EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: El pilar del municipalismo
EL
PILAR DEL MUNICIPALISMO
La Historia
nos presenta con frecuencia la ligazón, la íntima relación de un personaje con
la ciudad que le vio nacer, crecer o dejar su legado. Así, por ejemplo, Miguel
Hernández, el poeta y dramaturgo de enorme relevancia en la literatura española
del siglo XX, con Alicante; Nicolás Salmerón, Presidente de la Primera
República Española, con Almería; Santa Teresa de Jesús, “La Santa”, seguirá
estando vinculada por los siglos de los siglos a la ciudad de Ávila; Rodrigo
Díaz de Vivar, ‘El Cid’, a Burgos; Salvador Dalí a Gerona; Federico García
Lorca a Granada; Santiago Ramón y Cajal a Huesca; Camilo José Cela a La Coruña;
Gonzalo de Berceo, considerado primer poeta de la lengua castellana, a La
Rioja; Miguel de Cervantes a Madrid; Pablo Picasso a Málaga; Agustín de
Betancourt, uno de los científicos más relevantes del siglo XIX, a Santa Cruz
de Tenerife; Unamuno a Salamanca; Francisco de Goya a Zaragoza…
Para la
ciudad de Toledo se vienen citando varios nombres de la talla de Alfonso VI,
conquistador de la ciudad en el año 1085 y Garcilaso de la Vega, uno de los
grandes exponentes del Siglo de Oro español. Yo propongo —si me lo permiten—
actualizar este ranking para el caso de la ciudad de Toledo, con un tercer
nombre: el de Juan Ignacio de Mesa Ruiz, uno de los grandes artífices del
municipalismo moderno en España.
Para quienes
consideren que esta propuesta es disparatada, provocadora e irreverente y, por
sí misma, motivo suficiente para rasgarse las vestiduras, les ruego que
escuchen todos mis argumentos a favor de la misma hasta el final de este texto.
Quizás, algunos de los que ahora piensan que mi propuesta carece de fundamento,
tras escuchar mis razonamientos, la abanderen.
El llorado
presidente norteamericano, John F. Kennedy, llegó a afirmar que «A una nación se la conoce por los hombres
que produce, pero también por los hombres a quienes honra». España puede
presumir al menos de una de estas dos cosas: que la lista de figuras insignes
que ha producido es innumerable, tanto por la relevancia de sus los personajes
como por la cantidad de campos que abarcan. De la segunda —por los hombres a
los que honra— vamos a dejarlo, si les parece, para otro momento, pues no estoy
seguro de que existan amplios consensos al respecto.
Juan Ignacio
de Mesa Ruiz, nacido durante la posguerra en el barrio de Santo Tomé un 19 de
agosto de 1947, es un toledano de pro que lleva permanentemente a su ciudad en
el corazón. Cursó sus estudios primarios y de bachillerato en el Colegio San
Servando de Toledo. A continuación, se trasladó a Madrid para licenciarse en
Ciencias Económicas por la Universidad Complutense, regresando en el año 1972
para iniciar su actividad empresarial y profesional.
Su espíritu
inquieto y emprendedor le llevó a fundar la Federación Empresarial Toledana
(FEDETO) en el año 1976, ocupando dos años después el cargo de Vicepresidente
de La Confederación Española de la Pequeña y Mediana Empresa (CEPYME).
Como
Aristóteles, cree firmemente en que “El hombre es un animal político” que vive
en sociedades organizadas políticamente, en cuyos asuntos públicos participa en
mayor o menor medida, con el objetivo de lograr un noble objetivo: el bien
común, la felicidad de los ciudadanos. Esta creencia completamente arraigada
dentro de su forma de ser y de actuar le llevó a ser el primer alcalde
democrático de Toledo durante el periodo 1979-1983, matizándome que hay que
distinguir entre el político profesional y el político por vocación. El primero
—citándome al economista, sociólogo, jurista y politólogo alemán, Max Weber— es
el que hace de esta noble actividad una carrera para mejorar su status social,
mientras que el segundo, sin embargo, está al servicio de ideales relacionados
con la mejora de vida de sus conciudadanos.
Con este
espíritu de emprendimiento y de servicio de ideales relacionados con la mejora
de la vida de sus conciudadanos promovió la constitución de la Federación
Española de Municipios y Provincias (FEMP), ocupando el cargo de Vicepresidente
1º durante el periodo 1981-1983; un cargo que compaginó con los de Primer
Vicepresidente español del Conseil de Comunes d’Europe, en París y el de
Miembro de la Conferencia de Poderes locales del Consejo de Europa, en
Estrasburgo.
Con la
disolución de su partido, la Unión de Centro Democrático (U.C.D.), liderado por
Adolfo Suárez, abandonó la militancia política —que no la política por
vocación, completamente impregnada en sus genes— para dedicarse a sus
actividades empresariales y profesionales como economista y auditor.
Su exitosa
trayectoria profesional y de servicio al bien común desde entonces puede
consultarse en su cuenta actual de linkedin.
—Porque aquí
—me comenta, al preguntarle por qué lo había elegido para mantener nuestra
conversación sobre la Transición—, en este centenario restaurante toledano de
Venta de Aires, fundado en el año 1891, donde acudían los obreros de la cercana
Fábrica de Armas, los devotos del Cristo de la Vega, los pescadores y bañistas
del Puente de San Martín y algún que otro caminante en busca de alivio, empezó
todo.
—¿Aquí, en Venta
de Aires, donde nos encontramos empezó todo? ¡Qué interesante! —pregunté —.
—Sí, verás.
Todo empezó aquí de la mano de Agustín Rodríguez Sahagún, un abulense como tú
nacido en el año 1932, hijo de un antiguo dirigente de Izquierda Republicana y
amigo de Don Claudio Sánchez-Albornoz. Se licenció en Derecho por la
Universidad de Valladolid y en Ciencias Económicas por la de Deusto. Desarrolló
una carrera empresarial exitosa antes de dedicarse a la alta política. Fue
promotor de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE),
donde llegó a ser vicepresidente de la misma, así como promotor y presidente de
la Confederación Española de la Pequeña y Mediana Empresa (CEPYME). En el año
78 fue Ministro de Industria. Otro dato relevante de su biografía es que fue el
primer civil que se hizo cargo de una cartera militar, produciéndose durante su
gestión el golpe de estado del 23-F. En las elecciones generales de octubre de
1982 (II legislatura) fue elegido diputado nacional por Ávila, ya con el Centro
Democrático y Social (CDS), y en el 89 Alcalde de Madrid.
—Está claro
que estamos ante un prohombre de la Transición, una figura clave de este
periodo —apostillé—.
—Sí, lo fue,
dejando una fructífera obra y el recuerdo de una persona respetada por su
honradez y abnegación, valores que nunca le negaron ni siquiera sus
contrincantes políticos en vida.
—En fin, una
figura política y humana de primer nivel que tú tuviste el privilegio de
conocer aquí, en Venta de Aires. ¿Cómo surgió este encuentro?
—Este
encuentro —me explicó— fue promovido por Paco Neri, un conocido directivo de
Banesto. Yo en aquel momento estaba en Toledo dedicado a mis cosas y a meterme
en muchos charcos. Es que, a mediados de los años 70 si no eras una persona
indiferente te metías, por un motivo u otro, en charcos.
Pues bien, un
día Paco Neri me llamó para comentarme que estaba seleccionando a un grupo de
personas para mantener una comida con un señor de Madrid que nos quería
plantear algunas cosas. Esta comida se produjo aquí, en este restaurante de
Venta de Aires, y el señor en cuestión era nada menos que Agustín Rodríguez
Sahagún.
—¿Y qué cosas
venía a plantearos este señor llamado Agustín Rodríguez Sahagún? —pregunté
intrigado—.
—Pues este
señor venía a contarnos una obviedad: que con la muerte de Franco se iba a
producir un inevitable proceso de cambio de la sociedad española; que este
proceso de cambio se tendría que hacer a través de modelos representativos: en
el ámbito político, a través de los partidos políticos, y en el social, por
medio de los sindicatos y las organizaciones empresariales; que, bajo el
paraguas jurídico de la Ley de Asociaciones, había que promover una estructura
jurídico-administrativa montando asociaciones sectoriales, representativas de
diversos sectores empresariales como base para crear organizaciones de ámbito
sectorial, provincial, nacional y europeo; y que esto era imprescindible.
—¿Y cuál fue
la respuesta de los comensales de aquella crucial reunión?
—Como puedes
imaginarte, tras este planteamiento inicial surgió un amplio debate entre todos
nosotros. Ciertos empresarios se manifestaron en contra, partidarios de seguir
manteniendo la estructura del sindicato vertical; otros, sin embargo,
pensábamos que lo que había era un anacronismo, y que no era posible abrirse a
Europa empresarialmente con lo que teníamos; que había que adaptarse sí o sí a
la nueva situación política.
—¿Y cómo
quedó finalmente este intenso debate? —pregunté intrigado—.
—Al parecer,
mi intervención y planteamientos llamaron especialmente la atención de Agustín,
sucediéndome lo que ocurría en la mili: que el voluntario siempre se queda de
cuadra. Así que, al día siguiente me llamó para mantener con él una reunión en
su despacho, con el fin de plantearme mi disposición para promover una
asociación empresarial en Toledo.
—¿Y cuál fue
tu respuesta?
—Le respondí
que no era fácil, pero que lo intentaría; que haría todo lo posible para
llevarlo a buen puerto. Así que, con un grupo de empresarios me recorrí la
provincia declarando la buena nueva. Hablé con el sector de la madera, la
cerámica, la construcción, el metal, etc.
—Seguramente
que metido en estos “charcos” te surgieron algunas anécdotas.
—Sí, claro,
algunas hasta divertidas, como la que realicé en un restaurante a la entrada de
Illescas, donde me topé con una pareja de la guardia civil delante. Es que, por
aquel entonces, reunirse sin el permiso de la autoridad competente era una
ilegalidad. En mi caso, lejos de caer en el desánimo por este ambiente de
oposición, me sirvió de acicate. Me estimuló hasta el punto de conseguir crear
la Federación Empresarial Toledana (FEDETO), ocupando el cargo de presidente.
Al mismo tiempo participé con Agustín en la constitución de CEPYME y, por mis
conocimientos en francés, tuve el honor de acompañarle en las reuniones que
teníamos que mantener en Francia para llamar a la puerta de las organizaciones
europeas, a fin de tener la representación que nos correspondía.
—Así que te
metiste en este gran lío, o en este gran charco, por Agustín Rodríguez Sahagún.
—Así fue.
Aquí empezó todo y por Agustín. En este histórico restaurante de Venta de
Aires, fundado en el siglo XIX por Dionisio Aires Glaria y Modesta
García-Ochoa, por el que han pasado ilustres personajes procedentes de todos
los ámbitos de la vida.
—Me consta
—asentí—. Yo mismo he tenido el privilegio de cotejar el libro de firmas de
este centenario establecimiento por gentileza de su directora, la siempre
encantadora Cuca Díaz de la Cuerda. Con mis propios ojos he podido contemplar
—maravillado— las firmas de personalidades de la alta política nacional e
internacional de la categoría de los Reyes de España, Don Juan Carlos y Doña
Sofía, de Jordania, Italia o Yugoslavia; del General Franco, el Duce Benito
Mussolini o el presidente norteamericano Richard Nixon; del ámbito de la
cultura y del arte de la talla de Luis Buñuel, Federico García Lorca, Salvador
Dalí o Rafael Alberti; de la interpretación del glamour de Cary Grant, Ava
Gadner o Catherine Deneuve; del virtuosismo de Xavier Cugat o María Dolores
Pradera; del pensamiento de la altura de José Ortega y Gasset y Gregorio
Marañón; del Premio Nobel de Medicina, Alexis Carrel; de la olímpica Nadia
Comăneci…
—La relación
de personalidades que han pasado por este histórico establecimiento de comidas
para degustar su rica gastronomía casera y celebrar importantes e históricas
reuniones es innumerable.
—Y en la que
siempre ha estado presente el delicioso plato típico de Venta de Aires: La
perdiz a la toledana —puntualicé—.
—Efectivamente.
Por cierto, la perdiz a la toledana —me aclara— es una reminiscencia de la
época romana. Es que, como sabes, Toledo fue una importante ciudad del Imperio
Romano que integró en sus recetas culinarias a esta ave, muy abundante por
nuestras tierras.
Tras
finalizar este interesantísimo apunte histórico referido al centenario
restaurante toledano de Venta de Aires, instintivamente ambos hicimos una breve
pausa para tomar un pequeño sorbo de café, en su caso, y de té verde, en el
mío. Unos pequeños y estimulantes sorbos de café y de té que, junto con la
contemplación de la exquisita mezcla decorativa de sabor histórico y las
últimas tendencias contemporáneas del interior del restaurante, nos
transportaron repentinamente —por unos instantes— a otros tiempos, del mismo modo
en que las famosas magdalenas mojadas en una taza de té transportaron
repentinamente al escritor francés, Marcel Proust, a los veranos de su infancia
en Combray, un pueblito al noroeste de Francia.
Luego,
retomando la conversación con mi excelente conversador, Juan Ignacio de Mesa,
de enorme bagaje cultural y experiencial, tomé la palabra para trasladarle el
recuerdo que de Agustín Rodríguez Sahagún mantenía Antonio Regalado Rodríguez,
un compañero y amigo periodista —ya jubilado— al que había conocido de cerca
como Jefe de Prensa del Ayuntamiento de Madrid en esa época.
—A Agustín le
conocí en situaciones difíciles, con una salud precaria y altibajos en su
carácter, ocasionados por la fuerte medicación que tenía que llevar. Era un
hombre muy culto. Llegó a adquirir obras de grandes pintores como Picasso o
Miró.
Como alcalde
de Madrid tuvo la visión de transformar la capital de España con grandes obras
como las autopistas subterráneas de conexión de la A6 con la A3 (A
Coruña-Valencia) y la A5 con la A2 (Extremadura-Barcelona). La obra más
representativa de su gestión fue la del túnel de Cristo Rey, que visitaba casi
todas las noches para observar su evolución.
Pidió a la
Policía Municipal que se le informara personalmente de los atentados que se
producían en Madrid, una ciudad especialmente castigada por el terrorismo.
Siempre era el primero en presentarse en el lugar de la tragedia para
solidarizarse con los familiares.
Buscaba en
todo momento los apoyos que fueran necesarios para sacar adelante los
postulados centristas. Pactaba a menudo con el PCE, algo que evidentemente no
gustaba a los populares.
Recuerdo
vivamente que era muy meticuloso en la preparación de las ruedas de prensa de
los viernes, para las que movilizaba a todo el equipo de comunicación y a los
concejales, con el fin de ofrecer siempre respuestas claras y contundentes.
En fin,
Agustín Rodríguez Sahagún dejó una impronta por su particular forma de
gestionar, caracterizada por la entrega, la honradez, la imaginación, la
disciplina y la plena dedicación a los asuntos del pueblo de Madrid.
—Coincido
esencialmente con este análisis del periodista Antonio Regalado sobre Agustín
Rodríguez Sahagún. Ciertamente, Agustín, era un hombre culto y generoso, que
donó varias obras al Museo de Arte Contemporáneo de Toledo, situado en la Casa
de Las Cadenas: hoy, por cierto, cerrado y sus obras dispersas. También
autoexigente que, por los tiempos de cambios que se estaban viviendo en España
por aquellos días pedía compromisos.
—Culto,
generoso, autoexigente y honrado —apostillé—. Subrayo lo de honrado con cierto
conocimiento de causa, basándome en el testimonio de un compañero mío —Nacho
Ayllón—, informador gráfico de TVE, destinado en nuestros Servicios
Informativos en Madrid.
Resulta que
hace pocos días, al enterarse de que estaba escribiendo estas Conversaciones para tiempos de hoy sobre
la transición política española, me comentó que deseaba compartir conmigo un
episodio conmovedor, que no había compartido hasta ahora con nadie, relacionado
con Agustín Rodríguez Sahagún durante su etapa como alcalde de Madrid.
Verás. Tras
finalizar una entrevista para TVE ─una de las últimas, por cierto─, realizada
en el despacho de la Alcaldía, Agustín Rodríguez Sahagún invitó al equipo a
charlar un ratito más. Al parecer, deseaba compartir con ellos —ya fuera de
cámara— algunas reflexiones.
Comenzó
comentándoles que para él era un gran honor ser el alcalde de Madrid, pues,
tras su paso por el Ministerio de Industria y Energía y del Ejército, su gran
sueño era trabajar por esta ciudad para transformarla socialmente. Pero —les
aclaró— no me está resultando nada fácil llevar a cabo todas mis ideas, ya que
me estoy encontrando con fuertes oposiciones desde diferentes ámbitos, algunas
de carácter muy grave.
—¿De carácter
muy grave? Esta fue la pregunta que resonó en el ambiente y en el interior de
todos ellos, generando una tensión que podría cortarse con un cuchillo, según
mi compañero Nacho Ayllón. Luego, tras este breve, pero inquietante silencio,
el alcalde, ya algo más distendido, tomó nuevamente la palabra para decirles
que había sido presionado de un modo inimaginable, incluso para alguien como él
con una larga e intensa trayectoria política.
—En este
despacho —les ejemplificó con una enorme tristeza, visiblemente reflejada en su
rostro— me han llegado a poner un arma encima de la mesa, conminándome a que
accediera a la concesión de determinadas exigencias de carácter urbanístico.
Creemos que
lo del arma —me ha aclarado mi compañero Nacho Ayllón— no nos lo comentó en
sentido metafórico, sino literal; si bien todos nosotros comprendimos que se
trataba, no tanto de una amenaza directa contra su vida, sino de una estrategia
coactiva para recordarle quién mandaba realmente en Madrid; por lo que, se
puede inferir que en aquel despacho pasaron ciertas cosas inconfesables; tan
inconfesables y abrumadoras que, para un político íntegro de la talla de
Rodríguez Sahagún, eran inasumibles.
Pero esto no
fue todo. Inopinadamente, Agustín —de acuerdo con la confesión de mi compañero—
rompió a llorar de un modo sobrecogedor, generando un total desconcierto entre los
miembros del equipo. Cabizbajo y con los ojos hundidos, parecía implorarles
comprensión ante una labor que, como pronto se vería después, él sentía que
nunca podría llegar a culminar.
¿Lloró de
impotencia?; ¿de tristeza?; ¿de frustración?; ¿de todo ello un poco? ¿Quién
sabe? Quizás, sobre todo, de soledad. De una soledad amortiguada brevemente por
el calor humano de unos desconocidos, a los que en ese instante pudo llegar a
ver como una pequeña representación del pueblo de Madrid, al que imploraba compasión
por el hecho de no haber podido estar a su altura.
Yo no sabría
decirte, José Antonio ─me confesó mi compañero Nacho Ayllón─ por qué aquel
gigante de la política se vino abajo en aquel momento, abriéndonos su corazón
de par en par, sin ningún tipo de complejos. De lo que sí puedo dar fe es de
que, para todos los que le vimos llorar de esa manera tan desgarradora no
supuso un signo de debilidad sino de grandeza. La grandeza de un hombre solo.
La grandeza de una “rara avis” de la fauna política de su tiempo.
Poco tiempo
después de este episodio nos sorprendió a todos la noticia de su muerte
repentina. En el diario El País del
14 de octubre de 1991 leímos:
«Agustín Rodríguez Sahagún, de 59 años, ex alcalde
de Madrid, murió sorpresivamente ayer en París a las 14.30. Su familia calificó
de “inesperado” este desenlace, que también sorprendió a muchos de sus amigos y
compañeros en la política».
—Un
interesante testimonio, sí señor, que demuestra, una vez más, la talla política
y humana de Agustín; un político singular, comprometido al máximo con el
bienestar de la gente.
—¿Cómo fue tu
relación con él?
—Mi relación
con él fue en todo momento muy fluida y completa. Recuerdo que siempre nos
insistía en que había que dar un paso al frente, pues no era aceptable que, en
un proceso de Transición política de esa magnitud, no estuviéramos manifestando
nuestro apoyo explícito, al nivel que cada cual pudiera comprometerse; que era
fundamental que la sociedad tirara del carro para proceder a ese cambio
político inevitable y sustancial en España. Y yo creo que ese mensaje claro y
rotundo lo percibieron grandes sectores de la sociedad.
—Con la
perspectiva que da el tiempo, basándote en tus propios recuerdos: ¿Cómo crees
que se realizó ese cambio político inevitable y sustancial en España?
—Desde mi
punto de vista, la mejor definición de cómo se realizó el proceso de cambio
político de la dictadura a la democracia es de Torcuato Fernández Miranda, en
aquel momento Presidente de las Cortes Españolas, De la Ley a la Ley, a través de la Ley, es decir, utilizando las
propias herramientas del sistema para hacer posible ese deseado cambio de
régimen.
Esto que nos
parece tan obvio hoy —me matiza—, no lo era tanto en la España de Franco de los
años 70, aunque ya muchos comenzábamos a vislumbrar por entonces lo inevitable
de los cambios profundos que se estaban gestando. Yo lo pude observar durante
mi época de estudiante en la Facultad de Ciencias Económicas, un hervidero de
todo, donde pude contrastar criterios y opiniones, así como durante mis viajes
a Francia para mejorar el francés.
Ciertamente,
por aquellos años el mundo estaba cambiando y, España, a su manera, también. La
cadena de protestas, principalmente universitarias y sindicales, que se
llevaron a cabo, sobre todo en París, durante los meses de mayo y junio de
1968, no cabe duda que detonaron una serie de cambios sustanciales en Europa en
todos los ámbitos de la vida. Y, aquí, en España, una cada vez más influyente
clase media, que no era del todo ajena a estos vientos de cambio, a pesar de
todas las restricciones impuestas por el Régimen franquista, también los estaba
demandando.
—De ahí que
—apostillé—, Adolfo Suárez, durante la defensa en las Cortes de la Ley para la
Reforma Política —técnicamente, Ley 1/1977, de 4 de enero, para la Reforma
Política— ideada para eliminar las estructuras de la dictadura franquista desde
un punto de vista jurídico, afirmara que de lo que se trataba era de Elevar a categoría política de normal lo que
a nivel de calle es simplemente normal.
—Efectivamente.
Algunos por entonces ya nos estábamos dando cuenta de que existía un desfase
entre el modo de ver la vida de la sociedad española con respecto a lo que
ofrecía el régimen. Te pongo dos ejemplos ilustrativos.
El primero
tiene que ver con la cinematografía. En mi época de estudiante, pasando un fin
de semana en Toledo, asistí a la proyección de El sirviente, la emblemática película británica dirigida por Joseph
Losey, reflejo de la corrupción moral y del universo decadente donde se movían
sus personajes, en el cine-club del antiguo casino de la plaza de la Magdalena.
Todos los que estábamos allí sabíamos quién era Losey; quienes no debían de
saberlo eran los censores del sistema, que habían dado previamente su visto
bueno a la proyección de este film. Pues bien, recuerdo que resultaba kafkiano
ver a Eulogio, que todos sabíamos que era de La Secreta que, cumpliendo con su obligación, se tenía que ver la
película, y luego poner los cinco sentidos en el debate propio de un cine-club
para hacer el correspondiente informe.
El segundo,
con las obras literarias. Verás. También, en mi época de estudiante de Ciencias
Económicas tuve que hacer un trabajo relacionado con la historia de las
doctrinas, consistente en hacer una comparativa entre las teorías del marxismo
y el momento en que Carlos Marx escribe El
Capital. Con este propósito, aprovechando que mi facultad estaba cerrada
por orden gubernativa por ciertos altercados, me personé en la biblioteca
pública de Toledo, ubicada en el Miradero, para consultar este texto teórico
fundamental en la filosofía, economía y política.
Pues bien, cuando
le solicito al empleado de la biblioteca esta obra, me pide que espere un
momento pues tiene que hacer una consulta. Algo lógico —pensé— tiene que
comprobar si la tienen en el depósito o en alguna estantería. Mi asombro surgió
cuando supe que esta consulta era con la Comisaria de Policía, a la que tuve
lógicamente que dar las explicaciones correspondientes: es que estoy estudiando
Ciencias Económicas, es que mi facultad está cerrada por orden gubernativa, es
que me han pedido que haga este trabajo comparativo, es que…
—Vaya, Juan
Ignacio, dos anécdotas —comenté— que hoy nos generan cierta hilaridad, pero que
ilustran perfectamente que en aquellos momentos había una realidad en Toledo y
en España que no se correspondía con la realidad social de finales del siglo XX
del resto de Europa; que había un desfase entre “la normalidad” del Régimen con
respecto a la “normalidad” de la calle.
—Sí,
efectivamente, lo había. Esto es una obviedad. Lo había en el cine, en la
formación, en la prensa y, en general, en todos los ámbitos. Por este motivo,
cuando yo llegué a Toledo en el año 72, habiendo finalizado mis estudios
universitarios, y con la experiencia de haber trabajado en el Servicio de
Estudios del Banco Urquijo, al observar que no teníamos la posibilidad de leer Triunfo, una revista de información
general que, en los años 60 y 70 —dos décadas cruciales—, encarnó las ideas y
la cultura de la izquierda de nuestro país, y símbolo de la resistencia
intelectual al franquismo y Cuadernos
para el diálogo, fundada por Joaquín Ruiz Jiménez, con un ideario político
democristiano y referente de la cultura progresista, varios toledanos, con
ciertas inquietudes e iniciativas, pusimos en marcha una librería: Fomento
Cultural, S.A. (FOCUSA), ubicada detrás del Gobierno Civil, en la calle Santa
Fe, para poder traer estas publicaciones y organizar debates y reunirnos para
debatir libremente sobre cualquier tema.
—¿De
cualquier tema? —pregunté intrigado.
—Sí, de
cualquier tema. FOCUSA, sirvió, por ejemplo, para reunir al grupo de defensa
del Tajo y plantear la primera manifestación en contra del trasvase Tajo-Segura
en el año 77, para la que, por cierto, pedimos autorización para subir desde La
Vega hasta Zocodover, y no se nos autorizó. Solo se nos permitió hacerlo desde
la Avenida de Barber hasta la Puerta de Bisagra. Luego, una vez constituida la
primera Corporación democrática en el año 79, desde el Ayuntamiento aprobamos
en pleno, por unanimidad, convocar una manifestación en contra de la Ley de
Aprovechamiento Conjunto del Trasvase Tajo-Segura, con un recorrido desde
Zocodover hasta la Plaza del Ayuntamiento.
—Veo que
viviste de lleno el llamado ESPÍRITU DE
LA TRANSICIÓN. ¿Crees que existió o, sencillamente, es un bonito nombre
para una bella entelequia intelectual?
—Yo creo que
sí, que existió. Lo hubo porque, desde distintos puntos de vista y
planteamientos ideológicos, había un convencimiento en aquella generación de
que había que proceder a un traspaso de un régimen implantado por el franquismo
a otro homologable con las democracias europeas.
—Y en tú
caso: ¿Cuándo recuerdas que surgió en ti el convencimiento de que había que
hacer política “de la buena”, la que se hace por vocación, al servicio —según
Max Weber—, de ideales relacionados con la mejora de vida de sus conciudadanos?
—Mi vocación
por “la política de la buena”, como tú dices, surgió en mí desde muy jovencito.
Verás.
Yo entro por
cuestiones de todo tipo en la Graduada de San Servando, ubicada en la
Diputación Provincial, por la amistad que mis padres tenían con don Matías
Martín Sanabria, un fantástico y activo maestro y pedagogo, que ejercía también
como delegado del Frente de Juventudes y profesor de Prácticas de Magisterio.
Tengo una foto de pequeñito con él vestido con todos los correajes del Régimen,
a propósito de una visita de rigor que realizó el ministro del ramo para
comprobar por sí mismo los excelentes estudiantes que éramos.
Yo allí
aprendí muchas cosas, como la disciplina, crucial para mi formación del
carácter. Tengo el grato recuerdo de haber sido formado por unos maestros
fantásticos. Eso sí, en un momento dado, en sexto de bachillerato, tuvimos como
director a un personaje “curioso”, dicho amablemente, que provocó a un núcleo
de mi curso, entre los que yo me encontraba, para plantearle y reivindicarle
ciertas cuestiones. Pues bien, la actitud tan particular que tuvo con nosotros
al recibirnos nos llevó al convencimiento de que había que tomar decisiones. Una
toma de decisiones que, vista con la perspectiva que te da el tiempo, también
forma parte de la política, de la “buena política”.
Luego, ya en
la Facultad de Ciencias Económicas, te encuentras con un montón de información,
hipótesis, trabajos y gentes que te aporta una enorme influencia para la
formación y consolidación de tu propio carácter. Recuerdo de aquella época a
Manolo Portela, una especie de padrino que me ayudó a acceder a determinadas
lecturas, claves para formar un criterio propio sobre muchas cosas. También a
Ángel Melguizo, un maravilloso toledano de un curso superior al mío, al que
considero mi amigo íntimo de toda la vida, para todo y en todo. Por él entré en
el Seminario de Estructura Económica, dirigido por el catedrático de Estructura
e Instituciones Económicas, Rafael Martínez Cortiña. Y, claro, ese mundo te
hace estar en política; y el que diga que no está en política, cuando uno está
comprometido con el entorno en el que se encuentra, o está sordo o está ciego.
—Pues ahora,
si te parece, Juan Ignacio, sigamos con los cinco sentidos hablando de
política. ¿Cómo ves la política de entonces en relación con la de ahora?
—Para
responderte a esta pregunta, debemos distinguir dos aspectos diferenciados: el
de la política y el de la forma de hacer política. En relación con el primero
—la política— yo creo que pueden y deben existir planteamientos ideológicos
diferentes para encontrar soluciones a los mismos problemas, así como el
establecimiento de prioridades diferentes, en función de cada paradigma
ideológico. En cuanto al segundo aspecto —la forma de hacer política— yo no
diré que todo tiempo pasado fue mejor, conforme a la poético y nostálgica
reflexión de Jorge Manrique, pero no creo que ahora se esté haciendo algo mejor
que se hacía en nuestro tiempo, tanto por el talante como por el ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN que tú estás
planteando; y esto lo digo con gran pesadumbre.
Y es que,
este ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN —me
aclara— hacía que todos los que estábamos involucrados en aquella época
remáramos hacia una misma dirección, buscando soluciones, aportando nuestras
ideas de cómo encontrar esas soluciones, con independencia de nuestros propios
planteamientos ideológicos. Ahora, sin embargo, observamos atónicos cómo la
política está orquestada para poner determinados palos en la rueda, provocando
que el carro de la vida de los ciudadanos no circule correctamente.
—Lo que me
recuerda —apostillé— a la popular definición del genial humorista Groucho Marx:
«La política es el arte de buscar
problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los
remedios equivocados».
—Pues sí,
lamentablemente en esto, quizás, es en lo que se ha convertido hoy en día “la política
con minúsculas”: tantas veces en el arte de buscar problemas y aplicar remedios
equivocados; una percepción cada vez más arraigada en las mentes de los
ciudadanos.
—Y que, por
cierto, parece venir de lejos.
—Pues sí. Se
ve que en nuestro ADN hay un componente que nos obliga, una y otra vez, a
resucitar la escena del cuadro “Duelo a garrotazos” o “La riña” de Francisco de
Goya.
—Una especie
de maldición nacional que, con la fuerza de “EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN”,
parecía ya superada.
—Sí, efectivamente,
nos parecía que, con la fuerza de “EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN” habíamos
podido superar esta histórica maldición; que, con su poder, el disenso
permanente había dejado paso al consenso duradero; y que, con su autoridad, la
concordia entre todos los españoles fue posible para siempre.
—Sin embargo,
hoy, después de más de 40 años, parece que ha vuelto “la maldición” de siempre,
provocando nuevos “Duelos a garrotazos” entre españoles, dentro de un contexto
político, social y económico, nacional e internacional, endiablado. ¿Qué se
hizo entonces que no se está haciendo ahora?
—Yo creo que
se dio un mensaje claro y rotundo a la ciudadanía de que había soluciones
realistas para los graves problemas que padecíamos y que, al mismo tiempo,
existía la plena voluntad por parte de la mayoría de las fuerzas políticas de
llevarlas a cabo.
Una de esas
soluciones realistas que, con el paso del tiempo, han demostrado su gran
eficacia fueron los llamados “Pactos de la Moncloa”. Se firmaron el 25 de
octubre de 1977, a instancias del Gobierno presidido por Adolfo Suárez, siendo
Ministro de Economía Enrique Fuentes Quintana, muñidor de los acuerdos de
carácter económico, en un momento en el que la inflación golpeaba el bolsillo
de los españoles con un 26,39% de incremento. A dichos acuerdos se adhirieron
los principales partidos con representación parlamentaria: UCD, PSOE, PCE, PSP,
así como los partidos nacionalistas. Alianza Popular firmó el acuerdo
económico, pero no el político. Las asociaciones empresariales y el sindicato
CC.OO. se adhirieron desde el principio; UGT lo hizo más tarde.
Hoy, sin
embargo, en lugar de fomentar un espíritu constructivo, generador de consensos,
predomina la descalificación y el enfrentamiento con el contrario.
—… por lo
que, si te parece, Juan Ignacio, regresemos a “la buena política”, a “la
política con mayúsculas”, la que tú tuviste el honor de ejercer por vocación,
bajo la premisa de ser útil al conjunto de los ciudadanos.
Una actividad
que dio comienzo para ti un 19 de abril del año 1979, cuando fuiste proclamado alcalde
de Toledo: ¡El primer alcalde democrático de Toledo! ¿Cómo encontraste a tu
amada ciudad de Toledo en aquel momento?
—Vaya por
delante que Toledo ha sido, es y será siempre una ciudad única y maravillosa
desde un punto de vista histórico, patrimonial y cultural. Otra cuestión es la
situación financiera que yo me encontré en ese momento de falta de recursos
económicos; en fin, nada nuevo bajo el sol, la misma que tenía cualquier
ayuntamiento de España.
—¡Vaya!
—exclamé—
—Nada de lo
que haya que sorprenderse. Es la tradición. En Toledo se mantenía la historia
viva de lo que venía siendo el municipalismo de este país. Ya en su tiempo el
hijo de El Greco, Jorge Manuel Theotocópuli, tuvo que ir a la cárcel por
insolvente, por no poder pagar algunos de sus compromisos adquiridos; una
insolvencia generada mayormente al no percibir en tiempo y forma los
emolumentos que le correspondían por las obras que dirigía como arquitecto del
Ayuntamiento de Toledo.
Lo que yo me
encontré entonces, financieramente hablando —me continúa explicando—, fue que
la deuda viva era superior al presupuesto ordinario del Ayuntamiento. Había
dificultades incluso para pagar las nóminas del mes de abril de aquel año de
1979; pero, debo aclarar que no era culpa de los gestores municipales que me
precedieron, sino de un sistema que había dejado a los ayuntamientos como la
hermanita pobre de todas las administraciones.
Hubo que
gestionar recursos para pagar las nóminas de los funcionarios, el recibo de la
luz, las infraestructuras, etc. En fin, de todos los servicios imprescindibles
que cualquier ciudad precisa. Suelo recordar también que por aquella época el
20% de la población no contaba con agua corriente, y el 15% de las calles no
estaban urbanizadas. Tampoco había bibliotecas municipales ni asistencia social
municipal, como ahora. Las carencias y deficiencias de entonces eran desde la
perspectiva actual alarmantes. Los problemas eran innumerables y los medios y
recursos escasos.
—¿Y cómo
fueron resueltos tantos y tan variados problemas? —pregunté.
—Pues, con
voluntad, con buena voluntad y complicidad. Los alcaldes, independientemente
del signo político al que pertenecíamos, éramos conscientes de que teníamos que
hacer una piña para lograr sacar adelante lo que cada uno de nuestros
ayuntamientos precisaba. De esta buena voluntad surgió el germen del
asociacionismo municipal en España.
—¡Un nuevo
charco para ti, que no eran pocos! De aquí surgió la creación de la Federación
Española de Municipios y Provincias (FEMP). ¿Qué te impulsó a promoverla?
—Pues verás.
Por una serie de factores tales como la proximidad a Madrid, mi perfil de
persona dinámica y emprendedora, experiencia de gestión por mi actividad
profesional, mis conocimientos de idiomas, etc, fui propuesto, desde la
Secretaría de Acción Municipal de UCD, para interactuar con todos los
movimientos municipalistas que se estaban llevando a cabo en esos momentos.
Sencillamente, lo que me impulsó a promover la FEMP fue un reto; un nuevo
desafío que, por cierto, yo acepté con entusiasmo.
—¿Y cómo lo
viviste?
—Me resultó
apasionante. Los primeros pasos, antes del primer congreso en Torremolinos, se
dieron por iniciativa de los alcaldes de las grandes ciudades, exceptuando
Madrid y Barcelona, que no estaban por razones de diversa índole.
En esta fase
inicial se decidió una junta directiva representativa de todas las ciudades de
España. Con este criterio, por UCD eligieron al de Toledo, es decir, a Juan
Ignacio de Mesa. Por el PSOE a Pedro Aparicio, y por el PCE a Julio Anguita.
—¿Y qué pasó?
¿Qué tal os entendisteis?
—Muy bien.
Nos hicimos automáticamente cómplices desde las primeras reuniones que
mantuvimos. Comprendimos que teníamos esencialmente los mismos problemas, que
debíamos afrontar con coherencia, con “programa, programa y programa”, según el
slogan popularmente conocido de Julio Anguita y una acción política en común de
cara a la administración central como la de la reforma de la Ley de Bases de
Bases del Régimen Local; y, sobre todo, la de Financiación de las
Administraciones Locales.
Este buen
“feeling” entre nosotros se tradujo en compartir ideas y experiencias para
sacar adelante todos nuestros proyectos municipales. Así que, se generó una
relación de amistad y lealtad, al darnos cuenta de que todos teníamos los
mismos problemas y las mismas ganas de solucionarlos.
—Una relación
de amistad y lealtad que, según tengo entendido, fue a más, con el siguiente
reto o “charco”: el de la integración en el municipalismo europeo.
—Pues sí. Así
fue. España por entonces estaba excluida totalmente de toda representatividad
en los organismos europeos, salvo con algún sillón en la Unesco.
No estábamos
en la Conferencia de Poderes Locales, ni en el Parlamento Europeo.
Incomprensiblemente, nos encontramos con una oposición radical de algunos
grupos políticos europeos como el de los “gaullistas”, liderados por entonces
por el presidente francés, Valéry Giscard d’Estaing; pero, lejos de disuadirnos
con esta dura oposición nos empujó a unirnos más aún, encontrando muy pronto un
valedor en Europa: el del séptimo presidente de la República Italiana, Sandro
Pertini, un auténtico artífice de la construcción europea.
—En fin,
queda claro que existía entre todos vosotros una gran cohesión, compañerismo y
lealtad. ¿Alguna discrepancia con respecto a algún punto?
—No recuerdo
ninguna reunión de aquella Junta primigenia en las que se generara cualquier
tipo de discrepancia, salvo en un punto: el papel que deberían tener las
Diputaciones Provinciales dentro de este marco.
UCD quería
incluirlas, sin embargo, el PSOE no era partidario de esta inclusión. Así que,
salvo este punto de vista diferente, había un completo consenso entre todos
nosotros porque éramos conscientes de que con una sola voz éramos más fuertes y
podíamos conseguir muchas más cosas para beneficio de nuestros conciudadanos.
Para tal noble propósito llegamos, incluso, a repartirnos los papeles de cara a
muchas negociaciones.
—¿Y cómo se
veía desde el Gobierno de la Nación lo que vosotros estabais haciendo?
—Había
complicidad entre ambas administraciones con comprensibles reticencias y
diferencias en cuanto a las prioridades. Es que debemos entender que en aquel
momento había una situación, como bien sabemos, muy difícil, con enormes
problemas de toda índole.
Por aquellos
días se estaba desarrollando un programa muy ambicioso de construcción de
centros de enseñanza para poder escolarizar a la llamada generación del “baby
boom”, es decir, a los nacidos entre 1957 y 1977, que nacieron en plena
dictadura franquista, y a la vez vivieron la transición hacia la democracia.
Una acción que requería de muchos recursos financieros por parte de la
Administración Central y, al mismo tiempo, de los ayuntamientos en la búsqueda
de suelos e infraestructura para la construcción de esos centros. Además de
ésta había otras grandes prioridades, como la de puesta en marcha de centros
sanitarios.
Hoy, con la
perspectiva que nos da el tiempo, podemos comprobar que el salto cuantitativo y
cualitativo que España ha dado desde los años 70 ha sido espectacular.
—¿Cómo eran
vuestras relaciones con los ministros del gobierno de aquella época?
—Creo
sinceramente que la actitud de la mayoría de los ministros, tanto en la época
de Adolfo Suárez como de Calvo Sotelo, era de gran receptividad. Eran muy
accesibles y abiertos a escuchar nuestras problemáticas y a poder negociar y
debatir nuestras prioridades.
—¿Y cómo
veíais el incipiente nacimiento de las Comunidades Autónomas?
—Creo que
desde las alcaldías no éramos conscientes del papel que habrían de tener en el
futuro las Comunidades Autónomas. Por entonces pensábamos que el
restablecimiento de las Comunidades Autónomas de la Generalitat y el País Vasco
respondía a cuestiones meramente históricas, que había que reconocer como
razonables desde un punto de vista político y administrativo. Lo del “café para
todos” lo veíamos generalmente como una especie de “butade política” para
calmar las aguas.
Sobre la
cuestión territorial nuestro pensamiento estaba más centrado en el modelo
holandés, basado en el principio de que la administración más próxima al
ciudadano es el ayuntamiento y que, por lo tanto, todos ellos deben estar
dotados de los recursos necesarios para prestar los servicios esenciales de la
educación, la sanidad, sociales, habitacionales, etc. Así que, yo, por
entonces, era claramente municipalista; y hoy también. Suelo repetir a menudo
que llevo en mi ADN incorporado el municipalismo.
Al escuchar
el término “municipalismo” por boca del primer alcalde democrático de Toledo,
objeto a menudo de usos distintos e, incluso, contradictorios, caigo en la
cuenta de que últimamente ha ganado cierto predicamento en el contexto
histórico actual, marcado por una fuerte crisis, no sólo económica y
financiera, sino también política, social, cultural, ética y moral. Y en este
contexto de profunda crisis de amplio espectro reconozco internamente que esta
palabra, “municipalismo”, se ha convertido en una especie de fetiche, amuleto
político protector, salvavidas o último recurso. Creo —me digo a mí mismo— que
no todo el mundo habla de lo mismo cuando pronuncia la palabra “municipalismo”.
Juan Ignacio de Mesa seguramente que tampoco.
Y es que,
unos lo hacen desde una visión geográfica, como aquella realidad política que
acontece dentro de los límites físicos de un término municipal; otros, desde
una óptica quimérica, como forma ideal de organización política, que acaecerá
en un futuro indeterminado; y, finalmente, un tercer grupo, lo hace desde una
perspectiva burocrática, mediante un discurso centrado “en su pueblo” o “en su
ciudad”, olvidándose de lo que ocurre en el resto del mundo.
Al dejar mis
reflexiones internas para retomar la conversación me siento tentado a “abrir un
nuevo melón”, una nueva línea de trabajo con mi conversador, Juan Ignacio de Mesa,
en torno a la cuestión del “municipalismo”; sin embargo, tras más de dos largas
horas de intensa e interesante conversación en torno al ESPIRITU DE LA TRANSICIÓN, decido que lo mejor será dejarlo para
otra ocasión. Así que, con el fin de ir finalizando esta inolvidable
conversación, pregunto a mi interlocutor:
—¿Se debió de
hacer alguna cosa de manera diferente? ¿El llamado ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN debió empujar los vientos del cambio por
algún otro sendero?
—Sí. Como
bien sabes, José Antonio, ninguna obra humana es perfecta. Por lo que hoy sigo
pensando que la gran oportunidad perdida para haber hecho la gran vertebración
de país era haber dado mayor importancia a los ayuntamientos.
Juan Ignacio
de Mesa Ruiz presidió la última sesión del consistorio toledano el 20 de mayo
de 1983, cesando como alcalde-presidente del Ayuntamiento de Toledo en sesión
de 23 de mayo de 1983. Desde entonces, como hombre que concibe la política como
un servicio a los demás ha seguido metiéndose —fiel a su convicción de que uno
no puede ser ajeno a lo que ocurre en su entorno— en innumerables “charcos”.
Unos charcos que le han convertido en un referente de la ciudad de Toledo y de
la Universidad Regional, con la que ha colaborado como profesor asociado
durante veinte años, formando en el ámbito fiscal a magníficos profesionales y
contribuyendo a hacerla más grande como institución.
Al
despedirnos, como buen prototipo de hombre de la Transición que es, me sonríe
ampliamente —la sonrisa es la distancia más corta entre dos personas— con un
largo, cálido y amistoso apretón de manos y mirada firme y límpida —los ojos
son las puertas del alma— demostrándome atención e interés. Luego, fuera ya del
centenario restaurante de Venta de Aires, en pleno Circo Romano, en el centro
de la bella ciudad de Toledo, me entrega un nuevo regalo intelectual, prueba de
su inherente actitud generosa y desprendida, envuelto en esta edificante
reflexión:
—Insisto: ¡El
ascensor social es la educación! La educación es lo que permite que los niños
un día puedan llegar a ser lo que deseen ser. La educación, por lo tanto, tiene
que ser siempre una prioridad fundamental en toda acción política.
Y, de igual
modo que el ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN
demostró que la concordia fue posible, llevando a buen puerto multitud de
asuntos con amplios consensos, hoy todas las fuerzas políticas deberían llegar
a formalizar una Ley de Educación consensuada, como base para crear un futuro
mejor para todos nuestros hijos.

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