¿CUÁNDO SE ESCRIBIÓ EL QUIJOTE?
Frente al portal de la calle Atocha, nº87, de Madrid, cierro suavemente los ojos y respiro varias veces lentamente tratando de serenar mi mente. Luego, imagino cómo al atravesar el umbral de esta vivienda un olor penetrante a tinta y papel húmedo inunda mi sentido olfativo. A continuación, centrando mi atención en el auditivo, percibo un murmullo de voces, el crujir de la madera y un repiqueteo metálico.
Llevando un poco más lejos mi imaginación, contemplo, a través de mi sentido visual, un grupo pequeño grupo de hombres, con manos ennegrecidas, trabajando animadamente. Sobre unas cajas de madera guardan cientos de letras de plomo. Una a una, pacientemente, las van encajando en un marco de hierro: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…». No leen, simplemente componen.
En una esquina, un oficial prepara la prensa de madera. Sobre la plancha entintada coloca una hoja de papel humedecido y, con un fuerte tirón de palanca, imprime la página. Luego otra, y otra más. El ritmo es lento, pero constante.
Los pliegos se van apilando, aún húmedos, con olor a tinta fresca. No hay encuadernación: los compradores recibirán el libro en pliegos sueltos y, según su riqueza, lo vestirán con tapas de cuero sobrio o lujosos dorados.

El maestro impresor, Juan de la Cuesta, realiza activamente las labores de supervisión, vigilando todo con gesto severo. Sabe que los mercaderes de libros no esperan, que el negocio apremia. Corrige una prueba manchada, levanta la voz contra un aprendiz torpe, ordena más papel, más tinta, más cuidado. El licenciado librero-editor, Francisco de Robles, sentado en su mesa algo inquieto revisa los papeles de todo el largo proceso administrativo que le ha permitido imprimir aquel libro:
- 20 de julio de 1604: Solicitud para imprimir.
- 26 de septiembre de 1604: Juan de Amezqueta, por mandato del Rey Felipe III, firma en Valladolid la autorización del Privilegio Real para que el libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, tuviera licencia y facultad para la impresión.
- 1 de diciembre de 1604: El licenciado Francisco Murcia de la Llana firma el testimonio de las erratas en el Colegio de la Madre de Dios de los Teólogos de la Universidad de Alcalá, dando fe que “Este libro no tiene cosa digna que no corresponda a su original”.
- 20 de diciembre de 1604: Juan Gallo de Andrada, escribano de la Cámara del Rey, certifica y da fe que sus miembros tasaron la obra El ingenioso hidalgo de la Mancha, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, a razón de tres maravedís y medio por pliego, lo que equivale a doscientos noventa maravedís y medio, dado que la primera parte de esta obra contenía ochenta y tres pliegos.
El ambiente contiene un aire denso, mezcla de humo de lámparas, olor de aceite y la tinta negra que impregna hasta las uñas de los oficiales. El espacio es bajo, con vigas de madera que crujen y paredes desnudas, rezumando humedad. En el centro, como bestias domadas, se alzan las prensas de madera. Sus brazos suben y bajan con un chasquido seco y constante, marcando el ritmo del lugar. Pero, nadie es capaz de intuir que, en este taller modesto, casi anónimo, está naciendo un libro que
«… ha de andar por todas las naciones, lenguas y gentes del mundo…».
El Quijote
Al salir imaginariamente de aquel taller de impresión oscuro y húmedo, todavía con el olor de la tinta pegado en la ropa y el eco metálico de la prensa en los oídos, de pronto me golpea una claridad distinta y el ruido de otra época. La calle Atocha ya no es la vía polvorienta de carros y pregoneros del siglo XVII. Ahora se abre ante mí como una avenida amplia, asfaltada, surcada por coches que rugen, autobuses que resoplan, semáforos que ordenan el tránsito.
Las fachadas altas me miran con cristales relucientes y carteles luminosos. A un lado, cafeterías modernas rebosantes de turistas; al otro, escaparates exhiben móviles, modas, tecnología. El bullicio es de otra naturaleza que el del 1605: ya no es el de los herreros, vendedores y aguadores, sino el de un tráfico infernal.
Miro hacia arriba y, entre la modernidad, aún se asoman las torres antiguas, las iglesias que han resistido el paso del tiempo como testigos silenciosos. Y me parece escuchar, entre tanto ruido, la voz ronca del maestro Juan de la Cuesta dando órdenes a sus subordinados.

Autor: Fidel María Puebla
Me recorre una impresión extraña. Y es que, aquí, en esta misma calle, nació un libro universal que hoy muchos llevan en el bolsillo o en pantallas luminosas. Entonces, me viene a la imaginación que Miguel de Cervantes, quien suplicó y mandó dar licencia y facultad al Rey para poder imprimir el libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, por ser útil y provechoso, si pudiera caminar por esta calle Atocha de 2025, volvería a sonreír al ver que su loco caballero sigue cabalgando, ahora entre neones y semáforos.
Volviendo a la realidad, detengo instintivamente a una pareja que camina cogida del brazo, ella con una bolsa de la compra, él consultando su teléfono. Sonriéndole les lanzo instintivamente a bocajarro la gran pregunta:
—Disculpad… ¿Sabríais decirme cuándo se escribió El Quijote?
Ellos, muy sorprendidos, mirándose entre sí, trataron de consensuar la respuesta.
Ella, más decidida, frunciendo el ceño, me responde:
—Pues… ¿En el siglo XVII? —responde con cierta duda, como buscando confirmación en los ojos de su compañero.
Él asiente, algo más seguro:
—Sí, por Cervantes, claro. Publicado en 1605 la primera parte, ¿no? Lo leímos en el colegio… aunque confieso que no pasé de las primeras páginas.
Me parece que estas parejas tan amables creen que están respondiendo a un turista curioso. Entonces, les claro que vengo de Toledo, que soy un aficionado a la lectura del Quijote y que llevo algún tiempo investigando sobre su autoría.
A continuación, les pregunto:
—¿Sabéis que, justo en este sitio, comenzó a imprimirse El Quijote, la obra cumbre de la literatura española y joya de la literatura universal?
—Ah, ¿sí? —me responden sorprendidos al unísono.
—Sí, aquí, en la calle Atocha, 87, el editor Francisco De Robles contrató la impresión de la obra al impresor Juan de la Cuesta, en la calle Atocha 87, actual sede de la Sociedad Cervantina. Por cierto, les he preguntado por la fecha en que se comenzó a escribir El Quijote y vosotros me habéis respondido con la de publicación.
—¡Uf!… yo solo recuerdo que se publicó en 1605… pero, ¿Cuándo se empezó a escribir? Eso ya no lo sé —me responde la chica.
Él, por su parte, algo dubitativo, comenta:
—Tal vez a finales del siglo XVI… ¿1597, 1600? No sabría decirlo…
Su respuesta no me sorprende. En realidad, nadie hasta ahora ha fijado con precisión la fecha exacta de la escritura de la obra. Casi cinco siglos después, la fecha de publicación se ha grabado en la memoria colectiva, pero el origen íntimo de la obra, el momento en que su autor se sienta a imaginar las andanzas de don Quijote y Sancho y a escribirlas, permanece envuelto en un verdadero enigma.
—¿Lo sabe usted? —me preguntan al unísono.
— Bueno, digamos que tengo algunas ideas al respecto—les respondo. Y, con un “estoy en ello” les sonrío, les agradezco su tiempo, permitiéndoles que sigan su camino.
Yo también sigo mi camino en dirección hacia el parking donde dejé mi vehículo. La calle Atocha bulle con su tráfico incesante, mientras yo sigo envuelto en mis pensamientos tratando de descifrar uno de los mayores enigmas de la historia: la fecha en que fue concebido y escrito la obra más traducida en el mundo después de la Biblia.

Autor: Fidel María Puebla
Al llegar cerca del parking, me detengo un instante. De nuevo me asalta el pensamiento del dichoso enigma:
¿Cuándo comenzó realmente a escribirse El Quijote?
¿En qué año, en qué mesa humilde, bajo qué vela agotada, empezó su autor a trazar las primeras líneas?
Algunos eruditos han propuesto la fecha de 1597, cuando Cervantes estuvo preso en la cárcel de Sevilla, basándose en la enigmática expresión escrita en el prólogo de la obra de
«… en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento, y donde todo triste ruido hace su habitación».
El Quijote
Otros, sin embargo, lo retrasan a los primeros años del siglo XVII.
—Bueno— me consuelo. Quizás, esta incertidumbre sea parte del hechizo. Todo apunta a que la primera novela moderna fue llevada a la imprenta por un hombre matriculado en la escuela de la adversidad y de los golpes duros para que viera la luz.
Tras esta reflexión, entro al parking y, bajando lentamente peldaño a peldaño hacia las plantas subterráneas, siento el contraste entre aquella época gloriosa de las prensas de madera y la de hoy del hormigón armado; la del ruido de los carros de mulas y la del zumbido de motores de combustión. Pero —me digo— en ese tránsito de estos más de cuatrocientos años, algo permanece inmutable: el misterio de un libro intemporal, que nos sigue interpelando, aunque no sepamos con exactitud en qué día o en qué hora comenzó a ser soñado y escrito.
Al llegar a casa, todavía con los ecos resonando en mi memoria sobre la imprenta de Francisco de Robles, de la calle Atocha, 87 se me ocurre algo natural: escribir un correo a mi amigo, el profesor Krzysztof Sliwa, catedrático de la Universidad de Hampton (Virginia, EE. UU.), autor de la biografía “Vida de Miguel de Cervantes Saavedra”.

Autor: Fidel María Puebla
El profesor Sliwa, recurriendo a documentos originales del propio Cervantes y a una vasta colección de testimonios coetáneos y posteriores, ha compuesto una de las biografías más completas y documentadas sobre su vida. En sus páginas se encuentran reunidas las semblanzas del primer biógrafo, Gregorio Mayáns i Siscar (1738), los análisis de Luis Astrana Marín y las investigaciones de Jean Canavaggio y Donald McCrory, entre otros.
En el fondo —reflexiono para mí— con esta consulta lo que busco no es tanto una respuesta académica, sino más bien una guía, una señal en este sendero que a menudo se confunde entre lo que sabemos y lo que creemos saber de Cervantes.
El profesor Krzysztof Sliwa, polaco de origen, es, en muchos sentidos, un caballero español. Su currículum académico es de los que quita el hipo: catedrático en la Universidad de Hampton (Virginia, EE. UU.), erudito cervantino de talla internacional y autor de obras de referencia obligada. Pero más allá de los títulos y reconocimientos, se impone su porte elegante y la naturalidad con que se entrega a la conversación.
Quien se acerca a él descubre enseguida su rapidez en las respuestas, siempre ajustadas y pertinentes, y al mismo tiempo su entrañable accesibilidad. Es un académico que escucha, que nunca rehúye la duda sincera y que se muestra dispuesto a tender puentes en lugar de levantar trincheras. Empático y generoso, huye de la polarización y cultiva, con una paciencia poco común, el arte de encontrar puntos de encuentro.
Pensar en escribirle un correo no es, pues, un atrevimiento —me digo— sino casi una prolongación natural del afecto y la admiración que despierta su figura. En cierto modo, acudir a él es como tocar una puerta que siempre permanece entreabierta. Uno sabe que, al otro lado, habrá alguien dispuesto a escuchar con atención, a responder con generosidad y, sobre todo, a compartir conocimiento sin imponerlo.

Autor: Fidel María Puebla
La idea de dirigirme al profesor Sliwa me llena de un respeto profundo, pero también de confianza. Porque su obra sobre Cervantes no es sólo un ejercicio erudito, sino un testimonio de su sensibilidad para acercar la vida del escritor a nuestro presente. Siento que mi paso por la calle Atocha, 87 —ese lugar donde la palabra impresa empezó a transmutarse en eternidad— encuentra continuidad en la figura de este erudito, que con paciencia y ternura intelectual rescata la huella de Cervantes de entre papeles, archivos y memorias dispersas.
Escribirle —concluyo para mí— es como tender un puente entre mi emoción de lector y paseante, y el saber riguroso de un investigador que ha hecho de Cervantes no solo un objeto de estudio, sino un compañero de vida.
Buenos días, Cristóbal.
Mi próximo artículo sobre El Quijote versará sobre la fecha orientativa en que fue escrita esta obra. Como sabes, las fechas de publicación (1605 y 1615) están muy claras, no así las de su elaboración.
Por este motivo, me gustaría conocer tu parecer acerca de la posible fecha o fechas en que fue escrita.
Saludos. Fuerte abrazo. José Antonio.
Su respuesta a mi consulta, que expongo a continuación de manera sintetizada, fue rápida, clara y rotunda:
«Es muy difícil decir cuándo empezó a escribir Cervantes la Primera Parte del Quijote —me comenta. En verdad, nadie lo sabe, y todo son unas conjeturas indocumentadas».
Krzysztof Sliwa
Además, el profesor Sliwa me indica en su mensaje algunas pistas interesantes. La primera es que, dada la amplia sabiduría y erudición que contiene la obra, Cervantes debió de ser “un ratón de biblioteca”; la segunda, es que Cervantes debió de comenzar a escribir El Quijote mucho antes de lo que se suele pensar, quizá cuando conoció a su esposa Catalina, a la que considera una auténtica fuente de inspiración. También recuerda que El Quijote refleja con detalle la experiencia del cautiverio en Argel, lo que sugiere que esa vivencia estuvo muy presente desde el principio.
Descarta rotundamente que escribiera la obra en la cárcel de Castro del Río, en 1592, porque está demostrado que nunca estuvo allí preso. Más razonable sería pensar en su encarcelamiento en Sevilla en 1597, ocho años antes de la publicación de la Primera Parte.

Autor: Fidel María Puebla
La fecha del año 1597, cuando Cervantes estuvo encarcelado en la cárcel de Sevilla, ha sido propuesta también por otros muchos estudiosos como posible germen del Quijote, basándose en que —a su juicio— el propio autor lo dejó escrito de este modo:
«Y, así, ¿Qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?»
El Quijote
Para quienes defienden esta tesis, la cárcel de Sevilla es mucho más que un episodio biográfico en la vida de Cervantes; es, sobre todo, un símbolo de la condición humana: la experiencia del límite, de la incomodidad, del encierro material que, paradójicamente, abre la puerta a la verdadera libertad, la del pensamiento. De este espacio —creen sus defensores— surgió un tratado de sabiduría y erudición, espejo de la vida, del sueño y la realidad.
El profesor Krzysztof Sliwa, aun sugiriendo la fecha de 1597 como punto de inicio de la concepción y escritura del Quijote, se hace la misma pregunta que yo me vengo haciendo insistentemente:
«¿Cómo pudo Cervantes leer, estudiar, comparar tantos libros y, además, escribir su obra, mientras viajaba constantemente por Castilla cumpliendo su oficio?»
Finalmente, el profesor Sliwa concluye su razonamiento con una advertencia: sin documentos ni manuscritos, todo son conjeturas, y debemos evitar fantasías o invenciones. El misterio sigue abierto, y quizá siempre lo esté.

Autor: Fidel María Puebla
¡Bien! La respuesta del profesor Sliwa, marcada por la honestidad y el rigor académico, señala con claridad los límites de lo que podemos afirmar con certeza hasta ahora. No obstante, tomo sus palabras, no como una conclusión cerrada, sino como una invitación a contextualizar e interpretar por mi cuenta —evitando fantasías e invenciones— el enigma del quién, qué, cómo, cuándo, dónde, por qué y el para qué comenzó a gestarse El Quijote.
Siguiendo la senda del rigor científico sugerido por el profesor Sliwa, doy el primer paso partiendo del axioma de que El Quijote es una obra de sabiduría y erudición.
La enorme información enciclopédica contenida en El Quijote —literaria, histórica, filosófica, cabalística, militar, religiosa, médica, geográfica, etc.—, demuestra que su autor no sólo tenía un gran talento narrativo, sino, sobre todo, una imponente formación académica, fruto de muchas lecturas y años de estudio. Evidentemente, esta enorme información enciclopédica que contiene la obra no se presenta en forma de tratado académico, sino perfectamente asimilada esencialmente a través de don Quijote y Sancho, lo que significa que quien escribió El Quijote había leído, comparado, tomado notas, reflexionado y asimilado ideas profundas durante muchos años. Ese caudal de sabiduría erudición no surge de la nada ni en un corto plazo: requiere constancia, disciplina intelectual y una vida entregada al estudio y a la escritura.
Ciertamente, quien concibió El Quijote había recorrido un larguísimo camino de lecturas y de pensamientos, destilados en una obra inmortal.
¿Podemos, entonces, reconocer en Cervantes al hombre capaz de semejante hazaña?
O, expresado de otro modo:
¿Si atendemos a lo que conocemos de la vida de Cervantes —sus oficios, su azarosa trayectoria, sus limitaciones— y lo comparamos con la vastedad enciclopédica del Quijote, deberíamos descartar definitivamente su autoría, o mantenerla por tradición más que por evidencia?
También:
¿Existen documentos o pruebas fehacientes que demuestren que Cervantes escribió El Quijote?

Autor: Fidel María Puebla
¿Por qué es poco sólida, a mi juicio, la atribución cervantina del Quijote?
La mayoría de los académicos y lectores dan por hecho que El Quijote fue escrito por Miguel de Cervantes Saavedra. Sin embargo, cuando se examina con rigor, esta certeza descansa más en la tradición y la repetición que en pruebas sólidas.
He aquí algunas razones que invitan a la reflexión.
1. No hay pruebas documentales directas
De la obra más importante de la literatura española no conservamos ni un solo manuscrito autógrafo. Tampoco hay cartas, testimonios notariales ni referencias personales que confirmen que Cervantes se sentara a escribir el Quijote. La atribución descansa exclusivamente en lo que aparece impreso en las primeras ediciones, algo insuficiente si lo medimos con criterios estrictos de autenticidad.
2. La biografía de Cervantes no encaja con la obra
La vida de Cervantes estuvo marcada por el servicio militar, el cautiverio, la penuria económica y una carrera literaria incierta. Nada de ello apunta a una formación universitaria sólida ni al acceso a bibliotecas extensas. Sin embargo, El Quijote está impregnado de saber filosófico, teológico, literario, jurídico o médico de gran profundidad, difícilmente atribuible a alguien con el bagaje cultural de Cervantes.
3. El contraste con el resto de su producción
Si comparamos El Quijote con otras obras atribuidas a Cervantes —comedias, entremeses, Novelas Ejemplares—, el salto cualitativo es tan enorme que cuesta ver continuidad entre ellas. El Quijote parece pertenecer a otra categoría intelectual, lo que sugiere la posibilidad de una autoría diferente, apoyada en fuentes a las que Cervantes no habría tenido fácil acceso.
4. La fragilidad de los testimonios de época
Los indicios que vinculan a Cervantes con la obra no provienen de testigos directos, sino de ediciones impresas y de la tradición crítica posterior. En el Siglo de Oro no era extraño publicar bajo seudónimos, atribuir textos a figuras conocidas o incluso usar un nombre como máscara literaria. Confiar exclusivamente en la portada de un libro es, a todas luces, un criterio muy débil.
5. El peso de la autoridad académica
La identificación de Cervantes como autor se ha convertido con el tiempo en un dogma de fe. Cuestionarlo hoy en el ámbito académico supone enfrentarse a una inercia institucional que desalienta el debate. Pero la historia de la literatura nos enseña que muchas atribuciones consideradas seguras resultaron, con el tiempo, insostenibles.

Autor: Fidel María Puebla
Por lo tanto, la certeza de que Cervantes escribió El Quijote no descansa en pruebas irrebatibles, sino en la fuerza de la tradición y la autoridad académica. Plantear dudas no significa restar valor a su figura histórica, sino abrir la puerta a un examen más honesto y riguroso sobre la obra cumbre del pensamiento universal.
Pues bien, si aceptamos que la atribución cervantina resulta poco sólida por las razones expuestas, la consecuencia lógica es dirigir la mirada hacia otros posibles autores que pudieran haber concebido una obra de la magnitud del Quijote. Entre ellos, destaca con fuerza la figura de Juan Luis Vives (1492-1540), considerado el pensador español más influyente a partir de la Edad Moderna. Su formación humanista, su erudición enciclopédica y su profundo conocimiento de la condición humana lo convierten en un candidato principal. A partir de esta hipótesis, se abre también la necesidad de revisar la cronología de la obra y explorar si El Quijote pudo haber sido concebido en fechas anteriores a las tradicionalmente aceptadas.
En este terreno, resulta indispensable acudir a la voz más autorizada en el estudio de Juan Luis Vives: el profesor Francisco Calero Calero, catedrático emérito de Filología Latina de la UNED, considerado el mayor especialista mundial en su vida y obra. En su investigación titulada El verdadero autor de los «Quijotes de Cervantes y Avellaneda, el profesor Calero no solo sostiene la autoría de Juan Luis Vives, sino que, además, propone, en el epígrafe II de la primera parte —Discordancias cronológicas, lingüísticas y editoriales—, una fecha orientativa para la concepción y escritura de la obra: 1535. Esta afirmación abre una perspectiva fascinante, pues sitúa al Quijote en pleno corazón del renacimiento humanista, lejos del marco cronológico en que tradicionalmente se ha encajado.

Autor: Fidel María Puebla
Vives en su madurez intelectual
El año 1535 no es una fecha cualquiera. Por entonces, Juan Luis Vives ya había alcanzado su plena madurez intelectual y publicado, De Institutione Feminae Christianae(Brujas, 1523), considerada una de las obras pioneras en la reflexión sobre la formación femenina; Introductio ad sapientiam (1524, Lovaina),muy difundido como texto pedagógico; De Europae Dissidiis et Republica (1526, Brujas), una crítica a los conflictos entre los príncipes cristianos que debilitaban a Europa frente al avance turco, reflejando una visión de concordia universal; De Subventione Pauperum sive de Humanis Necessitatibus (Brujas, 1526), considerada precursora de la moderna política social; De Disciplinis (Amberes, 1531), una crítica a la enseñanza tradicional y un proyecto de reforma integral del saber. La obra De Anima et Vita, publicada en 1538, es una reflexión sobre el alma humana, la memoria, las pasiones, el conocimiento y el comportamiento. Se la considera precursora de la psicología moderna, por su método empírico y su interés en la experiencia interior.
Todas estas obras reflejan su gran madurez intelectual y su profundo conocimiento de la psicología, la pedagogía, la ética y la organización social, contenidos claramente reflejados en El Quijote.
Europa en transformación
Europa atravesaba un momento de intensas transformaciones: la reforma protestante sacudía los cimientos de la cristiandad, el humanismo alcanzaba su máxima vitalidad y el Imperio de Carlos V vivía tensiones políticas y religiosas de gran alcance. Situar al Quijote en 1535 significa, por tanto, insertarlo en un contexto histórico y cultural que ilumina muchas de sus claves filosóficas y humanistas, otorgándole una densidad de pensamiento que difícilmente podría haberse gestado en la España de principios del siglo XVII.
1535/1605: dos mundos distintos
Situar la génesis del Quijote en torno al año 1535, como propone el profesor Francisco Calero, abre un horizonte interpretativo radicalmente distinto al que nos ofrece la cronología tradicional. En lugar de un producto literario del Barroco, concebido en la España decadente de Felipe III, la obra maestra aparece como fruto de un humanismo renacentista pleno, marcado por la confianza en la razón, la crítica a la superstición y la búsqueda de una sabiduría universal. La diferencia entre situar al Quijote en 1535 o en 1605 no es un mero detalle cronológico, sino una auténtica transformación de su sentido histórico.
—1535, marco humanista
En pleno Renacimiento, bajo el influjo del humanismo cristiano y el pensamiento grecolatino, la obra reflejaría la aspiración a una síntesis entre fe y razón, la defensa de la dignidad del hombre y la necesidad de una reforma intelectual y moral de la sociedad. El Quijote encajaría como pieza perfecta dentro de los debates europeos sobre religión, política y cultura, alineándose con pensadores como Erasmo, Moro y Vives.
—1605, marco barroco
En los inicios del siglo XVII, España atravesaba una crisis política, económica y espiritual. El Barroco se caracterizó por la desconfianza, el desencanto y la obsesión con las apariencias. Situar El Quijote en este tiempo lo convierte en una sátira literaria ingeniosa, pero difícilmente explicaría la vastedad de su sabiduría enciclopédica y su tono universal. La obra quedaría reducida a una anomalía, aislada dentro del panorama cultural español.

Autor: Fidel María Puebla
Un Quijote humanista
Si el Quijote fue concebido dentro de un contexto renacentista entonces su sátira contra los libros de caballerías, su exaltación de la libertad de conciencia y su profundo cuestionamiento de la realidad social cobran todo su sentido. No sería solo una novela cómica o un experimento literario, sino un tratado de sabiduría humanista disfrazado de novela innovadora, un espejo crítico del mundo que Vives y sus contemporáneos conocían y querían transformar.
En síntesis, un Quijote de 1535 se entiende como producto natural del humanismo renacentista, mientras que un Quijote de 1605 resulta como cuerpo extraño en el Barroco español. Esta tensión nos invita a considerar seriamente la hipótesis de Juan Luis Vives como el verdadero autor de la obra.
Lejos de restar valor a Cervantes, esta revisión refuerza la idea de que el Quijote desborda las capacidades de un autor poco instruido. Que es el fruto de un horizonte intelectual mayor, el de aquel humanismo que buscaba iluminar al hombre en medio de las turbulencias de su tiempo. De ahí que reabrir el debate sobre su autoría no sea un ejercicio de erudición inútil, sino un acto de honestidad crítica y un homenaje a la grandeza del propio libro.

Autor: Fidel María Puebla
¿Por qué 1535?
Y ahora, veamos los argumentos concretos que el profesor Francisco Calero presenta en su obra El verdadero autor de los «Quijotes de Cervantes y Avellaneda, para señalar la fecha de 1535 como germen de la concepción y escritura del Quijote.
En el apartado II de la primera parte, titulado “Discordancias cronológicas, lingüísticas y editoriales”, Calero expone con rigor las inconsistencias que hacen imposible sostener la atribución cervantina. Estas discordancias, lejos de ser detalles menores, constituyen pruebas de peso que apuntan hacia una autoría distinta y una cronología anterior a la tradicionalmente aceptada. Analicemos, pues, los principales puntos de su planteamiento. Estoy convencido que les van a sorprender.
Es claro —leemos en este apartado referido de la obra del profesor Calero— que en cualquier obra literaria se pueden hacer alusiones y referencias a personas y acontecimientos de épocas pasadas y de hecho se hacen en El Quijote. Nos tenemos que plantear cómo es posible distinguir entre una evocación del pasado y una discordancia cronológica. Yo creo que es posible la distinción y que ha de estar fundamentada en las circunstancias del contexto. Creo que, para este menester, pueden bastar tres botones de muestra:
Sancho y el secretario del emperador
Cuando Sancho estaba en el gobierno de la ínsula Barataria llegó un correo para él o para su secretario. Al preguntar Sancho por la persona de su secretario, uno de los que estaban allí le dijo que era él, porque sabía leer y escribir, y además era vizcaíno. Sancho le contesta, II,47:
Con esa añadidura —dijo Sancho— bien podéis ser secretario del mismo emperador.
Por todo el contexto se puede comprobar que Sancho se está refiriendo al momento en el que habla y no al pasado, y por esa razón se puede descubrir una disonancia cronológica, lo que es claro indicio de que la obra fue escrita muchos años antes de que fuera publicada.
Con toda seguridad —apostilla el profesor Francisco Calero en este apartado— los editores del Quijote revisaron la lengua, especialmente la ortografía, para adaptarla a los usos del tiempo en que fue publicada, y lo mismo hicieron en relación con el contenido. Ahora bien, no es de extrañar que se les pasaran algunos detalles significativos, dada la complejidad de la obra.
El profesor Calero analiza rigurosamente algunos de los más significativos detalles. En relación con el tema del secretario del emperador, al que me he referido anteriormente, se infiere que la obra no pudo ser escrita a principios del siglo XVII porque, en esa época reinaba Felipe III, que no era emperador, ni tampoco su padre, Felipe II. Lo fue su abuelo, Carlos V, por lo que parece claro que la frase fue escrita en tiempos del emperador.

Autor: Fidel María Puebla
Personajes reales
Por lo que respecta a los personajes reales sobre los que el autor pudo inspirarse, como el sacerdote esquiviano, Pero Pérez, o la mujer de Sancho, Mari Gutiérrez, entre otros, ejercían sus actividades en el año 1529, por lo que la composición del Quijote se puede situar mejor en torno al año 1535, que en los inicios del siglo XVII.
El profesor Calero aborda también la cuestión del modelo real en que pudo inspirarse la figura de don Quijote, protagonista indiscutible de la obra. Para este propósito, remite a la autoridad del más destacado investigador en la materia, Francisco Rodríguez Marín, y a su estudio titulado El modelo más probable de don Quijote, en el que, tras un minucioso examen e investigación, concluye:
«Estudiada como tengo la amplia genealogía de los Quijadas esquivianos, atrae mi atención más que ningún otro un Alonso Quijada, de quien hasta ahora no he podido averiguar sino que fue hijo segundo del bachiller Juan Quijada y de María de Salazar, nacido antes, quizás mucho antes de 1505, año en que falleció su padre, y que vivió, por lo tanto, como el buen licenciado Pedro Pérez, en el primer tercio del siglo XVI, tiempo en el que había alcanzado todo su auge la afición a los libros de caballería y en que aún lograron muchas ostentosas y celebradas imitaciones las aventuras de que están llenos».
Francisco Rodríguez Marín
El profesor Calero apostilla, a la argumentación desarrollada por Rodríguez Marín, que si Alonso Quijada y Pedro Pérez vivieron en el primer tercio del siglo XVI, resulta imposible que Cervantes los conociera, tanto por no coincidir en el tiempo como por haber residido muy poco en Esquivias. Esto significa —precisa el propio Calero— que los personajes que inspiraron El Quijote pertenecieron a una época anterior.
En lo que respecta a Juan Luis Vives —considerado por el profesor Francisco Calero como el verdadero autor del Quijote— surge entonces la pregunta: ¿Tuvo algún tipo de relación Vives con los Quijada de Esquivias? La respuesta parece afirmativa, a la luz de lo que señala Francisco Rodríguez Marín:
«De tan ínclito campeón (Gutiérrez González Quijada) fue bisnieto Luis Quijada, mayordomo del emperador Carlos V y ayo de su hijo don Juan de Austria»
Pues bien, al ser Luis Quijada mayordomo del emperador Carlos V, lo más lógico y natural —infiere el profesor Calero— es que lo conociera y tratara Vives, amigo y protegido del propio emperador, quien incluso le otorgó una pensión. De ahí que resultara también verosímil que Luis Quijada le contara la historia de su antigua y dilatada familia.

Autor: Fidel María Puebla
La cumbre del imperio otomano
Para quienes, aun con estos argumentos, sigan sin verlo claro, basta detenerse en un hecho revelador: en El Quijote late un trasfondo histórico que no se corresponde con el tiempo de Cervantes, sino con una época anterior, la de Juan Luis Vives. Es el mundo dominado por la amenaza otomana, cuya sombra se extendía sobre Europa hasta que su hegemonía comenzó a resquebrajarse tras la decisiva batalla de Lepanto, en la que, paradójicamente, participó el propio Cervantes. El texto refleja con nitidez ese pulso entre un imperio que se creía invencible y un Occidente en busca de afirmación, un horizonte intelectual y político que no encaja con la biografía de Cervantes, sino con una sensibilidad y una memoria histórica anteriores a él.
A la cumbre del imperio otomano se hace referencia en El Quijote en II, 7:
“… te sirva de ejemplo la casa otomana, que de un humilde y bajo pastor que le dio principio está en la cumbre que le vemos”.
Antes, en el pasaje de II, 1, se hizo referencia al inminente peligro turco:
“… vino a contar algunas nuevas que habían venido de la corte, y, entre otras, se tenía por cierto que el turco bajaba con una poderosa armada, y que no se sabía su designio ni dónde había de descargar tan gran nublado, y con ese temor, con que cada año nos toca arma, estaba puesta en ello toda la cristiandad”.
Como acertadamente nos indica el profesor Francisco Calero este texto, al igual que el anterior, no se corresponde con los tiempos de Cervantes sino con los de Vives. Recordemos que por aquella época los ataques turcos eran frecuentes, hasta el punto de que estuvieron a punto de apoderarse de Viena.
Vives, en su obra De Europae Dissidiis et Republica (1526, Brujas), dejó escrito:
“Y no esperen que los turcos vayan a detenerse o que, satisfechos con sus conquistas, vayan a desaprovechar la ocasión fácil que le ofrecen las discordias de los cristianos. Incluso al retirarse de Hungría amenazaron con su vuelta a esas tierras y pueblos para la próxima primavera”.
Para quienes quieran seguir indagando en este fascinante misterio del contexto histórico en que pudo gestarse la escritura del Quijote vuelvo a recomendar la obra del profesor Francisco Calero El verdadero autor de los «Quijotes de Cervantes y Avellaneda (I, págs. 99-111). Además del caso tratado del pasaje del secretario del emperador de Sancho, de los personajes reales que desfilan por la obra o el contexto del poderío otomano también estudia otros como el habla de Toledo, Francisco I, los molinos de viento como símbolo contra los libros de caballerías, la lengua medieval o incluso las ediciones de Barcelona y Amberes. Todos ellos, a mi juicio, tejen un cuadro que sitúa la escritura de El Quijote hacia 1535, unos cinco años antes de la muerte de Juan Luis Vives.

Autor: Fidel María Puebla
¿Qué aporta todo este riguroso trabajo filológico del profesor Francisco Calero?
Es verdad que, cuando un filólogo de prestigio de la talla del catedrático Francisco Calero Calero, sostiene a través de un riguroso análisis filológico que el verdadero autor de El Quijote fue Juan Luis Vives y no Miguel de Cervantes, y que El Quijote pudo comenzarse a escribir en torno al año 1535, no estamos ante un “documento fehaciente” en sentido jurídico, como lo sería un manuscrito autógrafo o un acta notarial que acreditase de manera directa la autoría. La filología no certifica hechos materiales; lo que hace es aplicar un método riguroso de análisis textual, lingüístico y contextual para llegar a demostraciones científicas.
En ese sentido, el trabajo de un filólogo de la talla del profesor Francisco Calero constituye un testimonio académico de altísimo valor, capaz de replantear la visión tradicional y abrir un debate erudito de gran calado. Su fuerza, pues, radica en la solidez de los razonamientos, en la coherencia de las evidencias reunidas y en la autoridad intelectual del investigador.
Podemos decir, entonces, que la filología no habla con la voz de un notario, pero sí con la de la razón crítica. Y cuando esa voz señala caminos distintos a los consagrados, merece ser escuchada con atención, porque, con toda seguridad, contiene una verdad más profunda que la de los documentos oficiales. Estos últimos no son palabra revelada ni verdades absolutas: pueden haber sido redactados bajo intereses concretos, manipulados con fines políticos o ideológicos, o simplemente mal copiados y mal interpretados a lo largo del tiempo. De ahí que su valor nunca sea literal ni definitivo, sino siempre sujeto a interpretación. Frente a ellos, la filología aporta la mirada que los contextualiza, los cuestiona y, sobre todo, los ilumina desde la razón y la conciencia crítica.

Autor: Fidel María Puebla
Para terminar, permítanme que lo haga con una reflexión final: la de que, tal vez, otra de las innumerables grandezas de El Quijote radica en que, casi cinco siglos después, seguimos discutiendo sobre su autoría y su fecha; que no sólo fue escrita para ser leída, sino para ser descifrada; que cada lector, al adentrarse en sus páginas, se convierte también en investigador de un secreto que todavía late; que su misterio nos invita a seguir leyendo, pensando y buscando, como si la propia obra hubiera sido escrita para no agotarse jamás.




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