Estoy
convencido de que vivimos tiempos apocalípticos. No en el sentido catastrófico
que suele atribuirse al término, sino en su significado original: tiempos de
revelación. Momentos en los que las verdades largamente veladas emergen con
fuerza, empujadas por la necesidad de un cambio profundo en nuestra comprensión
del mundo. En este contexto, mi libro ¿QUIÉN ESCRIBIÓ EL QUIJOTE? nace como un aporte a esta ola de descubrimientos, con
la convicción de que ha llegado el momento de mirar de nuevo, con ojos críticos
y curiosos, uno de los mayores misterios literarios de todos los tiempos.
El
Quijote es una obra sublime de carácter inmortal. Yo suelo decir que es la
mejor radiografía del alma humana. Es el origen de la novela moderna, que ha
influido y seguirá influyendo en señeras personalidades de la literatura, la
cultura y el pensamiento. Desde hace ya más de cuatrocientos años venimos
afirmando que Cervantes es el autor del Quijote, pero: ¿Escribió Cervantes verdaderamente El Quijote? Esta es una de las grandes
cuestiones que pocos se han atrevido a responder.
Si
analizamos cualquier biografía sobre Cervantes comprobamos que existe un
"eslabón perdido": el de ¿Cuándo
y cómo adquirió la sabiduría y erudición que contiene El Quijote? y ¿Cuándo y en qué condiciones comenzó a
escribirlo?
A
pesar de que existe una cierta desidia en relación con lo que respecta a la
cultura española del Siglo de Oro, últimamente están apareciendo nuevos e
importantes descubrimientos y trabajos de investigación, pero, como he escrito
en alguno de mis artículos, no terminan de resolver definitivamente el mayor
misterio que contiene la obra: la
autoría. Algo insólito, dado que, como dejó dicho el hispanista y filólogo
alemán, Kurt Reichenberger, «La mejor novela de la literatura universal
comienza con aclaraciones del autor». O, de acuerdo con nuestro hispanista,
filólogo y gran cervantista Américo Castro,
«Mucho más nos habría valido que,
como en el caso de Shakespeare, se discutiera si él fue realmente el autor de
esas obras admirables».
Yo,
como he escrito en alguno de mis artículos, no soy ni cervantista de reconocido
prestigio ni cervantista a secas, tan solo un gran aficionado al estudio de El
Quijote, una de las grandes joyas de la literatura universal y del pensamiento humano.
Por ello, creo haberme ganado el derecho a opinar sobre uno de sus grandes
enigmas: la autoría.
En mi artículo EL CÓDIGO OCULTO DE "EL QUIJOTE" de la mano de la
cervantista e investigadora francesa, Dominique Aubier, expuse que El Quijote contiene un código oculto
basado en la Cábala judía, un sistema espiritual sólo accesible para grandes
iniciados. Así que, en expresión
quijotesca, parece "de toda imposibilidad, imposible" que Cervantes
fuera un iniciado de este camino espiritual.
Pero,
sobre todo, resulta "de toda imposibilidad, imposible" también que
Cervantes con su vida andariega, aventurera, matriculada en la escuela de la
adversidad y de los golpes duros, que detallan todas sus biografías hubiera
tenido el tiempo de asimilar toda la magna cultura y erudición que contiene El Quijote. Porque, en efecto, díganme o
callen para siempre: ¿Cuándo adquirió
Cervantes toda la enorme sabiduría y erudición que contiene El Quijote?
Las
biografías sobre Cervantes afirman que su etapa en Italia al servicio del
Cardenal Acquaviva fue significativa para su formación intelectual. Desde 1569
hasta 1575, Cervantes vivió, al parecer, en diversas ciudades italianas, como
Roma, Nápoles, Mesina y Palermo, absorbiendo de primera mano la rica cultura
del Renacimiento italiano.
Durante
esos años ─según estas mismas biografías─ Cervantes tuvo acceso a la
literatura, el arte y la arquitectura renacentistas, así como al humanismo que
impregnaba la vida intelectual italiana. Además, su contacto con los clásicos
latinos y griegos, redescubiertos y venerados en Italia, influyó en su estilo
literario y en su enfoque narrativo. Asimismo, la teatralidad y el gusto por la
novela pastoril y la poesía italianas dejaron una profunda huella en su obra
posterior.
Bien,
pero, ¿esto realmente fue así? Recordemos, que Cervantes se enrola en el
séquito de este Cardenal a raíz de una orden judicial de arresto. No hay evidencia documental de una orden
directa de busca y captura emitida personalmente por Felipe II contra Miguel de
Cervantes. Sin embargo, sí se tiene constancia de una orden de arresto en 1569
en Madrid, derivada de un incidente en el que Cervantes habría herido a un
maestro de obras llamado Antonio de Sigura. En la España de Felipe II, las
leyes contra los duelos y las agresiones eran muy estrictas. De ser hallado
culpable, Cervantes podría haber enfrentado penas que iban desde una multa o
prisión hasta la amputación de la mano derecha o incluso el destierro. Ante
esta amenaza, decidió marcharse a Italia, probablemente para evitar ser
detenido y juzgado.

Y
ahora viene mi pregunta del millón de dólares: ¿Protegió el Cardenal Acquaviva a Cervantes hasta el punto de
permitirle vivir a “cuerpo de rey” examinando y asimilando el Renacimiento italiano?
¿Obvió esta orden judicial de busca y captura? ¿Con qué finalidad? Como bien sabemos, la Administración de Felipe
II tenía un importante servicio de espionaje, por lo que lo lógico es que el
Cardenal Acquaviva hubiera puesto en conocimiento de estos servicios el
paradero del súbdito llamado Cervantes.
En todo caso, convendrás conmigo que un año "full time" a su
servicio no es suficiente para asimilar toda la erudición que contiene El
Quijote.
Su
siguiente etapa, tras la famosa batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571) fue
su cautiverio en Argel. El cautiverio de
Miguel de Cervantes en Argel fue un período crucial y muy duro en su vida. En
1575, mientras regresaba a España desde Italia, la galera en la que viajaba, la
Sol, fue capturada por corsarios berberiscos bajo el mando de Arnaute Mamí.
Cervantes y su hermano Rodrigo fueron llevados prisioneros a Argel, donde
Miguel permaneció cautivo durante casi cinco años, desde 1575 hasta 1580.
Cervantes
fue propiedad del renegado griego Dalí Mamí y posteriormente del temido Hassan
Bajá, gobernador de Argel. Debido a unas cartas de recomendación del Cardenal
Acquaviva encontradas entre sus pertenencias, los argelinos creyeron que
Cervantes era una persona importante y esperaban obtener un elevado rescate por
él. Esta percepción hizo que su rescate se dificultara, ya que la cantidad
exigida era muy alta para su familia.
Durante
su cautiverio, Cervantes protagonizó al menos cuatro intentos fallidos de fuga.
Aunque estos intentos no tuvieron éxito, no sufrió represalias extremas,
probablemente porque sus captores aún veían en él un valioso rehén. En 1580,
gracias a los esfuerzos de su familia y la intervención de los frailes
trinitarios, se logró reunir el dinero suficiente para pagar su rescate, y
finalmente fue liberado.
En
mi artículo, “Las navidades cervantinas”,
publicado en la revista cervantina Galatea, expuse el gran conocimiento que
tenía el autor del Quijote de la Biblia. Pero, ¿Cuándo leyó Cervantes la Biblia? ¿Es que, acaso, la lectura de la
Biblia estaba a plena disposición de un seglar como Cervantes? Recordemos que la
Biblia se leía en latín, salvo algunos ejemplares procedentes del entorno
luterano. ¿Sabía latín Cervantes hasta el punto de poder conocer tantos
detalles bíblicos relacionados con el misterio de la Navidad? De nuevo, “de
toda imposibilidad, imposible”.
Desde
la publicación del Quijote, se viene aceptando que su autor fue Miguel de
Cervantes Saavedra; pero, de acuerdo con los rigurosos trabajos de
investigación del Catedrático Emérito de Filología Latina de la UNED,
Francisco Calero Calero, la obra El ingenioso hidalgo don Quijote de
la Mancha, repleta de sabiduría y erudición clásicas, no pudo ser escrita por
Miguel de Cervantes, tanto por el nivel de sus estudios como por la ajetreada
vida que llevó, muy alejada de las características favorecedoras de la creación
literaria.
La
autoría, por lo tanto, debemos atribuírsela a un verdadero conocedor de las
lenguas clásicas, dominador del latín, el griego, la literatura hebrea y
renacentista. También, con altísimas capacidades literarias; amplios
conocimientos de la mitología, la Biblia, el Corán, la Cábala, el hermetismo y
la sabiduría; de humanidades relacionadas con la pedagogía, filosofía,
teología, derecho y la historia; y de la ciencia física, matemática,
astronómica y la medicina.
El
profesor Francisco Calero, autor de la obra El verdadero autor de los "Quijotes" de Cervantes y Avellaneda,
defiende la tesis de que, tanto la primera como la segunda parte, así como el
de Avellaneda, fueron escritos por el mismo autor; un autor que no es
precisamente Cervantes. Por cierto, según su tesis la obra habría sido escrita
de un tirón.
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, origen de la novela moderna y joya de la
literatura universal, repleta de sabiduría y erudición clásicas, no pudo ser
escrita ─a juicio del profesor Calero─, por el “ingenio lego” Miguel de
Cervantes Saavedra, sino por el valenciano Juan Luis Vives.
Ioannes
Lodovicus Vives/ Joan Lluís Vives, Juan Luis Vives, fue filósofo, psicólogo y
pedagogo español. Está considerado el pionero de la psicología y pedagogía
moderna. Un humanista nacido en Valencia
el 6 de marzo de 1492 y fallecido en Brujas el 6 de mayo de 1540. Vives fue una
figura destacada del humanismo renacentista en Europa, que avanzó ideas
innovadoras en múltiples materias, proponiendo acciones en favor de la paz y
unión de los europeos y la atención a los pobres. Algunas de sus obras más
destacadas son: De disciplinis y De anima
et vita.
Américo
Castro, el considerado gran cervantista por excelencia, dictaminó que El Quijote es una obra humanista,
renacentista, erasmista, sensibilizada con la cuestión de los judíos y con una
evidente presencia del pensamiento de Juan Luis Vives. Por su parte, el
profesor Francisco Calero, seguramente el mayor conocedor en el mundo de la
vida y obra de Juan Luis Vives, ha descrito magistralmente en su obra Autobiografía de Juan Luis Vives. Una vida modélica dedicada al estudio
y la escritura, la grandiosidad de la figura humana e
intelectual de Juan Luis Vives. Unos conocimientos que le capacitan para aseverar que, de acuerdo con su metodología comparativa aplicada de los textos quijotescos con las obras latinas de Juan Luis Vives, la verdadera autoría de la obra magna de la literatura española debe recaer en la pluma del valenciano Juan Luis Vives y no, como se pensaba hasta ahora, en la del madrileño Miguel de Cervantes.
Bien,
pero entonces, me dirán: ¿En qué lugar queda Cervantes?
Miguel
de Cervantes cumplió con una misión muy relevante: la de sacar a la luz una de
las grandes joyas de la literatura y del pensamiento humano; poner en lugar
visible una lámpara de la sabiduría que había permanecido escondida por mucho
tiempo y, quién sabe, si con riesgo cierto de ser destruida para siempre.
Por
lo tanto, siguiendo el precepto bíblico de “Dar al César lo que es del César y
a Dios lo que es de Dios”, a Juan Luis Vives tenemos que darle el mérito de la
autoría y a Cervantes el de la publicación.
Y, en todo caso, aceptando siempre que cualquier gran obra humana
procede de una misma fuente: Dios.
Mientras tanto es trabajo de los hombres tratar
de responder al escritor inglés, Francis Carr, a las siguientes cuestiones que
él plantea en su libro del año 2004, ¿Who
Wrote Don Quixote? (¿Quién escribió Don Quijote?):
«¿Qué evidencias hay de que Miguel de Cervantes
escribió Don Quijote? No hay ningún manuscrito, ninguna carta, ningún diario,
ningún testamento, ningún documento que pruebe que escribió esta obra maestra.
No hay ningún retrato, ninguna tumba marcada y ningún registro de pago alguno
por “Don Quijote”, aunque se hizo popular en España y en el extranjero durante
su vida».
Se
lo debemos a la verdad que, como dejó escrito el autor del Quijote, «La verdad, adelgaza y no quiebra y siempre
anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua». Es precisamente esta
fuerza inquebrantable de la verdad lo que me ha llevado a escribir ¿Quién escribió El Quijote?
En estos tiempos “Apocalípticos” (de “Revelación) debemos permitir que la verdad emerja y se sitúe,
clara y serena, por encima de las viejas narrativas. Este libro no es solo un
humilde trabajo periodístico de investigación, sino sobre todo una invitación a
mirar con ojos nuevos, a cuestionar lo establecido y a permitir que, como el
aceite, la verdad encuentre siempre su lugar en la superficie.
Recordemos las inmortales palabras que Jesucristo pronunció en su tiempo con respecto a la obligación de exponer la verdad: «¿Se trae la lámpara para meterla debajo del
celemín o debajo de la cama?, ¿No es para ponerla en el candelero? No hay nada
escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que
salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga».
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¿QUIÉN ESCRIBIÓ EL QUIJOTE? |
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