de
encuentro de todos los abulenses; café, tertulias, algún pequeño espectáculo de
varietés, citas de todas las clases, sobre todo de negocios.
—¡Pepillo,
todo un símbolo de esta mística y preciosa ciudad! —exclamó nostálgico mi
interlocutor, interrumpiendo mi relato.
—Pues en
“Pepillo” —comenté, prosiguiendo con mi relato— mi padre consiguió un relevante
contacto, que le permitió a hermana Pilar acceder a una entrevista con Adolfo
Suárez, el hombre generoso del que, por entonces, se comentaba que ayudaba a la
gente de Ávila.
Mi hermana
Pilar todavía recuerda perfectamente cómo aquel hombre que, por entonces,
“mandaba más que algunos ministros de Franco”, la recibió como si ella fuera la
persona más importante del mundo.
—Dígame, por
favor, señorita —le preguntó Adolfo Suárez a mi hermana Pilar en su despacho:
¿Qué estudios tiene? También, por favor, ¿podría indicarme su experiencia
laboral?
Una vez que
mi hermana le trasladó su interés en trabajar en RTVE, comentando con él su
formación académica y experiencia laboral, junto con una breve conversación
sobre su adaptación a la vida de Madrid, le confirmó la inminente convocatoria
de oposiciones para diferentes categorías, sobre la que sería informada
puntualmente al respecto desde su secretaria. Una vez concluida esta reunión,
Adolfo Suárez se despidió de mi hermana acompañándola hasta la misma puerta de
su despacho, en un gesto de consideración y cortesía.
—Un gesto
que, indudablemente, habla de su gran caballerosidad…
—Ciertamente.
Adolfo Suárez era, como bien sabes, un gran caballero. A mi hermana Pilar, una
chica tímida de provincias que, por aquel entonces trataba de labrarse un
cierto futuro profesional, aquel gesto le impactó de un modo extraordinario e,
incluso, hoy, con la perspectiva del tiempo, le sigue impactando aún más.
Es que, ¡Así,
era Adolfo!, como ha escrito Luis Herrero, en su obra Los que le llamábamos Adolfo.
«Cuando Adolfo se humanizaba, era irresistible. No
se trataba de lo que decía, sino de su manera de hacerlo. Te singularizaba de
tal modo que llegabas a creerte por unos instantes que eras el único ser sobre
la tierra que de verdad le importaba».
Y, por
cierto. ¿Recibió tu hermana la carta prometida? —me preguntó deseoso de conocer
cómo terminaba este emotivo testimonio.
—¿Tú qué
crees? Adolfo Suárez era un hombre de palabra y la palabra para él era ley.
—No me
extraña en absoluto. Adolfo era un abulense de pro, de los que presumía que «Los de Ávila somos buena gente: recia,
luchadora, sencilla, honrada y sincera».
Y, sí, puedo
asegurarte que era un hombre que trataba de cumplir siempre lo que prometía. Su
célebre frase “puedo prometer y prometo” hoy ya está asociada íntegramente a su
figura. Lo que poca gente conoce es que en las profundidades de esta aparente
frase gancho de político que pretende ganarse el voto de los electores, se
hallaba un compromiso firme con todo el pueblo español.
Hoy podemos
leer en el libro Puedo prometer y prometo
de Fernando Ónega:
«No puedo asegurar que se arreglen rápidamente
problemas que se vienen arrastrando desde hace muchos años aunque la mayor
libertad de ahora los haga aparecer como nuevos. Y no puedo asegurarles nada de
esto, porque somos un país con recursos limitados, con deficientes estructuras,
con desigualdades irritantes, con una legislación que no se acomoda a la
realidad de 1977. Pero si ustedes nos dan su voto, puedo prometer y prometo
que…»
—Por lo
tanto, ¡claro que mi hermana recibió la carta prometida! Yo la conservo en “un
cofre de siete llaves”. Se trata de una carta redactada por la secretaria de la
Dirección General de RTVE firmada por el propio Adolfo Suárez.
—¿Y qué pasó,
finalmente? ¿Aprobó tu hermana Pilar aquellas oposiciones para RTVE? —me
preguntó intrigado mi interlocutor.
—Sí, en
efecto, las aprobó y, al parecer, con buena nota. Recuerdo que mi hermana se
preparó unas oposiciones de auxiliar administrativo —acordes con sus estudios—
a conciencia. Yo mismo fui testigo de ello, así como el permanente estímulo
paternal de nuestro padre que, cual espada de Damocles, le recordada con
frecuencia: ¡A ver si vas a dejar en mal lugar al Sr. Suárez!
Pero, además,
hay un detalle que no podemos pasar por alto. Al poco tiempo, la persona que
facilitó a mi padre la entrevista de mi hermana Pilar con Adolfo Suárez, le
trasladó que el Director General de Radiotelevisión Española le había llamado
para comunicarle que había aprobado aquellas oposiciones. Un ejemplo inapelable
de cómo los grandes líderes —Adolfo Suárez lo era— revisan hasta el más mínimo
detalle todos los asuntos —por nimios que estos sean— de la existencia, en
línea con la afirmación de la psicología de que el carácter se revela en todas
las actividades de la vida.
Al pronunciar
la palabra vida ambos guardamos silencio durante unos instantes, mirando
instintivamente absortos el jardín de este precioso Parador donde la tradición
afirma que Santa Teresa, de pequeña, venía a visitarlo. Contemplando este
silente jardín, me hice más consciente del lugar donde me encontraba, trayendo
a mi memoria la imagen de las murallas de Ávila, su impresionante catedral
gótica, los conventos teresianos y los palacios adosados a la muralla,
parecidos al de Piedra Albas, donde me encontraba, como segundo cinturón
defensivo, atestiguando antiguas gestas y sugiriendo la necesidad de conocer
leyendas e historias que cuentan con agrado los guías y actores encargados de
mostrar esta mágica ciudad.
—Si te
parece, José Antonio, podemos continuar nuestra interesante conversación sobre
Adolfo Suárez en un salón muy tranquilo de este Parador —me dijo, haciéndome
regresar hasta el presente. Es el salón de Campanar. Un sitio que invita al
sosiego y la reflexión. De este modo facilitamos que el servicio del Parador
continúe con su labor de preparación del salón para las comidas del mediodía.
—Me parece
perfecto. El tema lo requiere.
El salón de
Campanar es un lugar muy especial, donde se respira historia y cultura. Fue
utilizado como biblioteca por Don Bernardino de Melgar, IX Marqués de
Benavites, VII de San Juan de Piedras Albas, VI de Canales de Chozas y Señor de
Alconchel, jurista, político, historiador, bibliófilo y coleccionista. Un
personaje querido y respetado en la ciudad.
Fue un destacado
protagonista de la vida cultural abulense de la primera mitad del siglo XX
porque puso —y mantuvo— abiertas al público una inmensa biblioteca; una ingente
colección y unos pioneros Museos Taurino y de Arte Popular que había instalado
en su palacio de Ávila, hoy reconvertido a Parador de Turismo. Libros y piezas
que, además, con el tiempo, pasaron a formar parte de los fondos de la
Biblioteca Pública y del Museo de Ávila, donde continúan configurando de manera
notable la gestión cultural de Ávila que el Marqués —por antonomasia— ya
ejerció de forma pionera y altruista, cuando ni siquiera se había definido tal
labor.
—¿Qué viste
en Adolfo Suárez? ¿Quizás la figura de un político ligado a ciertos principios
de ética política? —fue mi primera pregunta en la nueva ubicación para esta
entrevista.
—Sí. Sé que
fue una persona honesta, humilde, sencilla y cercana. También trabajadora. Por
esto, Adolfo Suárez era un referente para mí, un camino a seguir. Pero, además,
con una actitud esencial: sin miedo alguno. Sin miedo al poder establecido; sin
miedo a la “partitocracia”; y sin miedo a lo que pudieran decir. Y todo esto
con un fin bien definido en su mente: la defensa del interés general.
—Creo que
alguna vez Adolfo Suárez —le comenté, tratando de ampliar su profunda
reflexión— afirmó que no hay que tener miedo a nada, si acaso al miedo mismo.
Con esta predisposición mental logró que España transitara desde la
incertidumbre hasta la concordia, centrando siempre su mirada en todo aquello
que podía unir a todos los españoles. A mí me recuerda este planteamiento, de
algún modo, al dicho bíblico de que el que pone su mano en el arado y mira
hacia atrás no es apto para el reino de Dios.
—Es que la
Transición, José Antonio, estuvo presidida por valores muy profundos: la paz y
la convivencia; la reconciliación, la aceptación del que pensaba de modo
diferente… y, en todo caso, con una mirada siempre puesta en el presente y en
futuro, haciendo real el dicho bíblico al que te has referido de que no es
bueno mirar hacia atrás.
—Hoy decimos
que las cosas están muy difíciles —le comenté preparándolo para la siguiente
pregunta. De igual modo que ciertas personas religiosas se encomiendan a sus
santos de preferencia, ciertos dirigentes políticos de renombre se han
encomendado a figuras políticas de mucha altura para que, de alguna manera, les
inspiren en la toma de una decisión importante.
¿Te has
tenido que encomendar al “santo” (lo digo con comillas y respetuosamente)
Adolfo Suárez?
—Está bien la
precisión porque la cuestión de encomendarse ha de referirse exclusivamente a
los santos. Te lo dice alguien que ha llevado en su pecho durante toda la vida
a la ciudad de los cantos y los muchos santos. Así que, en respuesta a su
pregunta, he de confesarte que, en varias ocasiones de mi larga vida política,
me he preguntado:
¿En esta
situación, qué haría mi amigo, el presidente Adolfo Suárez?
—Y en esas
difíciles situaciones… ¿qué habría hecho el presidente Suárez? —le pregunté
algo intrigado.
—Lo primero,
escuchar a todas las partes: escuchar sus necesidades e inquietudes; y luego,
una vez conocidas esas necesidades e inquietudes, pausar, es decir no tomar las
decisiones en caliente, en el fragor de la batalla. Es algo que siempre han
tenido muy en cuenta los grandes líderes, muy conscientes de las consecuencias
de sus actos. Siempre pensando —y esto quiero recalcarlo— en todos: no
solamente en la mayoría, sino también en la minoría, de tal forma que nadie se
quede fuera de una importante decisión política.
—Sí —le
amplié— en línea de lo que escribió el poeta León Felipe:
«Voy con las riendas tensas y refrenando el vuelo
porque no es lo primero que importa llegar solo ni pronto, sino llegar con
todos y a tiempo».
—Exactamente.
De esto es de lo que se trata: de no dejar a nadie atrás, pensando siempre en
el interés general. Dicho de otro modo: lo que un servidor público debe
desarrollar en todo momento es la llamada “altura de miras”.
Nuestra
conversación sobre el legado ético y moral de Adolfo Suárez continuó dentro de
este emblemático salón del Parador hasta casi la una de la tarde. Allí
podríamos haber seguido mucho más tiempo si no hubiera sido porque tenía a esta
hora un compromiso público ineludible.
Durante este
tiempo hablamos largo y tendido de Adolfo Suárez desde un punto de vista humano
y político; pero, también desde una dimensión espiritual, como no podía ser de
otra manera.
Y es que, en
esta ciudad, de la que Adolfo Suárez es Hijo Predilecto, se escribieron algunas
de las páginas más sobresalientes de la mística hebrea, islámica y cristiana.
Nombres como Teresa de Cepeda y Ahumada, Juan de la Cruz, Pedro de Alcántara,
Mosé de León, Nissim Ben Abraham o el Mancebo de Arévalo, así lo corroboran.
No cabe duda
de que en esta ciudad se respira santidad por todos los poros. La misma que con
toda seguridad respiró Adolfo Suárez, el primer presidente de la democracia de
España, tras la dictadura, sintiendo de una manera muy profunda la huella de
“La Santa”, una de las figuras más representativas de la espiritualidad
española. Sí, Ávila, la ciudad de la infancia, juventud y madurez de Santa
Teresa de Jesús; la ciudad de sus años de ilusiones y proyectos, punto de
partida y retorno de sus fundaciones. En fin, Ávila, siempre Ávila, la ciudad
de Santa Teresa de Jesús y hoy también la de Adolfo Suárez.
«Soy de Cebreros. El hijo de la Erminia y el nieto
de la tía Josefa».
Esta era su
conocida carta de presentación. Con su simpatía arrolladora y mirada firme,
ejerció con orgullo de abulense, distribuyendo sus descansos veraniegos entre
Palma de Mallorca, la Coruña y, cómo no, su querida Ávila.
En esta
ciudad permanece hoy vivo el recuerdo de un hombre que dejó una huella
imborrable en la historia de nuestro país. La Escuela Nacional de Policía, el
estadio de fútbol del Real Ávila, que lleva su nombre, el famoso “Puente de la
Estación” que para los abulenses es clave porque hasta que fue construido
parecía que había dos ciudades, son algunos ejemplos. Y, por supuesto, no
podemos pasar por alto tampoco el número 1 de la calle de los Telares. Aquí, a
escasos metros de la Casa Natal de Santa Teresa, se erige un coqueto palacete de
piedra. Sus paredes fueron testigo de algunos episodios clave de la Transición,
puesto que en ella pasó parte de sus veranos el presidente Suárez con su mujer,
Amparo Illana y sus cinco hijos.
En el
despacho de esta casa recibió a Santiago Carrillo para negociar la legalización
del Partido Comunista en 1977 y se redactaron algunos borradores de la
Constitución. Tristemente, acuciado por los problemas de salud de sus seres
queridos, el presidente Suárez se vio obligado a desprenderse del inmueble.
Luego, sus nuevos propietarios, los hermanos Diego y Hugo Ortega, del grupo
hotelero Fontecruz decidieron abrir un hotel bautizado como La Casa del presidente.
—¡Yo coincidí
con Suárez! —exclamó mi interlocutor, trayéndome de vuelta al histórico lugar
en que me encontraba, tras un breve instante de absorción mental. Muchos
abulenses que saben que estuve ligado política y humanamente a Adolfo Suárez me
paran a menudo por la calle para comentarme que tuvieron el privilegio de
conocerlo, recordando algún momento inolvidable a su lado.
—Momentos
inolvidables, sin duda, que, aún conservas vivamente en tu memoria. ¿Podrías
compartirme alguno?
—Sí, por su
puesto. Por aquí, es muy conocida la anécdota de que en las primeras elecciones
democráticas el presidente Suárez vino a celebrar con su gente la victoria a
Ávila y cogió en sus brazos a un hijo pequeño de un buen amigo suyo, durante
tanto tiempo que acabó orinándose sobre él.
Pues bien: El
presidente Suárez, lejos de protestar malhumorado diciendo, ¡vaya, me ha meado
el niño!, respondió a la llamada de la naturaleza infantil, diciendo, «por favor, no me lo quitéis, dejad que siga
conmigo porque así no tendré que explicar por qué es».
Tras escuchar
esta emotiva anécdota de cercanía y humanidad del primer presidente constitucional
de nuestra etapa histórica reciente, ambos mantuvimos unos instantes de
silencio, tratando de comprender el significado profundo de su gesto. Luego, mi
interlocutor prosiguió con esta reflexión final.
—Ahora otros
deben asumir la labor señera de enseñar a las nuevas generaciones la
importancia de la figura del primer presidente de la etapa democrática de
España, tras la dictadura. Un trabajo de concienciación para que comprendan que
la libertad, la democracia o el llamado “estado de convivencia” fue recuperada,
como diría Winston Churchill, «con
sangre, sudor y lágrimas».
El
interlocutor de mi deseada entrevista se despidió de mí, apremiado por un
compromiso público, con un fuerte abrazo y una franca sonrisa, un gesto humano
y humanizador muy característico de él; el mismo que me dio en su día a mí, y
que hoy sigo recordando vivamente el propio Adolfo Suárez.

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