EL
ADALID DE LOS DERECHOS DE LA MUJER
El pedagogo e
historiador francés, Pierre Fredy de Coubertin, más conocido como el barón de
Coubertín, nos dejó dicho que «No estamos
en este mundo para vivir nuestra vida, sino la de los otros. Las mayores
alegrías, por otra parte, no son las que nosotros mismos gozamos, sino las que
procuramos a los demás». Logró su gran sueño de unir en una gran
competición a todos los deportistas del mundo bajo el signo de la unión y la
hermandad, un 26 de junio del año 1894 en el Congreso Internacional de
Educación Física celebrado en la Sorbona de París, basamento para la creación
de los Juegos Olímpicos modernos.
Mi
conversadora, Carmen Quintanilla Barba, con este mismo espíritu de servicio a
los demás del barón de Coubertin, logró también su gran sueño de contribuir
activamente a la germinación del movimiento asociativo femenino para la defensa
de los derechos de la mujer en España. Con este elevado propósito impulsó en el
año 1981, junto con otras mujeres emblemáticas de la talla de Concha Tolosa o
Charo Tapia, la creación de la Asociación Democrática de Mujeres Manchegas.
Esta asociación fue precursora del Centro Asesor de la Mujer y la Casa de la
Acogida de Ciudad Real, y está considerada como uno de los primeros movimientos
sociales para la defensa de los derechos humanos e igualdad de oportunidades
entre mujeres y hombres. Convocó exitosamente ─sin partidos políticos ni
sindicatos─ la primera manifestación de mujeres en Ciudad Real el 8 de marzo de
1981, con motivo del Día Internacional de la Mujer Trabajadora.
Luego, un año
después, fruto de su gran compromiso con las mujeres y el mundo rural fundó la
Asociación de Familias y Mujeres del Medio Rural (AFAMMER) con el fin de hacer
visible la situación de las mujeres en los pueblos de España. Una iniciativa
que hoy, casi medio siglo después, ha servido para trasladar eficazmente, con
voz y voto, los derechos de las mujeres procedentes del medio rural, en
innumerables organismos nacionales e internacionales.
Convinimos
previamente que el punto de encuentro para iniciar nuestra conversación en
torno a la Transición política española y el espíritu que lo conformó fuera a
la entrada de la Sede Regional de la ONCE (Organización Nacional de Ciegos
Españoles), ubicada en Toledo, a las dos de la tarde del martes 25 de octubre
del presente año.
Tras los
saludos de rigor, me comenta que se ha desplazado desde Ciudad Real para
mantener un foro de debate sobre mujeres con discapacidad encuadrado en el
Acuerdo de AFAMMER con el Programa INSERTA EMPLEO, de la Fundación ONCE.
Durante la
caminata que mantenemos desde este punto de encuentro hasta un restaurante de
la zona para almorzar me explica ─con su inherente y admirable entusiasmo de
siempre─ que decidieron firmar este Convenio porque el empleo es sinónimo de
igualdad, justicia e independencia económica. Después, me aclara que la mujer
discapacitada del ámbito rural padece una triple discriminación: la de ser
mujer, la de estar discapacitada y la de vivir en el medio rural; y que en este
foro de debate ha tenido que explicar ─en su calidad de presidenta de AFAMMER─
lo que vienen haciendo para contrarrestar estas inercias que inciden
especialmente en las mujeres que sufren la lacra de la violencia de género y la
desigualdad por padecer alguna incapacidad física e intelectual.
─Yo creo que
lo que he hecho durante toda mi vida ─me comenta de un modo reflexivo, al
elogiar su intervención en este foro de debate en la ONCE─ es servir a los
demás. En este sentido coincido plenamente con la afirmación del activista
estadounidense por los derechos civiles, Martin Luther King, que «La pregunta más persistente y urgente de la
vida es: ¿Qué estás haciendo por los demás?»
Cuando me
convertí en funcionaria del Cuerpo Técnico del Estado, muy joven, por cierto
─me sigue comentando─ mi abuelo materno que, por circunstancias de la vida tuvo
que ejercer también de padre, me aconsejó siempre que me pusiera delante de la
mesa, y no detrás de la misma, para que pudiera interiorizar profundamente que
cada una de las personas que venían a verme traían un problema que yo tenía que
resolverles.
Y así lo
hice. Al poco tiempo, con este mismo espíritu de servicio hacia los demás, me
afilié a la UCD. En aquella época, cuando contemplaba sus característicos
colores identificativos naranja y verde sentía que este partido de centro
derecha me estaba diciendo:
«Carmen, tú, aquí, puedes servir también; a través
de este proyecto político podrás hacer muchas cosas por la gente».
Así que, con
24 años y mi vida resuelta profesionalmente hablando inicié, por encargo de
Adolfo Suárez, presidente del Gobierno y de la UCD, y de la mano de Blas
Camacho Zancada, abogado de Ciudad Real y diputado nacional de la Legislatura
Constituyente y después de la I, III y IV, y de la de Alejandro Valdueza ─diputado
de UCD por Toledo─, mi andadura política como presidenta de las juventudes de
UCD.
¿Qué hice?
Pues, sencillamente tomar “carretera y manta”, recorriendo todos los pueblos de
la provincia para hacer llegar a los jóvenes la buena nueva: ¡Que existía un
maravilloso proyecto de libertad para España!
─ ¿Y qué les
contabas?
─Les contaba
que en esos momentos se estaba debatiendo una Constitución; que sería la
Constitución de todos; que consistía en un acuerdo basado en el consenso, por
el que unos y otros estaban dispuestos a renunciar e imponer las ideas que les
dividían, dirigiendo su mirada hacia un horizonte de futuro compartido
mayoritariamente.
Con este
espíritu de servicio y entusiasmo por el brillante futuro que aguardaba a
España y a todos los españoles, estuve militando en UCD hasta el mismo día de
su disolución: El 18 de febrero de 1983. Yo, por entonces, tenía 28 años.
Recuerdo que aquel hecho me generó una enorme tristeza. ¿Y ahora qué, me dije?
─ ¿Cómo
recuerdas ese hecho histórico hoy?
─Hoy recuerdo con absoluta nitidez ─porque yo
estuve allí─ ese momento dramático en que nuestro presidente nacional de la
UCD, Landelino Lavilla, compareció en el Hotel Princesa ante la prensa, con el
ánimo totalmente abatido, imagen de completa derrota, agotado y con un visible
temblor en las manos para anunciar la disolución de nuestro partido.
Sabíamos que
se había entregado con vigor, entusiasmo y capacidad de trabajo a la titánica
tarea de servir de la mejor manera posible a la incipiente democracia española;
que era en ese momento la imagen final de un gran proyecto político que había
liderado nuestra Transición política, entrando en descomposición tras la
dimisión de Adolfo Suárez, un frío 29 de enero de 1981.
─ ¿Y por qué
crees que fracasó este proyecto político?
─Por egoísmos.
─La raíz de
todos los males ─apostillé-
─Sí. Este fue
el gran mal que, a mi juicio, derrumbó un edificio político constituido
formalmente como coalición el 3 de mayo de 1977, bajo el nombre de Unión de
Centro Democrático (UCD).
Por cierto,
ese mismo día Adolfo Suárez anunció su candidatura a la presidencia del
Gobierno como independiente dentro de sus listas. Se trataba de una agrupación
de diferentes sensibilidades políticas (demócratas-cristianos, liberales,
socialdemócratas y regionalistas.) y con personalidades de la talla de Pio
Cabanillas, Fernando Álvarez de Miranda, Francisco Fernández Ordóñez, Joaquín
Garrigues, Ignacio Camuñas, Enrique Sánchez de León, Leopoldo Calvo Sotelo y,
por supuesto, Adolfo Suárez.
Una vez
acomodados en la mesa del comedor del restaurante y solicitada la comanda ─frugal,
siguiendo el proverbio popular de “más suelas y menos cazuelas” ─ le formulé la
pregunta que ella misma se había hecho aquel triste 18 de febrero de 1983, tras
conocer que su gran familia política de la UCD quedaba disuelta:
─ ¿Y ahora
qué? ¿Y ahora qué, Carmen?
─Pues…
¡Empezar de nuevo! ¡Empezar de nuevo, José Antonio!
Y lo hice con
fe ya que, como afirmó Martín Luther King, la fe consiste en dar un primer
paso, aunque no seamos capaces de ver toda la escalera completa. Aunque te
parezca curioso me inspiré ─desde la independencia, claro─ en el PSOE, vencedor
indiscutible de las elecciones del 28 de octubre de 1982, y que en ese momento
empezaba a crear un movimiento asociativo afín.
─Unas
elecciones históricas en las que el PSOE obtuvo más de diez millones de votos.
─Sí,
efectivamente. Estas elecciones, por cierto, fueron anticipadas seis meses.
Técnicamente tendrían que haberse celebrado el 30 de abril de 1983, pero el
presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo, al constatar que no era posible
aprobar en el Consejo de Ministros el anteproyecto de Ley de Presupuestos
Generales del Estado, además de comprobar las dificultades para respaldar en el
Parlamento los Estatutos de Autonomía en tramitación, tomó la decisión de
disolver el Parlamento y convocar elecciones generales anticipadas.
─A tu juicio,
la disolución de UCD fue uno de tantos efectos negativos del egoísmo, la raíz
de todos los males. ¿Pero de qué manera?
─Como sabes,
la unión hace la fuerza, mientras que la desunión la debilita. La UCD se
derrumbó por las clamorosas luchas intestinas. En aquellos momentos tuvimos que
lidiar con una fuerte oposición, una enorme crisis económica y el brutal azote
del terrorismo. El PSOE, consciente de la gran debilidad del Gobierno y la
falta de apoyos, presentó una moción de censura defendida por Alfonso Guerra
entre el 28 y 30 de mayo de 1980. Es verdad que no prosperó, pero consiguió
catapultar a Felipe González como líder indiscutible de la izquierda.
Así que, como
los diadocos generales de Alejandro Magno que, tras su muerte se repartieron
sus conquistas y su Imperio, los prebostes de nuestro partido tuvieron que
abandonar el barco; un barco que se iba hundiendo a cada momento: con las
divergencias por la Reforma Fiscal y Financiera, los disensos sobre la Ley del
Divorcio, la derrota en las elecciones municipales y autonómicas de 1979, la
dimisión de Adolfo Suárez, el golpe de Estado del 23F…
Mientras
escuchaba atentamente sus reflexiones sobre las causas de la caída de la UCD
observaba en mi conversadora un sentimiento de enorme tristeza. Es que aquellos
convulsos y vertiginosos momentos históricos supusieron para ella ─como para
una gran mayoría de españoles─ un mal trago. Así que, con el fin de no seguir
ahondando en esta profunda herida, cambié de tercio, retomando su afirmación de
que se había inspirado desde la absoluta independencia en el PSOE para volver a
renacer de sus cenizas políticamente hablando como el Ave Fénix, icono de la
resiliencia.
─Sí. Me
inspiré en el PSOE por su capacidad para saber vertebrar a la sociedad muy bien
a través de asociaciones de todo tipo: vecinales, culturales,
feministas…También bebí del manantial intelectual de la obra de Ortega y
Gasset, La España invertebrada, donde
analiza la crisis social y política de su tiempo. Una España invertebrada, aquejada por ciertos males, ordenados por su
gravedad en tres zonas o extractos. El primero, los errores o abusos políticos;
el segundo, “los particularismos” políticos y sociales; y el tercero, la envida
a los mejores, grabado profundamente en el alma nacional.
Así que, con
este sustrato filosófico y político pensé que, desde el centro derecha, había
que promover “La España vertebrada”, cayendo en la cuenta de que nadie había
pensado hasta ese momento en las mujeres rurales.
Este es el
momento ─me dije─ de crear una gran asociación que dé voz a las mujeres rurales
de todos los pueblos de España. De este modo di mi primer paso con fe sin ver
la escalera completa, creando la primera organización no gubernamental desde el
altruismo, el voluntariado social y la gratuidad.
─Un buen
ejemplo de servicio a los demás.
─Pues sí.
Fundé AFAMMER para que las mujeres rurales tuvieran voz y voto en España y en
el mundo, y de este modo romper todos sus estigmas. Una iniciativa que pude
compaginar con mi trabajo de funcionaria y después como diputada nacional.
Así que
nuevamente, todas las tardes, con mi coche “dos caballos”, un bocadillo, una
Coca-Cola y una sonrisa y mi peculiar entusiasmo, iba proclamando la buena
nueva de pueblo en pueblo con un claro mensaje:
«Nosotras, las mujeres rurales, tenemos que
construir nuestra propia historia».
Yo por esa época tenía un niño de tres años;
pero esta circunstancia no suponía para mí ningún obstáculo insalvable al estar
convencida de que mi más elevado propósito vital era servir a los demás por
medio de una gran asociación para la defensa de la mujer rural.
─Un gran sueño
que has logrado plenamente ─comenté.
─Sí, así lo
creo, con la ayuda de Dios, de las mujeres y de los hombres, pues en este noble
empeño no he estado sola.
Hoy,
efectivamente, mi gran sueño se ha hecho realidad presidiendo AFAMMER, una gran
asociación que aglutina a más de 195.000 mujeres del medio rural en España, y
que en el año 2009 se convirtió en la Confederación Nacional de Federaciones y
Asociaciones de Familias y Mujeres del Medio Rural.
─Algo por lo
que debes sentirte muy orgullosa.
─Sí, lo
estoy. Sobre todo, por sentir que tengo el respeto y el cariño de las mujeres
que conforman nuestra preciosa organización.
─Además de
este importante logro, has llegado a ser diputada nacional y senadora. ¿Cómo
fue tu “reentré” en la alta política nacional?
─Pues a
través de José María Aznar y la refundación del Partido Popular. Verás.
Fraga
Iribarne, con la intención de integrar a los liberales y democristianos toma la
decisión ─con el corazón sangrante, según él mismo comentó─ de hacer una
refundación de Alianza Popular. Formalmente se produjo durante el XI Congreso
del partido, conocido como Congreso de la Refundación, celebrado el 20 de enero
de 1989. Antes, como recordarás, se hizo un intento de renovación que no─ cuajó─ con Antonio Hernández
Mancha.
─Tengo
entendido que José María Aznar no era inicialmente la persona en la que Fraga
había pensado para sucederle.
─Sí, esto es
verdad. Él había pensado primero en Marcelino Oreja, y después en Isabel
Tocino; pero, disuadido por Juan José Lucas, Álvarez Cascos, Rodrigo Rato y
Federico Trillo en una reunión celebrada en el mes de agosto de ese año, opta
por José María Aznar, por entonces Presidente de Castilla y León.
─Un José
María Aznar que tiene que pasar su primer examen ante Felipe González en las
elecciones generales del domingo 29 de octubre de ese mismo año.
─Sí. Así fue.
Por cierto, unas elecciones adelantadas nueve meses, ya que se tenían que haber
celebrado en julio del año siguiente. Al respecto se ha venido especulando con
la idea de que Felipe González las adelantó intencionadamente para pillar por
sorpresa a una oposición en la que todavía no se había consolidado el liderazgo
de José María Aznar.
─Aun así,
Aznar consiguió en aquellas elecciones dos diputados más que Fraga.
─Pues sí.
Ciertamente, Aznar aprobó aquel examen dignamente. Luego, su figura se fue
acrecentando tras el Primer Congreso del Partido Popular celebrado en Sevilla
el 31 de marzo de 1990 donde Fraga cedió el testigo a Aznar.
─Yo de aquel
momento ─un momento que, por cierto, ha quedado grabado en el imaginario
colectivo de la mayoría de los españoles─ recuerdo la carta de dimisión que
Aznar envió a Fraga, como muestra de que renunciaría cuando el partido lo
estimara conveniente. Y, por supuesto, es inolvidable también el momento en el
que Fraga rompe esa carta de dimisión públicamente y pronuncia lo de que «aquí no hay ni tutelas, ni tutías».
─Efectivamente,
aquel Primer Congreso supuso el nacimiento de José María Aznar como líder del
centro derecha en España, una figura que fue progresivamente consolidándose
hasta alcanzar la presidencia del Gobierno, tras las elecciones generales de
1996.
No quiero
pasar por alto un detalle de este Congreso, muy significativo para mí. Me
refiero a su lema: Centrados con la
libertad.
─ ¿Por qué?
¿Por qué es significativo para ti este lema, Carmen? ─pregunté intrigado.
─El centro y
la libertad son dos palabras que resonaban y siguen resonando completamente
dentro de mi corazón. Me he sentido y me sigo sintiendo plenamente identificada
con los postulados políticos del centrismo, donde se valoran las posiciones
consensuadas, es decir, el tratar de combinar lo mejor de la derecha y la
izquierda para ofrecer a la sociedad propuestas lo más equilibradas y justas
posibles.
─ ¿Y con
respecto a la libertad, uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron
los cielos, según don Quijote?
─La libertad,
como sabes José Antonio, tiene múltiples significados, y sobre ella podríamos
hablar largo y tendido. En un sentido político yo la he visto siempre como esa
fuerza capaz de remover todos los obstáculos que impidan la realización de una
persona y su felicidad. Así que, con estos principios basados en el centrismo y
la libertad, retomé de nuevo mi vida política donde me vuelvo a encontrar con
hombres que yo admiraba, de la talla de Blas Camacho, Luis de Grandes, Rafael
Arias Salgado y Javier Rupérez.
─ ¿Y mujeres?
─En aquel
momento las mujeres seguíamos estando en política tan solo para ayudar, pero no
para participar. Entonces se podían contar con los dedos de las manos las
mujeres con cierta relevancia que habían conseguido ser elegidas como
alcaldesas, concejalas, diputadas o senadoras.
Te doy un
dato estremecedor: Durante los casi dos siglos de parlamentarismo en España,
comprendidos entre las Cortes de Cádiz y los dos primeros años de la
Transición, sólo 40 mujeres lograron sentarse en un escaño en el Parlamento. Lo
consiguieron, por ejemplo, Victoria Kent, Margarita Nelken y Clara Campoamor ─
las tres primeras diputadas democráticamente electas de la historia de nuestro
país─ en 1931, durante la primera legislatura de la II República. Y ello con un
gran esfuerzo ─con voz, pero sin voto─ tras una carrera exitosa en el campo de
la cultura, e impulsadas por una vocación de fomentar el rol de la mujer en la
esfera pública.
─Sí, es
verdad, se podría decir, utilizando una histórica frase del primer ministro
inglés, Winston Churchill, que la incorporación de la mujer al parlamentarismo
en España lo fue a base de «sangre, sudor
y lágrimas».
─Sí,
lamentablemente. En las primeras elecciones democráticas celebradas el 15 de
junio de 1977 se presentaron en España 750 mujeres como candidatas de los
distintos partidos políticos, pero solamente fueron elegidas 27 diputadas y
senadoras. Por eso yo las he nombrado “Las Madres de la Constitución”, por
haber participado activamente durante esta Legislatura Constituyente.
─ ¿Algún nombre
que te gustaría destacar especialmente dentro de estas “Madres de la
Constitución”?
─Sí. Deseo
destacar especialmente la figura de Teresa Revilla, diputada por UCD. Fue la
única mujer de la Comisión Constitucional, compuesta por 39 miembros. A ella le
correspondió el privilegio y el honor de defender el importantísimo artículo 14
de nuestra Constitución, que quedó redactado definitivamente de este modo:
«Los españoles son iguales ante la ley, sin
que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo,
religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social».
En fin, un
paso de gigante para que las mujeres tuviéramos plenitud de derechos; un gran
logro al que contribuyó decididamente esta gran mujer que permanece
injustamente en el olvido.
─Sí, es
verdad.
─Por ello,
visionando la película Las
Constituyentes, de la directora Oliva Acosta, siendo yo presidenta de la
Comisión de Igualdad en la legislatura en el periodo 2011 al 2015, quise que, a
todas estas mujeres, llamadas por mí “Madres de la Constitución” se les
rindiera un justo homenaje en el Congreso de los Diputados, en sede
parlamentaria. Resultó todo un éxito, en el que participaron sin fisuras todos
los diputados que en ese momento conformaban el arco parlamentario.
─Debo
reconocerte, Carmen, que es la primera vez que oigo hablar de la existencia de
unas “Madres de la Constitución”. En nuestro imaginario colectivo están siempre
los nombres de “Los Padres de la Constitución” ─Gabriel Cisneros Laborda; Miguel
Herrero y Rodríguez de Miñón; José Pedro Pérez-Llorca Rodrigo; Gregorio
Peces-Barba Martínez; Jordi Solé Tura; Manuel Fraga Iribarne y Miquel Roca i
Junyent─, todos hombres, por cierto. Pero, ¿Madres?
─Pues, las
hubo. ¡Claro que las hubo! Todas ellas tuvieron una labor encomiable, aunque su
grandiosa labor haya sido a veces ignorada en favor de los llamados “Padres de
la Constitución”.
Gracias a
estas inteligentes y valientes mujeres, la cuestión femenina se insertó en los
innumerables debates y votaciones que se produjeron, por lo que, como te vengo
comentando, en mi calidad de presidenta de la Comisión de Igualdad solicité a
Jesús Posadas ─por aquel entonces presidente del Congreso de los Diputados─,
que todas estas mujeres tuvieran una sala denominada “Sala de las
Parlamentarias Constituyentes”, donde figuraran los nombres de cada una de
ellas, en reconocimiento de su extraordinaria labor.
─ ¿Y cómo
quedó finalmente esta propuesta?
─Lamentablemente
no llegó a buen puerto por las innumerables controversias que suelen generar
este tipo de propuestas.
─ ¿Algunos
nombres de estas “Mujeres Parlamentarias Constituyentes” que tú destacarías?
─Claro.
Soledad Becerril, de UCD, que luego llegaría a ser Ministra de Cultura en el
gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo; por lo tanto, la primera mujer en acceder a
un Consejo de Ministros. Todo un referente femenino dentro de la historia
democrática de nuestro país. Posteriormente, conseguiría ser alcaldesa de
Sevilla y la primera Defensora del Pueblo de España; también las parlamentarias
de la UCD, Nona Inés Vilariño; María Dolores Pelayo y Mercedes Moll.
De otros
espectros políticos, habría que destacar la figura de Pilar Brabo, diputada por
Alicante del Grupo Parlamentario Comunista; así como las diputadas socialistas
Carlota Bustelo, María Izquierdo y Ana María Ruiz-Tagle.
Y en el
Senado, fueron seis mujeres las que realizaron una labor intensa en favor de
los derechos de la mujer. Entre ellas, Gloria Begué Cantón y María Belén
Landáburu.
Begué llegó a
ser la primera mujer catedrática de todas las Facultades de Derecho de España,
así como la primera Decana en la Facultad de Salamanca. Landáburu logró, antes
de nuestra Constitución, la modificación del Código Civil para el rebajamiento
de la mayoría de edad legal de las mujeres, de los 25 a 21 años, consiguiendo
que fuera equiparada a la de los hombres. También fue la redactora de la Ley de
Reforma Política del año 1976.
─Sí, señor,
grandes mujeres, valientes, inteligentes, visionarias y muy bien formadas ─exclamé.
─Lo que no
cabe duda ─me comenta─ es que la participación activa de estas mujeres tuvo una
gran influencia en el Artículo 14 que dictamina la igualdad de todos los
españoles ante la ley. Un artículo defendido decididamente, como te he
comentado anteriormente, por la diputada de UCD, Teresa Revilla, que constituye
todo un hito fundamental y decisivo para los derechos de la mujer en España.
A partir de
este reconocimiento constitucional explícito se empezaron a corregir las
desigualdades existentes en las leyes; además ─y esto es muy importante─ desde
ese momento la mujer comenzó a tomar conciencia de todos sus derechos
inalienables.
─Desde la
perspectiva actual: ¿Crees que “durante el fragor de la batalla” se quedó algo
importante en el tintero, que hoy se debería corregir?
─Sí. Estoy
convencida de que en aquel momento ninguna de las diputadas de aquella
histórica legislatura constituyente estuvo de acuerdo con la regulación del
orden sucesorio de la Corona, establecido en el Título II de la Constitución,
pues supone una flagrante discriminación por razón de sexo, que colisiona
claramente con el artículo 14.
Al recordar
el significado profundo que contenía este derecho constitucional fundamental de
la igualdad ambos mantuvimos un largo silencio. Éramos plenamente conscientes
de que no había sido nada fácil llegar a este punto de evolución legislativa. Y
es que la Transición ─modelo de concordia entre todos los españoles─, había
heredado un contexto político y social en el que la mujer, tras perder algunos
logros fundamentales conseguidos durante la II República como el derecho al
voto o el divorcio, tuvo que volver a retomar su lucha en defensa de sus
derechos inalienables.
Este nuevo
contexto político propiciado por la Transición dio lugar a la segunda ola
reivindicativa de los derechos de la mujer en España. Y lo hizo muy pronto ─dieciséis
días después de la muerte del general Franco─, con las I Jornadas Estatales por
la Liberación de la Mujer, celebradas en Madrid durante los días 6, 7 y 8 de
diciembre de 1975, un primer paso dado con fe por las mujeres españolas, el
germen hacia el desarrollo de un amplio movimiento en defensa de todos sus derechos
fundamentales.
─ ¿En este
sentido crees que el llamado ESPÍRITU DE
LA TRANSICIÓN fue el adalid de la defensa de vuestros derechos como
mujeres?
─Sí, lo creo
firmemente. Lo que se viene considerando como “La segunda ola de reivindicación
de los derechos fundamentales de la mujer”, que tuvo sus prolegómenos en la
lucha contra la dictadura de lideresas femeninas procedentes básicamente de las
aulas universitarias, los partidos de izquierdas y los sindicatos, fue apoyado
sin reservas por este “espíritu de la Transición”. Desde diferentes
sensibilidades ideológicas, innumerables mujeres, valientes, inteligentes y
decididas pusieron las bases para que quedara reflejado en nuestra “Ley de
leyes” el sacrosanto y fundamental derecho de la igualdad.
Desde
posiciones de poder e influencia yo destacaría a Carmen Díaz de Rivera que, por
su amistad con el rey don Juan Carlos, y desde su puesto como jefa del gabinete
de Adolfo Suárez, ejerció una notable influencia en las decisiones políticas
del más alto nivel durante la Transición, incluidas las referidas a la defensa
de la mujer.
─ ¡Qué
interesante! No cabe duda de que el nivel de bienestar económico, social y de
derechos y libertades es el resultado de un compromiso ineludible de
irrepetibles mujeres y hombres que sacrificaron su vida -a veces llegando hasta
el heroísmo- por su generación y por las venideras. De ahí, nuestra obligación
de mirar de vez en cuando hacía el pasado ─no para revisarlo, sino para
aprender de él─, plataforma de nuestro presente y catapulta hacia el futuro.
Pero,
retomemos, si te parece Carmen, el hilo conductor: tu actividad política y de
activismo en favor de los derechos de las mujeres.
Me has
comentado que con la disolución de UCD, un 18 de febrero de 1983 dejaste la
militancia activa. Antes, Adolfo Suárez, líder carismático de este partido
había fundado el Centro Democrático y Social (CDS), el 29 de julio de 1982, con
personalidades procedentes de la UCD de la talla de Agustín Rodríguez Sahagún,
Rafael Calvo Ortega, Manuel Jiménez de Parga, José Ramón Caso, Jesús María
Viana, Joaquín Abril Martorell o Fernando Castedo.
─ ¿Por qué no
le seguiste? ¿Por qué no comenzaste a militar en su nueva formación política?
─Por
fidelidad y compromiso con mi partido, la UCD. Yo sentía que no podía abandonar,
así como así el barco, a pesar de que todos los vientos nos eran por entonces
desfavorables. Siempre tuve, he tenido y tendré muy claro el principio de
lealtad a mis profundas convicciones.
─Pero tú
admirabas a Adolfo Suárez, era tu gran referente político.
─Lo admiraba
y lo seguiré admirando siempre. Verás.
Cuando fue
designado por S.M. el Rey don Juan Carlos como presidente del Gobierno, un 3 de
julio de 1976 yo tenía 22 años. Al año siguiente me casé y realicé mi viaje de
novios a París. Desde la capital francesa me vine a votar ─con la misma ilusión
de una chica con zapatos nuevos─ a su partido, la UCD, en las históricas
Elecciones Generales del 15 de junio de 1977, las primeras elecciones
constituyentes. Yo, como tantos españoles, proyecté en él en ese momento mis
ansias de libertad, mis deseos de que fuera posible una sociedad moderna, de
vencer el miedo, de abrazar la concordia. Poco tiempo después me afilié a la
UCD y, como te he comentado anteriormente, de la mano del diputado nacional
Blas Camacho, llegué a ser la primera presidenta de las Juventudes de la UCD.
─María
Ángeles López de Celis que trabajó en su Secretaría del Gobierno ha escrito que
Adolfo Suárez fue, de algún modo, el padre de todos los españoles. ¿Compartes
esta opinión?
─Sí, la comparto
totalmente. Cuando en alguna ocasión mi abuelo me mandaba callar, yo me
revelaba y le decía: ¡Abuelo, yo también puedo hablar!
Este ¡Yo
también puedo hablar! era la afirmación de una joven comprometida con los
tiempos de cambio que me tocó vivir.
Adolfo Suárez
entró en nuestros hogares a través de la televisión como una bocanada de aire
fresco, encarnando nuestras ansias de libertad. Su famoso mensaje televisado de
Puedo prometer y prometo, fue para la
mayoría de los españoles el mensaje de un hombre de Estado que quería a su
pueblo, que estaba decidido a traer la democracia, que quería que todos
fuéramos libres. En este sentido yo creo que Adolfo Suárez fue, como ha escrito
María Ángeles López de Celis, un poco el padre de todos los españoles.
─ ¿Tuviste
ocasión de volverlo a ver, tras su marcha de UCD?
─Sí, cada vez
que venía a Ciudad Real yo pasaba a saludarlo. Su radiante personalidad me
desarmaba psicológicamente. Nada más verme se interesaba por mi vida. Me
preguntaba cómo estaba, qué hacía, qué me preocupaba, cuáles eran mis proyectos
de futuro. Luego me decía:
«Carmen, vente, que aquí, en el CDS, tienes también
tu casa».
Yo le
respondía que no podía romper mi compromiso con la UCD, mi familia política.
En fin, le
sigo recordando con verdadero cariño y admiración. Sentí con mucho dolor su
fallecimiento. Le velé en el Congreso de los Diputados y seguí su féretro hasta
la catedral de Ávila para darle el último adiós. Sentí profundamente que no
hubiera podido contemplar lúcidamente toda su obra política, esa que según él
asombró al mundo.
Adolfo Suárez
ha pasado a la historia como el presidente del Gobierno que, de común acuerdo
con Su Majestad el Rey y la inmensa mayoría del pueblo español, hicieron
posible nuestra Transición política, siguiendo los principios contenidos en la
expresión acuñada por Torcuato Fernández-Miranda, De la ley a la ley.
Para mí,
pues, Adolfo Suárez, fue el gran hombre de Estado que trabajó siempre con el
ideal de hacer una España mejor y conseguir que la concordia fuera posible
entre todos los españoles. Para mí, lo digo claramente, es y seguirá siendo, un
ejemplo a seguir.
─ ¡Ay,
Carmen, que has conseguido emocionarme! Como dice una preciosa canción «Algo se muere también en el alma cuando un
amigo se va».
Adolfo Suárez
fue, en cierto modo un padre y un amigo; un gran hombre de Estado que nos dejó
un gran legado a todos los españoles: el de la concordia fue posible.
Pero, bueno,
hay que seguir adelante, pues, como bien sabes, la vida sigue.
¿Qué siguió
para ti, tras la disolución de tu querido partido, la UCD?
─Me afilié al
PP en el X Congreso de mi partido celebrado en Sevilla en el año 1989 ─el
congreso de la refundación─, pero como bien sabes retomé mi actividad en la
alta política en el año 2000 de la mano de José María Aznar y su esposa y buena
amiga mía, Ana Botella. Ellos pensaron en mí para el puesto número 2 al
Congreso por la provincia de Ciudad Real, al comprender que había que abrir el
partido a la participación activa de las mujeres.
¡Y no se
equivocaron! Ganamos por mayoría absoluta por primera vez en la provincia de
Ciudad Real, comprobando con resultados palpables lo acertado de su decisión
muy pronto.
Y es que, ese
mismo año, en las Elecciones Generales celebradas el 12 de marzo del año 2000
conseguí ser la primera diputada electa del PP por la provincia de Ciudad Real.
¡Tuvieron que
pasar nada menos que 23 años desde las primeras elecciones constituyentes para
que una mujer fuera en una candidatura del PP por la provincia de Ciudad Real!
Pero, en fin, esa era la realidad política y social de la España de ese
momento.
Por cierto,
estas elecciones fueron anticipadas tres semanas por el presidente Aznar,
determinado a que el nuevo Gobierno se conformase antes de la Semana Santa. En
estos comicios, que dieron lugar a la VII Legislatura, el Partido Popular
consiguió la mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados, gracias al
incremento de votos y el descenso del PSOE e Izquierda Unida.
─Fue,
indudablemente, un auténtico varapalo para el PSOE, que ante esta derrota
electoral propició la dimisión de su candidato, Joaquín Almunia.
─Se podría
decir que fueron unos comicios históricos. Nuestro partido ganó al PSOE en
muchas provincias incluida la mía, Ciudad Real.
─Entiendo que
a partir de aquí tu vida cambió radicalmente.
─Pues sí. Han
sido 20 años intensos de vida política, como diputada y senadora. Durante este
tiempo también he estado 10 años como parlamentaria de la delegación española
ante la Asamblea parlamentaria en el Consejo de Europa. En fin, creo que he
trabajado mucho, siguiendo el constante dictado de mi corazón de servir a todos
los españoles.
─Y siempre
sin abandonar la arena política de tu circunscripción electoral: Ciudad Real.
─Pues sí.
Creo que conozco todos los pueblos de Ciudad Real como la palma de mi mano. Con
el fin de conocer a fondo su realidad, los he visitado en innumerables
ocasiones, escuchando con atención e interés las demandas de sus gentes; me he
reunido con todos los miembros de mi partido (alcaldes, concejales, portavoces
y afiliados); e, incluso, tras un viaje internacional muy fatigante, de muchas
horas de vuelo, como parlamentaria o como presidenta de AFAMMER, he retomado
inmediatamente el contacto directo con estos maravillosos pueblos y sus gentes,
con motivo de algún evento insoslayable.
─ ¿Y se puede
saber de dónde sacas tantas fuerzas para mantener sin desfallecer esta continua
e intensa actividad política de servicio público?
─Yo creo que
en el aliciente del servicio a los demás. Te puedo asegurar que he sido
inmensamente feliz trabajando para la sociedad española. Ha sido mi gran
propósito de vida, que he podido llevar a cabo con una enorme ilusión y
entusiasmo.
─Un aliciente
de servicio a los demás que te ha hecho muy feliz, como me comentas, pero que
también te ha propiciado ciertos reconocimientos importantes, como el Premio
Nacional del Observatorio contra la violencia doméstica y de género del CGPJ en
el año 2011; el reconocimiento de ABC, en el año 2015, de “Las 100 mujeres más
influyentes de Latinoamérica”; la Medalla de Honor a la Asamblea Parlamentaria
del Consejo de Europa, en el año 2017; el Premio a la Solidaridad Civil del
Consejo Económico y Social de la UE por la contribución de AFAMMER a paliar las
consecuencias de la COVID en las personas más vulnerables del medio rural,
especialmente los mayores; el Top 5 del Comité de Mujeres de distinción de la
62 Comisión Social y Jurídica de la Mujer (CSW) de Naciones Unidas;
semifinalista Premio Mujer Europea del Año…En fin, un elenco de importantísimas
distinciones y reconocimientos bien merecidos.
–¿Alguno más
que a ti te gustaría destacar?
-Sí, me
gustaría comentarte que, cuando finalizó mi vida parlamentaria en el Consejo de
Europa, fui nombrada parlamentaria de honor y miembro permanente del Consejo de
Europa, estatus que me da la potestad y el reconocimiento de ser parlamentaria
de dicho consejo de forma vitalicia, pudiendo participar en dicha institución
con voz, aunque sin voto.
─Como
parlamentaria del Consejo de Europa: ¿Qué destacarías como logros personales,
que avalan esta distinción?
─Como
parlamentaria en el Consejo de Europa llegué a ocupar el cargo de
vicepresidenta de la Comisión de Igualdad, Educación y Cultura; también
presidenta de la Comisión de la Trata con Fines de Explotación Sexual. Formé
parte de las parlamentarias de referencia de todos los países del Consejo de
Europa para la redacción del convenio de Estambul, cuyo relator fue el
portugués Mendes Bota.
Me siento
orgullosa de haber sido parte de este convenio, pues es el primer tratado de
ámbito internacional que obliga a todos los países que lo firman y ratifican, a
poner en marcha medidas en contra de todos los tipos de violencia que sufren
las mujeres por el mero hecho de ser mujer y que recoge recomendaciones desde
el consenso y el acuerdo de los 46 países miembros.
Así mismo,
también en el Consejo de Europa, redacté 6 informes que fueron aprobados por
unanimidad:
·
La libertad
de los padres para elegir la educación de sus hijos
·
La igualdad y
la inclusión de las personas con discapacidad
·
El deporte,
un puente hacia la inclusión social
·
La mujer
rural en Europa
·
La
conciliación de la vida personal y profesional
·
La
corresponsabilidad
Pero mi
actividad parlamentaria no se queda reducida al Consejo de Europa. He sido
ponente en el Congreso de los Diputados de once leyes, de las que me siento muy
orgullosa al haber sido aprobadas por unanimidad.
Entre ellas
quiero destacar:
·
El Estatuto
de la víctima del delito
·
Ley Orgánica
de medidas contra la violencia de género
·
Ley
Reguladora de protección a las mujeres víctimas de violencia doméstica
·
Ley de
economía social
·
La Ley de
titularidad compartida en las explotaciones agrarias
─En fin, una
dilatada actividad pública en servicio a los demás que, lógicamente, toda que
te ha permitido codearte con grandes personalidades de la alta política
mundial.
─Sí, por
supuesto. Me he reunido con Eduardo de Frei, presidente de Chile; y en el año
1998 con todas las esposas de los presidentes de los gobiernos de Sudamérica de
aquel momento. También con Hillary Clinton y Ángela Merkel. Lo he hecho también
con los cuatro presidentes del Consejo de Europa que tuve el honor de conocer
en los diez años de mi actividad parlamentaria. También con la señora Winnie
Mandela, la segunda esposa de Nelson Mandela.
Este
encuentro se produjo con motivo del IV Congreso Mundial de mujeres rurales en
Durban (Sudáfrica). En esta lista incluyo también al presidente de Ruanda, Paul
Cagame, que tuvo un importantísimo papel durante la campaña que puso fin al
genocidio de Ruanda en 1994, así como en la Segunda Guerra del Congo.
Hoy todo el
mundo valora su trabajo en favor de la seguridad, el desarrollo, la inversión y
los bajos niveles de corrupción.
Me he reunido
también con el expresidente de Níger, el Sr. Mahamadou Issoufou y con Maryam
Rajavi, presidenta del Consejo Nacional de la Resistencia iraní. Y, hace unos
días con Ernesto Samper Pizano, de la República de Colombia y Otor Ramón,
Vicepresidente de Ecuador.
En fin, mi
larga trayectoria me ha permitido conocer a grandes personalidades ─hombres y
mujeres─ de la política internacional de la talla del Vicepresidente de la
Comisión de la Unión Europea, Antonio Tajani o Úrsula Von Der Leyen,
actualmente presidenta de la Comisión de la Unión Europea. Y por supuesto, con
algunos presidentes del gobierno de España como Adolfo Suárez, José María Aznar
y Mariano Rajoy.
He tenido el
honor y el privilegio de conocer y conversar con la reina emérita, S.M. Doña
Sofía y la infanta Doña Elena, presidenta de Honor de AFAMMER, con motivo de
determinadas recepciones en las que he tenido que participar. También a Sus
Majestades los Reyes de España, Don Felipe y Doña Letizia.
También
quiero destacarte que, durante mi larga trayectoria de actividad pública he
recorrido más de 125 países del mundo, reuniéndome con las altas autoridades de
dichos países siempre con el fin de promover los derechos de igualdad de todas
las mujeres.
─ ¿Y qué has
aprendido de todos estos gigantes de la política y de la actividad pública?
─A Hillary
Clinton la percibí como una mujer luchadora y ambiciosa, capaz de superar todas
las dificultades que se encontró en su vida. De Ángela Merkel la serenidad. Recuerdo que me
hablaba con mucho sosiego y solidez emocional y valores. De Winnie Mandela el
orgullo de haber podido conocer y convivir con uno de los hombres más significativos
del siglo XX: su marido, Nelson Mandela, el cirujano que fue capaz de curar las
graves heridas del pueblo sudafricano.
En fin, estas
grandes personalidades, protagonista de la historia de sus países te transmiten
con convicción y entusiasmo lo que hacen y por lo que viven.
─¿Y de las
mujeres rurales de AFAMMER?
─A escuchar.
Todas ellas me han enseñado a escuchar, a tener paciencia y a comprender que
todo es posible con fe. Siento que he contraído con todas ellas una deuda de
eterna gratitud por haberme ayudado a elevar a nuestra querida organización
AFAMMER a la cúspide de la comunidad internacional; a conseguir ser un
referente en el mundo, rompiendo la invisibilidad y la estigmatización de las
mujeres rurales de España.
─Para ir
concluyendo, me gustaría preguntarte si tú crees que existió el llamado ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN.
─De ello
estoy absolutamente segura. El llamado ESPÍRITU
DE LA TRANSICIÓN fue capaz de superar las mayores divergencias, así como
los más grandes obstáculos, haciendo posible la reconciliación nacional y la
concordia entre todos los españoles.
─ Y, a tu
juicio, ¿Qué queda de él hoy en día?
– Quiero
pensar que sigue existiendo el espíritu de concordia entre todos los españoles,
por encima de ideologías; sin embargo, muy a mi pesar, constatamos que hoy en
día nos atenazan desde diferentes frentes los discursos populistas y radicales,
y, como bien sabemos, nunca desde la radicalidad se construye un futuro
próspero. De aquí mi ferviente deseo de seguir avivando el espíritu de la
convivencia y la concordia entre todos los españoles.
─ ¿Y cómo
crees que ven los españoles la situación social y política actual?
─Estoy
completamente convencida de que la inmensa mayoría de los españoles rechazan
todos los ruidos estridentes e inútiles, vengan de donde vengan; que siguen
deseando vivir por encima de todo en democracia y libertad; también que
consideran vigente y de plena actualidad los principios de derechos y
libertades fundamentales recogidos hace casi medio siglo en nuestro texto constitucional,
en el que se estableció que:
«España
se constituye en un Estado Social y Democrático de Derecho, que propugna como
valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la
igualdad y el pluralismo político».
Unos principios,
por cierto, que han estado y seguirán estando siempre presentes en el alma
humana de todos los pueblos y naciones.
─ ¿Y cómo
crees que hay que avivar este anhelo de libertad, igualdad y fraternidad,
inscrito eternamente en el alma humana?
─Trabajando y
haciendo pedagogía continuamente. Yo sigo y seguiré trabajando en primera
línea, luchando por la igualdad real de las mujeres rurales.
─ ¿Y qué
mensaje les trasladarías a las nuevas generaciones?
─A las nuevas
generaciones les suelo decir que el camino recorrido para la conquista de
nuestros derechos fundamentales no ha sido precisamente un camino de rosas; que
ha habido que superar muchos obstáculos; que, como don Quijote de la Mancha,
hemos tenido que enfrentarnos a gigantes con brazos de más de dos leguas de
largos, en fiera y desigual batalla; que los grandes avances políticos,
económicos, sociales y de igualdad y de cualquier otro tipo no han llegado por
casualidad, sino como fruto maduro de un árbol cultivado tantas veces a base de
sangre, sudor y lágrimas; pero que, a pesar de todo, ha merecido la pena.
Es verdad que
todavía queda mucho por hacer al respecto en España y en el mundo. De ahí la
imperiosa necesidad de seguir trabajando sin desfallecer, dando siempre un
primer paso con fe, con la absoluta confianza de que el eterno deseo grabado en
el alma humana de libertad, igualdad, justicia y fraternidad lo seguirá estando
ante cualquier desafío.

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