YOGA, "COSMOESPIRITUALIDAD" Y "CONSPIRITUALIDAD": UNA REFLEXIÓN NECESARIA
En la sección de Salud y Bienestar de El
País se ha publicado recientemente una entrevista a Matthew Remski
con motivo del libro “Conspiritualidad”, escrito junto a Julian
Walker. La siguiente afirmación del autor me ha llamado poderosamente la
atención por su contundencia: «El yoga puede ser una puerta de entrada a
políticas protofascistas».
Les confieso que no he leído este libro,
pero conozco sus planteamientos por entrevistas y reseñas. Y conozco, sobre
todo, el yoga.
El yoga no me es ajeno. Lo he estudiado y
lo sigo estudiando profundamente. Lo he practicado y lo sigo practicando de
manera comprometida. Durante más de una década impartí clases como profesor de
yoga. Hablo, por tanto, desde la experiencia directa.
El yoga como disciplina de integración
Para empezar, reducir el yoga a una
antesala ideológica es, cuando menos, una simplificación.
En los Yoga Sutras, Patañjali
define el yoga como “citta vritti nirodha”, la cesación de las
fluctuaciones de la mente. No habla de identidad política, ni de proyecto
social, ni de construcción de poder. Habla de conciencia.
El yoga clásico no es una ideología; es
una tecnología interior. Su eje no es la movilización colectiva, sino la
transformación individual. Y, paradójicamente, cuanto más profunda es esa
transformación, menos proclive es el individuo a la manipulación emocional.
Ciencia y conciencia: una cuestión
abierta
La sospecha contemporánea hacia la
espiritualidad suele apoyarse en una concepción materialista estricta de la
realidad. Sin embargo, la propia ciencia del siglo XX abrió grietas en ese
paradigma.
El físico Werner Heisenberg afirmaba
que “el primer sorbo del vaso de la ciencia te convierte en ateo, pero al
fondo del vaso te espera Dios”. Más allá de la literalidad
teísta, la frase apunta a algo esencial: cuanto más se profundiza en la
realidad, más compleja y misteriosa se vuelve.
Erwin Schrödinger, uno de los padres de la mecánica
cuántica, mostró un profundo interés por el Vedanta y sostuvo que la conciencia
no puede fragmentarse sin caer en contradicción. Para él, la multiplicidad es
apariencia; la unidad es fundamento.
Desde otra perspectiva, Carl Gustav
Jung advirtió que quien rechaza lo espiritual no lo elimina: lo reprime. Y
lo reprimido, en lo individual y en lo colectivo, retorna de forma
distorsionada.
Quizá una cultura que sospecha
sistemáticamente de toda interioridad corre el riesgo de generar precisamente
las patologías que teme.
Cosmovisiones en tensión
No estamos ante una simple discusión
sobre prácticas de bienestar. Estamos ante una tensión entre cosmovisiones.
El filósofo Thomas Kuhn mostró que
las revoluciones científicas no son meros avances acumulativos, sino cambios de
paradigma. Cuando un paradigma entra en crisis, sus defensores suelen
reaccionar con especial vehemencia frente a lo que lo cuestiona.
Hoy asistimos a algo similar. El
paradigma materialista, dominante durante siglos, convive con un creciente
interés por la conciencia como dimensión fundamental. Neurociencia, física
teórica, filosofía de la mente… todos estos campos debaten abiertamente el
llamado “problema duro de la conciencia”. El yoga, en este contexto, no es
una amenaza política. Es una práctica milenaria que propone explorar la
conciencia desde dentro.
¿Instrumentalización o despertar?
¿Existen personas que mezclan
espiritualidad y discursos políticos extremos? Sin duda. Pero eso no convierte
a la espiritualidad en su causa.
La historia muestra que los
totalitarismos florecen allí donde el individuo ha sido vaciado interiormente y
necesita una identidad sustitutiva. Un individuo que ha desarrollado
autoconciencia, autocrítica y ecuanimidad difícilmente será presa fácil de consignas
simplistas.
Como señaló Viktor Frankl, al ser humano se le puede arrebatar todo menos una cosa: la libertad interior para elegir su actitud. El yoga, en su sentido más profundo, es un entrenamiento de esa libertad interior.
¿Guerra política o guerra espiritual?
Creo sinceramente que hoy no estamos ante
una lucha entre izquierdas y derechas. Es una tensión entre una visión
reductiva del ser humano y otra que lo considera portador de una dimensión
trascendente.
Llamarlo “guerra espiritual” puede
incomodar, pero quizá describe mejor el trasfondo: la disputa sobre si la
conciencia es un subproducto químico sin significado último o una dimensión
esencial que transforma la manera de habitar el mundo.
En mi experiencia, el yoga no conduce al autoritarismo. Conduce a la humildad. No fomenta la imposición, sino la observación de uno mismo. No exalta la identidad rígida, sino la interdependencia.
Discernimiento, no sospecha sistemática
Toda práctica humana necesita
discernimiento. El yoga también. Pero el discernimiento exige rigor, matiz y
profundidad intelectual.
Asociar estructuralmente espiritualidad y
protofascismo puede convertirse en una simplificación que, lejos de iluminar,
oscurece. Las categorías apresuradas producen titulares; rara vez producen
comprensión. Por ello, quizá el debate real no sea sobre el yoga. Quizá sea
sobre el lugar que ocupa la conciencia en nuestra civilización.
El filósofo Karl Jaspers advertía
que las épocas de crisis son también épocas axiales, momentos en los que la
humanidad se ve obligada a repensar sus fundamentos. Y el pensador francés Edgar
Morin insiste en que el gran desafío contemporáneo no es acumular más
información, sino aprender a pensar la complejidad. Tal vez eso es lo que está
en juego.
Si la conciencia es reducida a un
subproducto químico sin relevancia ontológica, toda búsqueda interior será
sospechosa. Pero si la conciencia es una dimensión constitutiva del ser humano
—como sugieren múltiples tradiciones filosóficas y como empieza a debatirse
seriamente en la filosofía de la mente contemporánea— entonces la exploración
interior no es un riesgo político, sino una necesidad antropológica.
Una cultura que teme la interioridad
termina produciendo individuos frágiles, fácilmente manipulables por discursos
simplificadores. Una cultura que
fomenta la autoconciencia forma ciudadanos más libres, más responsables y menos
manipulables.
El yoga, entendido en su profundidad, no
es una ideología. Es una pedagogía de la atención. No es un programa de poder.
Es una disciplina de autogobierno interior.
Y quizá ahí radica la verdadera cuestión:
¿Tememos la espiritualidad porque genera extremismos, o la tememos porque
genera individuos difíciles de instrumentalizar?
En tiempos de polarización, el gesto más
revolucionario puede no ser alinearse, sino interiorizarse. No radicalizarse, sino profundizar. No
gritar más fuerte, sino escuchar más hondo. Porque una civilización que pierde
el vínculo con la conciencia pierde también el eje que orienta su libertad. Y
sin eje interior, ninguna democracia —ni ningún proyecto humano— puede
sostenerse mucho tiempo.






.png)
Comentarios
Publicar un comentario