¿QUIÉN ESCRIBIÓ EL QUIJOTE?
¿Por qué no contemplar la posibilidad de que Cervantes no fuera el verdadero autor de «El Quijote»?
Alguno de ustedes, al leer el título de este artículo quizás se hayan rasgado ya las vestiduras —metafóricamente hablando— o revuelto en sus asientos—también metafóricamente hablando. A continuación, puede que se estén preguntando y afirmando: Que, ¿Quién escribió El Quijote? ¡Cervantes! ¿Quién, si no? ¡Por Dios, la duda ofende! ¡El simple interrogante es ya en sí mismo un insulto a la inteligencia! ¡Que yo sepa, nadie hasta ahora ha cuestionado ni por asomo la autoría de “El Quijote”! Así que no se hable más: ¡El Quijote lo escribió Cervantes!. ¡Y punto!

¡Sí, hombre, sí! —me podrán argumentar con determinación— Don Miguel de Cervantes Saavedra —conocido también por el apelativo de “Príncipe de los ingenios”— es el autor, sin lugar a la menor duda, de la novela “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”. Una obra que ha sido considerada por muchos críticos literarios como la primera novela moderna y joya de la literatura universal. ¡Ah! y, por la cantidad de ediciones y traducciones, sólo ha sido superada hasta el momento por la Biblia. Así se ha venido considerando y así se seguirá considerando en el futuro.
Bien, nada tengo que objetar en principio al respecto —les diría. Yo, como no puede ser de otra manera, también sigo creyendo que Don Miguel de Cervantes es el autor de “El Quijote”; pero, ¿Y si existiera un estudio riguroso de esta obra cervantina que demuestra que podría no serlo?

¿Recuerdan “Doce hombres sin piedad”? Sí, la inolvidable película norteamericana de finales de los 50 o en su versión española de Estudio 1 de TVE en los 70, en la que doce miembros de un jurado deben juzgar a un adolescente acusado de haber matado supuestamente a su padre. En ella, todos los miembros menos uno está convencido de la culpabilidad del acusado. El que disiente intenta con sus razonamientos introducir en el debate una duda razonable que haga recapacitar a sus compañeros para que cambien el sentido de su voto. Finalmente, logra convencerles, dictaminando que el joven acusado era inocente.
Al parecer, solía decir mi abuela materna —que falleció mientras yo estaba concebido en el vientre materno de su hija, mi madre— que «de lo que vieres, la mitad creyeres». Desconozco en qué sentido lo decía. Mi curiosidad me ha llevado a averiguar que esta expresión es una variante de “donde fueres, haz lo que vieres”, procedente a su vez del latín “Cum Romae fueritis, Romano vivite more”, es decir, “Cuando estés en Roma, vive como los romanos”. Por lo tanto, lo que viene a sugerirnos esta expresión es que no debemos creer todo lo que vemos; por extensión, tampoco lo que oímos, porque ambos sentidos pueden llevarnos a conclusiones erróneas.
Y es que, en efecto, desde que el mundo es mundo, “Maya”, “La Cueva”, “El Velo de Isis”, “El Sistema» o “La Matrix”, pueden confundirnos; o, si lo prefieren, en palabras que dirige don Quijote a Sancho: “Eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa”.

Efectivamente, desde que el mundo es mundo, venimos aceptando a pies juntillas y sin rechistar “verdades” indiscutibles que la ciencia o la propia fuerza de los hechos nos han demostrado que no eran tales. Una de éstas fue la del modelo del Universo presentado por el astrólogo, astrónomo, geógrafo y matemático griego Claudio Ptolomeo con la creencia que la Tierra era inmóvil y ocupaba el centro del Universo, y que el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas giraban a su alrededor; un paradigma científico que imperó hasta que el polímita renacentista polaco, Nicolás Copérnico, lo cuestionó, siendo refrendado después por el italiano Galileo Galilei, considerado como el “padre de la ciencia moderna”. De igual manera, la famosa “Ley de gravitación universal” de Newton, que plantea un mundo objetivo con leyes físicas precisas, sería después matizada con la teoría de la relatividad de Einstein y ésta, a su vez, por los físicos de la llamada mecánica cuántica. Es verdad que, hoy, en pleno siglo XXI, la Humanidad sigue aún con la inercia mental del viejo paradigma del mundo objetivo newtoniano, pero, al mismo tiempo, se va abriendo con mucha fuerza otro nuevo que aúna la idea hermética de que el el Universo es mental y la de Nikola Tesla de que para entenderlo haya que hacerlo en términos de energía, frecuencia y vibración.
Por lo tanto, «de lo que vieres, la mitad creyeres». Así que, ¿Por qué no contemplar la posibilidad de que Cervantes no fuera el verdadero autor de «El Quijote»? En el caso de la película “Doce hombres sin piedad” el actor norteamericano, Henri Fonda, o el español, José María Rodero, sembraron la simiente de la duda en los miembros del tribunal que debía ratificar la clara culpabilidad del encausado; en el de la autoría de El Quijote, el profesor de filología latina de la UNED, Francisco Calero Calero.
El profesor Francisco Calero Calero, autor del libro “El verdadero autor de los quijotes de Cervantes y Avellaneda”, basándose en rigurosos estudios concluye que, tanto la primera y la segunda parte, así como el de Avellaneda, fueron escritos por el mismo autor; un autor que no es precisamente Cervantes. Esta tesis la lanzó por primera vez en el año 2012, a través de un artículo de una revista de pedagogía que lleva por título “Las disciplinas universitarias en El Quijote o de toda imposibilidad, imposible”.

“El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, la obra suprema de la literatura universal, repleta de sabiduría y erudición clásicas, no pudo ser escrita—a juicio del profesor Calero— por el “ingenio lego” Miguel de Cervantes Saavedra, tanto por el nivel de sus estudios como por la ajetreada vida que llevó, muy alejada de las características favorecedoras de la creación literaria. La autoría, por lo tanto, debemos atribuírsele a alguien era un verdadero conocedor de las lenguas clásicas, dominador del latín, el griego, la literatura hebrea y renacentista; además de un conjunto de cualidades tales como: Tener altísimas capacidades literarias; amplios conocimientos de la mitología, la Biblia, el Corán, la Cábala, el hermetismo y la sabiduría; de humanidades relacionadas con la pedagogía, filosofía, teología, derecho y la historia; también de la ciencia física, matemática, astronómica y la medicina.
Cervantes, claramente —según el profesor Calero— no poseía estos atributos propios de un hombre dedicado enteramente al estudio y la reflexión. Por lo tanto, Cervantes no pudo escribir esta gran joya de la literatura española y universal. Entonces, se estarán preguntando: ¿Quién la escribió?
Sí, ¿Quién la escribió? A juicio del profesor Calero, el filósofo, psicólogo y pedagogo español del Reino de Valencia, JUAN LUIS VIVES (Ioannes Lodovicus Vives/ Joan Lluís Vives). Un humanista nacido en Valencia el 6 de marzo de 1492 y fallecido en Brujas el 6 de mayo de 1540. Vives fue una figura destacada del humanismo renacentista en Europa, que avanzó ideas innovadoras en múltiples materias, proponiendo acciones en favor de la paz y unión de los europeos y la atención a los pobres. Algunas de sus obras más destacadas son: “De disciplinis” y “De anima et vita”.

Evidentemente, esta tesis —siguiendo la técnica filosófica griega de la dialéctica—conlleva su antítesis. Se ha especulado si el gran historiador y crítico literario español, Américo Castro, cuestionó la autoría de Cervantes en su obra “El pensamiento de Cervantes”, considerada como una de las más importantes sobre la exégesis del universo cervantino. Parece que no; sin embargo, abre una puerta a la elucubración al proponer una nueva interpretación que enfatiza la influencia de la cultura judía y árabe. Un dato muy relevante que, a mi juicio, entronca con la tesis del profesor Calero en el sentido de que el autor del Quijote poseía una vasta cultura.
La principal antítesis que muchos estudiosos de la obra de Cervantes presentan es que parece inverosímil que, si Juan Luis Vives falleció en 1540, dejara escritas las dos partes de El Quijote (la primera en 1605 y la segunda en 1615); y todavía más inverosímil que dejara escrita el llamado “Quijote de Avellaneda”, una novela publicada en 1614 y firmada por “el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas”, considerada, por cierto, una afrenta por Cervantes.
Los críticos con la tesis del profesor Calero esgrimen, además, el argumento de que Juan Luis Vives fue un intelectual de primera magnitud enfocado en la elaboración de obras filosóficas y pedagógicas, pero no de ficción. ¿Cómo es posible, entonces, que el maestro Vives, escribiera una obra de ficción de la complejidad literaria de El Quijote?

Con respecto a la cuestión de la publicación de El Quijote, el profesor Calero nos aclara que la publicación de un manuscrito tras el fallecimiento de su creador no es ningún obstáculo para la autoría. De hecho, esto era algo completamente habitual por aquella época; incluso, que algunos trabajos literarios no lleguen a publicarse nunca. Hoy podemos comprobar que, en la Biblioteca Nacional, existen actualmente más de 40.000 manuscritos que no fueron publicados. Como botón de muestra, hace unos años se descubrió una obra inédita de Lope de Vega, coetáneo de Cervantes.
Conforme, pero: ¿Se puede salvar el obstáculo de que no nos consta que Juan Luis Vives escribiera una obra de ficción? Veamos.
Vives fue un hombre excepcional en todos los sentidos. Un sabio de dimensiones colosales. Afirmó en uno de sus escritos que “La felicidad pública es la que me preocupa; por ella trabajaré cuanto pueda de muy buena voluntad y disputaré por afortunados a los que en esta empresa adelanten”. Y, en una carta que escribió a su maestro, Erasmo de Rotterdam, el 1 de octubre de 1528, ahonda en su convencimiento de la necesidad de alejarse de la fama y los honores: “Ruégote, pues, maestro mío —escribió— que no me hables más de renombre ni de fama, porque te juro que me conmueven estas cosas mucho menos de lo que piensas. Más positivos estimo la gloria y el aplauso que obtienes cuando alguno se perfecciona con la lectura de tus producciones, que cuando te prodigan los pomposos dictados de doctísimo, grande y elocuentísimo”. Por su parte, Erasmo de Rotterdam, había dicho: “Ha conseguido Vives para Valencia esta gloria: hacerla émula de Roma”.

El Quijote, de acuerdo con el escritor ruso Dostoievski, es la obra de ficción más sublime y fuerte, la suprema y más alta expresión del pensamiento humano. Probablemente, no fue escrita sólo y exclusivamente con fines pedagógicos, pero podemos hallar en esta obra muchos elementos relacionados con la educación, la justicia, la libertad, la locura, la identidad y la moralidad. Además, como he tratado de demostrar en mi artículo “El código oculto de El Quijote”, de la mano de la escritora y ensayista francesa Marie-Louise Labiste (Dominique Aubier), este trabajo literario contiene un código oculto, un “Hijo del entendimiento”, en expresión de su autor. Un creador que estaba familiarizado al menos con tres importantes lenguajes: el árabe, el hebreo y el de las leyes espirituales.
Pues bien. Dada la vida tan ajetreada que vivió Cervantes nos lleva a preguntarnos: ¿Cómo había adquirido estas capacidades y conocimientos? Permítanme que les cuente.
La universalidad del Quijote consiste, no sólo en haber sobrepasado nuestras fronteras, haber sido traducido a muchas lenguas y ser valorado por gentes de todas las condiciones, sino también en ser un arsenal de temas humanos y divinos, tratados o aludidos con la más certera visión y penetrante criterio. Sus citas inolvidables e intemporales demuestran con qué tino describió su autor la realidad del ser humano, desde la crítica literaria, las costumbres populares o cultas, la historia, la moral, la religión, los sentimientos y pasiones, hasta los más mínimos detalles de la existencia cotidiana. Todo ello hace de “El Quijote” una obra sublime, una joya preciosa, un diamante de innumerables aristas, descriptivas de todas las facetas de la vida humana. Por lo tanto, ¿Estaba preparado Cervantes para diseñar esta catedral literaria, que requiere de grandes conocimientos y de la máxima reflexión?

El propio Cervantes nos aclara que él no es el autor de esta obra, sino el lector de una traducción cuyo artífice es el historiador arábigo y manchego, Cide Hamete Berengeli. A priori, se viene considerando que esta información no es más que una habilidosa pirueta literaria para dar mayor credibilidad a la obra, haciendo creer al lector que don Quijote fue un personaje real y que la historia podría tener cierta antigüedad; pero, ¿Y si esto no fuera así? ¿Y si, efectivamente, ¿Cervantes, obtuvo de algún modo el manuscrito de esta obra y, con ciertas adaptaciones, lo llevó a la imprenta?
En estos momentos, no existen datos fehacientes para dar respuesta a esta pregunta; sin embargo, sí estamos en condiciones para hacer ciertas deducciones sobre dónde se hallaba el manuscrito. Sí, en efecto: ¿Dónde se hallaba este manuscrito?
Esto, ciertamente, no lo podemos asegurar a ciencia cierta dado que no se conserva el original, algo que habría permitido cotejar la letra de su autor y desentrañar de una vez por todas el enigma del autor del Quijote; ahora bien, sí conocemos un par de detalles muy significativos. El primero: que la obra estaba dedicada al Duque de Béjar; el segundo: que Juan Luis Vives era amigo íntimo del Duque de Béjar. Por lo tanto, es altamente probable que el manuscrito estuviera en posesión de alguno de los sucesores de este ducado, creado en 1485 por los Reyes Católicos para Álvaro de Zúñiga y Guzmán, justicia mayor de Castilla, alcalde del Castillo de Burgos, Duque de Arévalo y de Plasencia;

La vida de Juan Luis Vives fue muy dura. Su padre, Luis Vives Valeriola fue un pequeño comerciante valenciano que vio confiscadas todas sus propiedades al ser condenado en auto de fe y quemado en la hoguera por criptojudaísmo (adhesión confidencial al judaísmo mientras se declara públicamente ser de otra fe). Su madre, Blanca o Blanquina March Almenara— emparentada con el famoso poeta valenciano Ausiàs March—, fue condenada en efigie por herejía y apostasía, su memoria fue anatematizada y sus restos fueron desenterrados posteriormente para ser quemados.
El origen judío de Vives fue descubierta en la década de los 60, permitiendo a los biógrafos explicar su exilio definitivo de España y, probablemente, parte de su obra. Otro detalle que no podemos ni debemos pasar por alto en favor de la tesis del profesor Francisco Calero sobre la autoría de Juan Luis Vives.
Miren. Hace ya algunos años, en una entrevista radiofónica que realicé al maestro masón toledano y escritor especializado en simbología, gnosis y filosofía de de la Historia, José Ignacio Carmona Sánchez (Iñaki Carmona), galardonado con la medalla de las cuatro sinagogas, por parte del Consejo Sefardí de Jerusalén, para el micro espacio “Minutos Cervantinos”, en Radio 5 de RNE, abordé la cuestión de El Quijote esotérico. En esta entrevista, Iñaki Carmona, me comentó que se debería hacer una redefinición del Quijote desde un contexto filosófico y simbólico. Y es que, ciertamente, el autor de esta obra se presenta como un ortodoxo de la Contrarreforma; sin embargo, en un análisis profundo «meditado y rumiado bien”, dirigido al “lector discreto”, se puede observar una obra muy esotérica, ligado a la Cábala («Kabbalah”: Lo que es recibido. Lo que es recibido del Uno y de los Maestros).

A la pregunta, ¿Podemos considerar que El Quijote es una obra de iniciación esotérica?, me respondió categóricamente: ¡Sin duda! Don Quijote se considera así mismo rey (un rey es un conocedor de la Cábala judía) y su religión la caballería. “Todo eso es así —respondió don Quijote—, pero no todos podemos ser frailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo: religión es la caballería, caballeros santos hay en la gloria” (2ª Parte. Cap. VIII). Unos caballeros que miran hacia el pasado, hacia la maravillosa “Edad Dorada” (la de las virtudes) en contraposición con la “Edad del Hierro” (del “Poderoso caballero es don dinero”). “Dichosa edad y siglos dichosos a quien los antiguos pusieron el nombre de dorados—afirma Don Quijote—, y no porque en ellos el oro, que en esta edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”.
Así que, podemos inferir que las increíbles aventuras de don Quijote y su escudero Sancho no están pensadas solamente para “Enderezar entuertos y desfacer agravios”, sino para realizar un camino iniciático, de aprendizaje de enseñanzas con valor moral, de elevación espiritual y unión con Dios.
En El Quijote aparece la sentencia de que “La pluma es lengua del alma; cuales fueren los conceptos que en ella se engendraron, tales serán sus escritos». Una sentencia indudablemente de gran profundidad filosófica y espiritual que me llevó a preguntar al maestro Carmona: ¿Fue Cervantes un iniciado en el conocimiento superior? Y en tal caso: ¿Cómo pudo adquirir este conocimiento elevado, superior, espiritual, hermético o cabalístico?
Ciertamente —me respondió—El Quijote es un compendio de sabiduría perenne, hermética y cabalística. En esta obra podemos encontrar muchos guiños. Uno de ellos lo encontramos en el inicio del prólogo de la obra con esta enigmática reflexión: “Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse”. La persona “desocupada” es aquella—me aclaró—que se dedica al estudio de los textos judíos, que sólo vive para los textos judíos y que es capaz de profundizar en el sentido alegórico-simbólico de estos textos. Esto, lógicamente, sólo lo puede hacer un iniciado. Entonces: ¿Era Cervantes un iniciado? Esta es la cuestión.

Cervantes —a juicio de Iñaki Carmona—no perteneció formalmente a ninguna academia esotérica o mística de la época —que él sepa—, aunque no descarta tampoco el que podría haber estado en contacto con algún círculo hermético. Bien, pero a continuación nos surge la pregunta: ¿Esto le otorga a Cervantes el calificativo de “desocupado”, es decir, de hombre dedicado enteramente al estudio de los textos judios? Esta es la cuestión y ahí lo dejo para el estudio y la discusión.
Siguiendo la lógica de la dialéctica filosófica griega he abordado el espinoso interrogante de si ¿Escribió Cervantes “El Quijote”? con una tesis y una antítesis; ahora me toca concluirla con una síntesis.
Mi posición acerca de si fue Cervantes o Vives a quien debemos atribuir la autoría del Quijote no es concluyente. Aunque he abordado y sigo abordando periodísticamente el universo cervantino desde diferentes prismas me temblaría la mano si tuviera que firmar un dictamen definitivo al respecto. Por lo tanto, no tengo una posición concluyente acerca de si fue el humanista Juan Luis Vives quien escribió realmente El Quijote; pero tampoco la tengo en contra. Ahora bien, la posibilidad de que el pedagogo Vives hubiera escrito esta obra no me parece descabellada.
Si tuviera que defender ante un tribunal de “Doce hombres sin piedad” la posible autoría de Juan Luis Vives, utilizaría la misma actitud que Henry Fonda o José María Rodero. Por lo que, ante la propuesta del presidente de este tribunal de si votar primero y discutir después o, al contrario, discutir primero y votar después, elegiría discutir primero. Diría: Creo que tenemos que hablar. No sé si Juan Luis Vives es realmente el autor de El Quijote. Lo que sí sé es que fue un hombre excepcional. Un gran sabio que se matriculó en la escuela de la adversidad y en la de los golpes duros.

Sí, ciertamente, la vida de Juan Luis Vives no fue fácil. A sus padres les fueron confiscadas sus propiedades y quemados en la hoguera por herejía y apostasía y anatematizados. Sus hermanas, Beatriz y Leonor no pudieron reclamar la dote que les correspondía por haber sido confiscadas por la Real Hacienda. El propio Vives tuvo que hacer frente a la enfermedad, el encarcelamiento, la retirada de la pensión real y la expulsión por razones políticas. Y, tras una vida consagrada a la educación y el pensamiento, en sus años finales sufrió una salud muy delicada: padeció gota, fuertes dolores de cabeza, úlcera estomacal, artritis y cálculo biliar. Y, por si esto no fuera poco, con la destrucción de la iglesia de San Donaciano (Brujas-Bélgica), donde había sido enterrado, como consecuencia de unas reformas urbanísticas, su tumba desapareció.
A pesar de toda esta vida tan dura y difícil jamás mostró en sus escritos ningún tipo de rencor hacia la vida. “La felicidad pública es la que me preocupa —dejó escrito—; por ella trabajaré cuanto pueda de muy buena voluntad y disputaré por afortunados a los que en esta empresa adelanten”. Es la expresión de un hombre santo e iluminado, humilde y temeroso de Dios, que jamás le conmovió ni el renombre ni la fama.
Tenemos una certeza: Que El Quijote contiene elementos esotéricos indiscutibles; por lo tanto, tuvo que escribirlo un gran conocedor de La Cábala. Además, rezuma sabiduría por los cuatro costados, propio de un hombre con una extensa cultura y alta elevación moral y espiritual. Entonces: ¿Por qué no abrirse a la posibilidad de que Juan Luis Vives fuera el autor de El Quijote?
De Cervantes se ha especulado si era un judío converso; sin embargo, de Vives no. Juan Luis Vives procedía de una familia judía; por lo tanto, era un gran conocedor del judaísmo, la Cábala, el hermetismo y el esoterismo.
El Quijote —a juicio del profesor Calero y también del doctor en Filología Románica e Investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Francisco Aguilar Piñán (actualmente jubilado) que secunda su tesis— es una obra extraordinaria, la más completa de la literatura española y, probablemente, de la literatura universal. Una obra en la que hay una confluencia, una mezcla perfecta de imaginación y de cultura erudita. No es sólo una obra de pura ficción. En El Quijote está encerrada la sabiduría de Grecia, de Roma, del mundo judío, de la Biblia, de la Edad Media, del Renacimiento. En fin, toda la sabiduría conocida hasta ese momento la encontramos en El Quijote. De ahí que algunos críticos la hayan calificado como “La Biblia de la literatura española”. “El Libro de los Libros de la Literatura Española”.

El Quijote, además, es una especie de mar donde desembocan los diferentes ríos de la literatura. Una gran obra de literatura, pero también de pedagogía, orientada a la mejora de la persona. Sancho —en este sentido— es un buen modelo de transformación de un ser humano y del arte de vivir.
El Quijote, asimismo, es una obra sapiencial. Por medio de una lectura profunda podemos descubrir en ella que el espíritu del maestro Juan Luis Vives está muy presente en muchos aspectos.
En fin, a modo de síntesis, podemos colegir que El Quijote, directa o indirectamente, reproduce el pensamiento del maestro Juan Luis Vives: Una figura destacada del humanismo renacentista en Europa, hombre ecléctico y universalista, que avanzó ideas innovadoras en múltiples materias, proponiendo acciones en favor de la paz, la unión de los europeos y la atención a los más necesitados.

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