EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: En busca del tiempo perdido
EN
BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO
Al despedirme
de mi conversador, Diego Alcón Espín, ya fuera del recinto del Parador de
Ávila, una noche fresca del mes de agosto de 2022, comenté que su tío, Adolfo
Suárez, había ingresado ya por derecho propio en el Olimpo de la Historia. Que
la relación de títulos, condecoraciones y distinciones que había recibido en
vida y a título póstumo era tan numerosa que ningún revisionismo histórico con
intencionalidad política sería capaz de borrar la imagen impresa en el
imaginario colectivo de todos los españoles del gran hombre de Estado que fue.
Diego Alcón
es Consultor de empresas. Comenzó su vida laboral antes de terminar su carrera
de Ciencias Empresariales en el despacho Vahn y Cía. Auditores y Consultores,
dirigido por José Luis Graullera. Luego, su espíritu inquieto le dirigió hacia
la industria cinematográfica, trabajando en la parte económica-administrativa
de la Media Business School ─entidad asociada al Programa Media de la Unión
Europea─, a las órdenes de Fernando Labrada y Antonio Saura ─hijo del famoso
director de cine Carlos Saura─, para la realización de cursos de producción
audiovisual europeos, dirigidos por el prolífico y exitoso productor de cine Andrés
Vicente Gómez.
Tras seis
intensos años dentro del apasionante mundo audiovisual decide pasar página,
saltando al de la investigación científica, al ser reclamado por el Centro de
Investigación del Cáncer, dependiente de la Universidad de Salamanca y del
CSIC.
Este mismo
espíritu de emprendimiento le impulsa a cambiar de aires, cruzando el charco
desde la ciudad de don Miguel de Unamuno hasta la República Dominicana para
trabajar como director financiero en un parque temático.
Ha sido el trabajo
más completo —me comenta— que he realizado en mi vida, no sólo desde un punto
de vista profesional, sino también desde el de aprendizaje humano. En este
contexto montó una empresa de desarrollo de páginas web que, junto con otros
socios, dirige desde España actualmente.
Pero no
piensen que ya está todo dicho de Diego Alcón sobre su trayectoria laboral e
inquietudes personales, pues es toda una caja de sorpresas. Así que les animo a
seguir leyendo, ya que mi nuevo conversador ha venido siguiendo —consciente o
inconscientemente— a lo largo de su vida el principio formulado por el padre de
la industria automovilística moderna, Henry Ford, de que «Uno de los mayores descubrimientos que hace un hombre, una de sus
grandes sorpresas, es descubrir que puede hacer lo que temía no poder hacer».
Resulta que,
aunque en su casa vivió el amor por la música clásica y la ópera a un nivel que
él califica de “summum”, con 12 años le picó el virus de Elvis Presley,
convirtiéndolo en “Elvispresliano”. Dos años más tarde, con 14 años, aprendió a
tocar la guitarra con canciones del rey del rock y a los 18 montó Raíl con amigos de Ávila y Madrid —un
grupo de rock, por supuesto— aclarándome que para poder pagar los instrumentos
tuvieron que trabajar durante dos años de verbeneros en los pueblos, pues la
necesidad obliga. Y ahora, en este preciso momento, vuelve a la música como
cantante y guitarrista con The Charlies.
También —sorpresa, sorpresa—con el espectáculo musical de “rockabilly” llamado Johnny Levea & The Charlies.
Además de su
vena musical está su faceta deportiva. Desde muy jovencito —«Los buenos hábitos formados en la juventud marcan toda la diferencia»,
según Aristóteles— descubrió que casi todos los deportes se le daban bien;
mejor dicho, muy bien, llegando incluso a competir exitosamente en diferentes
torneos en baloncesto, esquí y natación. Tristemente, por una inoportuna lesión
en la espalda a los 15 años tuvo que dejarlos a nivel competitivo.
—No me
sorprende, Diego, que, con todas estas actitudes e inquietudes, Adolfo Suárez
te acogiera en su casa como uno más de su familia —le comento— hasta el punto en
que, hoy, cuando te refieres al primer presidente del Gobierno de España tras
la dictadura, lo hagas en términos cariñosos y respetuosos como “tío Adolfo”.
—Antes de nada,
tengo que explicar cuál es mi relación con la familia Suárez. La amistad de mi
tío Adolfo con mi padre empezó desde la niñez ─me explica.
La figura de
mi padre en la vida de Adolfo Suárez es importante, siempre ha estado a su
lado, una amistad basada en el cariño, lealtad y admiración mutua. Mis padres
fueron siempre una gran ayuda emocional para él en los momentos difíciles. Mis
tíos formaban una pareja brillante y acogedora. Mi tía Amparo era una mujer
cariñosa, inteligente, culta, con grandes valores y con un gran sentido del
humor. Ella y mi madre estaban unidísimas. Esta íntima relación de las dos
familias durante tantos años ha sido excepcional y fue apasionante vivir tan
cerca de ellos. Por tanto, la relación es desde que nací. Recuerdo mi infancia
con ellos, veraneos, vacaciones, etc. Y por supuesto, también con mi hermano
Ferdi.
Viví con mi
tío Adolfo cinco años, como un miembro más de su familia, primero en Moncloa y
luego en su casa de la Urbanización La Florida. Él fue, por cierto, un gran
valedor mío en el deporte —me responde—.
¿Cómo es
posible que no seas el mejor en tenis, pero ganas el torneo? ¿Cómo es posible
que no seas el mejor en ping pong, pero ganas el torneo? —me preguntaba— Y es
que yo tenía entonces un gran “gen competitivo” y nos identificábamos
totalmente, ya que él había sido también muy competitivo, tan competitivo que
no le gustaba perder ni a los chinos.
Como puedes
imaginarte, José Antonio, nuestra afición por ver conjuntamente todos los
deportes que se emitían entonces por Televisión Española era máxima, por lo que
tratábamos de no perdernos nada. Veíamos con gran interés fútbol, baloncesto,
balonmano, las motos, atletismo, sobre todo si participaban españoles,
competiciones de clubs, de selecciones… en fin, casi todo el deporte.
En el caso
del fútbol se producían rivalidades simpáticas porque él y Adolfo Jr. eran del
Madrid, Mariam del Barça y yo del Atlético. Además, en esto de la afición por
el deporte debemos incluir el tenis.
A los 16 años
y en el Palacio de la Moncloa tuve la suerte de recibir una clase magistral de
Manolo Santana en la que me cambió la forma de dar a la pelota —yo soy zurdo—
hasta el punto de que mi padre, al ver mi facilidad de adaptación y
aprendizaje, me sugirió que me dedicara profesionalmente a este deporte.
En fin, la
afición por el deporte en casa de los Suárez ha sido muy importante. Hoy sigo
recordando la importancia de la práctica del deporte por sus innumerables
beneficios físicos y mentales y para la formación de valores humanos.
Según iba
avanzando nuestra conversación para la serie EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN, sentí interiormente que debía
titularla “En busca del tiempo perdido”. Sí, ya comprendo que estén pensando
que me he cubierto de gloria —por falta de originalidad— eligiendo para esta
nueva entrega el mismo título elegido por el escritor francés, Marcel Proust,
para su obra cumbre. Me podrán decir —y esto yo lo debo aceptar con suma
deportividad— que he sucumbido a la pretenciosidad tratando de emular a una de
las más geniales creaciones literarias del siglo XX. Les daré a continuación
mis razones.
À la recherche du temps perdu ─En busca del tiempo perdido─ es, efectivamente,
una obra maestra de la literatura del siglo XX, escrita por Marcel Proust con
el propósito principal de preservar la desaparición de los recuerdos del
pasado, sepultados por el tiempo, pero conservados en su inconsciente.
Proust, con
este genial trabajo autobiográfico, pretendía, además, superar su obsesión por
la huida irreparable del pasado, aniquilador de personas y acontecimientos,
viendo en el recuerdo del pasado un modo de poseer la vida y alcanzar la
felicidad. En este sentido, mi conversador, Diego Alcón, no es que crea que la
felicidad sólo se obtiene rememorando los momentos dichosos de la vida, pero sí
que, reviviéndolos, nos ayudan a entender muchas cosas de nuestro presente.
—Me sigo
enfadando mucho —me asegura— cuando alguien se refiere a Adolfo Suárez en
términos despectivos o cuando fabulan sobre su actuación política, sin conocer
verdaderamente los hechos.
—Yo diría que
tú —apostillé— no sólo tuviste la suerte y el privilegio de conocerle muy de
cerca, sino que, además, fuiste testigo excepcional de algunos momentos clave
de la Transición como el del golpe de Estado del 23F.
Un detalle,
por cierto, sumamente importante de tu trayectoria vital descubierto en su día
por la conocida periodista Angels Barceló, especializada en programas y
magazines de carácter informativo y de divulgación, que la llevó a realizarte
una entrevista radiofónica el viernes 27 de marzo de 2014, es decir, cuatro
días después del fallecimiento de Adolfo Suárez.
—Sí, en
efecto. A Angels Barceló le llamó mucho la atención que mi padre, Fernando
Alcón, que había sido entrevistado por ella el viernes anterior, para hablar de
la situación de la salud de Adolfo Suárez, le comentara que mi madre y él eran
muy amigos de la familia Suárez; que iban a pasar los fines de semana y
temporadas en Moncloa; y que yo viví con ellos cinco años cuando me vine a
estudiar a Madrid.
—En esta
entrevista Angels te preguntó por tus recuerdos sobre el 23F.
—Sí. Para mí,
como para cualquiera, aquel acontecimiento fue inolvidable. Yo estaba escuchando
la radio con Adolfo junior en el tercer piso del Palacio de la Moncloa, que era
donde estudiábamos. Al lado estaban los teletipos; así que salimos disparados a
ver qué había pasado. Las primeras noticias de aquellos teletipos eran que se
había tenido que suspender la sesión de investidura por la irrupción en el
Congreso de un comando de la Guardia Civil. Lamentablemente, pudimos saber que
aquello era mucho más grave.
—También te
preguntó por el día a día con el presidente del Gobierno de España en su casa
del Palacio de la Moncloa.
—Pues le
comenté que, como te he dicho anteriormente, fue una auténtica suerte y un
privilegio el compartir los cinco años que estuve con ellos. Y esto, no sólo
con respecto a mi tío Adolfo, sino también con mi tía Amparo, una mujer
maravillosa, así como con el resto de la familia, que me trataron como uno más.
Yo diría que Adolfo Suárez fue para mí en un 50% un segundo padre, y el otro
50% un gran amigo.
—Y tampoco
faltó la pregunta relacionada de cómo era la convivencia con él en la
cotidianidad.
—Respondí que
era una persona de unas costumbres sencillas. Por ejemplo, disfrutábamos
jugando a las cartas por las noches. Ya en su casa de La Florida mantuvimos él
y yo, mano a mano, muchos “match” al chinchón. Él casi siempre me ganaba viendo
la televisión. Yo me ponía de espaldas para concentrarme, pero no había manera.
En esos momentos se relajaba completamente, sobre todo viendo los deportes.
—Debo añadir
que también aprendí en su casa a jugar al mus, ajedrez, mahjong….
Mientras
escuchaba estas “intra-históricas” escenas contadas por Diego, un testigo
excepcional de un periodo convulso y, al mismo tiempo, apasionante de la
Historia de España, observaba en su rostro una cierta nostalgia y melancolía;
una mezcla agridulce de emociones entre la felicidad y la tristeza. De
tristeza, al darse cuenta que aquel maravilloso pasado era ya irrecuperable; de
alegría, al ser consciente de que tuvo la suerte y el privilegio de
disfrutarlo. Algo que me hizo comprender inmediatamente la afirmación del
poeta, dramaturgo y novelista francés, Víctor Hugo, que «La melancolía es la dicha de estar triste».
En aquel
instante me hubiera gustado formularle la pregunta: ¿Qué sientes al darte
cuenta de que aquellos prodigiosos años ya no volverán jamás? Sin embargo,
reprimí mi curiosidad, al venir a mi memoria —probablemente por el “efecto
magdalena de Proust”— el inolvidable slogan publicitario de Kodak: «Recordar es volver a vivir».
¡Qué razón y
visión de futuro tenía Kodak, la principal marca de cámaras y rollos
fotográficos de aquella época, en la que para “congelar la realidad” en una
foto no bastaba con sacar el celular y hacer clic! —exclamé para mis adentros—,
por lo que consideré que no era oportuna hacerle esta pregunta, al caer yo
mismo en la cuenta de que, al evocar momentos especiales del ayer seguimos, de
un modo u otro, conectados al pasado y las personas que formaron parte de él.
Una conexión mental que transforma la melancolía en felicidad.
Así que,
decidí ir directamente al grano.
—Diego:
¿Quién fue tu tío Adolfo, el hombre que hizo, junto con el conjunto de la
sociedad española, que la concordia entre todos los españoles fuera posible?
—¡Un hombre
generoso! —me afirma con toda claridad y rotundidad.
—¿Que nació
generoso o se hizo generoso? —pregunté pidiéndole aclaraciones.
—Nació
generoso y luego extendió su gran generosidad a todos los actos públicos y
privados de su vida.
La anécdota
que te voy a contar te convencerá de por qué estoy convencido de que Adolfo
Suárez nació con una gran generosidad innata. Verás.
Adolfo Suárez
nació, como sabes, en Cebreros, un pueblecito abulense que hoy cuenta con una
población de poco más de tres mil habitantes. Actualmente tiene dos grandes
atractivos: La estación de seguimiento de satélites de la Agencia Espacial
Europea y el Museo de Adolfo Suárez y la Transición.
Pues bien,
cuentan los más viejos del lugar el episodio entrañable de un Adolfo niño en la
calle. Los niños por entonces, como recordarás, jugábamos en la calle, con un
repertorio de juegos amplísimo: el pañuelo, el clavo, el jinque, las canicas,
las chapas, la peonza…
—Hoy,
lamentablemente, enterrados en el olvido por los dichosos videojuegos y otros
tantos artilugios hipermodernos —interrumpí—.
Una pena
—comenté lamentándome─ porque estos juegos formaban parte de la cultura
popular, mantenida viva durante siglos de forma oral por los niños y los jóvenes.
—Pues sí.
Aquellos juegos tradicionales que nosotros conocimos, y que disfrutábamos
agrestemente en el aire libre de calles y plazas, contenían unos valores
educativos, socializadores y culturales de primer nivel. En este contexto de
juegos infantiles, Adolfo niño observa que una amiguita está descalza, así que
le pregunta:
—Oye: ¿Por
qué estás descalza?
—Porque se me
ha roto la zapatilla —le aclara la niña.
—Pues…
¡cómprate otra! —le propuso Adolfo.
—Es que no
les puedo pedir a mis padres que me compren otras zapatillas.
—Pero: ¿Cómo
es que no puedes pedir a tus padres que te compren otras zapatillas?
—No, Adolfo,
es que mis padres no tienen dinero para comprármelas.
Al escuchar
esta respuesta tan triste de la niña, Adolfo se queda callado por un momento y
a continuación le dice:
—Pues toma
las mías.
Así que,
dicho y hecho, se quitó sus zapatillas y se las entregó a aquella niña.
—Y tú,
Adolfo, ¿quién te va a dar unas nuevas zapatillas? ─le preguntó con curiosidad
la niña
—Mañana —le
respondió tan pancho—, mi abuela ya me comprará otras.
—Impresionante
testimonio. No tengo palabras, de verdad, Diego. Sabemos que, por lo general,
los niños suelen ser egoístas y que actúan con una actitud tendente a no querer
compartir sus cosas con los demás.
—De ahí lo
llamativo de este episodio entrañable de Adolfo niño.
¿Quién hace
eso? Yo probablemente no lo hubiera hecho —me confiesa.
Pero hay más.
Mi padre me ha contado que había en el Adolfo niño siempre una predisposición a
integrar, a no dejar a nadie fuera de cualquier juego y actividad deportiva; lo
que nos lleva a pensar que ese carácter generoso e integrador tan
característico en él, ya nació con él, desarrollándolo de un modo notable en su
edad adulta, tanto en el ámbito personal como público.
—Esto
confirma el principio de la psicología moderna de que cada cosa que hacemos
durante la infancia construye la personalidad de nuestro futuro como adultos;
que el entorno nos moldea y nuestras circunstancias de vida generan en nosotros
una determinada respuesta.
En fin, lo
que vivimos de pequeños determina considerablemente nuestra vida adulta
—apostillé—. Así que, te propongo que sigamos la estela del espíritu infantil
de tu tío Adolfo durante la afanosa época de adulto.
Todos los
hombres, como sabes, tenemos un talón de Aquiles o punto vulnerable. Casi todas
las biografías sobre Adolfo Suárez destacan que nació en Cebreros (Ávila) el 25
de septiembre de 1932 y falleció en Madrid el 23 de marzo de 2014; que fue el
primogénito de los cinco hijos de Herminia González e Hipólito Suárez; que se
licenció en Derecho por la Universidad de Salamanca en el año 1953, obteniendo
el doctorado por la Complutense de Madrid; que desempeñó diferentes cargos públicos
durante la dictadura franquista, tales como Gobernador Civil de Segovia,
Procurador en Cortes o director general de Radiodifusión y Televisión; que en
el primer gobierno de la Monarquía, todavía presidido por Carlos Arias Navarro,
fue nombrado ministro secretario general del Movimiento; que, contra todo
pronóstico, fue designado por S.M. el rey don Juan Carlos para el cargo de
presidente del Gobierno en 1976, dimitiendo en 1981; que tuvo un comportamiento
heroico durante el golpe del 23F; que se le considera uno de los grandes
artífices de la Transición de la dictadura a la democracia; y que, por su
abnegación y servicio a los intereses de España y de todos los españoles ha
obtenido diferentes reconocimientos como el del Premio Príncipe de Asturias de
la Concordia y Doctor Honoris Causa por diversas Universidades.
Pues bien,
como sabes, a pesar de esta brillante e impecable trayectoria política —muy
resumida— algunos han tratado de minusvalorarlo argumentando que no fue un buen
estudiante, que nunca leyó un libro de la primera página a la última, que era
un inculto, un franquista de pro o un hombre perfecto para una Transición
hipócrita. ¿Qué opinas tú al respecto?
—Que no
comparto en absoluto estas opiniones. Ahí está su obra política ejemplar,
coherente con que las creencias y las convicciones hay que traducirlas en
actos; que los hombres y las mujeres valen por lo que hacen; que el quehacer
público alcanza su sentido más pleno cuando se desarrolla en servicio a los
demás; que el trabajo debe estar presidido por la razón, el sentido común y un
claro ideal de justicia; y que las tareas más difíciles hay que llevarlas a
cabo con sentido del humor, con la sonrisa en los labios, sin presunción, desde
el más profundo respeto hacia todos.
Pero también
la grandeza humana que demostró con hechos en circunstancias muy adversas como
el terrorismo de ETA en alza durante todo su mandato, el golpe del 23F o las
enfermedades de su esposa Amparo y su hija Mariam, que denotan su capacidad de
resistencia a la desgracia y la voluntad de empezar siempre de nuevo.
—En este
sentido —apostillé— podría servir también en apoyo a tu opinión sobre Adolfo
Suárez el refrán español «Obras son
amores que no buenas razones». Sabiduría popular que explica que cuando se
quiere a una persona es necesario demostrárselo a través de las obras ya que
son los actos los que demuestran si las palabras son ciertas o no.
—Pues sí.
Adolfo Suárez desplegó en todos los actos de su vida una gran coherencia
personal; y, además de ser un hombre inteligente desde el punto de vista de la
inteligencia emocional como tú has escrito en uno de tus artículos de esta
serie de EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN,
lo fue también —a mi juicio— desde el cognitivo.
La siguiente
anécdota, jugando una partida de chinchón con él te va a sorprender.
—Pues, por mi
parte, adelante. Soy todo oídos.
—En cierto
momento, jugando a las cartas —casi siempre después de cenar— me recrimina:
—¡Pero…
Diego, ¡cómo echas esta carta! Es que no te has dado cuenta de las cartas que
yo he tirado. ¡Pero cómo puedes jugar tan mal!
—¡Qué pasa!
¿que tú cuentas las cartas? —le comenté algo enfadado.
—¡Claro!
—Venga, no te
quedes conmigo. ¿Cómo vas a saber todas las cartas que han salido?
—¿Es que tú
no sabes que yo tengo memoria fotográfica?
—Pues no.
¡Qué vas a tener tú memoria fotográfica! —exclamé bastante mosqueado. A ver,
¿cuáles han salido?
Pues, aunque
te pueda parecer insólito me dijo todas las cartas que habían salido. Como te
puedes imaginar, yo no daba crédito a lo que acababa de ver. A continuación, me
dice:
—¿Pero es que
tú no sabes que yo soy superdotado?
Hay que tener
en cuenta —me aclara— que yo, a Adolfo Suárez, le he conocido desde pequeñito,
percibiéndole siempre como una persona normal, como de la familia; la excepcionalidad
sobre su personalidad me ha venido después, al contemplar su enorme relevancia
política en la Historia de España. Por lo tanto, estas afirmaciones suyas sobre
sus capacidades cognitivas me pillaban “fuera de juego”. Pues bien, después me
cuenta:
—Mira, Diego,
cuando yo estudiaba en el Instituto de Enseñanza Media de Ávila era un mal
estudiante, hasta el punto de que llevaba un curso de retraso. Entonces
vinieron unos educadores ─psicólogos o sociólogos─ para hacernos unos test de
inteligencia con el propósito de determinar nuestro coeficiente intelectual.
Cuando
llegaron los análisis de estos test, el profesor de la clase preguntó por los
resultados. Le respondieron que eran normales, salvo que habían detectado que
había un superdotado en la clase.
—¿Y quién es?
—preguntó intrigado el profesor.
—Adolfo
Suárez —le respondieron los educadores
—¡Imposible!
De hecho, le he sentado atrás, en la última fila porque va con mucho retraso.
—Pues nos
sorprende mucho. Aplicando los correspondientes márgenes de error —le
comenzaron a explicar al profesor— los análisis de los test efectuados nos
indican que es un chico superdotado.
—Entonces, de
aquí en adelante: ¿Qué creen que debemos hacer con Adolfo Suárez?
—Cuidarlo y
tratarlo de acuerdo con su especificidad.
Así que, de
acuerdo con esta recomendación educativa, el profesor decidió desde ese mismo
momento situarlo a su lado. Si es verdad que este chaval es superdotado —debió
de pensar aquel profesor—, situándolo a mi lado se va a enterar de todo. Esta
decisión resultó muy efectiva a la postre porque, continuando con el relato, él
me terminó de contar que había sacado ese curso y el anterior que tenía
atrasado. Y no sólo eso, desde entonces comenzó a interesarse por los estudios
y continuar su formación en la universidad.
—¡Qué
maravilla! —exclamé— Es un claro ejemplo de cómo la decisión inteligente y
sensata de un profesor puede hacer progresar en la vida a una persona hasta
límites insospechados.
—Tan
insospechados como el de llegar a convertirse en el primer presidente
democrático del Gobierno de España —me apostilló.
Luego me
aclaró:
Aquel
profesor del Instituto de Ávila tan importante para mi tío Adolfo y, de algún
modo, para la Historia de España, se llamaba Minguela. Una vez alcanzado su
gran sueño de ser presidente del Gobierno, se presentó en Ávila para darle las
gracias y reconocerle lo importante que había sido para él. El profesor, ya muy
mayor, al verle con toda la parafernalia presidencial, exclamó:
─ ¡Adolfo, Adolfo,
pero ¡dónde has llegado!
—¡De nuevo,
el agradecimiento, una constante en su vida! —exclamé— Me he referido a este
aspecto de su personalidad en mi artículo “Adolfo
Suárez, un alma grande”, del que hemos hablado antes.
Y es que
todas las personas que le han conocido muy bien, como María Ángeles López de
Celis ─Secretaría de Presidencia─ o Antonio Regalado ─periodista corresponsal
de RNE─, comentan que siempre daba las gracias por todo. Personalmente, yo
siempre he interpretado este aspecto tan característico de la personalidad de
Adolfo Suárez como un estado del alma; más que como un signo de buena educación
—que lo es, sin duda— como un semblante que nos habla de una persona con una
alta frecuencia vibratoria.
—Ya lo creo
que la tenía. Volviendo de nuevo a su gran capacidad intelectual, que yo pude
comprobar en múltiples ocasiones observando su gran concentración y memoria,
amplia imaginación, intuición, empatía, seguridad en sí mismo, liderazgo… deseo
contarte otra nueva anécdota que corrobora lo peculiar de su personalidad.
Poco tiempo
después de que su mentor, Fernando Herrero Tejedor, dejara el Gobierno Civil de
Ávila, para el que había trabajado como jefe de la secretaría, decide irse a
vivir a Madrid.
Para pagarse
la pensión se hace maletero furtivo en la Estación de Príncipe Pío. Su trabajo
consistía, como te puedes imaginar, en ayudar a los viajeros en el transporte
de las maletas a cambio de recibir propinas. Evidentemente, esto no pasó
desapercibido para los que trabajaban como maleteros de un modo legal, que lo
veían como una amenaza para sus retribuciones adicionales. Es que estos buenos
hombres, además de recibir su sueldo correspondiente por su trabajo legal
retribuido, obtenían un sobresueldo con las propinas. Así que no les quedó otro
remedio que denunciarlo ante la seguridad de la estación de RENFE para que lo
apartaran de allí y dejara de hacerles la competencia.
Mi tío
Adolfo, recordando aquellos momentos tan duros y esperpénticos, propios de una
novela de Dickens, me contaba que más de una vez tuvo que salir corriendo de
allí a toda prisa, tras la denuncia de uno de los maleteros. Posteriormente,
casualidades de la vida, cuando tuvo un cargo relevante en la Administración, debido
a su gran memoria fotográfica, identificó a la persona que le persiguió por la
Estación y le llamó a su despacho.
—¿Se acuerda
usted de mí? —le preguntó al maletero que le había denunciado.
—Pues no. Lo
siento, no me acuerdo de usted.
—Yo soy aquel
joven de la Estación de Príncipe Pío al que usted denunció.
Entonces,
aquel buen hombre, al verse en esa situación tan comprometida, entró en pánico
pensando en lo peor. Con mirada huidiza empezó a justificarse de este modo:
—Es que yo
estaba cumpliendo con mi obligación. Yo no hacía nada malo. Discúlpeme, por
favor, si le he podido perjudicar en algo.
—Por favor,
no se preocupe —le comentó tratando de tranquilizar a este buen hombre. Usted
no tiene nada que temer. Usted cumplió perfectamente con su obligación. Lo que
pasa es que le he reconocido y he querido recordar con usted jocosamente
aquellos momentos.
—Estoy seguro
de que, conociendo como conocemos a Adolfo Suárez —comenté interrumpiendo el
relato de Diego— tras este primer encuentro trataría de interesarse por él, por
su situación profesional y familiar, dada su enorme empatía que siempre
desplegaba hacia todas las personas a las que la propia vida le iba
presentando.
—Es muy
probable. Pero yo también creo como tú que el reencuentro con su “antiguo colega
del mundo de la maleta” derivó en un interés por él, empatizando al máximo,
poniéndose en su lugar, haciéndole saber que había vivido en carne propia lo
que significaba aquel trabajo tan duro.
Y, ahora, voy
con otra anécdota relacionada con su privilegiada capacidad para recordar caras
y nombres de las personas que iba conociendo.
Me comentó
que en un momento dado fue a pedir trabajo como abogado a una empresa. La
persona encargada de hacer la selección lo recibió y lo examinó de un modo
bastante displicente, sin ni siquiera mirarles a los ojos mientras repasaba muy
a la ligera su currículo.
—¡Ni me miró,
Diego! ¡Ni me miró, ni un momento! Aunque te parezca increíble, aquella persona
—de la que dependía mi futuro profesional en ese momento— no se interesó por mí
en ningún momento. Tuve la sensación de que para este señor yo no era más que
un don nadie.
—Ahora, al
escuchar este testimonio tan aleccionador —comenté interrumpiendo el desenlace
del relato— puedo comprender mejor que nunca el extraordinario comportamiento
que tuvo con mi hermana Pilar —una chica de 20 años, tímida, de provincias y
sin apenas recorrido profesional— a la que él no conocía previamente,
recibiéndola en su despacho de director general de la Radiodifusión y la
Televisión española.
En este caso,
lo extraordinario radica, como puedes ir deduciendo, en que en aquella etapa
este cargo era de mayor enjundia que la de muchos ministerios. Se podría
afirmar —sin caer en la exageración— que Adolfo Suárez por entonces mandaba más
que algunos ministros de Franco.
En mi
artículo “La deseada entrevista” cuento en detalle cómo Adolfo Suárez recibió a
mi hermana Pilar —que no era nadie desde un punto de vista de la relevancia
política ni social— en su despacho; cómo se interesó por su situación personal
y profesional; cómo le facilitó la información correspondiente para que pudiera
presentarse a una convocatoria para la cobertura de plazas de auxiliares
administrativos en este organismo público; y, todavía más sorprendente, cómo
siguió su rastro, interesándose por los resultados que obtuvo en la misma.
Bueno, creo
que se ve desde lejos la diferencia entre el comportamiento que tuvo aquel
señor que, cuando Adolfo le pidió trabajo, ni siquiera le miró, y el que tenía
él con cualquier persona, fuera ésta alta o baja, rica o pobre, poderosa o
humilde.
—Sin duda.
Pero la vida, como solemos decir, da muchas vueltas y el gavilán puede llegar a
convertirse en paloma. Te sigo contando cómo quedó la cosa.
—¡Claro, adelante!
—Pues resulta
que ya como presidente del Gobierno, en una reunión en Moncloa con
representantes de la organización empresarial CEOE, volvió a encontrarse con
ese señor al que Adolfo le pidió trabajo y ni le miró. Al terminar la reunión,
se dirigió a él pidiéndole amablemente que se quedara, pues deseaba hablar con
él a solas.
—¿Usted no se
acuerda de mi? —le preguntó Adolfo.
—Pues no, la
verdad es que no.
—No se
acuerda de mí porque cuando fui a verle para solicitarle trabajo en su empresa
usted ni me miró. En ningún momento levantó su cabeza para mirarme.
—¡Impresionante!
Me imagino que este señor, que no tenía por costumbre ni por conveniente, mirar
a la gente que consideraba inferior, se quedaría hecho un flan.
—Creo que se
quedaría destrozado, avergonzado, nervioso y desconcertado, aunque como
siempre, la cordialidad y el carisma de Adolfo Suárez transformó aquel pasaje
como un aprendizaje positivo.
—Es que
Adolfo Suárez guardaba, como bien sabes, mucho las formas, plenamente
consciente del principio esgrimido en la famosa película Gladiador de que «Lo que
hacemos en esta vida tiene su eco en la eternidad».
Yo sostengo
también que él tenía muy interiorizada la idea planteada en la película
espiritual El guerrero pacífico de
que «Cada momento es único, que no hay
instantes vacíos”; que todo momento
es un regalo de la vida; que las cosas ocurren sólo una vez».
Por cierto,
hablando de momentos: ¿Conoces el affaire que tuvo Adolfo con Valery Giscard
d’Estaing, a la sazón presidente de la República Francesa?
—Sí, conozco
esa historia rocambolesca —me dice Diego— aunque con diferentes versiones. Así
que me gustaría escuchar la tuya.
—Te el cuento
encantado. Es la que yo he leído y escuchado en diversas ocasiones.
Valéry
Giscard D’Estaing, como bien sabemos, era un pura sangre francés, muy chovinista
y arrogante. Llevaba la política en las venas: su madre era hija y nieta de
políticos que habían pasado por el Parlamento, el Senado y algún que otro
ministerio. Él, tras pasar por el parlamento y el ministerio de Finanzas, había
conseguido ser el vigésimo presidente de la República Francesa con 48 años.
¡Ahí es na!
Era público y
notorio que entre ambos dirigentes no había buen feeling. Que Giscard d’Estaing
no se llevaba nada bien con Adolfo Suárez, que no lo soportaba, tratándolo como
un advenedizo. Para escenificar su animadversión le tuvo una hora esperando en
el Palacio del Elíseo. Y Adolfo Suárez que, como sabes, era un hombre de
grandes reflejos, se hizo el longuis contemplando los cuadros expuestos en las
paredes de un largo pasillo de este palacio, para obligarle a que saliera a
buscarle.
Si como te he
comentado anteriormente, Adolfo, en su calidad de director general de
Radiodifusión y Televisión, se levantó de su sillón para recibir con afecto e
interés, en un gesto sublime de cortesía —no hay manifestación de verdadera
cortesía que no se base en un profundo fundamento moral— a mi hermana Pilar,
que esperaba en la antesala de su despacho, era de esperar —qué menos, por
favor— que el presidente Giscard saliera a recibir inmediatamente al presidente
Suárez. Pero no, el sr. Giscard d´Estaing mantenía su trasero bien pegado a su
sillón presidencial, a la espera del correspondiente rendimiento de pleitesía.
Mientras
tanto, el presidente Suárez seguía a lo suyo, simulando interés por las obras expuestas.
Su teatralización llegó a ser tan buena que, incluso, para que su simulado
interés por aquellos cuadros fuera creíble, preguntó a alguien que le explicara
algunos detalles. Así, hasta que monsieur d´Estaing entró en cólera, perdiendo
la paciencia y hasta las formas, obligándose a levantarse de su asiento para
recibir al legítimo representante del pueblo español.
—Ja, ja, ja.
¡Qué bueno! —me comenta Diego con una risa de oreja a oreja—. La historia es
muy buena y básicamente coincide con lo que yo ya conocía, aunque Giscard no le
hizo esperar una hora, eso hubiera estado fuera de cualquier protocolo. Adolfo
era muy rápido de reflejos y con un enorme autocontrol. En los regates cortos
era insuperable.
—Lo era. Ya
lo creo que lo era. Mira si lo era que esta esperpéntica historia con don
Valery no terminó ahí. Seguramente conocerás que, después de obligar al máximo
representante de la “grandeur de la France” a salir de su despacho para
recibirle, fueron a almorzar.
Ya en el
comedor le presentó un “Château Lafite”, al parecer un vino excelente francés
de la mejor añada, preguntándole displicentemente:
—¿Sabe usted
cuánto vale este vino que va a tomar? A lo que Adolfo Suárez le responde:
—Yo solo bebo
leche y, por cierto, para comer, me gustaría que me pusieran una tortilla
francesa bien pasada.
—Ja, ja, ja,
sí, es que así era mi tío Adolfo de gallardo y audaz. La anécdota me consta que
no fue así. Me contó que sí le ofrecieron el vino, pero Giscard no le preguntó
sobre su valor. Sí rechazó el vino que le iban a servir y pidió un vaso de
leche. Tampoco me cuadra que pidiera tortilla francesa.
La afrenta
francesa a nuestros productos agrícolas —añade Diego— la tenía muy presente y
le pareció un pequeño gesto del malestar español al boicot de transporte de nuestros
productos en Europa y a nuestra entrada en la UE. Además, y casi peor, Francia
no colaboraba nada en nuestra lucha contra el terrorismo, ya que permitían que
los terroristas se escondieran tras la frontera francesa.
—En fin, las
tensiones entre ambos políticos llegaron, incluso, a lo personal —le seguí
explicando— A Giscard no le gustaban los efusivos saludos de Suárez. A Suárez
tampoco le gustaba que Giscard le puenteara hablando directamente con Zarzuela.
Giscard trataba de menospreciar a Suárez por su falta de preparación en
cuestiones económicas y culturales. Suárez se indignaba al observar el trato
preferente de Giscard a sus homólogos europeos Helmut Schmidt y Margaret
Thatcher.
—Esa supuesta
“falta de preparación” de nuestro Presidente del Gobierno —interrumpe Diego— es
una auténtica falacia nacida de la primigenia derecha española a principios de
la democracia, ya que él era el enemigo a batir y no se encontraban otros
argumentos con los que poder atacarle.
Te puedo
asegurar que en su casa he vivido un ambiente cultural alto, rico en lecturas
de todo tipo, conversaciones sobre pintura, música clásica y moderna, cine,
teatro con Gustavo Pérez Puch y Mara, grandes amigos de la familia…
En fin, un
ambiente muy enriquecedor. Mis tíos formaban una pareja brillante, fuera de lo
común. La capacidad intelectual de Adolfo Suárez brillaba sobre todo en las
distancias cortas, y en las reuniones con catedráticos, empresarios, políticos
y todo tipo de agentes sociales.
Al finalizar
mi reflexión sobre el público y notorio “aprecio y cariño” que se tenían ambos
mandatarios, miré instintivamente mi reloj, que marcaba las nueve y quince
minutos de la noche. Llevaba, pues, más de dos horas conversando animosamente
con Diego sobre su tío Adolfo en los jardines del emblemático Parador de Ávila.
A los dos se nos había pasado el tiempo volando. En ese momento había bajado
bastante la temperatura y comenzábamos a sentir frío. Es que, en Ávila, la
ciudad mejor amurallada del mundo, el lugar donde se escuchan todavía los
silencios, así como tierra de cantos y muchos santos, hay que ponerse algo de
cintura para arriba por las noches y arroparse en la cama para dormir, incluso
habiendo tenido un día tan caluroso como este del mes de agosto.
—Oye, Diego,
está empezando a refrescar. ¿Te parece que pasemos dentro?
—Sí, claro.
Dentro estaremos mejor.
—Por cierto,
¿hasta qué hora podemos seguir conversando sobre tus recuerdos relacionados con
tu tío Adolfo?
—Para las
cosas de mi tío Adolfo no tengo hora. Así que, por mi parte, podemos seguir
conversando toda la noche. No tengo ningún problema.
—¿Te parece
entonces que continuemos nuestra interesante conversación disfrutando al mismo
tiempo con las exquisitas raciones —plaisir à deux, para el “simpático” y
“empático” monsieur Valery Giscard d’Estaing— que ofrece este Parador en
cafetería?
—Me parece
perfecto.
Y, en efecto,
no lo hubo. Nuestra conversación continuó animadamente hasta la hora tope
fijada para el servicio de cafetería de este Parador, un antiguo palacio, el
Palacio de Piedras Albas, de relatos de leyenda. Pero no se equivoquen. No
saquen la conclusión de que Diego y yo somos “dos cierrabares”. Yo no soy
trasnochador, sino madrugador, aunque no al modo de don Quijote, amante de la
caza. Diego sí, lo es, pero por exigencias del guión ─cuestiones profesionales─,
que le obligan a trabajar a horas intempestivas.
Como el niño
o la niña que está en la cama para dormirse, y para que se duerma de una vez,
su papá, su mamá, su abuelo o su abuela, le cuentan el último cuento, le pedí a
Diego que me contara la última anécdota, la última historia, la última
reflexión, antes de que la carroza real se convirtiera en calabaza, echando por
tierra la magia de aquella noche plagada de bellos y gratos recuerdos.
—Te cuento,
encantado, la última. Se trata de un pasaje de mi vida en el que probablemente
mi tío me salvó la vida.
Sería el año
1993 cuando la directora de la empresa de consultoría en la que yo trabajaba me
ofreció la posibilidad de ir a Ruanda como asesor tecnológico del Ministerio de
Economía ruandés. Se trataba de una especie de contratación por parte de la
Unión Europea para trabajos de cooperación internacional. Es decir, yo iría
como representante de la cooperación de la Unión Europea a trabajar de asesor
tecnológico en unas condiciones excelentes.
Aquello me
resultaba muy atractivo. Lo primero que hice al llegar a casa fue consultar la
enciclopedia para conocer toda la información posible del país: territorio
pequeño en el centro de África, con una orografía muy diversa y con cerca de 10
millones de habitantes divididos en dos etnias: los Hutus (también llamados
Buhutus) y los Tutsies. Aunque la enciclopedia informaba del constante
conflicto de varios siglos entre estos dos grupos de población, me pareció algo
normal de la zona, no parecía nada alarmante para alguien que fuera comisionado
como delegado de la Unión Europea.
En aquel
momento no se había escuchado hablar nada de Ruanda, no había ocurrido nada lo
suficientemente destacado para salir en las noticias de la televisión o la
radio (por aquel entonces Internet no existía). En ningún momento tuve la
sensación de que fuera un sitio crítico o peligroso, y ni siquiera pensé en la
fauna local ya que iba a vivir en la capital, Kigali.
Cuando ya
pensé que tenía todo documentado, se lo comenté a mis padres y a mi novia.
Aunque tuve respuestas de todo tipo, yo ya estaba bastante ilusionado. Yo era
un joven de 29 años y me apetecía la “aventurilla”. Mi padre, viendo cómo yo
estaba enfocando el asunto, no me dijo nada en contra. Pensaba por un lado que
las condiciones económicas eran enormemente atractivas y que yo iba a trabajar
en nombre de la Unión Europea. Los dos creímos que podría suponer un gran salto
para mí. Pero entonces soltó una frase vital: “tienes que ir a contárselo a tío
Adolfo a ver qué opina”. Y yo asentí sin perder un ápice de ilusión.
Al día
siguiente fui a ver a mí tío a su casa de La Florida. Estuvimos hablando en el
comedor. Recuerdo que yo me senté en la silla que habitualmente era la suya en
las comidas, mientras él escuchaba y paseaba de lado a lado, como a él le
gustaba hacer en la intimidad de su casa con los amigos. Empecé a hablar
exponiendo los detalles del trabajo que me habían ofrecido, con la ilusión de
alguien que ya tiene prácticamente decidido el viaje.
Entonces él
me empezó a hablar de Ruanda. Comenzó a darme datos de todo tipo, pero sobre
todo de la población y su conflicto permanente entre los Hutus y los Tutsies,
de quiénes estaban gobernando, qué países estaban detrás de su gobierno, de las
actividades económicas… en fin, toda una serie de detalles que ni siquiera
venían en la enciclopedia que yo consulté.
Yo no daba
crédito a lo que estaba escuchando, estaba perplejo. Poca gente en España sabía
una sola palabra sobre Ruanda, no salía en la prensa ni en ningún lado y él me
estaba dando una conferencia sobre el país. Mientras yo le escuchaba me
preguntaba cómo era posible que supiera tanto de un país tan pequeño en el
centro de África.
Lo peor fue
cuando tras darme todo tipo de datos me dijo:
─No te
recomiendo que aceptes ese trabajo, no lo cojas porque van a entrar en una
guerra civil y puede ser muy sangrienta.
Yo estaba
desencajado, no esperaba para nada escuchar ese consejo. Yo no quería creerlo,
no quería hacerle caso, no quería, no…
Entonces fue
cuando de forma tajante y vehemente me dijo:
─Diego, soy
tu tío, te conozco perfectamente y conozco esa mirada. ¡Te prohíbo
terminantemente que vayas a Ruanda!
No tuve más
remedio que asumirlo de forma inmediata, era lo más inteligente después de lo
escuchado. Y sonriendo dije:
─ De acuerdo,
no iré.
Cuando llegué
a casa lo primero que hice fue preguntar a mi padre: – ¿Tú has llamado a tío
Adolfo para contarle lo de Ruanda?
– No ─ me
contestó tranquilamente.
A
continuación, pensé: increíble, lo de
hoy ha sido de flipar. Y les conté a mis padres la conversación como otra
anécdota más de tío Adolfo.
Unos meses
después, Ruanda se nos hizo tristemente conocida para todos. Ahora sí que salió
en televisión, radio y prensa escrita durante varios días, incluso meses.
La guerra
civil empezó con un genocidio salvaje entre las dos tribus, sobre todo de los
Hutus contra los Tutsies, y se llevaron por delante monjas, misioneros,
sacerdotes, diplomáticos, incluso algunos representantes europeos. Más de
800.000 personas murieron. Fue horrible, como todos sabemos.
Y por eso
cuento la anécdota así: ¡mi tío me salvó la vida!
—Y, por último,
Diego, ¿qué aprendiste de esta experiencia que pudo ser terrible pero que,
afortunadamente, se quedó en una buena anécdota?
—Sencillamente
que, en la vida, como en las cartas, en los juegos y en los deportes —metáforas
de la propia vida— hay que estar siempre muy concentrados, muy bien informados,
muy presentes, tan presentes como siempre lo estuvo mi tío Adolfo.

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