EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: Adolfo Suárez: un alma grande
ADOLFO
SUÁREZ: UN ALMA GRANDE
Evidentemente,
esta descripción propia y ajena del primer presidente del Gobierno de España
tras la Dictadura responde a un análisis superficial; a una observación basada
exclusivamente en el personaje que hay detrás de la persona; a la simple
contemplación de la máscara griega que cubre el rostro del actor que interpreta
el papel teatral; a la que ve lo exterior, lo aparente, no lo interior, lo
esencial.
La primera
vez que oí afirmar que el llamado ESPÍRITU
DE LA TRANSICIÓN es un clima, un ambiente, un estado de conciencia social,
creado por una serie de valores profundos tales como el deseo de la
reconciliación nacional, la generosidad, la valentía, la lealtad, la altura de
miras, el trabajo por el interés general, el abrazo entre conciudadanos,
plenamente arraigados en Adolfo Suárez, fue para mí una auténtica revelación.
Hasta ese
momento no era consciente de que el carisma de un hombre, su fuerza interior y
sus valores profundos fueran capaces de crear ese clima, ese ambiente, ese
estado de conciencia, ese espíritu, capaz de hacer posible la transformación de
una España secularmente dividida por odios irracionales en otra de la
reconciliación nacional.
Esta idea
—novedosa para mí— fue expuesta por Ángel Luis Alonso Muñoz, Alcalde de
Cebreros por aquella época, durante la grabación del programa radiofónico, Adolfo Suárez, seis meses después,
dirigido y presentado por mí en Radio 5, Todo Noticias. En este programa
especial, dedicado a abordar la figura de Adolfo Suárez tras su fallecimiento,
seis meses después, sostuvo —plenamente convencido— que determinados valores
profundos inherentes en Adolfo Suárez condicionaron todo el proceso del cambio
político.
Esta
afirmación de Ángel Luis Alonso me hizo comprender que existe un modo más
profundo de adentrarnos en la comprensión del hombre que, a juicio de muchos
analistas, mejor encarna el llamado ESPÍRITU
DE LA TRANSICIÓN.
En efecto,
existe un modo más allá de lo aparente de abordar la personalidad de quien
emprendió con plena convicción, entusiasmo y audacia el reto de edificar la
construcción de un nuevo estado democrático y constitucional para España.
Utilizando una analogía oriental, podemos hacerlo de la misma manera en que el
Zen se relaciona con la pintura. Recordemos que, de acuerdo con esta filosofía
oriental, si un artista plástico se limita a observar y reproducir lo que está
viendo simplemente consigue dibujar su cáscara, no su esencia; lo de fuera, no
lo de dentro; la superficie, no la profundidad; lo fenomenológico y cambiante,
no lo real e imperecedero.
Cuando mi compañero
y amigo, Pepe Pulido, durante muchos años director de RNE en Ávila y excelso
poeta, con importantes premios y reconocimientos, me soltó la “bomba
informativa” de que, en su opinión, para el imaginario colectivo español,
Adolfo Suárez se había convertido ya en una especie de “santo laico”, es decir,
en un referente moral o ejemplo de virtud, de acuerdo con los clásicos, me
percaté de que, en realidad, me estaba tratando de describir poéticamente la
persona que está detrás del personaje; que me estaba mostrando el alma de un
hombre cercano, cálido, amigable, simpático y empático y de elevados
propósitos.
En fin,
comprendí perfectamente, de forma holística que, Pepe Pulido, como buen
explorador del alma humana, con capacidad de visión para ir más allá de lo
fenomenológico y cambiante hasta penetrar en las profundidades de las aguas
marinas —alegoría de la esencia del alma humana— me estaba señalando sobre el
terreno un manantial de agua clara en el turbio caudal de la existencia.
Entonces comprendí, como San Pablo comprendió cuando se cayó de su caballo en
el camino hacia Damasco al contemplar la figura de Jesús, la sublime forma de
entender la vida de Adolfo Suárez, condensada por él mismo con estas bellas
palabras:
«Al lado de Fernando Herrero aprendí muchas cosas.
Algunas han sido fundamentales en mi vida: que las creencias y las convicciones
hay que traducirlas en actos; que los hombres y mujeres valen por lo que hacen;
que la vida y el quehacer público alcanzan su sentido más pleno cuando se
desarrollan en beneficio de los demás. Aprendí también el valor de la
conciencia recta y de la coherencia personal».
Muchos otros
autores y analistas que tuvieron el privilegio de conocer de cerca a Adolfo
Suárez también han sabido vislumbrar, como Pepe Pulido, su alma desde una
perspectiva más allá de lo aparente. Así, por ejemplo, María Ángeles López de
Celis que, durante treinta y dos años perteneció a la Secretaría de los cinco
primeros presidentes del Gobierno, ha escrito en su obra, Las Damas de la Moncloa que Adolfo Suárez fue un poco el padre de
todos los españoles. «El padre que supo
anteponer los intereses de España a los suyos propios con el fin de lograr la
convivencia pacífica entre todos los españoles»
En esta misma
obra, López de Celis, comenta que muchos, o tal vez todos, desearíamos hoy oír
su voz y conocer su opinión sobre lo que actualmente nos está aconteciendo.
─ ¿Intentaría
tal vez unos nuevos Pactos de la Moncloa? —se pregunta. ¡Quién lo sabe! De lo
que estoy segura —añade— es de que exigiría a la clase política una alta
capacidad de abnegación y sacrificio, con conductas especialmente exigentes y
ejemplarmente austeras, apelando siempre a los valores inscritos en la
Constitución: la de todos.
—Yo fui su
amigo y suscribo su grandeza y sencillez —me ha comentado en diversas ocasiones
Antonio Regalado, un maestro del periodismo que siguió a Adolfo Suárez como
corresponsal político de RNE durante todo el periplo del CDS y en cinco
elecciones generales, locales y autonómicas. Cuando te apretaba la mano te
desarmaba. Era un cautivador irresistible y, al mismo tiempo, austero y
humilde, porque la ética presidía toda su vida. Creo sinceramente que fue un
ser humano extraordinario. Siempre decía gracias; y te daba un abrazo y te
apretaba la mano para que entendieras que era un amigo leal y libre.
¡Gracias!
Preciosa y sublime palabra, una flor fragante en el desierto de la ingratitud
humana, productora de alegría interna. Una sencilla palabra que, según el gran
místico alemán del siglo XIII, Ekhart, es suficiente para componer la más
excelsa de las oraciones. Y es que, Ekhart, sabía muy bien que la gratitud es
una práctica sagrada que eleva nuestro espíritu, cambia nuestras perspectivas y
suaviza nuestros corazones. Adolfo Suárez seguramente también lo sabía.
Y, a
continuación, si les parece, emerjamos desde las profundidades oceánicas
—alegoría del alma humana— para reaparecer a la superficie, tomar un respiro,
volviendo a contactar con lo terrenal, con lo que estamos más familiarizados,
para analizar la figura de Adolfo Suárez desde otra perspectiva. Veamos.
Adolfo Suárez no destacó por su formación
académica. Él mismo llegó a reconocer expresamente que «Me falta formación intelectual, peso específico y ahora me arrepiento
de no haber estudiado con más profundidad y amplitud mi propia carrera».
Luego,
entonces:
¿Qué es lo
que hizo que dejara boquiabierto este hombre al pueblo español y llevar a buen
término “La obra política que asombró al mundo”?
La respuesta a esta pregunta debemos hallarla,
a mi juicio, en su enorme inteligencia emocional.
Desde que el
psicólogo, periodista y escritor estadounidense, Daniel Goleman, escribió La Inteligencia Emocional, se ha
producido un profundo cambio de paradigma en el mundo en muchos ámbitos de la
vida. Esto ha llevado a admitir mayoritariamente que el coeficiente intelectual
y los expedientes académicos no son los únicos factores determinantes del éxito
de las personas; que existen otros aspectos, como la autoconciencia, la
autoestima, el autocontrol, la autoconfianza, la automotivación, la empatía y
determinadas habilidades sociales que son aún más determinantes para el logro
del éxito. Desde este punto de vista se puede afirmar que Adolfo Suárez era un
hombre extraordinariamente inteligente.
Si observamos
las cualidades personales más importantes de los grandes ejecutivos y líderes
de todas las épocas y regiones comprobamos que muchas de ellas estaban, de un
modo u otro, presentes en Adolfo Suárez.
En su
personalidad encontramos la habilidad de la empatía ─también conocida como
proceso de adaptación ante la diferencia─, lo que le permitió ser capaz de
entenderse con gente diametralmente opuesta a sus convicciones políticas y
vitales; el liderazgo; el autocontrol; la capacidad para estar dispuesto a
ayudar a los demás, generando un desarrollo personal y profesional de las
personas; la disposición para asumir la responsabilidad personal en cualquier
circunstancia; el don de la comunicación, con una expresividad abierta, directa
y sincera; la audacia para resolver con prontitud los conflictos y desafíos; o
la confianza en sí mismo y la valentía.
—«¿Valiente? ¿por qué? Yo representaba al Estado —respondió en cierta ocasión— al ser preguntado por su actuación durante el golpe de Estado del 23F.
¿Cómo me iba a tirar al suelo?»
Desde una
óptica historicista existen ya innumerables monográficos, obras, artículos de
opinión y trabajos audiovisuales de ese momento. Las diecisiete horas y media
que transcurrieron desde la ocupación del Congreso hasta su liberación y los
acontecimientos que tuvieron lugar durante ese lapso de tiempo han sido
analizados exhaustivamente desde esta perspectiva. Sin embargo, desde una
óptica menos convencional, “más allá de lo aparente” se constata que los
análisis son más bien escasos. Entre ellos destaca con luz propia la obra Anatomía de un instante, del escritor
Javier Cercas.
La
singularidad principal de Anatomía de un
instante —una obra inclasificable— consiste en diseccionar con la precisión
de un eminente cirujano este acontecimiento histórico a partir de la imagen
congelada de un gesto que describe holísticamente el alma de un hombre de
Estado, abnegado, íntegro, leal y constructor de acuerdos.
Recordemos
que el “instante” al que hace referencia el título de esta obra, imprescindible
para conocer los entresijos de un momento político excepcional en la Historia
de España, es precisamente la imagen captada por las cámaras de TVE —que
conforma la cubierta del libro en su primera edición— en la que vemos Adolfo
Suárez sentado en su escaño, mostrándose ante el mundo con absoluta serenidad,
mientras el resto de los diputados permanecían escondidos bajo sus butacas,
salvo su vicepresidente primero del Gobierno, Manuel Gutiérrez Mellado, que en
ese “instante” se muestra increpando al Teniente Coronel Antonio Tejero y su
tropa de guardias civiles, así como el líder del Partido Comunista de España,
Santiago Carrillo.
He titulado
este capítulo Adolfo Suárez: Un alma
grande, inspirándome en el nombre honorífico de “Mahatma” que le otorgó a
Gandhi el poeta bengalí y también filósofo, artista, músico, dramaturgo,
novelista y primer Premio Nobel de Literatura no europeo, Rabindranath Tagore.
“Mahatma”
significa “Alma Grande”. Tiene que ver con los desafíos que a todos nos
presenta la vida, en nuestro efímero paso por este mundo. Tener un “Alma
Grande” significa haber cultivado una vida espiritual con sinceridad, hondura y
discernimiento; rica en valores, llena de bondad y abierta a la tolerancia y la
sensibilidad.
Ser un “Alma
Grande” supone tener un alma compasiva, de acuerdo con el budismo; un espíritu
obediente a la voluntad de Dios, según las exigencias del islam; y centrar la
vida en el amor y el servicio a los demás, de acuerdo con el mandamiento
principal del judaísmo y el cristianismo.
La conocida
expresión acuñada por filósofo español José Ortega y Gasset en su obra Meditaciones de El Quijote, del «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la
salvo a ella, no me salvo yo», que viene a decirnos que no es posible
separar el yo del medio, porque ambos factores forman un conjunto, es de
aplicación a la cualquier vida humana. También, por supuesto, a la de Adolfo
Suárez.
Adolfo Suárez
nació y creció en un entorno de profundas convicciones religiosas que, con la
madurez personal y espiritual le llevaron a afirmar —con absoluto
convencimiento— que «La vida y el
quehacer público alcanzan su sentido más pleno cuando se desarrollan en
beneficio de los demás».
Su fervor
religioso se desarrolló durante su temprana edad dentro de la ciudad mejor
amurallada del mundo y de devoción a Santa Teresa y la Virgen de Sonsoles. De
su padre, Hipólito, heredó el carisma y la lucha por la vida; de su madre,
Herminia, la religiosidad y el sentido trascendental de la vida. Luego, de su
esposa Amparo, las profundas convicciones religiosas que presidieron todos los
actos de su vida.
Según cuenta
Luis Herrero en su obra Los que le
llamábamos Adolfo, en cierto momento pasó por la imaginación del joven
Adolfo la idea de ser sacerdote por influjo de don Baldomero Jiménez Duque,
rector del seminario de Ávila, que fue la persona —según Herrero— que más
influyó en su vida espiritual de la infancia. Aunque, finalmente, eligió la
vida civil, nunca abandonó sus inquietudes religiosas, llegando a ser
presidente del Consejo Diocesano de Acción Católica y fundador de la asociación
De Jóvenes a Jóvenes.
El resto de
la trayectoria personal y política del hombre que condujo con éxito el proceso
de la dictadura a la democracia forma parte ya de la Historia de España,
ampliamente documentada.
Me he
preguntado muchas veces qué música resultaría más adecuada para sonorizar la
historia personal y pública —cuasi cinematográfica— de un hombre que también
coqueteó —según ha escrito Luis Herrero en la obra citada— con la
interpretación: participando como extra en la película Orgullo y pasión, rodada
en Ávila por Stanley Kramer, así como formando parte de una compañía juvenil de
teatro.
Para este
caso siempre resuenan dentro de mí los inconfundibles acordes de Entre dos aguas, del músico y compositor
español Francisco Sánchez Gómez, más conocido como Paco de Lucía, considerado
el mejor guitarrista de flamenco contemporáneo y uno de los más virtuosos del
instrumento a nivel mundial.
Personalmente
me he deleitado muchas veces escuchando esta sublime melodía, evocadora de un
tiempo convulso y apasionante al mismo tiempo; una inolvidable obra musical que
—paradojas de la vida— fue creada en las postrimerías de un periodo y
popularizada en otro muy diferente.
Siempre he
pensado que esta rumba flamenca instrumental creada por Paco de Lucía, incluida
como primer sencillo en el álbum Fuente y
caudal de 1973, refleja con alta fidelidad el espíritu de un hombre que
vivió una vida intensa buscando el equilibrio “entre dos aguas”, es decir,
entre dos opciones o cosas opuestas; entre dos tiempos o dos épocas; entre lo
terrenal y lo espiritual; entre la experiencia terrenal donde el hombre concentra
sus esfuerzos en la consecución del éxito exterior y la experiencia espiritual
manifestada en todo acto de autodominio, todo sufrimiento valiente por el bien
común, toda entrega de sí mismo a algo más elevado.
En fin,
“entre dos aguas”, siempre “entre dos aguas”, algo de lo que el propio Adolfo
Suárez fue consciente desde su más temprana edad:
«Mi padre era un hombre de acción —dejó dicho— y
mi madre más espiritual».
Luego, en el
atardecer de su vida contempló el camino vital recorrido bifurcado en dos
opciones:
«La vida —que él consideraba como la más difícil asignatura— siempre te da dos opciones: la cómoda y la difícil. Cuando dudes,
elige siempre la difícil porque así siempre estarás seguro de que no ha sido la
comodidad la que ha elegido por ti».
Con esta
conocida frase inmortal de Adolfo Suárez referida a los dos senderos de la vida
debería concluir mis humildes reflexiones en torno a lo que he visto bajo la
superficie oceánica, más allá de lo aparente. Sin embargo, permítanme, por
favor, una última pincelada, la más difícil para mí. O mejor aún: la penúltima.
Verán.
Ciertos
artistas plásticos consideran que la última pincelada es la más difícil; que,
realmente, un cuadro está terminado cuando el propio cuadro habla por sí mismo;
que, puesto que el arte —cualquier arte— es la prolongación del pensamiento,
queda finalizado cuando se aproxima al máximo a la emoción primera.
Pero,
admitámoslo, quizás este cuadro de la figura del hombre que hizo posible la
concordia entre todos los españoles nunca podrá ser concluido del todo, por lo
que deberíamos estar dispuestos siempre a retocarlo, una y otra vez, como hacía
el gran Velázquez con sus lienzos, con los que convivía en la Corte. De este
modo, el cuadro irá ganando en frescura, mostrándonos nuevos detalles que antes
no habíamos sido capaces de captar.
Así que, a modo
de última pincelada ─o mejor, penúltima─ les presento un extracto del capítulo Una explicación, extraído de la obra de
Fernando Ónega Puedo prometer y prometo,
sobre el hombre que, sin otros instrumentos que su audacia y su visión de las
necesidades de un país, se levantaba cada mañana a enfrentarse con poderes
invisibles que pretendían impedirle la siembra de las semillas de la libertad.
Y lo hago,
desde mi máxima admiración y respeto hacia este maestro del periodismo que
conoció profundamente a Adolfo Suárez, el hombre de Estado que desmontó pieza a
pieza el andamiaje del franquismo, conduciendo a España a la Constitución de la
concordia y el consenso. Dice así:
«Sufrió mucho, incluso físicamente. Tuvo que
escuchar la mayor ofensa, que es la de que alguien llame traidor a una persona
decente. Moría gente asesinada por la espalda y le decían que era por su culpa.
Padeció la injusticia de quienes confundían al gobernante con el mago. Le
dejaron solo aquellos con quienes compartió responsabilidades y honores. Le
negaron la paz en misa y hubo quien torció la cara y apartó la mirada a su lado
en una calle de Madrid.
Todo eso ocurrió; pero, amparado por el rey Juan Carlos,
cogió una España con presos políticos y exiliados y les otorgó amnistía. Cogió
una España secularmente dividida por odios irracionales y supo construir la
reconciliación. Cogió una España de verdades únicas de la que hizo un país
donde cabían todas las verdades. Y cogió una España de fundamentalismos y en su
lugar levantó monumentos al diálogo y a la comprensión.
Ese hombre no quiso contar cómo lo hizo. Y no es
porque hubiese perdido la memoria. Se calló para no ofender. Se calló para no
parecer presuntuoso. Prefirió el silencio para no darse importancia».
Este hombre
que prefirió el silencio —siempre profundo como la eternidad, añado yo— para no
darse importancia, pudo hacer realidad la concordia entre todos los españoles.
Y, como
expuso el escritor ruso Nikolái Gógol en su novela Almas muertas, lo que el mundo necesita en su búsqueda de la
concordia no son precisamente almas muertas, sino almas fuertes y puras. Almas
que han recorrido el camino del desapego, la interiorización, el perdón y el
servicio. Almas, en definitiva, habitadas por Dios.
Unas almas
grandes que se empeñan en aprobar con nota “esa difícil asignatura que es la
vida”. Que no se contentan con luchar un día, sino toda la vida y que terminan
por convertirse en imprescindibles.
«Hay hombres que luchan un día y son buenos —escribió el poeta y dramaturgo alemán Bertolt
Brecht. Hay otros que luchan un año y son
mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero los hay que
luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.

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