EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: Juventud despierta
JUVENTUD
DESPIERTA
¡Que no, que
no…! Que aquel famoso programa musical de TVE se llamaba La juventud baila y, no, Juventud
despierta. Y concreto más: en puridad, La
juventud baila no era un programa, sino un espacio dentro del emblemático Aplauso, un show musical que fue emitido
por Televisión Española entre los años 1978 y 1983.
Me siento
obligado a aclararlo no sea que, usted, amigo lector, se esté haciendo la idea
de que este capítulo que he titulado Juventud
despierta tiene alguna relación con el mundo del espectáculo. O, quizás,
sí, ¿quién sabe?, pues los designios del Señor son inescrutables. Por si acaso,
permítame que haga un salto en el camino y me refiera, aunque sea brevemente
—ya que me he metido yo solito en el charco— a Aplauso, y una de sus secciones más recordadas: La juventud baila.
Al parecer, Aplauso, fue una decisión del Gobierno
provisional que, por aquel tiempo, estaba redactando la Constitución Española
junto con la mayoría de las fuerzas políticas. Su propósito principal era
promover un programa específico para jóvenes, cubriendo un hueco dentro de la
programación, donde tuvieran cabida las tendencias musicales del momento. No
pretendía explorar tendencias minoritarias y de “contracultura” del estilo de Popprograma, emitido por TVE-2, con
históricos comunicadores como Carlos Tena, Moncho Alpuente, Ramón Trecet, Ángel
Casas o Diego A. Manrique, sino que fue una apuesta por difundir la música más
comercial, la que estaba en las listas de ventas, explorando al mismo tiempo el
fenómeno sociológico incipiente de “los fans”.
Aplauso comenzó a emitirse un miércoles 9 de junio del año 1978, bajo la
dirección inicial del mítico José Luis Urribarri y la realización de Hugo
Stuven. Recuerdo vivamente que los presentadores, cuyos nombres y rostros
siguen hoy en día para muchos españoles presentes en el imaginario colectivo
(Urribarri, José Luis Fradejas, Silvia Tortosa, Nacho Dogan, María Salerno,
Mercedes Rodríguez, María Casal, Amparo Larrañaga, Adriana Ozores etc)
manejaban una revista de papel, para hacer visible al telespectador que este
programa tenía una estructura parecida al de este medio: portada, páginas
centrales, póster central y contraportada.
Los que ya
peinamos canas seguimos recordando con nostalgia aquel inolvidable programa de
la Transición, pensado para entretener al público infantil y juvenil las tardes
de los sábados. Y es que, aquel inolvidable programa musical, simboliza toda
una época, caracterizada por los cantantes melódicos, ídolos de quinceañeras y
una estética de pantalones campana y chaquetas de amplias solapas.
Seguimos
recordando especialmente La juventud
baila, una sección conducida por José Luis Fradejas que, aun siendo su
única experiencia televisiva, continúa siendo uno de esos rostros de la
televisión asociado a una época. Por cierto, no puedo pasar por alto que esta
sección del programa supuso el debut televisivo de la popular actriz y
presentadora Miriam Díaz-Aroca. Tampoco que, dentro de la página infantil, se
produjeron los lanzamientos de grupos y cantantes tan recordados como Parchís,
Enrique y Ana, Teresa Rabal o Regaliz. Y, en la del humor, los históricos
Fernando Esteso, Andrés Pajares, Bigote Arrocet, Martes y Trece, Arenas y Cal,
Miguel Gila, Lussón y Codeso, Los Hermanos Calatrava, Zori y Santos o las
Hermanas Hurtado.
Tras el cambio
de Gobierno, en diciembre de 1982, la nueva dirección de RTVE decidió pasar
página, sacándolo por última vez de la programación el día de Año Nuevo de
1983.
A primera
vista, esta curiosidad —finalización del programa musical Aplauso— no parece que pueda generar interés alguno para un
historiador o estudioso de la Transición, al ser irrelevante para determinar el
final de esta época histórica; sin embargo, suscita la siguiente pregunta: ¿Se
podría inferir que el final de este emblemático programa infantil y juvenil
marca también el final de la llamada época de la Transición?
Evidentemente,
la respuesta debe ser negativa. Sería muy exagerado afirmar que el final de
este programa televisivo constituye un hecho histórico en sí mismo que clausura
la llamada época de la Transición; sin embargo, sí podemos convenir que fue uno
de los innumerables efectos colaterales del cambio de gobierno que se produjo,
tras las elecciones de octubre de 1982; un hecho histórico que, para algunos,
sí marcó el final de la Transición política española.
Nosotros hoy
vamos a sacar a Aplauso con su
sección La juventud baila del “baúl
de los recuerdos”, por motivos que a continuación les expongo.
Una de las
frases inolvidables de la película Gladiator,
inspirada en una obra sobre los gladiadores del escritor estadounidense Daniel
P. Mannix, estrenada el 5 de mayo del año 2000, afirma que: «Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la
eternidad». Desconozco si uno de los principales artífices de la
Transición, Adolfo Suárez, la vio; de lo que sí estoy seguro es de que durante
toda su trayectoria vital tuvo siempre presente este principio universal de que
lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad, tanto en este mundo
como el siguiente.
A través de
innumerables testimonios, podemos constatar que, desde muy joven, tenía un
sueño muy arraigado: llegar a ser presidente del Gobierno de España. Entre
estos testimonios, leemos en la obra Los
que le llamábamos Adolfo, de Luis Herrero que «Solía descubrirse a sí mismo escribiendo en trozos de papel su nombre
y el destino profesional que acariciaban sus sueños: futuro presidente del
Gobierno».
Sus discursos
pausados, sensatos, analíticos y audaces; su cercanía en el trato personal, con
el que era capaz de singularizar a cualquier interlocutor, haciendo que se
sintiera la persona más importante del mundo; sus frases inmortales,
entresacadas de sus grandes discursos parlamentarios o declaraciones públicas,
donde aquilataba cada una de sus palabras hasta desposeerlas de impurezas
indeseables con el fin de impactar, no solamente al auditorio del momento, sino
también del futuro; su radiante personalidad, conformada a base de ciertas
virtudes como a nobleza, gallardía, coraje, valentía, audacia, enorme
intuición, patriotismo, capacidad de sacrificio, integridad moral y honestidad
nos descubren a un hombre y a un político consciente de que todos nuestros
actos tienen su eco en la eternidad.
En este
sentido, siempre he creído que su histórico discurso de dimisión —
minuciosamente elaborado— del 29 de enero de 1981, para explicar a la sociedad
española las razones que le llevaron a presentarla de modo irrevocable, estaba
pensado en clave de juicio para la historia. Entre estas razones se encontraba
la de haber llegado al convencimiento de que su marcha era más beneficiosa para
España que su permanencia en la Presidencia, aclarando que no se iba por
cansancio, ni por haber sufrido un revés superior a su capacidad de encaje;
tampoco por temor al futuro; se iba, en fin, porque las palabras parecían no
ser ya suficientes y era preciso demostrar con hechos lo que somos y lo que
queremos.
En un
interesante artículo de opinión titulado Adolfo
Suárez, una personalidad irrepetible, Enrique Castaños, profesor de
Historia del Arte de la Universidad de Málaga, afirma que:
«El fallecimiento
de Adolfo Suárez dejó a España sumida en una verdadera orfandad,
pues los valores humanos, cívicos y políticos que él encarnó de modo
irrepetible e inmarcesible, ni se han dado posteriormente en ningún personaje
público español, ni se dan en las actuales circunstancias históricas, y es muy
posible que con extrema dificultad se vuelvan a dar en el futuro, si es que
alguna vez― ¡Dios lo quiera! ―surge en España un hombre de su talla, de su
valía y de su grandeza. Esta grandeza se ha ido acentuando y consolidando con
el paso del tiempo, no como una entelequia retórica y vacía, sino como una
característica real e incontestable de Adolfo Suárez como hombre, es decir,
como persona y como servidor público».
Pues bien, compruebo
que esta reflexión del profesor Castaños, realizada para homenajear la figura
de Adolfo Suárez, vuelve a ser de plena actualidad. Y es que, resulta que La Juventud Despierta, una asociación de
estudiantes de la Universidad Carlos III, ha conseguido hacer viral la
publicación de un fragmento de una entrevista realizada por la periodista
Mercedes Milá a Adolfo Suárez, dentro del programa de TVE, Jueves a jueves, que fue emitida el 22 de mayo de 1986.
En esta
entrevista, Suárez, dibujaba fielmente un panorama político muy parecido al que
podemos contemplar en nuestros días. ¿Se situó entonces el conductor de la
Transición en “modo Gladiator”, pensando en que algún día sus palabras fueran
recordadas para que sirvieran de inspiración para las posteriores generaciones?
Mercedes
Milá, la periodista que innovó el género de la entrevista con sus preguntas
directas e incisivas, y tuvo el privilegio de hacerle esta histórica
entrevista, ha comentado que no le resultó sencillo entonces que Adolfo Suárez
se la concediera porque, como gran conocedor del mundo audiovisual, sabía perfectamente
lo que podía ganar, pero también lo que podía perder. Finalmente, me la dio —ha
declarado— ya ‘in extremis”, siendo emitida en mi programa Jueves a jueves, el jueves anterior al comienzo de la campaña
electoral.
La entrevista
en cuestión no tiene desperdicio. Al visualizarla de nuevo nos encontramos con
estas profundas reflexiones:
«Hay que hacer muchas transformaciones hacia las
metas e ideales de justicia porque, si no, nos instalamos en un pragmatismo en
el que vale todo con tal de continuar en el poder».
«Hemos transmitido, mal quizá, la imagen de que no
nos importa más que conseguir el poder o permanecer en él».
«Los valores son imprescindibles cualquiera que sea
la ideología que tenga un ciudadano, por una razón muy sencilla: si no, no alcanzaremos
jamás la modernidad ni conseguiremos que España sea un país respetado y
respetable en el interior, y respetado y respetable fuera».
Con estas y
otras perlas de sabiduría política, Adolfo Suárez pretendía, lógicamente,
ganarse la confianza de su electorado; pero, quién sabe, si también fueron
pronunciadas por él para dejar una impronta, una huella, un eco para la
posteridad.
La batalla
electoral se celebró el domingo 22 de junio de 1986. El presidente del
Gobierno, Felipe González, había firmado el 28 de abril el decreto de adelanto
electoral, aprovechando el éxito político del Gobierno obtenido en el
Referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN, celebrado el 12 de marzo.
En estos
comicios, el PSOE logró revalidar la mayoría absoluta obtenida en 1982, aunque
con 18 escaños menos y la pérdida de más de un millón de votos. Alianza Popular
de Manuel Fraga se consolidaba como la segunda fuerza política, tras la
definitiva desaparición de UCD en 1983. El CDS de Adolfo Suárez se convirtió en
la tercera fuerza política, con 19 diputados. Y la llamada “Operación Roca”, el
proyecto político novedoso liderado por el político catalanista, Miquel Roca,
creado para ocupar el espacio político del centro, fue un rotundo fracaso, al
no conseguir ninguna representación parlamentaria.
De aquella
época se sigue recordando el incidente televisivo, producido tres días antes de
las elecciones, en el que, en un resumen del partido España-Dinamarca
correspondiente al Mundial de fútbol “México-86”, de la segunda edición del
Telediario de Televisión Española, se sobreimprimió la palabra “PSOE”, en el
primer gol de la selección española, marcado por Emilio Butragueño. El
incidente trajo cola, siendo considerado por diversos sectores como
manipulación informativa.
Desde
aquellos años apasionantes, en los que se sentaron las bases de nuestro actual
sistema democrático, ha llovido mucho, como solemos decir. Lamentablemente,
hoy, contamos ya con innumerables opiniones autorizadas que nos alertan de un
ataque permanente a los pilares esenciales de la democracia. Y la sociedad
civil, percibiendo una degradación muy seria de estos fundamentos esenciales
que rigen la convivencia entre todos los españoles, está empezando a alzar su
voz.
Juventud Despierta es una de las innumerables voces de la sociedad civil. Sus miembros se
describen como una agrupación juvenil que surge contra la manipulación
política, la tergiversación histórica y la polarización social; además,
consideran que su asociación está alejada de ideologías y con una visión
crítica, transversal y renovadora de nuestra sociedad.
—No
pretendemos ocupar ningún espacio político —me comenta con absoluta convicción
Eloy Sánchez, presidente de Juventud
Despierta, en un encuentro que mantenemos en la Universidad Carlos III de
Madrid—, sino hacer que estos espacios políticos sean ocupados por la razón,
sofocando los incendios provocados por las ideologías políticas que, en lugar
de centrar sus esfuerzos en la búsqueda de puntos que unen, lo hacen en los que
desunen.
—¿Pero
entonces —le pregunto— partís de la base de que las ideologías son
perjudiciales “per se” para la sociedad?
—Cuando
hablamos de ideologías —me aclara— no nos estamos refiriendo a las ideas
basadas en profundos fundamentos filosóficos, sino a esas ideas vagas, vacías
de contenido, concebidas sólo y exclusivamente para conquistar el poder. Esas
que tienen la facultad de adaptarse al entorno, al contexto histórico y social
del momento con el propósito principal de alcanzar objetivos políticos. En este
sentido creemos que el expresidente Adolfo Suárez se refirió a ellas en su
famosa entrevista con Mercedes Milá. Nos advirtió de los peligros de
“instalarse en el pragmatismo”, un modo de entender la política en el que todo
vale, con tal de permanecer en el poder.
—Aceptando
este evidente estado de cosas, en el que la política ha dejado de ser un
instrumento para mejorar las condiciones de los ciudadanos… ¿Qué labor pueden
hacer las nuevas generaciones para revertir esta situación que no beneficia a
la sociedad en su conjunto?
—Somos
conscientes de que revertir la actual situación en la que se ha instalado esta
vieja política no es fácil. Sabemos que no podemos irnos a dormir por la noche
deseando fervientemente que las cosas cambien para bien, y despertarnos a la
mañana siguiente viendo cumplido el sueño deseado. Somos conscientes de que hay
mucho por hacer, pero como dice un viejo proverbio: «Todo largo camino
comienza con un primer paso». Creemos que nuestra asociación “Juventud
Despierta” ya ha dado este primer paso, determinando en nuestros estatutos
combatir la polarización social como objetivo esencial.
—¿Por qué
consideráis que la polarización social debe ser el principal objetivo que se
debe combatir?
—Porque somos
plenamente conscientes de que ningún país dividido y fragmentado ha alcanzado
altas cotas de progreso y bienestar social. Por este motivo, es necesario
fomentar desde los primeros años una educación basada en la tolerancia y la
comprensión del que piensa diferente a nosotros.
Porque, en
esencia, ¿en qué consiste la democracia? Hoy parece que consiste en vencer al
adversario político; a construir mayorías para aplastar políticamente a las
minorías. Sin embargo, la verdadera democracia no consiste en vencer hasta
eliminar, sino en convencer hasta sumar. En este sentido, podemos considerar a
Adolfo Suárez como una clara encarnación del espíritu democrático por su
tolerancia y capacidad de diálogo con todo el mundo.
—Sí, en
efecto, Adolfo Suárez, llegó a decir que: «A
su juicio, la Transición fue, sobre todo, un proceso político y social de
reconocimiento y comprensión del distinto, del diferente, del otro español que
no piensa como yo, que no tiene mis mismas creencias religiosas, que no ha
nacido en mi comunidad, que no se mueve por los ideales políticos que a mí me
impulsaban y, que, sin embargo, no es mi enemigo sino mi complementario, el que
completa mi propio yo como ciudadano y como español, y con el que tengo
necesariamente que convivir porque sólo en esa convivencia él y yo podemos
defender nuestros ideales, practicar nuestras creencias y realizar nuestras
propias ideas».
—Por esto
mismo nuestra Juventud Despierta —me
explica— pretende alertar sobre los peligros que tiene para la democracia la
polarización. Estamos totalmente en contra de las etiquetas o generalizaciones
del tipo: “tú eres un rojo” o “tú eres un facha”; tú eres de derechas y tú eres
de izquierdas; o tú estás conmigo o tú estás contra mí. Muy al contrario,
estamos firmemente convencidos de que se deben construir puentes entre los
diferentes modos de ver la vida; que hay que integrar en lugar de dividir.
Porque, como muy acertadamente afirmó el expresidente Suárez la verdadera
democracia se basa en el reconocimiento y comprensión del distinto, del otro
español que no piensa como yo y que, sin embargo, no es mi enemigo sino mi
complementario.
—Sí,
conforme, a mí también me parece que la tolerancia y la comprensión del que no
piensa como uno son esenciales para articular una sociedad plenamente
democrática, pero me asalta una duda de orden filosófico. ¿Qué tipo de
tolerancia es la que debemos de promover? Te lo digo porque el escritor ruso
Dostoyevski escribió que llegará un día en que la tolerancia será tan intensa
que se prohibirá pensar a los inteligentes para no molestar a los imbéciles.
¿No crees, Eloy, que ese día ha llegado ya?
—Ciertamente.
No cabe la menor duda de que ese día ha llegado ya. Lo observamos cada día en
la radicalización de los discursos; en la falta de consenso; en la pérdida de
confianza en cualquier tipo de institución, incluida la que proviene de las
comunidades de expertos; en la proliferación de realidades alternativas y “fake
news”; en los análisis televisivos y radiofónicos de la información, donde cada
analista defiende su tesis sin ni siquiera escuchar y evaluar la de su
compañero; lo vemos de igual manera en los magazines, donde los platós se
convierten en jaulas de grillos, en auténticas batallas campales entre los
tertulianos que, como auténticos sabuesos, no permiten que nada ni nadie les
arrebate su hueso… en fin, el panorama es desolador.
—Lo es, sin
duda —le confirmo. Se podría afirmar, incluso, que estamos ya inmersos en un
estado social deshumanizado donde cada cual campa por sus respetos, convencido
—erróneamente— de que es libre, cuando no lo es; ignorante de que se halla
enjaulado, en una especie de “Matrix”; en un confinamiento físico y mental; en
un ecosistema alimentado por la “hipermediatización”.
—Una
“hipermediatización” —me comenta recogiendo el guante de mi reflexión anterior—
que condiciona (manipula, sería la palabra más apropiada) a las masas en una
dirección determinada, la diseñada por ciertas élites.
Compruebo que
coincidimos totalmente en el análisis de la situación por la que atraviesa, no
sólo España, sino el mundo en su conjunto. Por ello, desde nuestra asociación, Juventud Despierta, estamos
denunciando que, incomprensiblemente, en nuestro siglo XXI se sigue ejerciendo
la censura más brutal para acallar al discrepante, algo que parece más propio
de otros tiempos que creíamos ya superados; que estamos instalados en una
cultura de la sinrazón, donde predomina el poder de las masas, dispuestas —si
fuera preciso— al linchamiento mediático.
—Interesante,
muy interesante, tu análisis. ¿Sabías que el filósofo español, José Ortega y
Gasset, ya escribió sobre este previsible panorama en el que ya estamos
inmersos?
—¿A sí?
—Sí. Expuso
esta tesis en su famosa obra, La rebelión
de las masas. Un libro —le explico— en el que analiza la crisis política y
social que sufría Europa en su época. Evidentemente, no fue el único pensador
en detectarla, pero su análisis fue especialmente importante, ya que para él
las causas de tal situación radicaban en la generalizada distribución del poder
social entre las masas, un aspecto del que vosotros, los jóvenes de Juventud Despierta os habéis percatado.
Pues bien, creo
que su análisis de entonces es válido para los tiempos de hoy. Porque, a mi
juicio, La rebelión de las masas no
es un fenómeno privativo del siglo XX, ya que se ha abierto paso hasta el XXI
y, además, está cobrando impulso.
—Vaya, me
alegra mucho que nuestra percepción de la presente realidad social y política
coincida esencialmente con lo que Ortega y Gasset pronosticó. No cabe duda
—porque salta a la vista— que la llamada “rebelión de la sinrazón” es ahora un
problema mundial. Nos enfrentamos a ella en la vida cotidiana, plasmada en
diversas formas de absolutismo y fundamentalismo que ponen en peligro los
fundamentos básicos de la civilización. Lo vemos cada día en la uniformidad del
pensamiento, en el eclipse de la alta cultura y en la extinción de los valores
éticos y morales perennes.
—… lo que
hace que la intolerancia reine en todos los ámbitos de la sociedad y la
política —apostillo.
—Pues sí. Los
sociólogos han denominado a esta intolerancia “censura horizontal” o “cultura
de la cancelación”, un fenómeno muy extendido ya en nuestra sociedad que
consiste en retirar el apoyo —financiero, digital, social, etc—, a aquellas
personas u organizaciones que se “salen del tiesto”, esto es, que no comulgan
con el pensamiento generalizado, haciéndolo patente mediante opiniones,
comentarios o acciones calificadas como “políticamente incorrectas”. Y lo más
sangrante de todo: que esta brutal demonización se produce con independencia de
su veracidad o falsedad, ya que la maquinaria represiva se pone en marcha
automáticamente, una vez que esas personas o instituciones resultan ser
incómodas para “El Sistema”.
—¡Uff!
—exclamo. Un panorama muy distópico u orwelliano…
—Lo es, sin
duda. De igual modo que George Orwell describe en su famosa novela 1984 una sociedad distópica, es decir,
ficticia e indeseable en sí misma, no libre y abierta, controlada por la
propaganda, la vigilancia, la desinformación, la negación de la verdad y hasta
del pasado, hoy contemplamos una sociedad alienada en la que se acalla
sistemáticamente al discrepante, con un brutal linchamiento mediático. Una
demonización que, alentada generalmente por políticos, personajes públicos,
“influencer” y medios de comunicación, conduce irremediablemente a la sociedad
a la intolerancia, la polarización y al enfrentamiento.
—Nuevamente
sale a relucir en tu reflexión la palabra tolerancia. Y llegados a este punto
voy a tratar de ponerte en cierto aprieto intelectual. Te haré una pregunta, de
esas que a veces ponen los profesores universitarios para subir nota.
Verás. Cuando
te pregunté si pensabas que ya había llegado el día en que la tolerancia había
alcanzado un cierto grado de intensidad —siguiendo a Dostoyevski— capaz de
conseguir prohibir pensar a los inteligentes para no molestar a los imbéciles,
me respondiste que no cabía la menor duda de que ese día ha llegado ya, con un
razonamiento para mí muy convincente. Sin embargo, me surge una duda
relacionada con la esencia de la tolerancia. ¿Es deseable en las presentes
circunstancias?
—Sí. Yo creo
firmemente en que siempre es deseable fomentar la tolerancia. En esencia, la
tolerancia, consiste en respetar las opiniones, ideas o actitudes de las demás,
aunque no coincidan con las propias. Pero ello no debe implicar que, para no
molestar a los imbéciles —de acuerdo con el planteamiento de Dostoyevski— se
prohíba pensar a los inteligentes.
En estos
momentos la verdadera tolerancia brilla claramente hoy por su ausencia.
Nuestros políticos, por lo general, no la fomentan; muy al contrario; dirigen
sus mensajes, discursos y acciones hacia una masa —su target o público
objetivo—, enrocada en la dicotomía de izquierda o derecha. Masas sociales
movidas por las emociones más primarias, que prevalecen por completo sobre la
razón. Por desgracia, la capacidad de discernimiento queda reservada a unos
pocos discrepantes con la docilidad ideológica. Con este modus operandi al que
lamentablemente hemos llegado es cuestionable afirmar que en España existe la
democracia.
—Correcto
—asentí. Mira, precisamente, el economista, escritor y humanista, José Luis
Sampedro, en un video del año 2011 que se ha hecho viral, titulado Educados para no pensar, afirma sin
rodeos esto mismo que tú acabas de comentar: que en España no existe la
democracia. Tampoco fuera de nuestras fronteras, según Sampedro. Porque, se
pregunta en este video:
«¿Es aceptable la elección de Berlusconi como
presidente de Italia, por el pueblo italiano?; ¿Es aceptable que el pueblo
norteamericano reelija a George Bush, tras haber quedado demostrado que el
ataque militar ordenado al Régimen de Iraq por, supuestamente, contener armas
de destrucción masiva, no estaba basado en la verdad?; ¿Es que la gente está loca?
No —se responde—, yo creo que no, lo que está es manipulada».
Así que, la
llamada “opinión pública” no surge del pensamiento reflexivo de la gente. Esto
pasa, a juicio de José Luis Sampedro, por dos razones:
1ª.- Porque
no estamos educados para pensar. No estamos educados para formar lo que él
llama el “pensamiento crítico”. La gente, por lo general, no piensa ni razona.
Las decisiones electorales se hacen de forma visceral, por las características
del que habla o por las mentiras que cuenta.
2ª.- El poder
económico es el que domina los medios de comunicación, de los que se sirve para
inculcar en la gente sus ideas. Por eso, la gente hoy juzga (interpreta la
realidad) de acuerdo con lo que ve por televisión, oye por la radio o lee en
los periódicos. Y ello sin ser consciente de lo que la ocultan.
En fin —según
José Luis Sampedro— no se forma para ser verdaderos ciudadanos conscientes. La
educación y los medios de comunicación, además de asentar aún más nuestros
condicionamientos adquiridos a lo largo de la vida, modulan la llamada opinión
pública para servir a los intereses del poder.
—Totalmente
de acuerdo con el análisis de este eminente humanista. Nosotros también somos
conscientes de que en nuestro actual panorama político se polariza para
manipular, se manipula para polarizar y continuamente se miente. Un círculo
vicioso absolutamente inaceptable. Por ello, desde nuestra asociación Juventud Despierta tratamos de descubrir
las intenciones e intereses ocultos tras los discursos políticos. Y, así, hemos
comprobado que los etiquetados como partidos políticos de izquierdas mantienen
—aparentemente— una postura contraria a la unidad nacional, cuando en realidad,
lo que pretenden es postularse como una opción moderada frente a los
nacionalismos más radicales; por su parte, los partidos políticos catalogados
de derechas apelan continuamente a la unidad nacional, pero, por lo bajini,
están dispuestos a realizar concesiones que la debilitan.
En
definitiva, se ha llegado en España —y también en el resto del mundo— a lo que
Adolfo Suárez llamó «instalarse en el
pragmatismo con el fin de permanecer en el poder a costa de lo que sea».
—Bien. En las
presentes circunstancias de clara degradación de la vida política y social:
¿Qué soluciones proponéis desde “Juventud
Despierta” para superar este distópico escenario?
—Nuestra
posición al respecto es muy clara. Nosotros deseamos que se supere de una vez
por todas esta perpetua polarización política y social, y se fomente la
tolerancia y el diálogo. Para ello, nosotros creemos hay que volver a promover
la diversidad de ideas, el pensamiento crítico y la razón como vigas maestras
que sostienen el edificio de nuestra convivencia. También, cuestionando los
dogmas imperantes, así como las creencias y prejuicios. En fin, la cada uno de
nosotros —siguiendo a José Luis Sampedro— debe desarrollar el pensamiento
reflexivo con el fin de crear una “opinión pública” madura.
—¿Tenéis
algún método de trabajo para desarrollar este pensamiento reflexivo?
—Pues sí.
Primeramente, con la duda metódica. Una de nuestras principales máximas procede
del filósofo francés, René Descartes, y dice: «Para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de
todas las cosas».
Sobre esta base —la duda, el cuestionamiento,
el no dar nada absolutamente por sentado, tratamos de buscar respuestas por
medio del debate y la reflexión. Nos preguntamos, por ejemplo: ¿Los jóvenes
vivirán mejor que sus padres? ¿Qué futuro le espera a una juventud sin
pensamiento crítico? ¿Qué sociedad se puede permitir una juventud crítica sin
futuro? ¿Hemos analizado las promesas incumplidas o las mentiras descaradas en
campaña? ¿Quién reflexiona sobre el futuro de nuestra sociedad? ¿Hasta cuándo
será sostenible esta proyección social cortoplacista?
—Bien.
Entiendo que como “jóvenes despiertos” (y reflexivos) que sois, ya os habéis
planteado cómo conseguir una sociedad madura y reflexiva.
—Pues, sí.
Creemos que ese ideal de sociedad madura y reflexiva se puede alcanzar a través
de la educación permanente en valores profundos como la tolerancia, el respeto,
la empatía, la responsabilidad, la solidaridad, la compasión; también por
supuesto, el amor, el perdón o la gratitud.
Estamos
firmemente convencidos de que la educación en valores profundos constituye una
de las principales columnas que sostienen el edificio de una sociedad madura.
Esta educación debe, además, fomentar, desde los primeros años de nuestra vida,
el espíritu crítico. Todo ser humano debe desarrollar la capacidad para evaluar
y cuestionar, si fuera necesario, los principios, valores y normas que tiene en
su entorno, formando un criterio propio —su propio criterio— para después tomar
las mejores decisiones, en armonía para todo el mundo. Indudablemente, en la
formación de este espíritu crítico la lectura de libros elevadores, la
reflexión, el debate y el contraste de ideas son buenos consejeros.
También,
creemos que los mass media deben dar un giro de 360 grados en su forma de
informar, educar y entretener. Sus programaciones deben ir dirigidas a informar
verazmente, no a desinformar o a manipular; a formar personalidades selectas,
no masas aborregadas irreflexivas; a entretener de modo saludable, desterrando
la violencia gratuita y otras de carácter pernicioso y no edificante.
En fin,
conscientes de que los mass media tienen un papel fundamental en la formación
del espíritu crítico, deben ser coadyuvantes en la formación de una sociedad
madura.
—Así debería
de ser, porque, como escribió Ortega y Gasset en un memorable artículo
publicado en el diario El Sol, en el
año 1922, titulado Patología Nacional:
«Mientras no corrijamos este quid pro quo no
adelantaremos un paso en la inteligencia de lo social».

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