EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: El poder de la palabra
EL PODER DE LA
PALABRA
Me hubiese
gustado realizar esta entrevista a mi buena amiga María Ángeles López de Celis
de forma presencial, pero, las restricciones por razones sanitarias que hemos
vivido nos condicionaron a hacerla telefónicamente. Sus consideraciones con
respecto al llamado ESPÍRITU DE LA
TRANSICIÓN, encarnado por aceptación social generalizada en la figura de
Adolfo Suárez, y las enseñanzas éticas y morales que puedan extraer de él las
futuras generaciones son del máximo interés.
María Ángeles
López de Celis ha formado parte durante 32 años de la Secretaría de los
primeros cinco presidentes del Gobierno de la democracia. Es escritora,
psicóloga y funcionaria de carrera. Posee la Cruz de la Orden del Mérito Civil,
concedida en atención a sus méritos por su Majestad el Rey en el año 2006.
Nos conocimos
en un lugar singular hace ya algunos años: El
Museo de la Palabra. Sí, han escuchado bien: El Museo de la Palabra. Una Casa-Palacio ubicada en el toledano
pueblo de Quero, en el corazón de la ruta cervantina, cuya principal razón de
ser no es otra que la de poner en valor un concepto universal: La palabra. La palabra
como vínculo entre los pueblos, y el lenguaje como la estructura que nos une y
nos singulariza como seres humanos. La palabra, pues, como la principal
herramienta de la cultura, del entendimiento y la distensión.
Debo aclarar
al lector que El Museo de la Palabra
no expone nada. Es un foro, un lugar de encuentro que apoya y fomenta el
diálogo entre las distintas culturas, ideas, religiones y sensibilidades. La
existencia de este diálogo es, en sí misma, una pieza museística.
El Museo de la Palabra es el único museo virtual del mundo en el que nada
está expuesto y que pervive en la red, realizando y trasladando sus actividades
culturales desde esa plataforma a todo el mundo.
El destino
quiso que me encontrara con María Ángeles López de Celis en este sacrosanto
lugar concebido para honrar la palabra. César Egido ─empresario y promotor
cultural y deportivo y presidente de la Fundación que lleva su nombre─,
organizó un encuentro con periodistas de diferentes medios en la majestuosa
Casa-Palacio “Museo de la Palabra” de Quero (Toledo). El protocolo de este
evento determinó que me sentara justo en el centro de una larga mesa, vestida
para la degustación de un menú cervantino que, si en alguna ocasión se ven en
la obligación de enfrentarse a él, es preferible que vayan en ayunas por varias
lunas. Este protocolo había prefijado también que a mi derecha se situara el
conocido periodista y analista político burgalés Graciano Palomo, y a mi
izquierda, María Ángeles López de Celis, a quien no tenía el gusto de conocer.
Frente a mí, José Manuel Oneto Revuelta, más conocido como Pepe Oneto, Sería
muy osado por mi parte calificar a Pepe Oneto, porque Pepe Oneto será siempre
Pepe Oneto… y punto.
Y un último
detalle por mi parte, antes de entrar en materia, sobre el contexto en que se
produjo mi primer contacto con María Ángeles López de Celis. Es para salir al
encuentro de algún avispado lector que podría estar ya “echando cuentas” y
sacar determinadas conclusiones en relación con las inclinaciones ideológicas
de las tres ilustres personalidades anteriormente citadas, con las que tuve el
honor de compartir mesa y mantel.
El Sr. César
Egido, al que hoy recordamos con enorme afecto, tras su partida de este mundo
poco antes de que finalizara el aciago año 2020, era un hombre exquisito en el
trato y concienzudo hasta en los más mínimos detalles, pero me cuesta creer que
hasta el punto de haber dispuesto la colocación de los comensales en función de
sus adscripciones ideológicas. Por lo tanto, y para cerrar definitivamente este
trato: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia en este caso… O,
quizás, sí.
No viene al
caso que detalle cómo se fue desarrollando aquella suculenta comida cervantina.
Dejémoslo en que fue para todos nosotros inolvidable. Para María Ángeles López
de Celis y un servidor, además, supuso el comienzo de una gran amistad. Desde
entonces —pase lo que pase— siempre nos quedará Quero y El Museo de la Palabra.
Siempre que
hablo con María Ángeles me viene a la memoria de forma recurrente la imagen del
paseo de los plátanos del Palacio de la Moncloa, esos árboles maravillosos que
ella vio crecer y ellos a ella envejecer. En su presencia, real o virtual, no
veo el edificio político-administrativo que es, sino el Palacio construido por
el arquitecto Diego Méndez, siguiendo el modelo de la Casa del Labrador de
Aranjuez. En fin, cuando hablo con María Ángeles —y para esto da igual que sea
de forma presencial o virtual— siempre contemplo con los ojos del alma este
Palacio, morada de nuestros Presidentes del Gobierno y sus familias. Desconozco
si ella los ha visto en zapatillas alguna vez, pero de lo que estoy seguro, sin
embargo, es de que les ha observado muy de cerca en momentos de felicidad y de
triunfo, de desgracia y frustración… ¡Porque ella estaba allí!
─ ¿Qué tal,
querida amiga? ¿Cómo estás?
—Pues bien.
Francamente bien y encantada de regresar a Toledo —telemáticamente, claro está—
para hacer esta entrevista tan especial. Muchas gracias, de verdad, José Antonio,
por contar conmigo para formar parte de este proyecto tuyo tan atractivo como
oportuno.
—Por cierto,
después de tanto tiempo de confinamiento por el tema de la pandemia, ¿te has
observado algún síntoma psicológico adverso? ¡Qué sé yo… parecido al llamado
“Síndrome de la Moncloa”?
—Ja, ja, ja.
Tú siempre con tu característica ironía. Pero, bueno, ya que sacas el tema no
seré yo quien lo soslaye. Así que te aclaro que el conocido como “Síndrome de
la Moncloa” es totalmente cierto. Se trata de un conjunto de síntomas que
comienza a aparecer, de una manera paulatina, en toda persona que detenta
poder. Forma parte de la naturaleza humana, tan vulnerable a los oropeles del
poder y la riqueza. Creo que cualquiera de nosotros, si llegara a ejercer el
poder desde la Moncloa, también desarrollaría este síndrome.
—Vamos… que
lo de estar encerrados —políticamente hablando, claro— no es bueno para la
salud psíquica.
—Efectivamente.
Por eso siempre digo que una forma de combatir el cesarismo y el
encastillamiento en el que irremediablemente sucumben los inquilinos de la
presidencia del Gobierno y les hace olvidarse de sus promesas y buenos
propósitos, es salir más a la calle y escuchar a la gente, pulsar sus
inquietudes y preocupaciones sobre el terreno.
—Por cierto,
hablando de inquilinos de la Moncloa. ¿Cómo crees que tendrían que ser
idealmente?
—Pues, verás,
José Antonio. Para Ortega y Gasset, el poder debería otorgarse sólo a las
personas que dieran muestras inequívocas de verdadero altruismo, que tengan las
manos y la mirada limpias y cuyo objetivo sea servir y no ser servidos. Este
es, a mi juicio, el prototipo del buen inquilino de la Moncloa.
—No voy a
pedirte que me expongas tu opinión acerca de si todos los jefes supremos que
tuviste en tu etapa de la Secretaría de la Presidencia del Gobierno reúnen
estos requisitos, porque te pondría en serios apuros, pero… ¿podrías señalarme
una cualidad humana característica de la personalidad de cada uno?
—Sí, claro…
¡Cómo no! Yo destacaría la calidez de Adolfo Suárez; la coherencia de Leopoldo
Calvo-Sotelo; el carisma de Felipe González; la capacidad de trabajo de José
María Aznar; y el talante de José Luis Rodríguez Zapatero. No puedo calificar a
Mariano Rajoy y a Pedro Sánchez, porque no los he conocido como jefes.
—¿Me permites
que te muestre mi “envidia sana” por haber tenido el privilegio de haber podido
conocer a estos prohombres de la historia política de España?
—Soy
plenamente consciente de este privilegio. A menudo me recuerdo a mí misma
durante las tres décadas largas que pasé en el Palacio de la Moncloa al
servicio de aquellos hombres que fueron mis jefes y que dirigieron los destinos
de España. Y, sí, ciertamente, estoy muy agradecida a la vida por la
oportunidad que me ha dado de haber vivido “en vivo y en directo”, como decís
los periodistas audiovisuales, la llamada Transición
política española, una época apasionante de la Historia de España, junto a
sus principales protagonistas. Para mí representa un honor como trabajadora y
como española.
—Ya que has
pronunciado la palabra trabajadora, dime, por favor, ¿cómo es el Complejo de la
Moncloa, para una trabajadora?
—Bueno, lo
primero que debo aclarar es que la presidencia del Gobierno de aquellos años de
la Transición en que yo empecé a trabajar no tiene nada que ver con el Complejo
presidencial que hoy es la sede del Ejecutivo: uno de los espacios más extensos
y mejor dotados de Europa. Estamos hablando de un complejo de más de 58.000 m2,
14 edificios, 2.500 personas trabajando, helipuerto, búnker. En definitiva, una
auténtica mini-ciudad.
Mira, José
Antonio. Cuando yo aterricé en Moncloa, en 1978, el Complejo constaba solo de
tres o cuatro edificios destartalados; viveros y laboratorios pertenecientes al
Ministerio de Agricultura; ningún glamour; cero medidas de seguridad, con un
terrorismo que nos golpeaba dos o tres veces por semana; autobuses municipales
atravesando el complejo… En fin… algo impensable en nuestros días. Pero nuestro
entusiasmo era infinito…
—¡Y bien que
lo era! Ese entusiasmo infinito fue el que consiguió cambiar la historia de
España. La que le permitió a Adolfo Suárez afirmar que «El futuro no está escrito, porque solo el pueblo puede escribirlo».
—Ciertamente,
José Antonio. Mi jefe, Adolfo Suárez, en su fuero interno sabía que estaba
destinado a protagonizar uno de los episodios más apasionantes de la historia
de España: el proceso de transición de la dictadura a la democracia. Esto lo
estimulaba de tal manera, que le hacía percibir cualquier obstáculo —y mira que
los hubo— más que como una piedra insalvable en el camino, como una oportunidad
para llevar a España hacia un nuevo horizonte de libertades.
—Tú pisaste
el complejo de la Moncloa un martes 28 de noviembre. ¿Cómo lo recuerdas?
—Como si
fuera ayer. Corría el año 1978, y faltaban tan solo unos días para el
referéndum de la Constitución.
Aquel día, el
Palacio tenía un aspecto fantasmagórico. Cuando miro hacia atrás siempre me
viene a la memoria una estampa puramente otoñal: la temperatura que comienza a
descender; las hojas de los árboles que cambian su color verde por los tonos
ocres hasta que se secan y caen al suelo. Las aceras y los jardines, cubiertos
por aquellas preciosas hojas.
Recuerdo
vivamente que llegué acompañada por mi padre hasta la misma verja. Me había
puesto un traje de chaqueta gris marengo, probablemente el único que tenía. Era
muy temprano, tanto que sorprendí al guardia civil de la garita. Una vez ya
dentro del recinto, algunos jardineros y el personal de la cocina, que a su vez
iban llegando, me invitaron a tomar un café.
Cuando por
fin dieron las nueve, se me indicó que debía esperar en la antesala del
Secretario General de la Presidencia. Entonces, solo tenía 21 años, estaba muy
impresionada y no me atrevía ni a respirar.
Finalmente,
me senté con mucho cuidado en uno de esos butacones con telas adamascadas y pan
de oro. Coloqué mi bolso sobre las rodillas y tomé uno de los periódicos que
había sobre una mesa. De golpe, se abrió la puerta, produciéndome un sobresalto
de tal magnitud que cayeron al suelo bolso y periódico. Un militar de altísima
graduación había irrumpido de este modo en la sala. ¡Tranquila, hija,
tranquila! —me dijo disculpándose—. Siento haberla asustado. En aquellas
circunstancias no supe ni qué contestar, no me salían las palabras y me puse
roja como una amapola. Aquel militar no era otro que el Teniente General don
Manuel Gutiérrez Mellado. Claro que… ¿cómo iba yo a adivinar por entonces que me
encontraba en presencia de un hombre para la Historia, crucial en la operación
de tránsito diseñada por Adolfo Suárez y S.M. el Rey, Juan Carlos I.
—Madre mía
¡Qué testimonio tan impresionante! Apareció por allí y en aquel preciso
instante nada menos que el General Gutiérrez Mellado, otro de los grandes
protagonistas de la hazaña de la Transición. Una de las tres figuras que Javier
Cercas destaca en su obra Anatomía de un
instante: aquel instante en que Adolfo Suárez permaneció sentado en su
escaño en la tarde del 23 de febrero de 1981, mientras las balas de los
golpistas zumbaban a su alrededor en el hemiciclo del Congreso de los Diputados
y todos los demás parlamentarios, salvo el general Gutiérrez Mellado y Santiago
Carrillo, buscaban refugio bajo sus asientos.
—Eso es. Los
tres representan la imagen del valor y la dignidad. La fidelidad del General
Gutiérrez Mellado hacia Adolfo Suárez fue inquebrantable hasta el final de su
carrera política.
—Vamos, que
se podría decir que estamos ante dos hombres y un destino. En este sentido,
Javier Cercas comenta en Anatomía de un
instante que esta fidelidad hay que atribuirla al sentido de gratitud y
disciplina de Gutiérrez Mellado a quien Suárez había convertido en el primer
militar del ejército tras el Rey y en el segundo hombre más poderoso del
gobierno. Sin embargo, al margen de las circunstancias políticas que les
unieron, eran dos hombres opuestos en todo.
—Fíjate si
les unieron, José Antonio. Te voy a contar una anécdota que refleja
gráficamente los momentos de especial dificultad en los que se tomaban
decisiones trascendentales. Por pura casualidad, escuché personalmente una
conversación entre ambos, sin duda, con escaso nivel de confidencialidad. Los
dos de pie en el salón de columnas del palacio, en lo que parecía una charla
informal. Adolfo Suárez le interrogaba al General Gutiérrez Mellado sobre la
aceptación del proceso democrático por parte del Ejército: «Pero, dime, Manolo, de verdad, de verdad, ¿cuántos somos?» A lo
que el General le respondió: «Seguros, seguros,
dos: tú y yo». Es de sobra conocido el ruido de sables que inundaba los
cuarteles y que, finalmente, dieron lugar a la intentona golpista del 23-F.
—¡Sobrecogedor!
Pero volvamos a esos días tan entrañables para ti. ¿Cómo recuerdas tu primera
Navidad en la Moncloa?
—La recuerdo
con mucho cariño. Todos los trabajadores nos sentíamos como pertenecientes a
una pequeña gran familia. Yo, por entonces, tenía 21 años y era “la niña”. No
era raro que nuestro jefe, el presidente del Gobierno, tomara café con nosotros
y se interesara por nuestras familias y nuestras circunstancias. Y siempre con
una sonrisa y su perpetuo agradecimiento. Nos recordaba cada día lo importantes
que éramos todos y cada uno de nosotros para conseguir los propósitos que nos
conducirían al cambio.
Recuerdo la
anécdota ocurrida unos días antes de Nochebuena en la que todos los compañeros
fuimos a comer al restaurante Portonovo, cercano al Complejo, para celebrar las
navidades. El presidente Suárez excusó su asistencia, pero cuando estábamos en
los postres, se presentó de improviso. ¡No pensaríais que me lo iba a perder!,
nos dijo. Después brindamos, reímos y hasta cantamos. Por cierto, era la
primera vez en mi vida que yo probaba las ostras y me sentaron fatal. Así que
tuve que estar durante unos días a base de arroz blanco y manzanillas; pero eso
no fue lo peor; lo peor fue soportar toda clase de bromitas de mis compañeros
sobre mi burdo paladar y mi delicado estómago.
—Vaya. Creo
que tus compañeros de entonces deberían saber que el trabajo de una secretaria
de alta dirección es tragar sapos y culebras con frecuencia y luego poder
digerirlos, con grandes dosis de manzanilla.
—¡Y tanto! La
secretaria perfecta es aquella en la que su jefe confía plenamente. Y para esta
tarea no es suficiente manejar bien el Word o confeccionar elaborados Power
Points; y, máxime, cuando hablamos de una época en que la confidencialidad era
un valor de la máxima importancia y no contábamos con herramientas ni recursos
como los actuales; me refiero a que aún no disponíamos de ordenadores, y los
teléfonos móviles no formaban parte de la vida de los españoles, Google no
existía, y tomábamos nuestras notas al dictado en taquigrafía… Sé que esto
suena al pleistoceno, pero sólo han pasado cuarenta años.
—Claro. Por
cierto, tú comenzaste tu trabajo profesional de secretaria de alta dirección
precisamente con Adolfo Suárez, cuando era Ministro Secretario General del
Movimiento y Carlos Arias Navarro, presidente del Gobierno. ¿Se vislumbraban
por entonces sus anhelos de alcanzar la Presidencia del Gobierno?
—Sí. A Adolfo
Suárez sólo le importaban dos cosas en la vida: la política y su familia. Nunca
le movió otro tipo de ambición. Su amor por España y su lealtad al Rey, con
quien planificó la hoja de ruta que conduciría a nuestro país a la democracia,
le impulsaron con determinación hacia la consecución de una “misión imposible”,
utilizando una expresión cinematográfica. La alta misión que él protagonizó e
hizo posible no fue otra que acercarnos a Europa y traer un futuro de paz y
libertad para España. ¿Quiere alguien decirme si existe algo más importante?
—Los detalles
de estos momentos cruciales para la Historia de España los has contado en tu
obra Los presidentes en zapatillas.
¿Qué te movió a escribir este libro, imprescindible para conocer esos
necesarios “trabajos de fontanería” que construyeron el gran edificio de la
democracia española?
—Yo diría,
con permiso del gran Unamuno, que mi obra Los
presidentes en zapatillas es una especie de “intrahistoria” porque contiene
información sensible y única que nunca recogieron los periódicos de la época,
ni tampoco los múltiples libros que se han escrito después sobre la Transición.
Pero, en honor a la verdad, he de confesar que la idea no fue mía. La directora
de la Editorial Espasa, a través de una amiga común, tuvo conocimiento de mi
existencia y fue quien me propuso escribir ese libro, amparada en el argumento
de que se trataba de un testimonio para la historia, la historia intramuros de
la sede del poder Ejecutivo, que solo podía contar yo. Y eso hice, contar el
devenir de tres décadas de la historia reciente de España, desde el punto de
vista de una trabajadora. Solo espero que sea útil a las futuras generaciones de
historiadores.
—Sí, podría
servir como analogía. Nuestro gran humanista de la Generación del 98 decía que
lo que cuentan los periódicos podría compararse con la superficie del mar; una
superficie que se hiela y cristaliza en los libros y registros. Sin embargo, en
el fondo de este mar, es donde precisamente se gestan la mayoría de los grandes
hitos históricos.
Y, ahora, si te parece, me gustaría que te
pusieras en modo “filósofo” o, si lo prefieres, “psicólogo”. Quiero conocer tu
opinión sobre la tensa situación política y social actual, no solo en España,
sino en el mundo. Y es que hoy vivimos, como bien sabes, en estado permanente
de agresividad, ansiedad e intolerancia nunca antes visto. La gente se irrita
por nada, te increpa al menor error, o, aún peor, te ignora. Algo que contrasta
con aquella etapa de la Transición convulsa —no cabe duda— pero donde el
entusiasmo, la aceptación del diferente y la confianza en un futuro mejor se
respiraba por los cuatro costados.
—Ciertamente.
Esos tiempos cercanos parecen una historia lejana. El consenso y la búsqueda de
soluciones satisfactorias para todos fue lo que caracterizó esencialmente a
este periodo tan convulso de la Historia de España. Adolfo Suárez, como líder
del partido mayoritario y presidente del Gobierno, encarnó este espíritu,
compartido por la mayoría de las fuerzas políticas y la sociedad en su
conjunto. Un espíritu que fue más allá de la búsqueda de la armonía y la
convergencia, pues alcanzó cuestiones económicas y sociales, algunas de las
cuales de elevada urgencia e importancia. Los ejemplos son numerosos, aunque el
paso del tiempo haya hecho olvidar algunos y perder matices a otros. Los
famosos Pactos de la Moncloa, fueron
claramente un ejemplo de obra colectiva, y de sentido de Estado por parte de
todos sus protagonistas.
—Algo que
contrasta con nuestra época actual. Al parecer estamos viviendo en lo que
algunos llaman la instalación de la cultura de la polémica y, otros, la época
del enfrentamiento. Hay muchas y buenas pruebas de ello: discursos que se
radicalizan; escasez de consenso; pérdida de confianza en cualquier tipo de
institución, incluida la que proviene de las comunidades de expertos; disenso
sobre la verdad y sobre los procedimientos de verificación; proliferación de
realidades alternativas y “fake news”; extensión de los imaginarios sectarios
basados en visiones míticas. ¿Coincides con este análisis de la realidad
actual?
—Totalmente,
José Antonio. Se habla también de la “rebelión de la sinrazón” que constituye
ya un problema mundial. La simple observación popular certifica que nos
enfrentamos a ella en la vida cotidiana, plasmada en diversas formas de
absolutismo y fundamentalismo que ponen en peligro los cimientos básicos de la
civilización. Lo vemos cada día en la uniformidad del pensamiento, en el
eclipse de la alta cultura y en la extinción de los valores éticos y morales
perennes, y que campa a sus anchas entre una ciudadanía que se ha vuelto
totalmente indiferente al sentido profundo de la vida. La inmediatez y la
superficialidad están presentes en todos los ámbitos de la vida, polarizando y
enfrentando como nunca a dos facciones de una población, que parece no haber
superado las dos Españas.
—¿Y ante
ello, podemos albergar alguna esperanza?
—Yo creo que
sí. No podemos perder la fe en la Humanidad, que ya ha pasado por momentos tan
difíciles como estos o, quizás, peores. De lo que se trata es de no perder la
perspectiva de lo esencial. Yo creo que los valores éticos, políticos y
sociales que inspiraron la Transición española, pueden servirnos de guía para
afrontar los numerosos desencuentros que hoy tenemos. Pero, quiero destacar
algo al respecto. Esta rivalidad no sólo está presente en la vida política del
país, sino que se ha instalado en las familias, en los centros de trabajo y en
nuestros círculos de amigos y allegados. No dejemos que esta filosofía del
“divide y vencerás” siga extendiendo sus nefastos tentáculos.
—Bueno, pues
con este precioso deseo, dejemos, querida María Ángeles, que la vida siga su curso,
imbuidos, eso sí, por EL ESPÍRITU DE LA
TRANSICIÓN. Así que regresemos de nuevo desde la bruma del pasado a los
quehaceres del día a día, conservando en nuestra memoria el idílico paseo de
los plátanos del Palacio de la Moncloa, la belleza del jardín de la fuente de
la que disfrutaron, entre otros personajes ilustres, nuestro universal poeta
Antonio Machado….
—Ese lugar
secreto, donde el poeta y Pilar de Valderrama, (Guiomar), su último gran amor,
se citaban a escondidas los fines de semana, según las investigaciones del historiador
Ian Gibson plasmadas en su biografía sobre Machado, Ligero de equipaje. Allí se citaban, cuando este bajaba a ver a su
amada desde Segovia y se sentaban en ese bellísimo espacio, entonces abierto al
público, diseñado por el restaurador, pintor y jardinero Xavier de Winthuysen
que, según Gibson, perteneció a la Institución Libre de Enseñanza.
Sin olvidar
los intensos encuentros de Goya con la Duquesa de Alba… En fin, siempre será un
lugar histórico.
Y, ahora,
José Antonio, para cerrar esta conversación, si me lo permites, me gustaría
trasladar mi sincero homenaje a toda una generación de españoles que luchamos
por la paz y la libertad. Una paz y libertad ─verdaderos valores supremos e
irrenunciables─ que no pudieron disfrutar plenamente nuestros padres.
Confío en que
hayamos sabido trasladar a las generaciones futuras que estos importantes
valores son la base para la convivencia en armonía. ¡Que así sea!

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