EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: Jugada maestra
JUGADA
MAESTRA
El martes 11
de julio de 1972 yo tenía 9 años y vivía con mis padres en Muñana, un pueblo
pequeñito de la provincia de Ávila. Me encontraba a dos meses y dieciséis días
de abandonar mi etapa infantil y comenzar la adolescencia: un nuevo periodo
vital de florecimiento, de proyectos, de descubrimiento de mí mismo y del
entorno. Ese día comenzó una final de ajedrez que paralizó al mundo.
Evidentemente, mi mente infantil, labrada en una zona rural de la España
profunda, no estaba capacitada para comprender la dimensión de este
significativo acontecimiento, celebrado en Reikiavik (Islandia), calificado
posteriormente como “El Juego del Siglo”.
La bruma del
pasado me impide reproducir los detalles de aquel momento; sin embargo, hoy,
frisando ya los 60 otoños, recuerdo con nostalgia la escuela rural del pueblo,
idéntica a la que describe Antonio Machado en su poema “Recuerdo infantil”:
«Una tarde parda y fría de invierno los colegiales
estudian. Monotonía de lluvia tras los cristales. Es la clase. En un cartel se
representa a Caín fugitivo, y muerto Abel, junto a una mancha carmín. Con
timbre sonoro y hueco truena el maestro, un anciano mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano. Y todo un coro infantil va cantando la lección:
mil veces ciento, cien mil, mil veces mil, un millón. Una tarde parda y fría de
invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de la lluvia en los cristales».
También viene
a mi memoria —sin herir— que aquel año España participó en el Festival de
Eurovisión con una canción de Jaime Morey, un cantante melódico, muy al gusto
de aquella época, obteniendo el décimo puesto; y que, en la radio, el padre
Peyton, comenzó a rezar el rosario a través de las ondas, y el serial “Simplemente María”, una historia que
narraba las desventuras de María, una joven que se ve abocada a abandonar su
Santander natal para instalarse en Madrid como sirvienta, hacía furor.
Presumiblemente
disfruté de aquel caluroso martes del mes de julio de 1972, dentro del contexto
de una España rural “en blanco y negro”, ayudando a mis padres en las labores
agrícolas y ganaderas —su principal medio de vida—, con la mirada mental y
emocional puesta en mi próxima etapa formativa —los estudios de EGB— que
tendría lugar a partir de septiembre, en un colegio de Salamanca de los
escolapios. Y, mientras bullía por todo mi ser el anhelo infantil de lo que
vendrá, se estaba produciendo un encuentro (“choque”, sería más apropiado)
ajedrecístico entre el campeón defensor Borís Spassky, de la antigua Unión
Soviética, y el retador Bobby Fischer, de los Estados Unidos.
Hoy he podido
comprender la enorme trascendencia de esta pugna deportiva: ambas superpotencias,
distanciadas por la llamada “Guerra Fría”, habían encontrado un medio seguro y
al alcance de la mano para dirimir sus enormes diferencias. Y es que “La Guerra
Fría” —un enfrentamiento político, económico, social, ideológico, militar e
informativo iniciado tras finalizar la Segunda Guerra Mundial entre el bloque
Occidental (occidental-capitalista), liderado por los Estados Unidos, y el
bloque del Este (oriental-comunista), liderado por la Unión Soviética— pugnaba
por instaurar un modelo planetario, bajo la constante amenaza de misiles
intercontinentales.
Evidentemente,
“El Juego del Siglo” era un símbolo, es decir, la escenificación de un trabajo
diplomático previo orientado a solventar las abismales diferencias entre ambos
bloques antagónicos.
En uno de sus
libros, Richard Nixon, el presidente norteamericano de aquel momento, escribió:
«Ésta fue una semana que cambió el mundo,
tal como hemos dicho en el comunicado; una base para construir un puente sobre
16.000 millas y 22 años de hostilidades, que nos han dividido en el pasado».
La semana a
la que se refería Nixon era la del 21 al 28 de febrero del año 1972, durante la
cual visitó la República Popular China, con el fin principal de normalizar las
relaciones sus relaciones. Para los estadounidenses, aquella visita fue una
acción audaz inesperada, impropia de un político al uso. Por el reportaje
internacional de la cobertura de este evento, Max Frankel, de The New York,
recibió el Premio Pulitzer y más tarde, en 1984, John Adams, escribió la ópera
“Nixon in China”. No era para menos si tenemos en cuenta que aquel encuentro
Nixon-Mao sentó las bases para el mundo globalizado que hoy conocemos.
A esta
audacia —Alejandro Magno afirmó que «La
fortuna favorece a los más audaces»— le siguió otra, y no menor: conseguir
que la bandera de EEUU ondeara durante nueve días en el Kremlin, un gesto
inaudito ordenado por el mismísimo Leonid Ilich Brézhnev.
Este
acontecimiento histórico —primera visita de oficial de un presidente norteamericano—
se produjo desde el 20 al 29 de mayo de 1972, logrando disminuir la tensión
entre EE UU y la URSS. Además de firmar ocho documentos importantes, entre
ellos el Tratado ABM y el Tratado SALT I, un acuerdo de no injerencia en los
asuntos internos de la otra parte y otro bilateral de cooperación en materia de
ciencia, espacio, medicina y protección del medio ambiente, se formalizó un
contrato entre el gobierno soviético y la empresa Pepsico para construir una
planta de Pepsi-Cola cerca de Sochi a cambio del derecho exclusivo de vender
vodka Stolichnaya en EE UU. Sin embargo, no pudo llevarse a buen puerto el
deseo de los escolares soviéticos de construir una fábrica de chicles, al ser
interrumpida la distensión en 1979, con la invasión soviética de Afganistán.
En fin, ya
saben, todos los conflictos siempre los pierden los poetas… y los niños que,
por cierto, por aquellos tiempos revueltos, solo podían acceder a comer huevos
cuando fueran padres, según prescribía la cultura formativa familiar de
entonces.
Conforme,
pero a lo que íbamos: ¿qué pasó en el Match del siglo? ¿quién ganó aquella
partida? Me gustaría decirles que el resultado final de este “choque” fue lo de
menos, en línea con una máxima, contenida en El Quijote que determina que más
importante que la posada es el camino.
Aun así, para
satisfacer alguna curiosidad, les diré que Fischer se convirtió en el primer
estadounidense en ser campeón mundial, despojando a los soviéticos de la corona
ajedrecística, con la que habían reinado sin interrupciones desde 1948. Lo de
menos, como he dicho, es quién ganó; y es que aquella histórica batalla
deportiva era, en realidad, un enfrentamiento simbólico en plena “Guerra Fría”
de dos modos diferentes de concebir el mundo.
Al año
siguiente, concretamente el 20 de diciembre de 1973, un tren procedente de
Salamanca con destino Madrid-Atocha hizo escala —según lo previsto— en la
estación de Ávila. Era una mañana fría y de nieve. Yo venía en este tren,
recién iniciada mi adolescencia, junto con otros compañeros, para pasar las
navidades con mi familia. Mientras cogía mi maleta del estante del vagón pude
comprobar que mi padre me esperaba en la estación, visiblemente nervioso. Tras
el emocionado reencuentro ─habíamos estado separados más de 3 meses─, mi padre
no pudo controlar ni un segundo más su perturbación, exclamando:
─Hijo: ¡Han
matado a Carrero Blanco! ¡Han matado a Carrero Blanco!
Con mis
recién 11 años cumplidos lo más que sabía de aquel hombre al que habían
asesinado es que era el presidente del Gobierno de España. Ni podía imaginarme
entonces el hondo impacto que provocó en la sociedad española de la época aquel
suceso: el mayor ataque contra el Régimen de Franco desde el final de la Guerra
Civil en 1939.
Mi padre me
tomó de la mano y me acompañó hasta un bar próximo a la estación para descansar
del viaje hasta que llegara la hora de salida de la línea de autobuses que nos
tenía que dejar en nuestro pueblo.
Recuerdo
perfectamente que, una vez aplacados los imperativos indemorables de la
naturaleza humana, mi padre empezó a entablar una conversación con el camarero
de aquel bar sobre el trágico acontecimiento. Están diciendo por la radio —le
escuché decir a mi padre— que ha sido ETA.
─¡Pero, coño,
pero coño! ¿Cómo ha podido pasar esto? —comentó el camarero. ¿Y qué va hacer
ahora Franco?
—Se va a
preparar gorda, pero que muy gorda— fue la rápida predicción que hizo mi padre
en aquellos momentos sobre las consecuencias que tendría previsiblemente aquel
cruel y dramático atentado contra uno de los hombres de la absoluta confianza
de Franco. Luego añadió: Según están diciendo por la radio, el atentado se ha
producido sobre la 9 y media de esta mañana. Al parecer, Carrero Blanco iba en
su vehículo camino del Despacho de la Presidencia del Gobierno, tras haber asistido
a su habitual misa diaria, en una iglesia de la calle Callao de Madrid. También
están diciendo que el vehículo que lo trasladaba ha quedado hecho añicos.
Ciertamente,
la trascendencia política de este atentado —que mi mente adolescente no podía
comprender— coincidente, por cierto, con el juicio que se estaba celebrando
contra 10 militantes del sindicato Comisiones Obreras —el histórico “Proceso
1001”), era evidente: con el nombramiento en junio de 1973 del almirante
Carrero Blanco como presidente del Gobierno, Franco ponía al frente del mismo a
la persona de su máxima confianza, la más adecuada —según los sectores
inmovilistas del Régimen— para dar continuidad a la Dictadura.
Años más
tarde supe que este brutal atentado había afectado notablemente a Franco, hasta
tal punto que, al conocer la noticia, exclamó: «Me han cortado el último lazo que me unía al mundo».
A partir de
ese momento se abrió una crisis profunda y definitiva del Régimen franquista.
Durante los días siguientes al atentado, Torcuato Fernández Miranda, secretario
general del Movimiento y vicepresidente del Gobierno, asumiría provisionalmente
la Presidencia del Gobierno, antes de que Franco se decantara por Carlos Arias
Navarro.
El atentado
del Almirante Carrero Blanco supone un punto de inflexión histórico: por un
lado, con respecto al comienzo de la descomposición del Régimen de Franco; por
otro, por ser considerada la fecha del 20 de diciembre de 1973, fecha del
asesinato del presidente del Gobierno, Carrero Blanco por algunos autores, como
el inicio de la Transición política española, dada la relevancia de su figura
en la estructura del régimen y el impacto que supuso su desaparición.
La Transición
de la Dictadura a la Democracia ha sido para algunos estudiosos un trabajo de
ingeniería política modélico; una obra política que asombró al mundo; una
jugada maestra. Hoy, la Transición política española ya ha sido abordada desde
innumerables puntos de vista. Yo me propongo hacerlo —a partir de este
instante— desde una atalaya inexplorada: la de la Transición como jugada
maestra, siguiendo los principios contenidos en el ajedrez.
Para tal propósito he buscado y hallado a uno
de los mejores teóricos del ajedrez que existen en nuestros días en el mundo:
alguien que es capaz de hacer fácil lo difícil; un viajero infatigable que
considera que viajar es la mejor escuela de vida; un amante de la Historia; un
ser humano que vive con gran pasión todo lo que hace; que viene ejerciendo con
maestría los oficios de periodista, escritor, comunicador y conferenciante; y,
en fin, que está plenamente convencido de que el ajedrez es el mejor gimnasio
para la mente.
Porque…
¿alguno de ustedes —pregunta de un modo retador con frecuencia ante cualquier
auditorio— conoce otra herramienta pedagógica, además de la música, que pueda
ser tan lúdica, divertida y eficaz transmitiendo innumerables valores en poco
tiempo?
Mi
interlocutor tiene un gran sueño: mejorar el sistema educativo de España y del
mundo con lo que él considera el mejor gimnasio para la mente: el ajedrez. Un
gimnasio mental donde el alumno aprender a perder, un aspecto, por cierto, muy
mal visto en nuestros tiempos de hoy; sin embargo, según él —y yo le creo
firmemente— perder es imprescindible para poder aprender y progresar.
Así que, me
insiste en que el ajedrez es una herramienta educativa de primer orden; un
espejo donde se refleja la vida; ¡ah! y también un medio para crear milagros,
como el que se produjo el 11 de febrero del año 2015 en el Congreso de los
Diputados: conseguir poner de acuerdo a todos los políticos en promover el
ajedrez como herramienta educativa.
Llegados a
este punto, quizás alguien de ustedes se esté preguntando por qué, llevando ya
casi dos mil palabras escritas, no he revelado aún el nombre de nuestro
conversador: un maestro teórico de ajedrez que nos irá exponiendo los
principios sobre los que —a su juicio— se cimentó la Transición política
española.
La razón se
asienta sobre una palabra: paciencia. Sí, paciencia, una virtud poco común en
nuestro tiempo actual, caracterizado por la urgencia y la inmediatez y que, sin
embargo, la podemos encontrar a raudales en el ajedrez. Así que, les ruego que
se armen de paciencia, respiren profundamente, se relajen, y sigan leyendo
hasta que acaben por comprender por qué la Transición fue una jugada maestra de
estrategia política.
Cuando le
escuché decir a mi conversador por primera vez que el ajedrez desarrolla la
paciencia pensé instantáneamente en un bambú japonés que, aunque requiere de
los cuidados normales de cualquier semilla, no sale de la tierra hasta pasados
7 años. Una vez que sale a la luz no para de crecer hasta que, en tan solo 6
meses, puede llegar a alcanzar una altura de 30 metros.
Afortunadamente
en el ajedrez no tenemos que esperar 7 años para conseguir alcanzar un “jaque
mate”, pero te obliga pronto a darte cuenta de que los resultados no llegan
cuando uno quiere, sino cuando corresponde.
Y es que en
el ajedrez —me asegura mi venerado maestro— las situaciones hay que idearlas,
provocarlas y madurarlas, y luego esperar pacientemente a que lleguen los
frutos. En este sentido la Transición fue una operación que requirió de
paciencia, de mucha paciencia. Se trataba de resolver un problema nacional de
convivencia, derivada de una antigua confrontación cruenta, para el cual, en
lugar de cortar de un tajo el nudo gordiano del mismo se optó por utilizar el
imperio de la ley rechazando completamente el “inter armas silent leges” (en tiempo de armas, las leyes callan).
Algo que indudablemente requiere de grandes dosis de paciencia.
─ «Señor, el hombre político que soy quiere
ser presidente del Gobierno, pero le seré más útil en la Presidencia de las Cortes»,
fue la respuesta largamente meditada de Torcuato Fernández Miranda, el hombre
designado por el Rey don Juan Carlos para diseñar la obra de ingeniería
política que hizo posible el tránsito desde la dictadura a la democracia.
Fernández-Miranda,
una vez en la Presidencia de las Cortes —cargo que ocupó desde diciembre de
1975 hasta mayo de 1977— se centró en sacar adelante la que fue su gran obra
jurídica y política: la Ley para la Reforma Política. Un desafío, por cierto,
no apto para impacientes. Y es que aquella operación requirió de grandes dosis
de paciencia, ya que había que convencer a cada uno de los procuradores de las
Cortes Españolas (540, nada más y nada menos) para que avalasen con su voto
esta Ley que, en la práctica suponía la derogación formal del franquismo. De
hecho, la prensa del momento bautizó a aquella operación como el “harakiri”.
Si hubiera
que resumir a su mínima expresión todo el complejo proceso de la Transición
Política Española, podría hacerse con la histórica frase de once palabras
formulada por el propio Torcuato Fernández-Miranda: «De la Ley a la Ley, a través de la Ley».
Aunque nos
pueda parecer un trabalenguas o un eslogan publicitario, esta frase es
realmente un tesoro jurídico y político de incalculable valor. Desconozco si
Fernández-Miranda llegó a leer a Gustave Flaubert, pero no tengo la menor duda
de que tenía el mismo convencimiento de este escritor francés de que se llegan
a hacer cosas hermosas a fuerza de paciencia y de larga energía.
—Verás, José
Antonio —me comenta mi interlocutor— la lista de virtudes, valores y
habilidades que desarrolla el ajedrez es muy larga. Me he referido al de la
paciencia, tan importante en nuestros días; pero hay muchos más: la
comunicación, por ejemplo.
—¿La
comunicación? —le pregunto intrigado. ¿Es que hay comunicación en el ajedrez?
¿Pero si los ajedrecistas casi ni se hablan?
—Esto es lo
que puede parecer a primera vista: que no existe comunicación durante una
partida de ajedrez; sin embargo, el ajedrez es, quizás, la única actividad
humana que permite que dos personas puedan mantener una comunicación muy
intensa sin tocarse ni hablarse.
Inmediatamente
vino a mi memoria la histórica exclamación «¡Este
tío tiene cojones!» de Santiago Carrillo, líder del Partido Comunista en la
clandestinidad cuando la pronunció. Una frase “typical spanish”, muy utilizada,
por cierto, para describir emociones o referirnos a personas determinadas.
Aclaro que no
fue empleada en el contexto de una intensa partida de ajedrez, pero sí entre
dos contrincantes provistos con herramientas de combate muy diferentes: uno,
con una hoz y un martillo; el otro, con un yugo y cinco flechas cruzadas
apuntando al cielo.
El match, se
celebró frente a frente, un domingo 27 de febrero de 1977. Algunos estudiosos
del proceso de la Transición consideran que, en realidad, fue cuando se produjo
la legalización del PCE, en lugar del famoso “Sábado Rojo”, 9 de abril de ese
mismo año, que figura en los libros de historia.
En todo caso,
sin la legalización del enemigo número uno del Régimen —el PCE—, llevada a cabo
por “este tío tiene cojones”, parafraseando a Santiago Carrillo, las primeras
elecciones democráticas celebradas en España el 15 de junio de 1977, no
hubieran gozado de ninguna legitimidad; tampoco podríamos señalar como al
“15-J”, como fecha del comienzo de la partida para conducir a España desde la
dictadura a la democracia.
El histórico
encuentro, si bien poco conocido, se produjo en secreto en el chalet Santa Ana,
situado en Pozuelo de Alarcón (Madrid), propiedad del abogado y presidente de
la Agencia Europa Press, José Mario Armero y de su esposa, Ana María Montes.
Los contrincantes tenían algunas cosas en
común, a pesar de proceder de mundos completamente opuestos. La primera: su
condición de fumadores empedernidos. Según hemos podido saber, Suárez se fumó
ese día, una cajetilla de “Canarios”, y Carrillo, dos paquetes de “Peter
Stuyvesant”, marca con nombre holandés procedente de Sudáfrica; la segunda:
ambos habían contemplado en múltiples ocasiones las fauces del miedo; Suárez,
en la figura del Jefe del Estado, el General Francisco Franco, con sus penas de
muerte; Carrillo, en la de los jerarcas del comunismo soviético e
internacional, ante los cuales sentía —como alguna vez comentó— que cabía la
posibilidad de saber por dónde y cómo entraba, pero no por dónde, para dónde o
cómo saldría.
La partida se
jugó bajo el principio “Do ut des”, es decir, “te doy para que me des”.
Carrillo le exigió a Suárez presentarse en las primeras elecciones con las
siglas del partido. Suárez, por el contrario, le planteó concurrir con otras
siglas, como independiente.
─ «¡Esto es
innegociable, señor Suárez! —le respondió Carrillo—Usted tiene que darme la legalidad si quiere
tener la legitimidad de su reforma política».
Además, el
líder comunista pidió libertad para organizar sus sedes; legalidad para todos
sus militantes; excarcelación de sus presos políticos; pasaporte para él y para
quienes vivían en el exilio, como Dolores Ibárruri (“La Pasionaria”), entre
otros muchos. Suárez, por su parte, puso sobre el tapete, para el caso en que
pudiera ser legalizado el PCE, condiciones innegociables como: reflejar en los
estatutos del partido la subversión del Estado, la aceptación de la bandera
rojigualda, el respeto por la Monarquía, la defensa de la unidad de España, así
como la ruptura con la dependencia orgánica, económica y estratégica con sus
homólogos internacionales.
Se podría
decir que este encuentro secreto e histórico Suárez-Carrillo finalizó “en
empate por tablas”, si se me permite utilizar una estrategia del ajedrez.
Aclaro que esto de “en empate por tablas”, según me ha matizado mi
interlocutor, se da cuando existe mutuo acuerdo entre los dos jugadores, con la
condición de que ambos deben haber realizado al menos un movimiento, de acuerdo
con el artículo 5.2.3 de las Leyes del Ajedrez.
No obstante
—me comenta, introduciendo un nuevo matiz— hay que tener también en cuenta el
artículo 9.1.1, que prescribe que las bases del torneo pueden prohibir a los
jugadores ofrecer o aceptar tablas, bien antes de un número concreto de
movimientos, o bien en ningún caso, sin el consentimiento del árbitro.
Evidentemente,
aquella emocionante partida de tablero político se efectuó tras muchos movimientos
con el resultado de “en empate por tablas”. Ambos interlocutores utilizaron,
consciente o inconscientemente el “win-win” (“ganar-ganar”), el mejor paradigma
de interacción humana según la ciencia psicológica, sociológica y pedagógica,
aconsejable para aplicar siempre en multitud de circunstancias como la
resolución de conflictos, negociaciones profesionales, estrategias de marketing
o dinámicas de grupos. Con él ambas partes salieron plenamente satisfechas.
El acuerdo
quedaría sellado con un fuerte apretón de manos, seguido —seguramente— de un
abrazo, un gesto muy utilizado por Adolfo Suárez para trasladar a su
interlocutor su afecto y consideración. Suárez —según se ha escrito— volvió a
Moncloa en un pequeño Seat blanco, satisfecho, pero preocupado.
─Hay serios obstáculos; la legalización no depende
de mí ni del Rey —le dijo a
Carrillo—, sino de otros poderes que son
muy hostiles, en referencia a los militares. Carrillo, por su parte, salió
de aquel chalet de Pozuelo de Alarcón muy satisfecho; tanto que pidió a su
anfitriona y choferesa Ana, que le acercara a la embajada de Rumanía en Madrid,
para contarle por teléfono a Ceaușescu el resultado de la reunión.
Al comentar con
mi interlocutor este increíble episodio me vuelve a recordar que el ajedrez es
un espejo de la vida. Me insiste en que los principios que contiene y las
virtudes que desarrolla pueden ser de aplicación en todos los ámbitos de
nuestra vida. En el de la política se puede observar claramente en situaciones
difíciles como la del encuentro clandestino Suárez-Carrillo en las que hay que
negociar bajo presión y tomar decisiones con rapidez. Luego me formula una
pregunta de un modo provocativo:
─¿Sabías que
el ajedrez es una herramienta magnífica con capacidad crear una Alianza de las
Civilizaciones?
—¡Hombre!
—exclamé —te acepto tu afirmación de que el ajedrez es uno de los mejores
gimnasios para la mente; que es una gran herramienta educativa; que desarrolla
la paciencia y la comunicación; que te hace comprender que cuando pierdes
aprendes y, por lo tanto, creces; que es un juego muy divertido apto para todas
las edades; también un arte porque crea belleza en todas sus partidas e,
incluso, que puede ayudar a mejor las relaciones diplomáticas siguiendo el
ejemplo del “Juego del Siglo” entre Borís Spassky, de la antigua Unión
Soviética, y el retador Bobby Fischer, de los Estados Unidos… pero que, además,
tiene la capacidad para crear una Alianza entre Civilizaciones,¿ no crees que
es una afirmación algo exagerada?
—No lo es y
te daré las razones. Alfonso X el Sabio escribió en el año 1283 un libro sobre
el ajedrez titulado: Juegos de ajedrez,
dados y tablas con sus explicaciones ordenadas por el rey Alfonso el Sabio.
Se trata del
libro más antiguo sobre el ajedrez que nos ha llegado, escrito baja esta
premisa: El ajedrez es una magnífica herramienta para la buena convivencia
entre judíos, musulmanes y cristianos.
—¡Qué
sorpresa! Es que yo siempre he relacionado a Alfonso X con los libros y el
mecenazgo cultural, pero nunca me había planteado que este rey sabio se hubiera
interesado por el ajedrez.
—Este gran
rey castellanoleonés, hijo de Beatriz de Suabia, una mujer políglota de elevado
nivel cultural, se interesó por todas las manifestaciones culturales del
momento, entre las que se encuentra el ajedrez. Y, como sabes, a él le debemos
la apertura de la primera institución educativa europea en obtener el título
propiamente de Universidad: Salamanca; y el impulso de la Escuela de
Traductores de Toledo, una iniciativa de calado trascendental para dar
consistencia a la nueva prosa castellana.
—¿Y lo de la
Alianza de Civilizaciones? —pregunté intrigado.
—Evidentemente,
el Rey Alfonso X propuso la Alianza de Civilizaciones dentro del espacio
peninsular de la época, como se refleja en el conocido dibujo de la tienda
real, en el que aparecen dos lanzas verticales juntas mirando hacia el cielo,
queriendo significar un elevado interés superior, evocador de concordia. Setecientos
años más tarde, la URSS consiguió este propósito implantando el ajedrez de
forma obligatoria en 1924, como herramienta multidisciplinar en todas sus
repúblicas.
─ ¡Equilicuá!
—exclamé al ser consciente de la sabia reflexión de mi interlocutor en torno a
la figura del Rey Alfonso X el Sabio, su herencia cultural y su relación —para
mí desconocida— con el ajedrez.
Pero es que,
además, no pasaron desapercibidas dos palabras claves y significativas para mí:
Salamanca y concordia; dos vocablos expresados en contextos diferentes por mi
interlocutor que, por arte de birlibirloque, mi mente analítica me llevó a
juntarlos, trayendo a mi memoria la histórica expresión: «La concordia fue posible».
«La concordia fue posible» —me recordé— es una sentencia inapelable que reza
como epitafio sobre la lápida de la tumba de Adolfo Suárez en la Catedral de
Ávila y en los muros de la Universidad de Salamanca, recordando a uno de sus
alumnos más relevantes del siglo XX. Una expresión que, a mi juicio, lleva en
su seno una fuerza, una energía, un espíritu: “El espíritu de la Transición”.
Generalmente,
cuando pronunciamos la sentencia «La
concordia fue posible» pensamos automáticamente en las desavenencias
profundas entre españoles durante la Segunda República Española, que derivaron
en una cruenta guerra civil, y a continuación en una larga dictadura que no
integró a quienes pensaban de otro modo. Sin embargo, yo creo que esta
sentencia debería ser aplicable con carácter retroactivo, al comprobar que
España contiene una historia de conflictos, anteriores a los del año 36, que,
fuera de nuestras fronteras suele asociarse con los grabados de Goya, es decir,
con el dogmatismo, el autoritarismo y el atraso.
Indudablemente,
el cambio político surgido tras el 20 de noviembre de 1975, impulsado por el
llamado “ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN”, ha conseguido que España se haya
transformado en un modelo democrático estable, con una alta renta anual per
cápita y una calidad de vida excepcional, que la sitúan entre los países más
privilegiados del mundo; y ello en menos de un cuarto de siglo.
Dicho lo
cual, nos hacemos la perpetua pregunta retórica: ¿qué fue primero, el huevo o
la gallina?, es decir, ¿los valores prevalecientes, destilados a lo largo de
los siglos impulsaron los cambios, o los cambios impulsados por el “ESPÍRITU DE
LA TRANSICIÓN” generaron unos nuevos valores en la sociedad española que
consiguieron llevar a España hasta los actuales niveles de desarrollo en todos
los ámbitos de la vida?
En una
primera lectura, muy probablemente nos decantemos por la segunda hipótesis, es
decir, la de que la calidad de vida de la que gozamos hoy en día sea la
consecuencia de los cambios impulsados desde el 20 de noviembre de 1975; sin
embargo, con lecturas posteriores, entrando en detalles y con mayores niveles
de reflexión, debemos inclinarnos por la primera, esto es, la de que
experiencia acumulada a través de los siglos propició el aprendizaje en el
cambio de las sociedades, y muy especialmente entre las clases dirigentes que
son, en definitiva, las que adoptan las decisiones que posteriormente validan y
asumen la sociedad en su conjunto.
Y, así,
Inglaterra, por ejemplo, antes de alcanzar un estatus de alto valor democrático
tuvo largos periodos de intolerancia y persecuciones, terribles guerras civiles
y religiosas y hasta con reinas y reyes decapitados. Y por lo que respecta a
EEUU, a la que consideramos el paradigma de la libertad y la democracia… ¿han
alcanzado estos parámetros de alta cultura democrática por tradición cultural
propia o como herencia de unos valores y principios aprendidos de su “madre”
anglohispana, con una historia previa de violencia y frustraciones?
«El pasado no nos dirá lo que debemos hacer —escribió el filósofo español José Ortega y Gasset—, pero sí lo que deberíamos evitar».
También que «La historia de la Humanidad
es la historia de sus errores, la larga experiencia destilada a través de los
siglos». En este mismo sentido, mi interlocutor, del que os hablaré muy
pronto, una vez superado el examen de paciencia logrado por aquellos que han
sido capaces de leer pacientemente mis humildes reflexiones sobre el ajedrez y
el “ESPÍRITU DE LA TRANSICION”, me ha comentado que, precisamente, el ajedrez
nos enseña a aprender de nuestros propios errores.
Y es que en
el ajedrez —me insiste— no le puedes echar la culpa de tu derrota al árbitro,
ni a que está lloviendo o que el terreno de jugo no es el apropiado; tampoco a
la suerte. De hecho, muchos grandes ajedrecistas han afirmado que para llegar a
lo más alto de este deporte hay que asumir muy bien los errores, los propios
errores. Cuando uno pierde, ha de preguntarse: ¿Dónde me he equivocado? ¿Qué
tengo que hacer la próxima vez para no cometer un error parecido a ese? Es
decir, para llegar a ser un excelente ajedrecista hay que desarrollar un
pensamiento autocrítico de manera permanente.
«He llegado al convencimiento de que hoy —declaró Adolfo en su solemne comunicado por
televisión a todos los españoles, el 29 de enero de 1981, con motivo de su dimisión
irrevocable—, y, en las actuales
circunstancias, mi marcha es más beneficiosa para España que mi permanencia en
la Presidencia… Me voy, pues, sin que nadie me lo haya pedido, desoyendo la
petición y las presiones con las que se me ha instado a permanecer en mi
puesto, con el convencimiento de que este comportamiento, por poco comprensible
que pueda parecer a primera vista, es el que creo que mi patria me exige en
este momento».
Un ejemplar
comportamiento de autocrítica, sin duda. Una impecable declaración en la que no
culpa ni a nada ni a nadie. En fin, un modelo de liderazgo.
Aquel gesto
heroico de dimisión, en el que asume completamente la derrota, ha quedado ya
totalmente fijado en el inconsciente colectivo de todos los españoles.
Desconozco si Suárez jugaba al ajedrez; sin embargo, sí sabemos que era un
consumado jugador de mus, un juego de ingenio, inteligencia y empatía con el
compañero. Un juego que, como el ajedrez, te enseña a perder y que perdiendo se
crece y, por ende, se gana.
Aquella histórica
dimisión no fue un hecho aislado. Más tarde, el primer presidente de la
democracia española volvería a demostrar a todos los españoles que el “errare
humanum est” forma parte de la naturaleza humana y como tal hay que asumirlo.
«Debo asumir —declaró con gesto grave, tras el varapalo de los resultados de
las elecciones regionales y locales de mayo de 1991— la responsabilidad absoluta de este resultado y, por lo tanto,
presento mi dimisión como presidente del CDS”.
A
continuación, añadió:
«Esto es lo que debe hacer un líder de un partido
con una estructura presidencialista, cuando obtiene un varapalo de esta
magnitud».
Lo podría
haber dicho más alto, pero no más claro. Con esta declaración, Adolfo Suárez,
ofreció a todos los españoles un nuevo mandamiento político último, antes de
retirarse definitivamente de la contienda política:
«Que las creencias y las convicciones hay que
traducirlas en actos, así como que la vida y el quehacer público alcanzan su
sentido más pleno cuando se desarrollan en servicio a los demás».
—Me parece
que fue un gran mandamiento que todos los políticos deberían tener muy
presentes en todas y cada una de sus actuaciones —me apostilla mi interlocutor.
Un mandamiento, por cierto, que también está presente en el ajedrez al
estimular la toma de decisiones, al reforzar la madurez emocional, o al
fomentar la tolerancia, permitiendo que otras personas piensen de forma
diferente. En fin, el ajedrez, como todo juego donde se contemplan unas reglas,
implica tener un respeto por las ideas de los demás, y enseña que las
decisiones que se toman traen consecuencias inesperadas.
—Pues,
sigamos por este maravilloso sendero del ajedrez, algunas de cuyas reglas
estuvieron presentes en esa época histórica convulsa que hemos convenido en
llamar “La Transición”. Y a ver si somos capaces —comenté expresando un anhelo
muy sincero— de que sirvan para concienciar a las presentes y futuras
generaciones de la imperiosa necesidad de dotarse de valores profundos, todos
ellos inherentes en el ajedrez; los mismos que hicieron posible la concordia
entre todos los españoles; los mismos que han hecho grandes y prósperas a todas
las sociedades de todos los tiempos y regiones.
Y ahora sí.
Ya no me es posible mantener oculto por más tiempo ─el tiempo, por cierto, es
una pieza más del ajedrez desde 1861─ el nombre de mi interlocutor o
conversador, con el que he mantenido esta conversación en torno a los valores
del ajedrez y de la Transición de manera virtual, dado que su condición de
viajero infatigable le sitúan siempre por esos mundos de Dios.
Su nombre
—por fin despejo este enigma que les ha tenido a todos ustedes en vilo—es
Amador González de la Nava. Nació un 12 de diciembre de 1972 en Salamanca, el
año en que se celebró el llamado “Juego del Siglo”, un choque ajedrecístico con
amplio significado político al que me he referido al inicio de este texto entre
el campeón defensor, Boris Spassky, de la antigua Unión Soviética, y el retador
Bobby Fischer, de los Estados Unidos.
En esta fecha
el presidente de EEUU era Richard Nixon y por el mundo se escuchaban las
canciones “Me And Mrs. Jones” y “My Ding-A-Ling” de Chuck Berry; se veía
“Avanti”, la considerada mejor película de Billy Wilder y se leía la novela de
suspense, “The Odessa File”, de Frederick Forsyth.
El año en que
nació mi interlocutor, Amador González de la Nava, Salamanca seguía siendo la
ciudad del “arte, el saber y los toros” o, en expresión actualizada, del
“turismo, las universidades y el ibérico”. Una urbe cuyos orígenes se remontan
a la primera Edad de Hierro, presumiendo, entre otros muchos alicientes, de
albergar la Universidad más antigua de España y, en cierto momento histórico,
la más prestigiosa de Occidente.
También de
ser la cuna del ajedrez moderno. Sí, han oído bien: Salamanca, cuna del ajedrez
moderno. Y es que, entre los años 1495-1497, las reglas del ajedrez, que se
habían mantenido inalterables durante siglos, sufrieron una gran transformación
al incorporar la figura de la dama al juego en sustitución del firzan o
alferza, pieza que tenía una escasa capacidad de movimiento. Según reconocidos
especialistas, la nueva figura de la dama pudo inspirarse en la reina Isabel I
de Castilla, una pieza poderosa en honor de una reina poderosa. Estas nuevas
reglas fueron recogidas en un tratado intitulado: Arte de ajedrez con ciento cincuenta juegos de partido. Se trata de
un incunable, uno de esos primeros libros producidos desde Salamanca con la
nueva tecnología creada por el orfebre y herrero alemán Johannes Gutenberg.
Así que, no
debería de extrañarnos que, en este entorno del máximo interés por el saber y
de vinculación con el ajedrez, haya surgido un gran maestro y entrenador de la
Federación Internacional de Ajedrez, que recuerda con mucho agrado las tablas
conseguidas frente al campeón del mundo Garri Kaspárov en partida simultánea a
8 tableros en Salamanca, en el año 1997.
Antes de
despedirme, permítanme que les haga una confesión. Creo que les será de gran
utilidad. Se trata de una decisión personal, tomada con consciencia y
determinación mientras escribía este texto, probablemente influido por la
pasión y sapiencia que contagia el maestro Amador González de la Nava por el
ajedrez. Es la de volver a retomar la práctica del ajedrez de un modo habitual,
para seguir creciendo y madurando en todos los aspectos como persona. Es que,
el ajedrez —suele comentar a menudo Amador González de la Nava— ha forjado mi
carácter.
Anímense,
pues, y hagan como yo; que tendrán mucho que ganar y nada que perder. Les
rucuerdo que, aunque pierdan, con el ajedrez se aprende a aprender y el valor
de la capacidad de la tolerancia a la frustración. Y, para el caso de que
alberguen algún género de dudas, hagan también como yo: coloquen en lugar
visible la siguiente relación de beneficios que puede aportarles la práctica
habitual del ajedrez.
·
Ayuda a
desarrollar el cálculo y a visualizar.
·
Ejercita el
cerebro para la resolución de problemas.
·
Fomenta el rigor
mental y el orden en el pensamiento.
·
Ayuda a
pensar de forma lógica.
·
Estimula la
toma de decisiones.
·
Refuerza la
madurez emocional.
·
Incentiva la
paciencia.
·
Promueve la
tolerancia.
·
Desarrolla
las cinco inteligencias de Gardner: matemática, espacial, lingüística,
interpersonal e intrapersonal.
·
Cultiva todos
los cinco aspectos de la inteligencia emocional de Goleman: Autoconciencia;
Autorregulación; Motivación; Empatía; Habilidades Sociales.
Y, sobre
todo, recuerden siempre que el ajedrez, como el amor y la música, tiene el
poder de hacer felices a los hombres.

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