EL PARADIGMA DE LA AUTORÍA DEL QUIJOTE
En fin, ¿Puede usted asegurarme que el autor de “El Quijote”, la obra de ficción más sublime y fuerte —según el escritor ruso Dostoievski—, la que representa hasta ahora la suprema y más alta expresión del pensamiento humano, la más amarga ironía que pueda formular el hombre, fue escrita por Cervantes?
Mis cuatro últimos artículos que a continuación relaciono en torno al Quijote han abierto un intenso e interesante debate, tanto entre legos como iniciados, que celebro sobremanera. Los escribí tratando de cautivar con argumentos positivos, entusiasmar con valores, seducir con lo excelente, promover actitudes y con el noble propósito de adquirir nuevas visiones. Afortunadamente, este debate no emula al de los de “galgos y podencos” de la fábula de Tomás de Iriarte, al no entrañar ningún peligro para la integridad personal de nadie ni tampoco —creo yo— la pérdida del tiempo, que siempre supone la mayor de las prodigalidades.

- EL CÓDIGO OCULTO DE EL QUIJOTE
- ¿QUIÉN ESCRIBIÓ EL QUIJOTE?
- ¿QUIÉN ESCRIBIÓ EL LAZARILLO?
- FRANCIS BACON Y EL QUIJOTE
Para mí, además del placer de escribirlos, me han confirmado por enésima vez la verdad de la afirmación de Einstein por la cual “Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”. Y es que, las reacciones que han provocado estos artículos —generalmente de escepticismo— me han recordado, también por enésima vez, que la mente humana se aferra, cual hiedra trepadora, perenne, fuerte y capaz de llenar cualquier espacio, a un prejuicio.
En otros tiempos, sostener una idea, un principio o una tesis podría conllevar la muerte en la cruz, como le ocurrió al maestro Jesús de Nazaret por afirmar que él era —como todos— hijo de Dios y de su misma naturaleza, de acuerdo con las escrituras; o a Galileo, que tuvo que soportar la ignominia de ser declarado “vehementemente sospechoso de herejía”, por la que, como parte de su condena, se le ordenó arrodillarse y abjurar de sus creencias heliocéntricas; y, aunque no fue ejecutado, pasó el resto de su vida bajo arresto domiciliario.

Presentar la tesis de que Cervantes pudo no ser el autor de “El Quijote” —la obra cumbre de la literatura española, joya de la literatura universal, el culmen del pensamiento humano y el libro más traducido después de la Biblia—, no conlleva hoy en día, en principio, que yo sepa, pena de muerte o declaración de “sospecha de herejía”, pero sí una reacción más o menos airada, tanto del lego como del iniciado, al sentir que su arraigada creencia de que sí lo ha sido se pone en solfa. Es verdad que no ha generado —también que yo sepa— rasgado de vestiduras, ni exclamación de anatema, pero sí la puesta en guardia para defender a ultranza —con uñas y dientes si fuera preciso— la dichosa creencia.
Digámoslo pronto, claro y sin rodeos, atendiendo al precepto bíblico de que “lo que has de hacer, hazlo pronto”: la autoría de Cervantes del Quijote podría ser un paradigma. Sí, un paradigma que se ha venido manteniendo sin apenas objeciones durante más de 400 años, arraigado en el consciente e inconsciente personal y colectivo. Un paradigma que continuará arraigado; por ahora, claro. ¿Y por qué es un paradigma? ¿Qué es paradigma?
En mi artículo, ¿Quién escribió El Quijote? afirmaba ingenuamente, “Que yo sepa, nadie hasta ahora ha cuestionado ni por asomo la autoría de “El Quijote”, olvidando el precepto aristotélico de que “El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona”. Confieso que me sacó de mi ignorancia (o, si lo prefieren, de mi prejuicio, creencia o paradigma) la llamada de atención de la escritora holandesa Jettie van den Boom, autora del libro “The deciphering of the Don Quixote & the unmasking of Avellaneda” (“El desciframiento de Don Quijote y el desenmascaramiento de Avellaneda»), con su aclaración de que, efectivamente, la autoría del Quijote sí ha sido cuestionada por diversos autores.

El británico Francis Carr, por ejemplo, en su libro “Who Wrote Don Quixote?” (¿Quién escribió Don Quijote?) se pregunta:
«¿Qué evidencias hay de que Miguel de Cervantes escribió Don Quijote? No hay ningún manuscrito, ninguna carta, ningún diario, ningún testamento, ningún documento que pruebe que Cervantes escribió esta obra maestra. No hay ningún retrato, ninguna tumba marcada y ningún registro de pago alguno por Don Quijote, aunque se hizo popular en España y en el extranjero durante su vida».
Por lo tanto, aunque sólo sea por una cuestión de curiosidad intelectual, creo que merece la pena “hincarle el diente” a este proceloso asunto de la autoría del Quijote, y no para despertar a ningún oso en estado de hibernación, ni abrir debates incendiarios e improductivos entre legos, ni generar guerras académicas entre estudiosos, sino para alertar la reflexión personal, tratando de hallar la verdad; pues la verdad, como está escrito en esta joya de la literatura universal: “La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua”.
Como he escrito anteriormente, la autoría de Cervantes del Quijote podría ser un paradigma. ¿Un paradigma? ¿Qué diantres es un paradigma?

El término paradigma proviene del griego “parádeigma” y significa originariamente mostrar, manifestar. Es un término de amplio uso y de diferentes significados. En lingüística tradicional se suele designar el conjunto de formas que constituyen una conjugación o declinación. Adam Smith, economista británico, que sentó las bases de la moderna economía política (división del trabajo, salarios, beneficios del capital, distribución de la renta, etc), definió el concepto de paradigma de esta forma: “Los paradigmas nos explican cómo es el mundo y nos ayudan a prever su comportamiento”. Posteriormente, el término “paradigma” fue reformulado por el físico Samuel Thomas Khun, filósofo e historiador de la ciencia estadounidense para, en su influyente libro “La estructura de las revoluciones científicas”, referirse a toda una serie de conceptos, teorías y bases científicas, problemas y soluciones que dominan el pensamiento de una sociedad científica durante un periodo de tiempo.
De este modo, una vez establecido un paradigma de trabajo que da por seguro o válido para trabajar unas concepciones determinadas, los científicos siguen investigando y trabajando hasta que aparece una nueva concepción que les obliga a replantearse todos sus conceptos y hacer una nueva descripción del mundo. Un ejemplo muy claro de paradigma científico es la teoría geocéntrica de Ptolomeo, una de las más importantes de la astronomía antigua. Fue propuesta por el astrónomo griego Claudio Ptolomeo en el siglo II d.C. y sostiene que la Tierra está en el centro del universo y que los planetas, el Sol y la Luna giran alrededor de ella. Como bien sabemos, esta teoría se convirtió en la explicación dominante del universo durante más de mil años y tuvo una gran influencia en la ciencia y la filosofía de la Edad Media. Aunque hoy en día sabemos que la teoría geocéntrica es incorrecta, sigue siendo un ejemplo nítido de cómo la gente del pasado intentó comprender el mundo que les rodeaba.
Pero, ¡ojo! Porque, aunque el físico Thomas Khun centró el concepto de paradigma al pensamiento de una sociedad científica durante un periodo de tiempo, debemos ampliarlo hacia cualquier aspecto relacionado con el modo en que vemos el mundo, como percepción, comprensión o interpretación.

Existen paradigmas colectivos y paradigmas individuales. Los paradigmas colectivos son un sistema de creencias inconscientes de una sociedad. Los paradigmas individuales (más conocidos como creencias o prejuicios) son estructuras de pensamiento, elaboradas y arraigadas a lo largo de nuestra vida, generadas por nuestras experiencias y determinantes de nuestros valores.
Un paradigma no es una teoría. Una teoría es una idea que pretende explicar el funcionamiento de algo, como por ejemplo la teoría de la evolución de Darwin o de la relatividad de Einstein. Tiene que ser comprobada, demostrada, rebatida, apoyada o desafiada a través de los experimentos y la reflexión. Por el contrario, un paradigma es un conjunto de suposiciones implícitas que no tienen que ser confirmadas. De hecho, son esencialmente inconscientes.
Bien. ¿Y cómo se forma un paradigma? El siguiente experimento científico con monos nos los explica.

Un grupo de científicos colocó cinco monos en una jaula. En el centro de la misma, instalaron una escalera y, sobre ella, un montón de plátanos. Cuando un mono subía la escalera para coger los plátanos, los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los que quedaban en el suelo. Después de algún tiempo, cuando un mono iba a subir la escalera, los otros no paraban de golpearlo. Así hasta ya ninguno subía a la escalera, a pesar de la tentación de los plátanos.
Los científicos le dieron una vuelta de tuerca al experimento: sustituyeron uno de los monos y observaron su reacción y la de sus compañeros. Lo primero que hizo este nuevo mono fue subir a la escalera, siendo rápidamente bajado por los otros monos y dándole una tremenda paliza. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo ya no subió más la escalera. Nunca supo por qué le pegaban sus compañeros. Un segundo mono fue sustituido y ocurrió lo mismo. Curiosamente, el primer sustituto participó con entusiasmo de la paliza del novato. Un tercero fue cambiado, y se repitió el hecho. El cuarto, y finalmente el último de los veteranos fue sustituido. Los científicos observaron entonces a un nuevo grupo de cinco monos que, aunque nunca recibieron un baño de agua fría, continuaban golpeando a aquél que intentase llegar a las bananas.

Pues bien, si fuese posible preguntar a alguno de estos monos por qué pegaban a quien intentase subir la escalera, la respuesta probablemente sería: ¡No lo sé, las cosas siempre se han hecho así, aquí! Esto es un paradigma: un pensamiento inconsciente que no requiere de confirmación.
Para explicar y poder entender el concepto de paradigma, podemos recurrir también a la física cuántica. Para entender el Universo —explicó el ingeniero serbio, Nicola Tesla— debemos hacerlo en términos de energía, frecuencia y vibración. Puesto que el hombre es un pequeño universo, conformado a base de energía, frecuencia y vibración, se podría decir que un paradigma es energía colapsada (partícula, en terminología cuántica) albergada en nuestro inconsciente personal o colectivo.

Al preguntar a alguien, ¿Quién escribió El Quijote?, su respuesta automatizada sería con total seguridad: Cervantes. Y, también, con total seguridad, a la pregunta de, ¿Está seguro?, respondería afirmativamente, sin dudarlo: Sí. Si le diéramos una nueva vuelta a la tuerca con la pregunta, ¿Por qué cree que Cervantes escribió El Quijote?, la respuesta de nuestro interlocutor sería, una vez más, previsible: ¡Pues no lo sé, nadie, que yo sepa, ha cuestionado nunca, hasta ahora, la autoría de Cervantes del Quijote!
Las respuestas anteriores sobre la autoría de Cervantes del Quijote son un buen ejemplo de lo que es un paradigma: un conjunto de suposiciones implícitas que no tienen que ser confirmadas.

A partir de aquí, si un “abogado del diablo”, “advocatus diaboli” o “procurador de la justicia” propusiera abrir el melón de la autoría del Quijote al mismo interlocutor del ejemplo anterior, creo que “el pleito” transitaría más o menos por los derroteros que a continuación describo. Evidentemente, tendremos que dar por hecho que el susodicho se pondrá en guardia desde el mismo instante en que es interpelado, de acuerdo con el conocido principio psicológico relacionado con nuestros mecanismos inconscientes de defensa. Veamos.
—Abogado del diablo: ¿Sabe si alguien ha cuestionado alguna vez la autoría del Quijote?
—Interlocutor: No.
—Abogado del diablo: ¿Sabe si los ingleses han cuestionado la autoría de las obras atribuidas a Shakespeare?
—Interlocutor: No. No lo sé. ¿Lo sabe usted?
—Abogado del diablo: Sí, en el ámbito literario británico han surgido dudas sobre la autoría de las obras atribuidas a William Shakespeare. Puedo asegurarle, sabe usted, que muchos se han preguntado si realmente todas las obras proceden de su pluma.
—Interlocutor: ¡Madre mía! ¡Qué sorpresa! Y, sabría decirme, ¿Cuándo empezaron los ingleses a cuestionar la autoría de Shakespeare?
—Abogado del diablo: Tras su muerte, en 1616.Algunos académicos comenzaron a sospechar que tras su nombre había otro autor.
—Interlocutor: ¿Otro autor? ¿Cuál?
—Abogado del diablo: Para ser precisos, se habla de tres autores: Sir Francis Bacon, Edward de Vere y Christopher Marlowe.
—Interlocutor: ¿Pero existen evidencias que lo demuestren?
—Abogado del diablo:¡Claro que las hay! Se sabe que muchas obras y poemas se publicaron bajo el nombre de Shakespeare, así como que la compañía teatral que representaba sus piezas incluía a un actor con el mismo nombre.
—Interlocutor: Vamos, viene a decirme que Shakespeare era la máscara de otro autor.
—Abogado del diablo: Me temo que sí, mi querido amigo. Así que, ¿Por qué los españoles sois tan reacios a abrirse a la posibilidad de que Cervantes, —coetáneo, por cierto, de Shakespeare— no fuera el verdadero autor del Quijote?
—Interlocutor: Bueno, es que —que yo sepa—, nadie, hasta ahora, ha cuestionado la autoría del Quijote.
—Abogado del diablo: ¿Y si le dijera que la autoría de Cervantes del Quijote sí ha sido cuestionada? ¿Estaría interesado en conocer quiénes lo han hecho?
—Interlocutor: Sí, claro.
—Abogado del diablo: Mire, el profesor y escritor austriaco, Alfred von Weber Ebenhoff publicó un libro en 1917, en el que daba ciertas claves acerca de la verdadera historia de El Quijote. Según von Weber, el autor de esta obra fue Francis Bacon, hombre de la corte inglesa en tiempos de Shakespeare, reconocido alquimista y escritor.

—Interlocutor. Sorprendente. ¿Y sabría decirme en qué basa su tesis?
—Abogado del diablo: Von Weber, basándose en los diferentes métodos aplicados para las obras de Shakespeare, descubrió una prueba material desconcertante durante el curso de sus investigaciones relacionadas con las obras de Cervantes.
—Interlocutor: ¿Cuál?
—Abogado del diablo: La primera traducción inglesa de Thomas Shelton presentaba correcciones a mano de Francis Bacon.
—Interlocutor: ¿Pretende decirme que, quizás, esa versión inglesa era en realidad el original de la novela que, posteriormente, Cervantes mandó publicar en español?
—Abogado del diablo: Podría ser. La tesis de la autoría inglesa no sólo ha sido defendida por el austriaco Von Weber; también la ha defendido la escritora holandesa, Jettie van den Boom, con su l libro “The deciphering of the Don Quixote & the unmasking of Avellaneda” (“El desciframiento de Don Quijote y el desenmascaramiento de Avellaneda”) o Francis Carr (¿“Who Wrote Don Quixote?” y Mather Walker (“Don Quijote and the Novel of Chivalry”).

—Interlocutor: Ya veo, los anglosajones siempre barriendo hacia adentro.
—Abogado del diablo: Están en su derecho, ¿No cree? Los ingleses siempre han gozado de una excelente autoestima nacional; sin embargo, ustedes, los españoles, a pesar de las muchas glorias alcanzadas a lo largo de los siglos en todos los ámbitos, siempre se muestran temerosos a la hora de tener que exhibir un más que justificado orgullo nacional.
—Interlocutor: Bueno, nos sentimos todos muy orgullosos de que Cervantes escribiera “El Quijote”, una de las grandes obras de la literatura española y universal. También que nuestro Premio Nobel de Medicina, Santiago Ramón y Cajal, sea considerado el padre de la Neurociencia moderna.
—Abogado del diablo: Mire, aunque le parezca increíble, el interés nacional por “El Quijote” surgió no hace tanto, en un momento histórico de gran depresión nacional. La llamada “Generación del 98” (Baroja, Azorín, Maeztu, Unamuno, Valle-Inclán, Menéndez-Pidal, Ganivet, Concha Espina…), profundamente afectados por la crisis moral, política y social desencadenada en España por la pérdida de los últimos territorios de ultramar, vieron en esta obra una fuente de inspiración para alumbrar un nuevo espíritu en España. Y de Ramón y Cajal, ni le cuento. ¿Sabía usted que tuvo que costearse de su propio bolsillo los gastos para poder asistir al Congreso de la Sociedad Anatómica Alemana donde se citaban los mejores científicos, para poder demostrar su teoría neuronal?

—Interlocutor: Le reconozco que no conocía estos detalles. Lo de Cajal me resulta muy fuerte.
—Abogado del diablo: Muy fuerte también es lo de Cervantes. ¿Sabía usted que, en 1615, el censor (la persona que daba la aprobación final de los libros en nombre del Rey), relató que, habiendo conducido hasta Cervantes a un grupo de franceses en compañía de su embajador y preguntado por su edad y profesión, se vio obligado a decirles que era viejo, soldado, hidalgo y pobre? ¿Y que uno respondió: pues a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público?
—Interlocutor: Pues esto tampoco lo sabía y me parece muy fuerte también; y lo que es aún peor: llegados a este punto, me encuentro hecho un lío en lo que respecta a la autoría del Quijote. Dígame, por favor, Sr. Abogado del diablo: ¿Escribió o no escribió Cervantes El Quijote? Esta es la cuestión.

—Abogado del diablo: Verá. Sobre la obra del Quijote se ha escrito hasta la saciedad a partir del interés que mostraron nuestros hombres y mujeres de la llamada “Generación del 98”. Ramón y Cajal, por ejemplo, leyó el 9 de mayo de 1905 su ensayo “Psicología de Don Quijote y el quijotismo”, encargado por el Colegio de Médicos de San Carlos con motivo del III Centenario de la publicación de esta obra; un ensayo que sería publicado póstumamente en el libro “La psicología de los artistas”. Por su parte, Miguel de Unamuno, escribió “Vida de don Quijote y Sancho”; otro ensayo también donde realiza un extenso comentario, capítulo por capítulo, sobre la obra cervantina. Por cierto, Borges se inspiró en este ensayo para escribir su famoso cuento, “Pierre Menar, autor del Quijote”. En fin, como le he dicho, a partir de este interés han venido aflorando innumerables estudios en torno a la obra Cervantina. Es que, sabe usted, El Quijote es una obra muy rica y polifacética que ha inspirado a numerosos críticos y escritores a lo largo de todo este tiempo.

—Interlocutor: Sí, claro, pero, por lo que veo, nadie en España ha cuestionado hasta ahora la autoría de Cervantes.
—Abogado del diablo: ¿Está usted seguro? ¿Ha oído hablar de Américo Castro?
—Interlocutor: Sí, claro. Me suena que fue un destacado hispanista y filólogo, discípulo del gran filólogo e historiador Ramón Menéndez Pidal, miembro destacado también de la “Generación del 98”. Pero, que yo sepa, Américo Castro no cuestionó nunca la autoría de Cervantes.
—Abogado del diablo: Sí, esto es verdad, pero….
—Interlocutor: ¿Pero? ¿Qué trata de decirme? ¿Que Américo Castro sí cuestionó la autoría de Cervantes?
—Abogado del diablo: No exactamente, pero, fruto de sus sesudas investigaciones, nos dejó en el aire algunos aspectos que dan pie a pensar que, quizás, no fuera el autor del Quijote. Me explico. Castro, realizó un profundo análisis sobre “Don Quijote de la Mancha”, desde diversas perspectivas que compendió en tres libros claves: “El pensamiento de Cervantes” (1925); “Hacia Cervantes” (1957); y “Cervantes y los casticismos españoles” (1966).

—Interlocutor: ¿Y a qué conclusión llegó?
—Abogado del diablo: Me alegro que me haga esta pregunta, ja, ja, ja.
—Interlocutor: Mi pregunta es obligada y pertinente; lo que no entiendo es, ¿por qué se ríe usted ahora?
—Abogado del diablo: Verá, buen hombre, ¿Es que no sabe usted que la curiosidad mató al gato? ¿Es que no se ha dado cuenta de que se ha metido usted mismo en la boca del lobo? ¿Es que no se ha dado cuenta que con su pregunta me ha dado pié para darle el rejonazo hasta el fondo?
—Interlocutor: ¿Es que, por fin, va a desvelarme el gran enigma de la auténtica autoría del Quijote? Pues si esta es su intención, hágalo ya, sin dilaciones, que me tiene en ascuas. Que en estos tiempos que corren de prisas y rápidos titulares no está uno para jugar al ratón y al gato. Así que, hágame el favor, dígalo o calle para siempre.
—Abogado del diablo. No se impaciente, buen hombre, que todo día tiene su afán. ¡Tranquilícese! Como le he comentado anteriormente, Castro no dijo que Cervantes no fuera el autor del Quijote, pero, ciertamente, sentó las bases para la duda.
Desde su perspectiva, “El Quijote” tiene una dimensión religiosa y teológica, influenciada por el pensamiento erasmista; también que el autor de esta obra la elaboró como una expresión de los valores del grupo de conversos o marranos españoles, reflejando una respuesta a la angustia de su situación social; que estamos ante un prototipo de escritor consciente de la España del Siglo de Oro, de un humanista imbuido de europeísmo y de las ideas de Erasmo; de un consumado renacentista, en medio de la Contrarreforma y del Barroco.

Así que, ¿Reúne, a su juicio, estas características, Cervantes? Esta es la cuestión.
—Interlocutor: Hombre, yo creo que sí. Cervantes era, al parecer, un judío converso. Estudió con el humanista y erasmista, López de Hoyos en Madrid, estuvo en Italia y viajó mucho. ¡Blanco y en botella! Cervantes se corresponde con el retrato robot de la descripción que hizo Américo Castro del autor del Quijote.
—Abogado del diablo: ¿Usted cree? ¿Está seguro de que Cervantes fue un judío converso? Que yo sepa, nadie hasta la fecha ha podido demostrar que lo fuera. Sólo existen puras elucubraciones. ¿Sabe cuánto tiempo estuvo estudiando en Madrid con López de Hoyos? No lo sabemos con exactitud; ya le digo yo que por muy poco tiempo. Es verdad que estuvo en Italia y que algunos autores señalan que este viaje a Italia influyó profundamente en la vida y obra de Cervantes; que este viaje enriqueció su perspectiva literaria, sumergiéndose en un mundo nuevo, lleno de resonancias poéticas y culturales, pero… las circunstancias en que emprendió este viaje siguen siendo un misterio.
—Interlocutor: ¿Un misterio? ¿Qué misterio?
—Abogado del diablo: Verá. Todo apunta a que tuvo que huir de la justicia.
—Interlocutor: ¿De la justicia? ¿Pero, qué hizo?
—Abogado del diablo: Me temo que algo muy serio. A finales del siglo XIX se descubrió una “Real Provisión” que ordenaba la prisión de Cervantes. Fue firmada por el alguacil, Juan de Medina en Madrid y acusaba a Cervantes de haber herido en un duelo a Antonio Sigura, un “andante en corte” (maestro de obras). Claro que algunos cervantistas consideran que podría referirse a otro joven llamado “Miguel de Cervantes”.

—Interlocutor: ¡Uff! No sé qué pensar. Yo, en este caso, me inclino a que fue el Cervantes de la Galatea, las Novelas Ejemplares, El Licenciado Vidriera y El Quijote.
—Abogado del diablo: Y yo también, si nos atenemos a sus movimientos posteriores.
—Interlocutor: Bueno, ¿y en qué quedó esta imputación? ¿Qué hizo después?
—Abogado del diablo: Pues en una sentencia que dictaminó que Cervantes debía ser condenado a la amputación de su mano derecha y al destierro de los reinos durante diez años.
—Interlocutor. ¡Vaya! Una sentencia serverísima que, entiendo, no cumplió.
—Abogado del diablo: Sí, todo apunta a que no se hizo efectiva nunca. Lo que se sabe es que en 1568, con 21 años, Cervantes abandonó Madrid y se dirigió a Andalucía, pasando por Sevilla y luego viajando a Valencia y Barcelona. En diciembre del año siguiente se hallaba en Italia, bajo la protección del cardenal Giulio Acquaviva —que probablemente conoció en Madrid— donde ya no estaba bajo la jurisdicción del emperador Felipe II. Al parecer, después le siguió por Palermo, Milán, Florencia, Venecia, Parma y Ferrara. Tras dejar este servicio, ocuparía la plaza de soldado en la compañía del capitán Diego de Urbina; y, el 7 de octubre de 1571, con 24 años, participó en la famosa batalla de Lepanto, que, según él, fue «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros».
Y, dígame, ahora: ¿Usted cree que con este trasiego pudo Cervantes imbuirse del espíritu del Renacimiento italiano, tan presente en la obra del Quijote? ¿Tuvo tiempo para intercambiar ideas con los artistas y literatos de la época? ¿Y para visitar y consultar las obras clásicas greco-romanas, también tan presentes en El Quijote?

—Interlocutor: Sinceramente, me parece poco probable.
—Abogado del diablo: ¡Equilicuá! ¿Sabe cómo calificó Américo Castro a Cervantes, tras sus profundas investigaciones sobre su vida y obra?
—Interlocutor: No lo sé. ¿Cómo?
—Abogado del diablo: De “Ingenio lego”. ¿Sabe lo que significa?
—Interlocutor: No. No lo sé. Dígamelo usted.
—Abogado del diablo: Verá. La calificación de “ingenio lego” dirigida a Cervantes en realidad procede del bibliógrafo y erudito español, Tomás Tamayo de Vargas, quien así lo llamó en su obra “Junta de libros, la mayor que ha visto España hasta el año 1624”. Evidentemente, la expresión ha dado lugar a muchos dimes y diretes, interpretaciones y debates. Unos consideran que “Ingenio lego” es una expresión latina que podemos traducir como “Leo con ingenio”, es decir, que la persona en cuestión es un gran lector que utiliza su gran inteligencia y astucia para leer; otros, sin embargo, entienden que se refiere a una persona falta de instrucción, inculta y que ha leído poco. Cervantes, según esta versión, sería algo así como un hombre poco instruido, que ha leído poco y que el resultado de su gran obra se debió a cierta inspiración divina, más que al propio esfuerzo intelectual y capacidad literaria.
—Interlocutor: Vamos, me viene usted a decir que Cervantes concibió “El Quijote” por medio de “ciencia infusa”.
—Abogado del diablo: No, exactamente. Lo que le estoy planteando es si usted considera que Cervantes, con su vida andariega y repleta de aventuras y desventuras, sin tiempo para el análisis y la reflexión fue capaz de sentarse tranquilamente a escribir la obra más importante de la literatura española y universal. En “El Quijote” está escrito que “El que lee mucho y anda mucho ve mucho y sabe mucho”. Ciertamente, Cervantes anduvo mucho, pero, ¿Leyó mucho? Esta es la cuestión.

—Interlocutor: Me imagino que sí, que también leyó mucho.
—Abogado del diablo: Sabría decirme, ¿Cuándo? y ¿Dónde?
—Interlocutor: No, no tengo respuesta para esta pregunta, pero no deberíamos perder la perspectiva de que Cervantes fue, como todo ser humano, hijo de su tiempo: el Siglo de Oro.
—Abogado del diablo: Bien, suponiendo que Cervantes fuera una mente privilegiada capaz de absorber completamente el espíritu de esta época dorada o gloriosa, repleta de creatividad, innovación y florecimiento de las artes y las letras, me podría decir usted, ¿Cómo pudo reflejar en frases y relatos inmortales las circunstancias más variopintas de la existencia humana? ¿Y describir toda la realidad del ser humano, desde la crítica literaria, las costumbres populares o cultas, la historia, la moral, la religión, los sentimientos y pasiones, hasta los más mínimos detalles de la existencia cotidiana? ¿Estaba preparado, en fin, Cervantes para diseñar esta catedral literaria, que requiere de grandes conocimientos y de la máxima reflexión?
—Interlocutor: Usted mismo acaba de caer en su propia trampa. Precisamente, porque era un genio, que supo absorber completamente el espíritu glorioso del Siglo de Oro.

—Abogado del diablo: Genio y figura hasta la sepultura, ja, ja, ja. Por cierto, una nueva pregunta ingenua: ¿El genio nace o se hace?
—Interlocutor: Digo yo que será lo uno y lo otro. Habrá genios que nacen y otros que se hacen.
—Abogado del diablo: Ya, sin embargo, don Santiago Ramón y Cajal, Padre de la Neurociencia moderna, Premio Nobel de Medicina, gran figura de la ciencia universal a la altura de Newton, Darwin, Einstein o Pasteur, afirmó con rotundidad que su vida no fue la de un genio, sino la de un trabajador incansable dispuesto alcanzar su más elevado propósito: Demostrar con gran precisión la estructura del sistema nervioso humano y la existencia de las neuronas; una innovadora teoría que sentó las bases para la neurobiología moderna.

Mire, el propio Cajal sintetizó lo que fue su vida de este modo sublime: «Es la vulgarísima historia de una voluntad indomable resuelta a triunfar».
—Interlocutor: Ahí lo tiene, una voluntad indomable resuelta a triunfar, como probablemente la fue la de Miguel de Cervantes.
—Abogado del diablo: Creo que no me ha entendido bien. Cajal nunca se vio a sí mismo como un genio ni como alguien especial, sino un ser humano normal que desarrolló una voluntad indomable. De ahí que subrayara el error que suelen cometer muchos biógrafos al atribuir los grandes logros y conquistas de ilustres sabios al genio antes que al trabajo. Exactamente dejó escrito: «A la voluntad, más que a la inteligencia se enderezan nuestros consejos, porque tenemos la convicción de que aquélla es tan educable como ésta, y creemos además que toda obra grande, en arte como en ciencia, es el resultado de una gran pasión puesta al servicio de una gran idea».

—Interlocutor: Visto así, creo que habría que aceptar que el genio no nace, sino que se hace.
—Abogado del diablo: ¡Correcto! Entonces, ¿Sigue usted, aún aferrado, después de lo que le acabo de exponer, a la creencia, prejuicio o paradigma por virtud de la cual Cervantes fue el autor de El Quijote?
¿Sigue creyendo que un hombre andariego y aventurero desde temprana edad, sin tiempo para el reposo y la reflexión, así como para el cotejo de libros en las bibliotecas, pudo escribir la obra cumbre de la literatura española?
¿Sigue defendiendo que un hombre con escasa formación superior, perseguido por la justicia, soldado como profesión principal, cautivo en Argel durante cinco años y, con al menos cuatro intentos de fuga, tuvo tiempo para elaborar una de las obras más sabias de la literatura universal?
¿Sigue empeñado en sostener que un hombre encarcelado en la Cárcel Real de Sevilla en 1597, tras la quiebra del banco donde depositaba la recaudación y sospechas de haberse apropiado de dinero público e irregularidades en las cuentas, pudo escribir la frase inmortal, «La pluma es lengua del alma; ¿Cuáles fueren los conceptos que en ella se engendraron, tales serán sus escritos, una sentencia de gran profundidad filosófica y espiritual?».

¿Sigue pensando que Cervantes, el padre de una hija ilegítima —Isabel de Saavedra— fruto de una relación amorosa con una tabernera llamada Ana de Villafranca, antes de contraer matrimonio con Catalina de Salazar y Palacios, natural de Esquivias (Toledo), puede concebir “un hijo del entendimiento” tan excelso, sin el sosiego, lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes y, sobre todo, la quietud del espíritu que hacen que las musas más estériles se muestren fecundas?
¿Sigue en la erre que erre de que un hombre sin respiro vital alguno, a real y media manta desde el punto de vista económico, viéndose forzado a realizar trabajos extras como el del servicio de espionaje que, al parecer, llevó a cabo durante una misión imperial especial en Orán, es capaz de escribir una obra sublime, una joya preciosa, un diamante de innumerables aristas, descriptivas de todas las facetas de la vida humana?
¿Sabe usted que Cervantes presentó una petición el 17 de febrero de 1582 al Consejo de Indias para obtener un empleo en América y que su solicitud fue denegada por “no haber vacante para él”?
¿Sabe usted que el 21 de mayo de 1590, es decir, ocho años más tarde, Cervantes formuló una nueva solicitud en la que enumeraba todos los méritos que él creía contraídos, solicitando la merced de Felipe II para cualquiera de los puestos vacantes?
¿Sabe usted que se ha especulado con la posibilidad de que alguien pudo facilitarle o tenerle al corriente de los puestos vacantes en ultramar y que, quizás, pudo falsear sus méritos?
¿Sabe usted que Cervantes recibió del Consejo de Indias como respuesta a su petición un escueto: “Busque usted por acá en que se le haga merced?
En fin, ¿Puede usted asegurarme que el autor de “El Quijote”, la obra de ficción más sublime y fuerte —según el escritor ruso Dostoievski—, la que representa hasta ahora la suprema y más alta expresión del pensamiento humano, la más amarga ironía que pueda formular el hombre, fue escrita por Cervantes?
—Interlocutor: De acuerdo, de acuerdo, Sr. “Abogado del diablo”, “Advocatus diaboli” o, si lo prefiere, “Procurador de la justicia”, ya sé que usted desea que le diga que Cervantes no fue el autor del Quijote, pero entonces, ¿Quién carajos escribió El Quijote?

—Abogado del diablo: Excelente pregunta, mi querido Watson. Se la respondo con sumo placer, sin demoras y acompañado de redobles de tambores. Ponga atención.
El autor de El Quijote fue alguien de origen judío repleto de «emuná», es decir, de plena fe, confianza y firmeza en Dios; que no tuvo inconveniente en ofrecer información sobre su vida, familia y amigos; que vivió en la convulsa época del siglo XVI, de terribles e interminables guerras; que sufrió en carnes propias la peste del racismo y la intransigencia, causantes de las muertes de sus padres; que pudo leer y asimilar en menos de 50 años innumerables libros en griego, latín, hebreo y otras lenguas; siempre con la amenazante espada de la Inquisición, cual espada de Damocles, sobre él y sobre su familia; que a pesar de las muchas adversidades que tuvo que afrontar, vivió “sine querela”, es decir, sin queja, su lema de vida; que tuvo que acostumbrarse a escribir en clave ya que “eran unos tiempos difíciles en los que no se podía ni hablar ni callar sin riesgo”; que está considerado el pensador español más universal, más importante y más influyente a partir de la edad moderna; que cursó estudios universitarios; que completó su formación universitaria en la prestigiosa universidad de París, donde se formaban los mejores estudiantes de toda Europa; que los lugares donde residió fueron el centro de la actividad política, cultural y religiosa de la época; que formó parte del círculo privado de los personajes más poderosos del momento como Carlos V, Enrique VIII o el papa Adriano VI; y, finalmente, que gozó de la amistad de intelectuales de la talla de Erasmo, Moro y Budé, un holandés, un inglés y un francés.

¿Sabe ya a quién me estoy refiriendo?
—Interlocutor. No estoy seguro. ¿Podría darme alguna otra pista?
—Abogado del diablo. Sí, cómo no. Nació en Valencia en 1493 y murió en Brujas (Bélgica) en 1540. Empezó a publicar sus obras con 21 años, algunas con gran éxito, siendo traducidas al inglés, francés, español, alemán, holandés, italiano, húngaro, polaco y ruso. Algún autor ha contabilizado más de 750 obras, de las que 40 corresponden a España. Las más renombradas son “De disciplinis” y “De anima et vita”. Su nombre es….
—Interlocutor: ¿Juan Luis Vives?
—Abogado del diablo: Sí, mi querido amigo. Juan Luis Vives. Juan Luis Vives, el autor del Lazarillo de Tormes y El Quijote.

—Interlocutor: ¿También del Lazarillo? ¿Pero esta obra no era anónima? ¿Y cómo es que este gran hombre y pensador lo tenemos tan en el olvido? ¿Cómo nos suena tan poco? ¿Cómo es que, hasta ahora, ningún investigador de reconocido prestigio ha reclamado la autoría de Juan Luis Vives, tanto del Lazarillo de Tormes como del Quijote?
—Abogado del diablo: Verá, amigo. En España tenemos a un ilustre investigador literario que sí lo ha hecho: El Catedrático de Filología Clásica en la UNED, Francisco Calero Calero. El profesor Francisco Calero ha realizado investigaciones y publicaciones sobre diversos temas, especialmente relacionados con Juan Luis Vives y la literatura clásica.
El profesor Calero, autor del libro “El verdadero autor de los quijotes de Cervantes y Avellaneda”, basándose en rigurosos estudios concluye que, tanto la primera y la segunda parte, así como el de Avellaneda, fueron escritos por el mismo autor; un autor que no es precisamente Cervantes, sino Juan Luis Vives.
Esta tesis la lanzó por primera vez en el año 2012, a través de un artículo de una revista de pedagogía que lleva por título “Las disciplinas universitarias en El Quijote o de toda imposibilidad, imposible”.
Interlocutor: Conforme, pero, si sus investigaciones son tan rigurosas y concluyentes a favor de la autoría del Quijote de Juan Luis Vives, ¿Por qué no ha sido secundada su tesis por la comunidad literaria?
Abogado del diablo: Por la misma razón de que ningún ratón se atreve a “ponerle el cascabel al gato”. Romper los paradigmas imperantes requieren de mucha voluntad y audacia; de luchar contra la marea. Esto no es tarea fácil, y más en los tiempos que corren. Aún así, poco a poco, otros investigadores y estudiosos de reconocido prestigio como el doctor en Filología Románica e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Francisco Aguilar Piñán, van secundando su tesis.
—Interlocutor: Bueno, algo es algo. Como dicen los orientales, “cualquier camino se empieza con un primer paso”. A mi me gustaría que si existen tantas evidencias sobre la autoría de Vives, que toda la maquinaria académica se pusiera manos a la obra para situarlo en el lugar que le corresponde, en honor a sus méritos: En el Olimpo de los mejores pensadores y literatos de la Historia.
—Abogado del diablo. Sí, así tendría que ser, pero ya ve, mi querido amigo, debemos seguir aceptando con resignación cristiana el aserto bíblico de que “Los designios de Dios son inescrutables”. Pero no se preocupe, buen hombre, puede estar usted bien seguro de que el dios en el que él siempre confió lo tiene ya en su gloria. La gloria eterna en la que él siempre depositó todas sus esperanzas. Y es que Vives, como Antonio Machado, nunca persiguió la gloria terrenal. Vives era una persona extraordinariamente generosa, que huía del honor y la fama. Su propósito de vida fue, por encima de todo, el bien público y la felicidad. Mire, en una carta a su maestro, Erasmo de Rotterdam, le escribe con toda valentía y claridad, lo siguiente:

—Interlocutor: ¡Uff! Creo que estas profundas palabras me han llegado muy hondo; tan hondo que no voy a poder evitar que broten de mis ojos algunas lágrimas de consuelo y felicidad. ¿Podría darme más detalles de la vida y obra de este gran hombre?
—Abogado del diablo: Lo haría encantado si no fuera porque el deber me llama. Es que sabe usted, como buen abogado del diablo que soy, debo acudir sin demoras a otras requisitorias, que haberlas en el mundo, haylas, sabe usted; y todas ellas de muchas formas y colores. Pero, no se preocupe, buen hombre, que ya tendremos otra ocasión para hablar largo y tendido de Juan Luis Vives, el pensador más universal, más importante y más influyente de España.
El pensador que creía firmemente que el verdadero triunfo del hombre reside en pensar rectamente y obrar consecuentemente; el pensador que creía que el sublime arte de pensar se adquiere por la aplicación persistente, pues no hay otro camino para penetrar en los arcanos del pensamiento; el pensador que escribió en su obra “Introducción a la sabiduría”, la siguiente perla de sabiduría que habría que enmarcar con letras de oro:


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